Opinión
El derecho a la tierra, una deuda con las mujeres rurales y campesinas
Las mujeres rurales y las agricultoras, de norte a sur, mantienen la voz alzada para reclamar nuestra mirada. Sus manos, invisibilizadas por el sistema patriarcal son las que mantienen vivos los pueblos; son la columna vertebral de la producción agrícola y ganadera. Y, aún así, sus demandas no reciben la atención necesaria para que se hagan efectivas. Algunas de estas son: tener mejor acceso a la tierra y a la financiación, contar con más oportunidades reales que favorezcan el relevo generacional de jóvenes en el campo, y un reconocimiento fundamental: si ellas se paran, la soberanía alimentaria colapsaría a nivel global.
Esta semana llega el 8M con miles, cientos de reivindicaciones: todas necesarias, todas urgentes. Además, 2026 ha sido declarado por las Naciones Unidas el Año Internacional de la Agricultora. Los objetivos principales son: destacar el rol imprescindible de las mujeres para la seguridad alimentaria, la nutrición y la viabilidad económica; sensibilizar y promover medidas para subsanar la brecha de género; y mejorar los medios de vida de las mujeres en todo el mundo.
Mujeres que no solo cultivan alimentos, sino que también cultivan el desarrollo y la sostenibilidad de las comunidades de acá y de allá.
Por todo ello, nos toca, más que nunca, acompañar y amplificar el mensaje de las mujeres que son “guardianas de semillas, memoria viva de la tierra”, que diría María Sánchez. Mujeres que no solo cultivan alimentos, sino que también cultivan el desarrollo y la sostenibilidad de las comunidades de acá y de allá.
La situación de las mujeres agricultoras, en pleno siglo XXI, avanza, pero de forma lenta y con muchas dificultades. Con un simple vistazo, es fácil identificar que su papel continúa siendo, desde el principio, inestable y vulnerable. En el Estado español, en 2021, elDiagnóstico de la Igualdad de Género en el Medio Rural del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación advertía de una brecha clara en el acceso al empleo. Entonces la tasa de empleo femenina se situaba en el 51,6% frente al 60,6% de los hombres, una diferencia que subrayaba un menor acceso de las mujeres al empleo en igualdad de condiciones.
Cuatro años después, en 2025, según el estudio Mujer Rural 2025. Situación sociolaboral de las trabajadoras en el sector agropecuario español, publicado por el sindicato de Comisiones Obreras (CCOO), la desigualdad persiste. Las mujeres representan el 29,1% de las personas ocupadas en el sector agrario, pero concentran el 41,4% del desempleo, lo que evidencia una mayor dificultad para acceder y mantenerse en el sector.
En los sistemas agroalimentarios de todo el mundo, las mujeres, como mano de obra, son un porcentaje muy similar al de los hombres. No obstante, su contribución continúa siendo infravalorada y cuentan con condiciones laborales más precarias: empleos irregulares, a tiempo parcial, con salarios bajos, condiciones de mano de obra intensiva...
¿Dónde está la tierra de las mujeres?
Las mujeres rurales representan un tercio de la población del planeta y el 43% de mano de obra agrícola, según ONU Mujeres. Además, producen hasta el 80% de los alimentos en los países en desarrollo afectados por la desertificación, la degradación del suelo y las sequías, según recoge este organismo internacional. Sin embargo, menos del 15% son propietarias de tierras. Una desigualdad que se repite en el sector primario español: la mayor parte de los productores rurales son hombres, un 68% frente a un 32% de mujeres, según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación.
En relación a esto, en diciembre de 2025 se produjo un pequeño paso que puede significar un gran avance. Por primera vez, se incluyó una asamblea de género en la agenda oficial de la Convención de la ONU de Lucha contra la Desertificación. Una acción que más que simbólica, puede servir para romper las dinámicas patriarcales del sistema. Una acción que ha recordado que sin derechos sobre la tierra para quienes la trabajan, cualquier política ambiental estará siempre desequilibrada.
La falta de acceso a las tierras no es un accidente histórico, se debe a leyes discriminatorias, tradiciones excluyentes, herencias y prácticas culturales que marginan… Y en muchas ocasiones, cuando las mujeres acceden a las tierras, lo hacen a suelos degradados, menos fértiles, o en territorios más vulnerables al cambio climático. De nuevo, avanzan, pero más lentamente y con más dificultad que los hombres.
Desde CERAI continuamos llamando la atención sobre esta realidad injusta y trabajando para apoyar a las mujeres en comunidades de norte a sur; para posibilitar su reconocimiento y la protección de sus derechos a la tierra. Necesitamos que las mujeres tengan acceso a las tierras, que tengan acceso a tierras de calidad aquí y allá. Es esencial para garantizar la soberanía alimentaria, la justicia económica y la igualdad de género. ¡La tierra para quien la cuida, para quien la trabaja!
Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.
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