Ni arrasada ni recuperada: qué revelan los estudios sobre la Albufera tras la dana

Los informes tras la dana corrigen parte del relato que circuló sobre la Albufera y sitúan el origen en problemas ecológicos y territoriales históricos.
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Observatorio de aves en l'Albufera.
17 jun 2026 06:00 | Actualizado: 17 jun 2026 08:46

En el Tancat de la Pipa, una silla permanece expuesta con un cartel: “Esta silla llegó flotando al Port de Catarroja desde el Barranco del Poyo. DANA 2024”. Es uno de los muchos objetos que dejó la riada, junto a una sucesión de diagnósticos rápidos sobre el estado de la Albufera que dejaron que la desinformación ocupase el espacio de las voces expertas. Durante semanas, la imagen de un lago sepultado bajo el agua consolidó la idea de un desastre natural irreparable.

Pero los informes publicados después de la dana dibujan un escenario atravesado por factores históricos muy anteriores al 29 de octubre de 2024.El impacto de la dana en la Albufera fue innegable. La cercanía al barranco del Poyo, uno de los puntos más afectados, provocó que en pocas horas, el parque natural recibiera más de 120 hm³ de agua.

El nivel del lago subió cerca de un metro en apenas once horas y unas 700.000 toneladas de sedimentos se depositaron en el fondo. En un solo día, la Albufera acumuló el equivalente a tres décadas de sedimentación

El nivel del lago subió cerca de un metro en apenas once horas y unas 700.000 toneladas de sedimentos se depositaron en el fondo. En un solo día, la Albufera acumuló el equivalente a tres décadas de sedimentación. Durante semanas, el lago dejó de parecerse a sí mismo, pero la idea repetida tras la inundación de que el lago había quedado devastado esconde una realidad más compleja.

El problema no empieza en la dana

“La Albufera no está peor por la dana, porque ya estaba mal”, explica Hernández. Tal y como argumenta la experta, la riada no creó el problema en el ecosistema, pero sí lo agravó y lo hizo visible. El espacio natural arrastra desde hace décadas un proceso de degradación ligado a la presión urbana, los vertidos y la intensificación agrícola. A partir de mediados del siglo XX, la agricultura intensiva y el crecimiento urbano e industrial sin tratamiento de aguas residuales provocaron la eutrofización del lago, es decir, un exceso de nutrientes.

El sobrecrecimiento del fitoplancton redujo la transparencia, afectó la vegetación subacuática y provocó mortandad de peces, llevando a un “colapso ambiental” en los años 70. La lucha ecologista ha logrado medidas como la depuración de aguas o la creación de humedales artificiales que han mejorado parcialmente la calidad del agua, pero el deterioro ecológico persiste.

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Senda en la marjal que rodea la laguna. Lluna Bartual

Si bien la dana arrastró nuevos contaminantes, la presencia de contaminantes en el agua y en el suelo no es nueva en este parque natural que aspira a ser declarado Reserva de la Biosfera por la Unesco. El grupo de investigación del Instituto Cavanilles, en sus análisis de noviembre en acequias del norte, señala que estas aguas contenían compuestos característicos de vertidos urbanos, como fármacos, cafeína y altas concentraciones de amonio, “algunos derivados de la riada y otros ya presentes antes de las inundaciones”.

El problema tampoco empieza en la Albufera

“Si la parte alta de la cuenca contara con un sistema de cobertura vegetal, la capacidad de infiltración hubiera sido mayor y, por lo tanto, la escorrentía y los sedimentos se hubieran reducido“, asegura Héctor Moreno, investigador de la UPV-CVER.

Otro de los errores es situar el origen del problema en el propio humedal. Sin embargo, la Albufera no funciona como un espacio aislado, sino como el punto final de un sistema mucho más amplio. Todo lo que ocurre en la cuenca —desde la gestión forestal hasta la actividad industrial— acaba teniendo un efecto en el lago y en la marjal. La falta de vegetación en zonas altas, la urbanización o la ubicación de industrias en áreas inundables influyen no solo en la cantidad de agua que llega, sino también en su velocidad y en lo que transporta.

“Regular los tipos de industrias que se instalan en zonas muy propensas a las inundaciones evitaría que, en caso de vertido, productos como hidrocarburos, metales de baterías o plásticos acabaran en una zona pantanosa”, afirma Moreno

Parte de los sedimentos, residuos y contaminantes que alcanzaron la marjal durante la riada procedían precisamente de ese recorrido previo. Los estudios posteriores a la dana detectaron desde restos industriales hasta metales o residuos urbanos arrastrados por el agua. “Regular los tipos de industrias que se instalan en zonas muy propensas a las inundaciones o cerca de cursos de agua evitaría que, en caso de vertido, productos como hidrocarburos, metales de baterías o plásticos acabaran en una zona pantanosa”, afirma Moreno.

Un diagnóstico catastrófico (y matizable)

Los resultados de los informes de la Dirección General de Medio Natural y Animal Generalitat Valenciana “evidencian la notable capacidad de resiliencia del sistema lacustre frente a perturbaciones extremas como la dana”.

Frente a una escena de desastre amplificada en los primeros días, los estudios realizados tras la riada apuntan a una recuperación progresiva de la Albufera conforme las labores de restauración avanzaban y el ecosistema asimilaba el impacto. Aunque el episodio fue severo, el sistema mantuvo parte de su funcionalidad ecológica y comenzó a recuperar algunas de sus dinámicas habituales. El fitoplancton recuperó su patrón habitual y el zooplancton —prácticamente desaparecido tras el episodio— volvió a registrar niveles elevados de diversidad.

