Opinión
Brasil y la consolidación de la ola reaccionaria

El avance bolsonarista desborda la elección presidencial, el Partido Liberal (PL), de la familia Bolsonaro, se ha convertido en la primera fuerza tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado.
Flavio Bolsonaro Brasil
Conexión por video conferencia de Jair Bolsonaro en la convención del Partido Liberal el pasado mes de julio, durante el discurso de su hijo Flávio, actual candidato a la presidencia de Brasil.
5 oct 2026 10:45 | Actualizado: 5 oct 2026 11:31

Brasil ha celebrado este la primera vuelta de las que son probablemente las elecciones más importantes de este año en América Latina. No solo porque esté en juego el Gobierno de la principal potencia económica y demográfica de la región, sino porque su resultado puede terminar de inclinar el tablero político continental hacia la derecha reaccionaria y reforzar el intento de Donald Trump de convertir América Latina en su auténtico patio trasero.

Las urnas han dejado un importante avance de la ultraderecha brasileña, que no solo ganó, contra lo que pronosticaba la mayoría de las encuestas, la primera vuelta de las presidenciales. Flávio Bolsonaro obtuvo más de 56 millones de votos, el 47,25 %, frente al 44,90 % de Lula, y llegará con ventaja a la segunda vuelta del próximo 25 de octubre. Pero el avance bolsonarista desborda la elección presidencial: el Partido Liberal (PL), la formación de la familia Bolsonaro, se ha convertido en la primera fuerza tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado. Michelle Bolsonaro, esposa del expresidente, fue elegida senadora por el Distrito Federal, mientras que Carlos Bolsonaro, otro de sus hijos, consiguió un escaño en el Senado por Santa Catarina. Jair Bolsonaro está condenado, inhabilitado y fuera de la competición electoral, pero su apellido nunca había acumulado tanto poder institucional.

A la sorpresiva derrota de Lula —que obtuvo cerca de cuatro millones de votos menos que en la primera vuelta de 2022— se sumó el mal resultado de buena parte de los ministros que abandonaron el Gobierno para concurrir a estas elecciones: de los 22 exministros que se presentaron, solo nueve consiguieron ser elegidos. La derrota más amarga fue probablemente la de Fernando Haddad, el hombre al que Lula ha señalado en diferentes ocasiones como posible sucesor. Haddad volvió a perder la carrera por el Gobierno de São Paulo frente al ultraderechista Tarcísio de Freitas, reelegido en primera vuelta con el 62,65 % de los votos frente al 36,42 % del candidato del PT, una diferencia de más de 26 puntos.

Tampoco lograron entrar en el Senado Marina Silva y Simone Tebet, que habían encabezado las carteras de Medio Ambiente y Planificación y eran las dos candidatas apoyadas por Lula en São Paulo. La misma suerte corrieron el exministro de Agricultura Carlos Fávaro en Mato Grosso y Gleisi Hoffmann, exministra de Relaciones Institucionales y una de las principales dirigentes del PT, en Paraná. Más que una simple derrota presidencial, la primera vuelta ha mostrado una pérdida de posiciones del campo lulista y un fortalecimiento simultáneo del ecosistema político construido alrededor del bolsonarismo.

El regreso de Lula al Palacio de Planalto, hace apenas cuatro años, sentenciaba el nuevo ciclo progresista que atravesaba América Latina. Gustavo Petro gobernaba Colombia, Gabriel Boric Chile, Andrés Manuel López Obrador México, Alberto Fernández Argentina, Xiomara Castro Honduras y Pedro Castillo Perú. Entonces, al acompañar la campaña de las elecciones brasileñas, escribí que Lula había ganado, pero que el bolsonarismo seguía muy vivo. Una advertencia que hoy parece adquirir todo su sentido con el resultado que han obtenido este domingo en donde se confirma una autentica derechización de la política brasileña.

La ola reaccionaria ha recuperado posiciones en buena parte del continente mientras Donald Trump ha convertido América Latina en uno de los escenarios prioritarios de su política exterior

Desde la vuelta de Lula a la presidencia, el péndulo regional ha girado de nuevo mostrando las limitaciones del efímero ciclo progresista. La ola reaccionaria ha recuperado posiciones en buena parte del continente mientras Donald Trump ha convertido América Latina en uno de los escenarios prioritarios de su política exterior. En este contexto, Brasil es una de las grandes piezas que todavía faltan en ese tablero. Una victoria bolsonarista incorporaría al principal país sudamericano a un bloque continental alineado con Washington y reduciría especialmente el peso de México y, en otra escala, Uruguay como contrapesos políticos al nuevo giro conservador.

