Opinión
A once años del primer Ni Una Menos, una mujer es asesinada cada 31 horas en Argentina

Hoy, en Argentina, una niña o mujer es asesinada cada 31 horas. Cada 31 horas ese destino injusto le toca a una de nosotras.
Ni una menos 4 de junio 2025 - 1
Participantes en la convocatoria del décimo aniversario de Ni una menos, el 4 de junio.
11 jun 2026 06:00

Hace tan solo unos días, los restos de Agostina Vega, una adolescente de 14 años que llevaba desaparecida una semana, aparecieron descuartizados y con signos de asfixia en un descampado de las afueras de la ciudad de Córdoba, en Argentina. El presunto asesino sería la expareja de la madre, un hombre casi 20 años mayor que ella que la habría engañado para que se acerque sola a su domicilio. 

Hace once años, otra adolescente de 14 años apareció asesinada a golpes por su novio. Su nombre era Chiara Páez, y aunque su novio la descartó en un baldío queriendo borrar su cuerpo; su nombre y su rostro recorrieron todo el país y, por primera vez, las mujeres argentinas salimos a manifestarnos en una marcha histórica que repetimos cada año desde ese entonces. Ese espacio multitudinario representa para las familias de las víctimas un sentido de justicia: saber que los nombres de sus hijas, de sus hermanas, de sus madres, de sus amigas, viven en ese reclamo que llena todas las calles del país año tras año. 

Es inevitable pensar quién era una a los 14 años, qué siente, qué piensa, con qué fantasea, cuáles son los problemas y las alegrías a esa edad. Recuerdo aún la forma de mis manos pequeñas, el sonido de mi voz aguda al hablar, la inocencia frente a un cuerpo que aún estaba creciendo. Es inevitable no dimensionar el dolor que vive cada chica cuando la secuestran, la matan o la violan a tan corta edad. Es inevitable no sentir que aquel dolor es el más grande de todos porque significa que, el temor que nos pisa los talones todo el tiempo, se vuelve realidad. 

Hoy, en Argentina, una niña o mujer es asesinada cada 31 horas. Cada 31 horas ese destino injusto le toca a una de nosotras.

Desde niñas, somos educadas en los caminos que debemos evitar, las horas a las que ya no podemos caminar solas, la ropa que no podemos vestir, los varones a los que tenemos que estar atentas

Las mujeres en Argentina crecemos con miedo. Ese miedo, del que una da cuenta a tan pequeña edad, constituye la base de nuestro carácter. Incapaz de modificarlo o ignorarlo, el temor a ser violadas, secuestradas o asesinadas es un dispositivo interno que nos avisa hasta dónde llega nuestra libertad y cuando debemos emplear recursos para protegernos. Desde niñas, somos educadas en los caminos que debemos evitar, las horas a las que ya no podemos caminar solas, la ropa que no podemos vestir, los varones a los que tenemos que estar atentas. Aprendemos que existen lugares prohibidos, horarios peligrosos y comportamientos que debemos adoptar para mantenernos a salvo. Nuestra libertad es amputada desde el nacimiento porque las madres y mujeres que nos cuidan creen que, con ese sacrificio, estaremos a salvo. 

Más tarde, nos convencemos nosotras también de que esa es la manera. De que solo así, siguiendo el manual del miedo, un hombre opondrá resistencia a su deseo descontrolado de hacer de nuestro cuerpo una carnicería. Entonces, tejemos redes con nuestras pares para asegurarnos de que todas lleguen bien a casa después de una noche de fiesta, nos advertimos del baboso de la oficina, portamos objetos afilados en nuestros bolsos para defendernos si nos atacan, nos vestimos de una manera que no sabemos si es propia o impuesta, nos ponemos a dar vueltas innecesarias si vemos que hay un hombre en nuestro portal, y así, tantas otras cosas que no me alcanzaría una tribuna para enumerar. Todos aquellos gestos de la autodefensa, tan firmemente arraigados a nuestra conducta, representan también la violencia que nos mata y nos mutila. 

Sus victimarios son sus padres, abuelos, tíos y parejas. El 77% de los abusos sexuales y femicidios son producidos en contexto de violencia doméstica

Sin embargo, a pesar de las pérdidas frente a las cuales nuestro deseo se adoctrina, no estamos a salvo.  Incluso las niñas que crecen al pie de ese temor son abusadas y asesinadas, muchas veces por su propia familia. Sus victimarios son sus padres, abuelos, tíos y parejas. No importa su “impecable” conducta ni los sitios por los que caminen: el 77% de los abusos sexuales y femicidios son producidos en contexto de violencia doméstica. 

Dice Rita Segato, antropóloga y pensadora feminista argentino-brasileña que investigó durante años a violadores en la cárcel de Papuda, en Brasilia, que el eje vertical de la relación entre agresor y víctima no alcanza para explicar la violencia de género, que es necesario entender el eje horizontal entre varones.

La violencia de género es para Segato un “enunciado sobre la jurisdicción”. Quien agrede o asesina a una mujer no es simplemente un “enfermo mental”, sino un varón que busca afirmar poder sobre un territorio que considera propio. En ese acto violento hay un mensaje dirigido a otros hombres: la demostración de que puede pertenecer a aquella cofradía masculina. 

Profundizar en esta conceptualización permite dimensionar el alcance de la violencia contra las mujeres, que no se limita al acto violento en sí mismo. Cada femicidio es la máxima expresión de un sistema que reconoce la dominación masculina en cada gesto cotidiano. 

La manifestación masiva de la semana pasada lo demuestra: no estamos dispuestas a ceder frente a la conquista de nuestros cuerpos

La lucha feminista en Argentina ha ido nombrando todas aquellas violencias a las que estamos expuestas. El primer Ni Una Menos hace once años fue el primer paso en un camino que aún recorremos para transformar en problema político aquello que durante décadas fue considerado un asunto privado y para denunciar que este sistema que reproduce desigualdad nos mata.  

La manifestación masiva de la semana pasada lo demuestra: no estamos dispuestas a ceder frente a la conquista de nuestros cuerpos. La marea verde y violeta llenó las calles de todo el país con el rostro de Agostina para pedir justicia y, también, para exigir al Gobierno que nombre y sancione esta violencia con figuras penales adecuadas, que sostenga las leyes que protegen a las víctimas y que garantice el funcionamiento de los organismos y líneas de asistencia que acompañan a mujeres en situación de riesgo.

Cuando el presidente de la Nación cuestiona la figura penal del femicidio en un foro como Davos, no solo exhibe su incomprensión de la categoría jurídica: también desoye una realidad en la que casi una mujer muere cada día en el país que gobierna. Hace once años las mujeres en Argentina responden ante cada injusticia con nombres propios. Son Agostina, Chiara y miles más, y detrás de esos nombres estamos todas.

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