Opinión
¿Lula 4 o Bolsonaro 2.0? Segunda vuelta y el futuro de Brasil

La elección no está cerrada. Menos de dos puntos y unos 2,2 millones de votos separan a ambos candidatos, la menor distancia entre los dos primeros de una primera vuelta desde la redemocratización.
Lula da Silva acto campaña octubre 2026
Lula da Silva, durante un acto de campaña en São Paulo. Foto: Lula oficial
Investigador de la Universidad Complutense de Madrid y profesor de la Universidad del Estado de Río de Janeiro
9 oct 2026 06:00

Brasil vuelve a una segunda vuelta entre Lula y un Bolsonaro. El déjà vu es inevitable. Pero interpretar 2026 como una repetición de 2022, o un eco de 2018, sería un error. La polarización permanece, pero algo más profundo ha cambiado: la extrema derecha se ha normalizado, arraigado socialmente e institucionalizado como uno de los principales campos políticos de Brasil.

Flávio Bolsonaro terminó la primera vuelta por delante de Lula, con el 47,03% de los votos válidos frente al 45,16%. Hace ocho años, Jair Bolsonaro podía presentarse como ruptura, novedad y outsider. Su hijo Flávio ya no dispone de esa condición. Brasil conoce la nefasta experiencia bolsonarista: la pandemia, el negacionismo climático, los conflictos institucionales, los ataques al sistema electoral y la crisis tras la derrota de 2022. Jair Bolsonaro está hoy, además, en prisión por intento de golpe de Estado. Para una parte del país, sin embargo, esos episodios han sido reinterpretados como resistencia y persecución del “sistema”.

De ahí la pregunta fundamental: ¿por qué, después de todo ello, más de 56 millones de brasileños volvieron a votar a un Bolsonaro, incluso en mayor proporción que a su padre en 2022? La respuesta obliga a abandonar la idea de una anomalía pasajera. El bolsonarismo se ha convertido en una identidad política duradera que ofrece a millones una interpretación reconocible del mundo: orden frente a inseguridad, valores tradicionales frente a cambios percibidos como amenaza, autoridad frente al desorden y una comunidad articulada contra enemigos identificables.

Los aprendizajes de la extrema derecha brasileña

El bolsonarismo de hoy no es exactamente el de 2018. Flávio conserva su núcleo duro (seguridad, conservadurismo moral, antipetismo, relación privilegiada con sectores evangélicos y retórica antiestablishment), pero ha buscado reducir la estridencia, imprevisibilidad y confrontación permanente que ampliaron el rechazo a su padre. Sería simplista llamarlo “moderación”. Estamos quizá ante una segunda generación del bolsonarismo. Una extrema derecha que ya gobernó, perdió una elección, atravesó una grave crisis institucional y aprendió a conservar su radicalidad, pero reduciendo algunos de sus costes electorales.

Ese aprendizaje se expresa también en una estrategia de implantación integral. El bolsonarismo ha entendido que el poder no se disputa únicamente conquistando la Presidencia, sino construyendo posiciones duraderas en el Estado y la sociedad. Disputa el Congreso, el Senado y los gobiernos estaduales, pero también las iglesias, las calles, las redes digitales y la batalla cultural. Combina competición electoral, penetración institucional, arraigo territorial y movilización social.

La extrema derecha consolida representantes, liderazgos y estructuras territoriales mientras negocia con una derecha más amplia y pragmática

Los resultados muestran los frutos de esa estrategia. La extrema derecha consolida representantes, liderazgos y estructuras territoriales mientras negocia con una derecha más amplia y pragmática. Su fuerza ya no depende exclusivamente de Jair Bolsonaro ni del control del Palacio de Planalto. Paradójicamente, es una concepción integral de la política que buena parte de la izquierda, hoy mucho más concentrada en la gestión institucional y electoral, parece haber perdido.