No es casual que Brasil y México quedaran fuera de la cumbre del llamado Escudo de las Américas impulsada por Trump en Miami. La reunión del pasado 7 de marzo congregó a doce gobiernos latinoamericanos y caribeños aliados de Washington alrededor de una iniciativa presentada oficialmente como una coalición contra los cárteles y el crimen transnacional, pero que realmente forma parte de la ofensiva estadounidense para recuperar su influencia política y económica en la región y contener el avance de China. Bajo una retórica de seguridad, lucha contra el narcotráfico, migraciones y combate contra las interferencias extranjeras, la Casa Blanca intenta recomponer una suerte de doctrina Monroe para el siglo XXI.

Christophe Ventura, director de investigación en el IRIS (Institut de relations internationales et stratégiques), ha recordado estos días en Le Monde Diplomatique Brasil el largo hilo que une la intervención estadounidense en la política brasileña con el apoyo de Washington al golpe contra João Goulart en 1964. Evidentemente, 2026 no es 1964, las formas de intervención han cambiado. Trump no necesita apoyar o financiar un golpe de estado para intervenir en la política brasileña. Puede imponer aranceles del 50%, sancionar a magistrados, retirar visados, amenazar con represalias comerciales o construir relaciones políticas directas con el bolsonarismo. Durante el último tiempo, Eduardo Bolsonaro había convertido Estados Unidos prácticamente en su centro de operaciones políticas, presionando desde Washington contra el Gobierno de su propio país y reclamando sanciones contra Alexandre de Moraes y las instituciones que investigaban a su padre.

De hecho, la amenaza arancelaria sobre Brasil estuvo explícitamente vinculada por Trump a la situación judicial de Jair Bolsonaro. La soberanía nacional, tan presente en la retórica bolsonarista, terminaba paradójicamente subordinada a las necesidades políticas de Washington. Pero reducir estas elecciones a una operación exterior sería un error. Si el bolsonarismo vuelve a disputar la presidencia es porque ha conseguido algo mucho más profundo: construir una base social, institucional y cultural capaz de sobrevivir a su fundador.

Cuando Jair Bolsonaro perdió las elecciones de 2022 ya escribí que el expresidente podía resultar mucho más intercambiable de lo que parecía. El bolsonarismo había dejado de ser simplemente el fenómeno electoral de un antiguo capitán convertido en outsider para convertirse en un movimiento con gobernadores, diputados, senadores, empresarios, policías, iglesias, medios de comunicación y una importante implantación territorial. «Es difícil imaginar un lulismo sin Lula», señalábamos entonces, mientras que parecía factible pensar en Bolsonaro como una figura intercambiable dentro de un movimiento político que ya lo desbordaba. Cuatro años después, aquella hipótesis se pone literalmente a prueba.

El bolsonarismo está demostrando que puede sobrevivir políticamente a Bolsonaro. Lula continúa siendo el gran elemento aglutinador de una izquierda brasileña que todavía no ha encontrado un relevo

Jair Bolsonaro está condenado y fuera de la carrera electoral. A pesar de que su hijo Flávio carece del carisma, la capacidad de provocación y la conexión directa con amplios sectores populares que consiguió construir su padre. Sin embargo, vuelve a disputar la presidencia con posibilidades reales. La paradoja es importante. Mientras resulta difícil imaginar el lulismo sin Lula, el bolsonarismo está demostrando que puede sobrevivir políticamente a Bolsonaro. Lula continúa siendo el gran elemento aglutinador de una izquierda brasileña que todavía no ha encontrado un relevo capaz de concentrar su autoridad electoral, social y simbólica. En el otro campo, en cambio, los apellidos pueden cambiar sin que desaparezca necesariamente el ecosistema reaccionario construido durante la última década.

