Valencià
El futuro incierto de los habitantes del antiguo circuito de Fórmula 1 de València
En un soleado día de primavera, Mohamedsalem se despierta tirado en el suelo. Da un paso de su habitación a un patio, delimitado solo por las vallas y lonas que conforman su hogar sobre el asfalto. En su certificado especial de empadronamiento, figura como dirección “la chabola central de la Fórmula 1”.
En el horizonte se asoma el PAI del Grao, una operación de desarrollo urbanístico, heredada desde hace varias legislaturas y que la alcaldesa de Valencia, María José Catalá, ha puesto en manos de inversores privados en 2025. El proyecto se encuentra en fase de exposición pública este mes, y está destinado a ‘transformar’ el antiguo circuito en un espacio urbanizado, con 160,000 metros cuadrados de parques y zonas edificables, a menos de un año de las elecciones municipales.
El proyecto fue vendido a la inversora Atitlan (cuyo presidente es Roberto Centeno, yerno de Juan Roig) y el fondo Hayfin, que juntos conforman el grupo Valere Reoco, que pagarán solo 21,3 millones de euros de los 45 de deuda
El proyecto fue vendido a la inversora Atitlan (cuyo presidente es Roberto Centeno, yerno de Juan Roig) y el fondo Hayfin, que juntos conforman el grupo Valere Reoco. Inicialmente dispuestos a pagar 32 millones de euros de la deuda completa de 45 millones que mantiene el ayuntamiento con la Generalitat, ahora la factura para Valere Reoco se ha reducido a 21,3 millones, dejando 23,7 millones restantes que asumirán las arcas públicas valencianas.
Una fuente próxima al proyecto estimaba que esta transformación, que implicará la destrucción del asentamiento, empezará a ejecutarse en 2029. Y a menos de un kilómetro del circuito en calle Moreras 10, encontramos un alboroto constante de fincas, incluyendo una de alquiler asequible que lleva vacío desde julio del 2024. Mientras tanto, el asentamiento en el antiguo circuito de la Fórmula 1 no para de crecer.
“Todos los días se escuchan martillazos de gente construyendo nuevas chabolas”, dijo Alamin. Desde los edificios altos e imperantes, se puede ver el campamento saharaui: un conjunto de chabolas cuadradas unidas por vallas e historias de guerra compartidas. Alrededor, decenas de chabolas donde malvive gente de diversos orígenes, dependiendo de su propia organización para prosperar.
Hace 18 años, la vista habría sido muy diferente.En el verano de 2008, la ciudad de València celebró su primer Gran Premio de Europa en el recién construido circuito de Fórmula 1 (F1) al lado del mar. Equipado con gradas y vallas, se podía ver a la gente disfrutando de la carrera desde los tejados con vistas al circuito junto al mar.
Menos de cinco años después de la carrera inaugural, València rescindió su contrato con el circuito de Fórmula 1, abandonando la pista. Sin incluir los costes de construcción, el pago de la tasa de licencia supuso 100 millones de euros en pérdidas
Diego, seguidor de la F1, acudió a la carrera con su familia, aficionados de la F1 en 2008. Un “alonsista”, estaba ilusionado de que la F1 llegara a Valencia. Sin embargo, se perdieron toda la carrera. “Desde donde estábamos, solo se veía pasar el coche durante un momento en cada vuelta”, dijo Diego. “El circuito no estaba bien configurado, a pesar de ser espectacular”, lamenta. A pesar del milagro que logró Alonso en 2012, ganando una carrera en la que empezó undécimo, Diego nunca más consideró conseguir entradas.
En 2013, menos de cinco años después de la carrera inaugural, la ciudad de Valencia rescindió su contrato con el circuito de Fórmula 1, abandonando la pista. Sin incluir los costes de construcción, el pago de la tasa de licencia supuso 100 millones de euros en pérdidas, según La Sexta.
Después de largos días de repartos de comida, caminos para coger agua y esperas administrativas, Alamin se refugia bebiendo té verde saharaui “todo el día”, dentro de su chabola cuadrada puesta sobre el asfalto. “Cada té tiene un significado”, decía Alamin en español perfecto, sentado de piernas cruzadas, esperando la ceremonia. “El primero es amargo como la vida, el segundo dulce como el amor y el tercero suave como la muerte”, explica.
La alfombra que se extendía sobre el suelo recordaba a sus orígenes del Sáhara Occidental, qde donde huyó para evitar la guerra con Marruecos, desplazándose al campamento de refugiados de Tinduf en Argelia. Nacido con parálisis facial, Alamin estuvo hospedado en España 6 años para una cirugía, y desde entonces tiene una mitad de su rostro en el movimiento, consiguiendo derechos como representante saharaui, mientras la otra está paralizada junto a su familia en Tinduf.
