Opinión
Europa exporta normas ambientales e importa los productos que las incumplen

El 30 de diciembre, Europa empezará a preguntar de dónde vienen su soja y su café. Es un comienzo. Ojalá llegue pronto el día en que también pregunte por el río que tiñó su ropa y por el bosque que hoy es un estanque.
Bangladesh mujeres industria textil
Mujeres de la industria textil en Bangladesh. Foto: Setem
10 oct 2026 06:00

El próximo 30 de diciembre, tras dos aplazamientos, el reglamento europeo contra la deforestación empezará a aplicarse a las medianas y grandes empresas. La Comisión asegura que no habrá un tercer retraso. Desde ese día, quien venda en la Unión Europea soja, café, cacao, aceite de palma, caucho, madera o productos del ganado tendrá que demostrar que no proceden de tierras deforestadas después de 2020.

Dirijo el Center for Sustainability de Bangladesh University, en un país que obtiene de Europa más de la mitad de sus ingresos por langostino congelado y que vende allí alrededor de la mitad de su ropa. Visto desde Bangladesh, la norma cambia muy poco. El daño ambiental ligado al consumo europeo cae, casi entero, en los huecos que quedan entre sus categorías.

Lo que llegó tarde

El reglamento cubre siete materias primas, y el langostino de acuicultura no es una de ellas. La revisión que la Comisión publicó en mayo, amplió la lista con el café soluble y algunos derivados del aceite de palma, y dejó fuera la acuicultura.

Aunque se incluyera, llegaría tarde. En el sureste de Bangladesh, el manglar de Chakaria, 8.510 hectáreas declaradas reserva forestal en 1903, se abrió al cultivo comercial de camarón en 1977. Con préstamos garantizados por el Banco Asiático de Desarrollo y el Banco Mundial, para 1995 todo el bosque se había convertido en estanques. El reglamento solo tiene en cuenta la deforestación posterior al 31 de diciembre de 2020.

Entre 2000 y 2016, el 62 % de la pérdida mundial de manglar se debió a cambios de uso del suelo, sobre todo acuicultura y agricultura

Lo que queda hoy es otra clase de daño. En el distrito de Satkhira, al menos 153.000 hectáreas sufren salinización, 73.000 de ellas dedicadas al langostino. Durante años, terratenientes con influencia política abrieron brechas en los diques para inundar los campos con agua salada del río, y muchos agricultores tuvieron que abandonar el arroz. Una ley sobre bosques no tiene forma de registrar nada de esto.

Mientras tanto, la conversión de manglares continúa en otros lugares. Entre 2000 y 2016, el 62 % de la pérdida mundial de manglar se debió a cambios de uso del suelo, sobre todo acuicultura y agricultura, y hasta el 80 % de esa pérdida de origen humano se concentró en seis países del sudeste asiático que producen para la exportación. En los últimos años, la acuicultura ha ganado peso como causa de pérdida en Sudamérica y en África occidental y central. Los manglares son bosques, y esa conversión ocurre ahora, después de la fecha de corte y fuera del alcance de la ley.

El agua que viaja en la ropa

El segundo hueco no tiene que ver con bosques. La ropa supone alrededor del 80 % de las exportaciones de Bangladesh, y en 2024 la Unión Europea compró el 50,34 % de ella. Bangladesh es, además, el segundo proveedor de ropa de España: según datos de 2023, de allí procede en torno al 18 % de la ropa que importa el país. Las grandes marcas españolas fabrican allí.

El acuífero bajo Dhaka y Gazipur desciende entre dos y tres metros al año por el bombeo del abastecimiento urbano y el de la industria

El coste de esa producción se mide en agua. El acuífero bajo Dhaka y Gazipur desciende entre dos y tres metros al año por el bombeo del abastecimiento urbano y el de la industria, y en la cuenca del Gran Dhaka la extracción privada, sobre todo industrial y comercial, es la mayor de todas. Los ríos Buriganga, Turag y Shitalakshya reciben vertidos sin depurar. Los investigadores que midieron el reciclaje real de agua en el sector lo situaron entre el 2 % y el 3 %, frente al 15 % que declaraban las fábricas.

Un estudio publicado en 2025 en la revista Sustainability llama a esto intercambio desigual de agua: el agua subterránea, los químicos y las aguas residuales que quedan incorporadas en los textiles exportados a Europa y Estados Unidos. Europa importa la camisa. La deuda hídrica se queda en Bangladesh.