Eso no significa que la sucesión haya sido ordenada. Todo lo contrario. La candidatura de Flávio ha mostrado hasta qué punto el bolsonarismo continúa funcionando también como una empresa político-familiar cuya estabilidad depende de quién administre la herencia del patriarca. Las disputas con Michelle Bolsonaro, las tensiones entre los propios hermanos, las reticencias de sectores del Centrão (nombre con el que se conoce en Brasil a un conjunto informal de partidos y parlamentarios, principalmente de centro y centroderecha, caracterizados menos por una identidad ideológica común que por su capacidad para negociar apoyos parlamentarios con sucesivos gobiernos a cambio de influencia política, recursos presupuestarios, cargos y control de espacios institucionales El término no debe confundirse, por tanto, con el “centro” político convencional. Su enorme peso en un Congreso muy fragmentado lo convierte frecuentemente en una pieza fundamental para garantizar o bloquear la gobernabilidad), o la autonomía creciente de figuras como Tarcísio de Freitas, evidencian una batalla por el control de un patrimonio político que ya desborda a la propia familia. Flávio ha necesitado recurrir una y otra vez a la autoridad simbólica del padre para certificar que es el heredero legítimo. Como si dentro del bolsonarismo todavía hiciera falta un certificado de autenticidad firmado por Bolsonaro.

El caso Dark Horse resume de alguna manera estas contradicciones. Lo que pretendía ser una operación para convertir la biografía de Jair Bolsonaro en una epopeya cinematográfica terminó abriendo interrogantes sobre financiación, empresarios y redes internacionales vinculadas al entorno familiar. Las negociaciones entre Flávio Bolsonaro y Daniel Vorcaro, propietario del Banco Master, para financiar la película han terminado formando parte de uno de los principales escándalos que han atravesado esta campaña. El Banco Master es una entidad financiera brasileña controlada por el banquero Daniel Vorcaro cuya rápida expansión terminó en un enorme escándalo financiero y político. Las investigaciones de la Policía Federal han examinado presuntos fraudes financieros, la venta de activos crediticios irregulares y una extensa red de relaciones de Vorcaro con dirigentes políticos, miembros del poder judicial y responsables del sistema financiero. Tras el colapso y liquidación del banco, el Fondo Garantidor de Créditos tuvo que afrontar decenas de miles de millones de reales en pérdidas. El caso ha acabado salpicando transversalmente a dirigentes de distintos espacios políticos y se ha convertido en uno de los principales elementos de la campaña de 2026.

El evangelismo brasileño ha construido una auténtica infraestructura política. El bolsonarismo no creó esa infraestructura, pero supo articularla políticamente

Sin embargo, probablemente la transformación más importante que explica la resistencia del bolsonarismo se encuentre fuera del clan Bolsonaro. En este sentido, André Singer ha utilizado una imagen especialmente sugerente para explicarlo: Bolsonaro encontró entre los evangélicos “su Nordeste”. El Nordeste ha sido durante décadas el gran bastión electoral del lulismo. No solamente un territorio donde Lula obtiene buenos resultados, sino una base político-identitaria relativamente estable, construida alrededor de experiencias materiales de mejora de las condiciones de vida, reconocimiento social y pertenencia política. Bolsonaro ha conseguido algo parecido entre importantes sectores evangélicos.

Durante décadas, el evangelismo brasileño ha construido una auténtica infraestructura política: iglesias, redes comunitarias, medios de comunicación, candidaturas propias, partidos, bancadas parlamentarias y dirigentes religiosos capaces de orientar políticamente a millones de personas. El bolsonarismo no creó esa infraestructura, pero supo articularla políticamente. Pastores convertidos en operadores electorales, grandes templos que funcionan también como espacios de socialización política, televisiones y radios propias y una bancada evangélica cada vez más poderosa han contribuido a transformar una identidad religiosa en una fuerza material dentro del Estado. El nombramiento de André Mendonça como juez del Supremo, presentado por el propio Bolsonaro como un magistrado «terriblemente evangélico», simbolizó la entrada de ese mundo en uno de los centros neurálgicos del poder brasileño. De esta forma, es fundamental entender el evangelismo reaccionario como un sujeto político propio más que simplemente como una clientela electoral de Bolsonaro. Un poder político con una creciente autonomía propia.