“Aunque me echen de aquí, no me voy a volver a Argelia”, expone Alamin. “Pero llevo mucho tiempo sin ver [a mi mujer y dos hijas], y eso me harta”. Para la limpieza, el lavado, el consumo y el placer del té, Alamin y sus compañeros de piso llenan dos carritos de la compra con botellas de agua y se dirigen al parque al lado del Consum de Nazaret. Allí, se detienen junto a la fuente, inventando una solución ingeniosa con una cámara de aire de bicicleta vacía para que la fuente eche agua sin tener que apretar el botón periódicamente.
“Inventamos cosas no porque tengamos estudios, sino porque hemos tenido que sobrevivir”, relata Alamin. “No tenemos casas, así que las construimos con vallas. No tenemos electricidad, así que la generamos con paneles solares. No podemos cocinar, así que lo hacemos con gas”.
En Tinduf, la autoridad gobernante del Frente Polisario le llena periódicamente su bidón de agua para uso doméstico. En València, España, clasificada como la ciudad más habitable del mundo para expatriados por InterNations, llena periódicamente 115 litros de agua utilizando carros de la compra con garrafas de agua encontradas por la calle.
“Vivimos 75 personas aquí y solo queremos vivienda y trabajo. Hemos llevado nuestro caso a varios sitios del ayuntamiento, pero Isabel Lozano (concejal de servicios sociales) nos dijo que no podía ayudar”
Al igual que Alonso en la carrera de 2012, los refugiados en la F1 se despiertan con una serie de curvas cerradas por delante, partiendo siempre desde atrás. Los saharauis se organizan a través de representantes que hablan español para conseguir documentación esencial. “Vivimos 75 personas aquí y solo queremos vivienda y trabajo”, dice Mahmoud, formado como farmacéutico en Cuba, que viaja con sus compañeros para hacer trámites administrativos. “Hemos llevado nuestro caso a varios sitios del ayuntamiento, pero Isabel Lozano (concejal de servicios sociales) nos dijo que no podía ayudar”.
En el caso de otra comunidad que vive en la F1, es más difícil, ya que no se pueden organizar alrededor de los que hablan español. Se trata de una comunidad de inmigrantes en situación irregular que llegó hace poco a la zona verde entre el circuito y el cementerio del Grau, que cursan clases de español desde hace poco.
Allí, Gharbi, un argelino de 33 años se construye un baño para la chabola que alzó hace cinco meses. “Antes vivía en la calle y no era compatible para mí”, explica Gharbi en árabe, traducido al español por Alamin. “Ahora estoy buscando trabajo”. Esta comunidad sobrevive en torno a la fuente de agua que hay próxima al cementerio. Una organización viene a repartir comida y dar clases de español. Uno de los más jóvenes de la comunidad se llama Ahlam, de 24 años, quien ha trabajado viajando hasta Cullera y Gandía.
En el caso de Mustafá, lleva seis años en España, y busca regularizarse en España tras haber tenido varios trabajos. Esta comunidad está en proceso de obtener documentación a través de la regularización extraordinaria, que requiere cinco meses de residencia y falta de antecedentes penales. Muchos tienen estudios, por ejemplo, en el sector del aluminio y la construcción, pero “les falta papeles”, lamentan, para trabajar.
Esta regularización fue el motivo de una asamblea general en la F1 el 24 de abril, realizada por la ONG Valencia es Refugi junto con la comunidad saharaui. Fue precipitado por la exclusión explícita de los apátridas en el mencionado esfuerzo de regularización por parte del Gobierno de España, a pesar de ser incluidos en los primeros borradores. Según datos del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, la mayoría de solicitantes del estado de apátrida son de origen saharaui. El tema de la asamblea era la regularización, pero también se abordaron otros problemas, como la falta de privacidad que sufren los habitantes de la Fórmula 1 al estar expuestos.
Uno de los presentes, Abdelfatah, tiene 70 años y nació cuando el Sáhara Occidental era parte del Reino Español. Después de obtener la nacionalidad, le fue negado renovarlo supuestamente porque las autoridades no lograron entender su nombre. Desde 2021, vive en las afueras de la F1, con una prótesis en la pierna izquierda tras tenerla amputada, diabetes y problemas de próstata. Sobrevive gracias a ayuda de amigos y vecinos.
Tiene el pelo blanco y los dientes amarillentos en su chabola separada por vallas y hormigón, pero se mostraba estoico ante su situación. “Estamos acostumbrados a vivir así”, dice. “Plantamos [esta morera] para dar vida a un sitio muerto”, dijo Isabel, una española que fue de las primeras en hospedarse en el circuito. “No está muerta por la gente, sino por la basura”, lamenta.
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