Opinión
¿Y nuestras otras raíces? València, memoria y el derecho a reconocernos

Me duele que la derrota del moro se convierta en celebración. Allí donde se escenifica su vencimiento, pienso en las muertes, las pérdidas y el sometimiento que hubo detrás de las conquistas.
Albufera Reportaje - 1
Vistas de la Albufera, nombre de origen árabe que significa “pequeño mar”. Lluna Bartual
25 oct 2026 07:36

Hay raíces que encuentran un lugar en los discursos oficiales, las estrategias y los presupuestos. Otras permanecen en las piedras de nuestras ciudades, en los nombres de nuestros pueblos y en las palabras que pronunciamos cada día, esperando un reconocimiento a la altura de su profundidad.

La apuesta institucional por la hispanidad merece una reflexión. Cuando un vínculo cultural recibe estructuras, planificación y recursos públicos, estamos ante una decisión política sobre qué pertenencias situar en el centro. ¿Por qué esta insistencia? ¿Qué idea de sociedad se construye y qué lugar reserva a nuestras otras raíces?

Las comunidades latinoamericanas merecen reconocimiento, participación y derechos. También merecen que su diversidad no quede encerrada en un único relato de hispanidad. Cada 12 de octubre, hay quienes afirman que no hay “nada que celebrar” y recuerdan la colonización desde el despojo, la violencia y las resistencias.

Una política pública debe escuchar también esas memorias, sin dar por hecho que una celebración representa a toda una comunidad. Esa misma exigencia me lleva a preguntar por nuestras raíces árabes y andalusíes y por el lugar que se concede a quienes hoy somos identificados como moros.

Con unas elecciones en el horizonte, estas prioridades merecen especial atención. Lo que las instituciones celebran, financian o relegan influye en quién se siente reconocido. Cabe preguntarse cuánto pesa la convivencia y cuánto el cálculo electoral.

Escribo como valenciana de origen marroquí, orgullosa de mis raíces árabes y de mi identidad musulmana. Quiero esta tierra con su diversidad, su lengua y su historia. Desde ese cariño reclamo espacio para una memoria que también nos pertenece.

La ciudad que todavía habla

València fue también Balansiya. Tuvo casas, mercados, conocimientos y personas que quisieron a sus familias y a sus calles. Para ellas, este lugar era su hogar. En el Carme, la torre del Àngel y los restos de la muralla islámica del siglo XI conservan fragmentos de aquel mundo. En Salines y Mare Vella, entre edificios y recorridos cotidianos, permanecen piedras que protegieron otras vidas. Pasamos junto a ellas sin preguntarnos a quiénes cobijaron.

El Portal de la Valldigna, abierto en 1400 sobre aquella muralla, comunicaba la ciudad con la morería establecida después de la conquista cristiana. Recuerda que la presencia musulmana continuó después de 1238: las personas no desaparecieron al cambiar las banderas.

En el País Valencià también hablan los nombres: Benicàssim, Benifaió, Benaguasil. Guardan huellas de nombres y grupos familiares árabes. Los pronunciamos para decir dónde vivimos o dónde nos espera alguien. La historia sigue viajando en nuestra boca, incluso cuando desconocemos lo que cuenta.

Y está el agua que recorre l’Horta. La herencia andalusí permanece en el regadío valenciano y en la tradición de gobierno del agua que representa el Tribunal de les Aigües. Sigue sosteniendo trabajo, cosechas y acuerdos para cuidar la tierra. Me emociona esa memoria que corre por las acequias. Quisiera que conocerla formara parte de nuestra manera de querer València.

Las tradiciones reúnen afectos profundos; también pueden abrirse a escuchar el dolor que sus representaciones despiertan

Lo que una celebración puede remover

Desde ese vínculo quiero hablar de las fiestas de Moros y Cristianos. Sus relatos varían según la localidad; sería incorrecto confundir las conquistas medievales con la posterior expulsión morisca. Pero el rigor también exige preguntar qué lugar concedemos a quienes sufrieron aquellas violencias. 

A mí me duele que la derrota del moro se convierta en celebración. Allí donde se escenifica su vencimiento, pienso en las muertes, las pérdidas y el sometimiento que hubo detrás de las conquistas. Me reconozco emocionalmente en quienes aparecen como el enemigo que debía ser derrotado. Necesito poder decirlo sin que mi dolor se descarte como una incomprensión de la fiesta.

Cuestionar ese relato no implica atribuir a cada participante la voluntad de festejar aquellas muertes. Implica preguntar dónde quedan quienes perdieron su hogar, su libertad o su vida. Las tradiciones reúnen afectos profundos; también pueden abrirse a escuchar el dolor que sus representaciones despiertan.

Aquellas personas eran de aquí

En el reino de Valencia, la expulsión morisca se ejecutó entre 1609 y 1610. Hubo familias arrancadas de sus hogares, muertes y separaciones. Muchas habían nacido aquí, como sus padres y abuelos. Aquí trabajaban. Aquí estaban sus recuerdos y sus muertos. Tampoco hubo una desaparición absoluta. La documentación sobre hijos de moriscos que quedaron en Ontinyent permite hablar de permanencias concretas, sin inventar cifras ni genealogías.

Los rostros actuales no demuestran ascendencias. Nuestra historia compartida sí permite cuestionar la fantasía de una identidad pura, ajena a siglos de encuentros. Y quienes somos árabes y musulmanes hoy tenemos derecho a pertenecer sin acreditar ningún antepasado andalusí.

La memoria también es una decisión política: ¿Por qué cuesta tanto reconocer quiénes fuimos y quiénes somos? El borrado también ocurre por omisión: explicar una presencia mediante conquistas, reducir sus aportaciones a curiosidades y dejar fuera sus voces.

Quiero que nuestras hijas e hijos encuentren una historia donde las personas árabes y musulmanas tengan nombres, conocimientos, afectos y voz propia

Las instituciones pueden corregir esa mirada o consolidarla. No hace falta alterar una fecha para deformar la historia: basta con iluminar siempre lo mismo y mantener el resto en la penumbra. Ante unas elecciones, debemos examinar cómo se emplean las ideas de proximidad cultural. Ninguna comunidad debería reducirse a un caladero de votos, ni recibir menos atención porque se le atribuya menor influencia electoral.

Quiero políticas educativas y culturales que nos ayuden a conocer esta herencia, construidas con nuestras asociaciones y acompañadas de medidas contra la morofobia, la islamofobia y el racismo. Admirar un patrimonio debe ayudarnos también a respetar a las personas. Me duele que “moro” vista de esplendor una fiesta y sirva después para humillar en la calle. Quiero que nuestras hijas e hijos encuentren una historia donde las personas árabes y musulmanas tengan nombres, conocimientos, afectos y voz propia.

La Generalitat puede impulsar estrategias y dedicar recursos. Le pido que emplee esa capacidad para ampliar el reconocimiento y combatir el odio. Yo también soy esta tierra. La quiero con toda su diversidad y con la complejidad de su historia. Mi orgullo árabe y musulmán forma parte de ese amor.

También se ama València cuando se reclama que nadie tenga que sentirse extraño en ella.

País Valenciano
12 de octubre, ¡nada que celebrar!
València pels Drets de les Persones Immigrades se manifesta este domingo con el lema: ¡Nada que celebrar! ¡Por la memoria anticolonial y la lucha antirracista!
Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...