El reglamento contra la deforestación nunca se diseñó para esto, y sería injusto reprochárselo. Ninguna norma europea de importación lo está. El instrumento pensado para este tipo de daño existe, y es precisamente el que se está recortando.

Simplificar hasta desaparecer

La directiva de diligencia debida en materia de sostenibilidad empresarial obliga a las empresas a identificar y prevenir los daños ambientales a lo largo de su cadena de suministro, de modo que podría alcanzar un acuífero agotado o un río contaminado. El paquete Ómnibus I, en vigor desde marzo, elevó su umbral de 1.000 a 5.000 empleados y de 450 a 1.500 millones de euros de facturación, y retrasó su aplicación hasta julio de 2029. Las mayores marcas siguen dentro, a partir de esa fecha. Las importadoras medianas han quedado fuera.

El propio reglamento contra la deforestación también ha encogido. Desde el 18 de septiembre, el cuero ya no forma parte de él. La Comisión lo justifica por el escaso valor económico de la piel frente a la carne, que el sector cifra en torno al 1,5 % del valor de una res en el matadero, y por la incoherencia de incluirla cuando zapatos y bolsos quedaban fuera. Las organizaciones ecologistas se opusieron, y la inclusión del cuero no volverá a estudiarse hasta 2030. Mientras tanto, la Comisión presenta como un logro haber reducido en torno a un 75 % los costes de cumplimiento respecto a sus estimaciones de 2023.

La factura

Cabe una objeción razonable. En septiembre de 2023, diecisiete países productores, entre ellos Brasil, Indonesia y Malasia, calificaron de discriminatorio y punitivo el sistema europeo de clasificación de países por riesgo, y advirtieron de que los pequeños productores podían quedar fuera del mercado por no poder demostrar el cumplimiento, sin haber talado un solo árbol. Para ayudarles, la Unión comprometió inicialmente 70 millones de euros.

La objeción tiene razón en lo esencial. Cuando una norma presupone una capacidad institucional que el subdesarrollo niega, traslada su coste a quien carece de ella. Lo he estudiado en la financiación climática, y aquí funciona igual: Europa recibe documentación limpia y el productor recibe la factura. La salida está en regular al comprador, para que sean los importadores y las marcas, que tienen el margen y la capacidad de negociación, quienes paguen la trazabilidad, sostengan precios justos y asuman el coste de cumplir.

La misma estructura que hoy traslada los costes hacia el sur podría llevar de vuelta la responsabilidad, la financiación y la atención que hacen falta para reparar lo que se rompió

En la práctica, significaría incorporar el langostino de acuicultura al reglamento contra la deforestación, a través del mecanismo de revisión que la propia norma prevé y empezando por las regiones donde la conversión de manglar sigue activa. Significaría también devolver a la directiva de diligencia debido a su alcance y su calendario, y hacer explícitos el agua y la contaminación entre los daños que las empresas deben vigilar, porque es ahí donde caben la sal de Satkhira y los acuíferos de Dhaka. Y obligaría a los compradores a financiar la trazabilidad, para que cumplir deje de ser otra transferencia de recursos del productor al consumidor.

Hay una palabra que la regulación europea repite sin detenerse en ella: cadena. Una cadena de suministro une a quien cose una camisa en Gazipur con quien la compra en Madrid, y a quien cría langostinos en Satkhira con quien los cena en Bruselas. Son eslabones de una misma cosa. Durante décadas, esa cadena ha servido para que el valor viaje hacia el norte y el daño se quede en el sur.

Una cadena también sostiene, y puede tirar en las dos direcciones. La misma estructura que hoy traslada los costes hacia el sur podría llevar de vuelta la responsabilidad, la financiación y la atención que hacen falta para reparar lo que se rompió: el manglar que fue estanque, el campo que se volvió sal, el río que perdió sus peces.

El 30 de diciembre, Europa empezará a preguntar de dónde vienen su soja y su café. Es un comienzo. Ojalá llegue pronto el día en que también pregunte por el río que tiñó su ropa y por el bosque que hoy es un estanque. Escribo desde el otro extremo de esa cadena, donde esas preguntas llevan décadas esperando respuesta, y donde todavía creemos que pueden responderse juntos. 

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