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Uno de los canales que forma parte del sistema de riego de los arrozales.

Incluso los sedimentos, que a priori pueden parecer dañinos, tienen una doble cara. Tal y como señala el investigador de la UPV-CVER, Héctor Moreno, “el aporte de limos y arcillas puede incluso aumentar la fertilidad del suelo agrícola”. La entrada masiva de sedimentos forma parte de la dinámica natural de este tipo de sistemas, pero Moreno advierte que ese mismo sedimento, si no se gestiona, puede compactar el suelo, favorecer la acumulación de sales y acabar generando problemas para el cultivo del arroz.

Los resultados científicos evidencian la notable capacidad de resiliencia del parque natural, propia de los humedales. Una recuperación que, pese a poder interpretarse como un aspecto positivo, no equivale a un buen estado de salud ecológica.

Según María Hernández, la técnico de Agró, “que no se plantara, hubiera sido lo ideal”. Cuando llegó la riada, los arrozales todavía no estaban sembrados y eso permitió recuperar la actividad antes de la siguiente campaña

Según María Hernández, la técnico de Agró, “que no se plantara, hubiera sido lo ideal”. El ciclo agrícola dio margen a los agricultores. Cuando llegó la riada, los arrozales todavía no estaban sembrados y eso permitió recuperar la actividad antes de la siguiente campaña.

Pese a la posibilidad de renunciar al cultivo a cambio de ayudas económicas, la mayoría optó por volver a plantar y la urgencia por recuperar la normalidad marcó buena parte de las decisiones posteriores. Para acelerar la limpieza de los campos antes de la siembra, se desplegó maquinaria pesada en amplias zonas de la marjal. El barro debía desaparecer rápido. También los residuos.

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María Hernández en el Tancat de la pipa. Lluna Bartual

Pero no todas las formas de limpiar tienen el mismo impacto. Según advierte Hernández, el paso de maquinaria pesada fragmentó parte de esos residuos y facilitó su dispersión en el suelo y el agua. Frente a esa lógica de urgencia, Acció Ecologista Agró apostó por la recogida manual para identificar, separar y gestionar mejor los residuos. Un trabajo más lento, menos visible y más difícil de encajar en un contexto atravesado por la presión para volver a producir cuanto antes.

Meses después, en junio de 2025, Agró advirtió de la reaparición de residuos que habían quedado enterrados y que volvieron a emerger justo cuando los arrozales empezaban a inundarse para una nueva campaña de siembra.

¿Quién sostiene el territorio?

“Ni estaban ni se les esperaba”, resume María Hernández al hablar sobre la llegada inicial de recursos a determinadas zonas del entorno de la Albufera.

Ante esa ausencia, la organización en la marjal se construyó desde abajo. Redes locales, colectivos y personal técnico empezaron a organizar cuadrillas de limpieza, voluntariado y brigadas ambientales. Acció Ecologista-Agró coordinó parte de esos trabajos durante meses, desde la retirada de residuos hasta la búsqueda de financiación para pagar tractores o contratar empresas especializadas para gestionar plásticos. Por las jornadas impulsadas por la organización pasaron más de 600 personas. Solo en la recogida de plásticos consiguieron retirar cerca de seis toneladas de residuos.

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Restos de la dana recogidos en l'Albufera. Cedida por AE Agró

Según Acció Ecologista-Agró, la respuesta institucional no solo fue insuficiente sino que llegó de forma heterogénea al territorio afectado. En un comunicado publicado en junio de 2025, la organización denunció que “la capacidad de los municipios afectados es claramente insuficiente para afrontar la magnitud del problema” y reclamó una intervención coordinada para abordar la retirada de residuos y la restauración ambiental de las zonas afectadas.

Tropezar sobre el mismo lodo

Algunos mensajes han reducido lo ocurrido a una catástrofe puntual y quizá ese sea el bulo más engañoso de todos: pensar que se trata de un hecho aislado.

El aumento de fenómenos meteorológicos intensos y las condiciones del territorio apuntan en la dirección contraria. Las razones que explican lo ocurrido hacen que este tipo de episodios formen parte de una tendencia, no de una excepción.

Asumir que estas inundaciones forman parte de un escenario cada vez más frecuente implica cambiar también la forma de habitar y gestionar el territorio. Más allá de la respuesta inmediata, la adaptación pasa por fortalecer la capacidad de anticipación y de reacción, tanto a nivel colectivo como individual. Desde el trabajo sobre el terreno, colectivos como Acció Ecologista-Agró insisten en medidas que van desde recuperar coberturas vegetales en las cuencas y limitar actividades contaminantes en zonas inundables hasta reforzar la educación ambiental, la prevención y las redes comunitarias de respuesta.

Porque la dana no creó el problema. Tampoco empezó en la Albufera ni terminó cuando bajó el agua. Los contaminantes ya estaban allí antes de la riada, los desequilibrios ecológicos llevaban décadas acumulándose y las advertencias sobre la vulnerabilidad del territorio también existían mucho antes de octubre de 2024. La emergencia tampoco fue solo climática. Habló de gestión del territorio, de prevención, de qué voces se escuchan y de quién sostiene los espacios cuando llega la crisis.

Meses después de la riada, la silla que llegó flotando desde el barranco del Poyo sigue expuesta en el Tancat de la Pipa. Ya no solo como recuerdo de la inundación, sino también como advertencia de un ecosistema que lleva demasiado tiempo reclamando atención.

La elaboración de este artículo ha contado con el apoyo de una subvención del proyecto Climate Frontline, dirigido por EJC en colaboración con REVOLVE.

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