Opinión
Cuando la justicia no llega, el pueblo levanta su propio tribunal
A las ocho de la tarde, la Sala L’Horta estaba llena. Entre el público había asociaciones de víctimas de la dana, activistas y personas vinculadas a colectivos y movimientos sociales del País Valencià. No habían acudido únicamente a ver una obra de teatro. Compartían una preocupación que sigue abierta desde aquel 29 de octubre de 2024: qué ocurrió, por qué no se protegió a la población a tiempo y quién debe responder por las decisiones que precedieron a una de las mayores tragedias recientes de nuestra historia.
Era el preestreno de El judici a Carlos Mazón que mai voràs, una propuesta de la compañía Atirohecho, la Koordinadora de Kolectivos del Parke Alcosa y la cooperativa audiovisual Barret. Una cita en la que el teatro político se encuentra con la memoria colectiva y con una demanda de justicia que no desaparece con el paso del tiempo.
Sentar simbólicamente a Carlos Mazón ante un tribunal teatral significa trasladar al escenario una pregunta que lleva demasiado tiempo resonando en las calles
En Castellar del Oliveral, golpeado por la dana, la tragedia no es una noticia lejana ni una cifra que pueda archivarse. Forma parte de la memoria de los barrios, de las conversaciones cotidianas, de las ausencias y de una herida que continúa abierta. Sentar simbólicamente a Carlos Mazón ante un tribunal teatral significa trasladar al escenario una pregunta que lleva demasiado tiempo resonando en las calles.
Un juicio que no cabe en un expediente
La obra se articula en tres momentos. El primero introduce al personaje de Carlos Mazón y permite reconocer cómo la política construye cercanía y confianza. Después llega el núcleo de la propuesta: el juicio. La escena examina las decisiones, las declaraciones y los acontecimientos relacionados con la gestión de la emergencia. La tercera parte conduce a la sentencia. Es ahí donde la obra adquiere su fuerza: no porque un escenario pueda sustituir a un juzgado, sino porque permite formular, ante una comunidad reunida, preguntas que no deberían desaparecer entre los plazos procesales, los debates partidistas y las estrategias de comunicación.
Conviene distinguirlo: se trata de un juicio imaginario, no de una resolución judicial. La pieza no pretende reemplazar a los tribunales, sino hacer visible la distancia entre las exigencias de una parte de la sociedad y aquello que puede resolverse por las vías institucionales. A través de materiales y declaraciones públicas, la obra combina interpretación, proyecciones y música en directo. La realidad no queda reducida a un telón de fondo: entra en escena e interpela al público. Porque una catástrofe no se entiende únicamente mediante cronologías oficiales. También se comprende desde las casas inundadas, las horas de incertidumbre, las pérdidas irreparables y las redes de solidaridad que surgieron cuando tantas personas sintieron que estaban solas.
La memoria frente al olvido
El 29 de octubre de 2024 dejó al descubierto la fragilidad de los sistemas de protección y la importancia de contar con instituciones capaces de anticiparse a una emergencia y actuar para defender la vida. La magnitud de la tragedia no puede medirse únicamente por los daños materiales. Hay familias que han tenido que aprender a convivir con una ausencia y comunidades que todavía reconstruyen sus espacios y sus vínculos. Para quienes han perdido a alguien, el paso del tiempo no equivale necesariamente a una reparación. Tampoco basta un cambio de cargo para dar por saldadas las responsabilidades políticas.
La exigencia de verdad y rendición de cuentas va más allá de una persona y de un mandato. Interpela a las instituciones, sus mecanismos de prevención y la manera en que se toman decisiones cuando la población está en peligro.
El título de la obra funciona como una declaración de intenciones. El judici a Carlos Mazón que mai voràs plantea teatralmente una pregunta que sigue abierta y devuelve al debate colectivo aquello que no debería quedar reducido a una disputa entre partidos. No se trata de reemplazar la justicia por el teatro, sino de evitar que la memoria se convierta en silencio. La justicia necesita garantías, pruebas y procedimientos; la sociedad necesita poder hablar de lo sucedido, escuchar a quienes lo vivieron y mantener viva la exigencia de que se esclarezcan las responsabilidades.
Ni olvido ni perdón
La sala llena fue también una imagen de encuentro. En un tiempo en el que las tragedias corren el riesgo de quedar enterradas bajo la siguiente noticia, reunir a víctimas, activistas y colectivos sociales alrededor de una representación constituye una forma de sostener la memoria. La presencia de las asociaciones de víctimas daba a la velada una dimensión especial. No se trataba de convertir su dolor en un recurso dramático ni de hablar en su nombre, sino de reconocer que cualquier reflexión sobre la dana debe partir de quienes han sufrido sus consecuencias. La memoria no puede construirse al margen de ellas.
La función terminó con una imagen contundente: todo el elenco salió acompañado de asociaciones de víctimas y de lucha con una pancarta en la que podía leerse “Ni olvido ni perdón”. El mensaje condensaba el sentido de una obra que se resiste a que el paso del tiempo diluya las responsabilidades y relegue el sufrimiento de las víctimas a un recuerdo incómodo. No era solamente el final de una representación, sino una declaración política compartida: la memoria de lo sucedido no se negocia.
Después llegó el coloquio, con representantes de asociaciones de víctimas, integrantes del elenco y activistas. El encuentro permitió prolongar fuera del escenario las preguntas planteadas por la obra y conectar la representación con las experiencias y reivindicaciones de quienes siguen movilizados en la sociedad valenciana. La pancarta y el coloquio dejaron una imagen difícil de separar del sentido de la velada: una comunidad que se reúne para recordar, compartir el dolor y transformar la indignación en exigencia colectiva. Porque el olvido también puede convertirse en una forma de impunidad.
La iniciativa reúne las trayectorias de Atirohecho, la Koordinadora de Kolectivos del Parke Alcosa y Barret, vinculadas al teatro político, la organización comunitaria y el trabajo audiovisual. La producción se impulsó previamente mediante una campaña de micromecenazgo, que permitió sumar apoyos para hacer posible el proyecto.
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