Algo similar ocurre con otros pilares del campo reaccionario. La conocida alianza de la “Biblia, el Buey y la Bala” —evangelismo, agronegocio y fuerzas vinculadas a los aparatos policiales y militares— ha conseguido una enorme presencia parlamentaria e institucional. A ellos hay que sumar los sectores empresariales, las redes digitales, los gobernadores y la conexión transnacional con el universo trumpista. Y precisamente ahí aparece una de las grandes paradojas del bolsonarismo. Pocas fuerzas políticas contemporáneas han conseguido acumular tantas posiciones de poder manteniendo al mismo tiempo una retórica tan eficazmente antisistema.

El agronegocio domina buena parte del Congreso. Las iglesias evangélicas cuentan con una importante bancada parlamentaria. André Mendonça ocupa un asiento en el Supremo. El bolsonarismo gobierna algunos de los principales estados del país como Sao Paulo, dispone de una amplia representación institucional y mantiene relaciones directas con la Casa Blanca. Sin embargo, continúa presentándose como una rebelión popular contra “el sistema”.

La crisis que atraviesa el Supremo durante esta campaña muestra perfectamente esa contradicción. El enfrentamiento entre André Mendonça y Alexandre de Moraes alrededor del caso Banco Master ha terminado extendiéndose a la Policía Federal, la Fiscalía, el Senado y el Ejecutivo, convirtiéndose en una de las crisis institucionales más graves de los últimos años. Y, al mismo tiempo, en munición electoral. El relato bolsonarista intenta reducir el conflicto a una imagen sencilla: Moraes representa a Lula y al sistema; Mendonça representa la rebelión frente a ese sistema. Poco importa que Mendonça fuera nombrado por Bolsonaro o que el bolsonarismo tenga una presencia creciente en las instituciones que denuncia. La retórica antisistema funciona precisamente porque “el sistema” no se define como el conjunto de los poderes existentes, sino como cualquier institución que limite o cuestione el proyecto político reaccionario.

La importante bolsa de abstencionistas es ahora una de las grandes esperanzas de Lula para revertir el resultado de la primera vuelta: uno de cada cinco electores (el 21,08 %) se quedó en casa este domingo

Quizás esa sea una de las principales victorias culturales del bolsonarismo: haber acumulado enormes cuotas de poder institucional, económico, religioso y mediático sin dejar nunca de presentarse como una fuerza perseguida por el poder, antisistema, impugnadora. Por eso el resultado de esta primera vuelta debe leerse mucho más allá de las cifras de Lula y Flávio Bolsonaro. Habrá que observar con algo más de tiempo qué ha ocurrido en el Nordeste, São Paulo, Río de Janeiro y Minas Gerais; cómo se ha comportado el voto evangélico; cuál ha sido la capacidad de movilización de las grandes ciudades y de las periferias; y, sobre todo, qué Congreso deja esta elección.

Porque incluso una victoria presidencial de Lula podría convivir con un Parlamento todavía más derechizado y con poderes sociales reaccionarios cada vez más consolidados.

Brasil no está decidiendo únicamente quién ocupará el Palacio del Planalto. Está midiendo hasta dónde ha avanzado una reacción que ya no depende exclusivamente de dirigentes carismáticos, porque ha conseguido construir iglesias, medios de comunicación, partidos, bancadas parlamentarias, poderes económicos, redes internacionales y posiciones dentro de las propias instituciones que denuncia.

Hace cuatro años, Bolsonaro perdió las elecciones, pero el bolsonarismo sobrevivió. Hoy el propio Bolsonaro ni siquiera puede presentarse y, sin embargo, su movimiento vuelve a disputar el poder. La importante bolsa de abstencionistas es ahora una de las grandes esperanzas de Lula para revertir el resultado de la primera vuelta: uno de cada cinco electores (el 21,08 %) se quedó en casa este domingo, el mayor porcentaje desde 1998. Una reserva potencial de votos que el lulismo intentará movilizar para volver a protagonizar una agónica remontada el próximo 25 de octubre. Como declaró ayer el presidente brasileño: “Mañana empezamos una nueva campaña”.

Pero, más allá de que Lula consiga finalmente darle la vuelta a las urnas, el resultado de este domingo muestra hasta qué punto la ola reaccionaria ha ganado terreno en Brasil. El bolsonarismo ha demostrado que puede sobrevivir a Bolsonaro, disputar nuevamente la presidencia y consolidar su poder político, social e institucional. De ahí la paradoja que dejan estas elecciones: Lula todavía puede ganar la presidencia, pero la izquierda brasileña puede haber perdido ya buena parte de la batalla por el país.

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