Cuando el pasado deja de producir futuro

En 2022, Lula podía organizar su campaña alrededor de una memoria positiva. Frente a Bolsonaro, sus dos primeros gobiernos evocaban crecimiento, movilidad social, reducción de la pobreza, expansión de derechos y protagonismo internacional. Hace algunos años utilicé la expresión “progresismo de restauración” para describir este fenómeno. Ante el debilitamiento de nuevos horizontes de transformación, el futuro empezaba a imaginarse como recuperación de un pasado supuestamente mejor. Después de cuatro años de Bolsonaro, reconstruir Brasil tenía una enorme potencia electoral.

En 2026 ya no basta. Entre aquel pasado y las urnas están cuatro años de Lula 3. Su gobierno recuperó políticas públicas, redujo el desempleo y reposicionó internacionalmente a Brasil. Pero fue también un gobierno de amplia coalición con sectores conservadores cuyo eje terminó siendo, en buena medida, la contención de la extrema derecha. En otras palabras, un mandato más reactivo que proactivo.

No es un problema exclusivamente brasileño. Como discutimos Maristella Svampa, Massimo Modonesi y yo en nuestro libro reciente Luchar en el interregno, una de las paradojas latinoamericanas actuales es el contraste entre extremas derechas radicalizadas y progresismos cada vez más conservadores, obligados a defender democracias amenazadas y el statu quo, pero con enormes dificultades para abrir nuevos horizontes políticos.

A ello se añade el desacople entre algunos indicadores económicos favorables y la experiencia cotidiana. Empleo y renta importan, pero también alimentos, endeudamiento, vivienda, inseguridad y expectativas de movilidad. El antiguo lulismo no ofreció solamente políticas sociales, sino que produjo una experiencia de ascenso y confianza en el futuro. Reconstruirla resulta hoy mucho más difícil.

El antipetismo se solapa con el bolsonarismo, pero conserva entidad propia: una parte del voto a Flávio expresa adhesión a la extrema derecha; otra, rechazo a Lula y al PT

Lula sigue siendo una figura excepcional y probablemente el único dirigente progresista capaz hoy de disputar una elección de estas características. Pero ahí reside la paradoja. Para unos es parte de la solución, pero para muchos otros es parte del problema. A sus 80 años y después de siete candidaturas presidenciales, su centralidad protege electoralmente al campo progresista, pero dificulta su renovación. El PT no ha producido un relevo comparable, mientras Lula genera un rechazo intenso en otra parte de la sociedad. El antipetismo se solapa con el bolsonarismo, pero conserva entidad propia: una parte del voto a Flávio expresa adhesión a la extrema derecha; otra, rechazo a Lula y al PT.

También se estrecha la geografía electoral de Lula. Conserva enorme fortaleza entre los sectores populares y en el Nordeste, mientras pierde terreno en el interior, las pequeñas ciudades y buena parte del Sur y Centro-Oeste. A ello se superponen clivajes de religión, género y seguridad. Las iglesias producen comunidad, valores e interpretaciones del mundo, mientras la inseguridad moviliza miedo y nociones de orden, autoridad y castigo. La extrema derecha se mueve con mayor comodidad en ese terreno cultural.

¿Puede remontar Lula?

La elección no está cerrada. Menos de dos puntos y unos 2,2 millones de votos separan a ambos candidatos, la menor distancia entre los dos primeros de una primera vuelta desde la redemocratización. Pero la historia juega contra Lula. Desde 1989, ningún candidato que terminó segundo consiguió remontar en la segunda vuelta. Nunca, sin embargo, quien necesitaba hacerlo partió de una distancia tan pequeña. Tampoco existe una reserva evidente de votos esperando a Lula. La abstención rondó el 21%, prácticamente lo mismo que en 2022, y suele aumentar en la segunda vuelta. Tiene además un marcado sesgo social, pero de ello no puede deducirse que una mayor participación favorezca automáticamente a Lula.

La remontada exige actuar simultáneamente en tres frentes: movilizar a simpatizantes que no acudieron a las urnas; atraer parte de los votos de las candidaturas eliminadas; y persuadir a electores que hoy no votarían necesariamente a Lula. Este último movimiento es el más difícil, pero también el único capaz de ensanchar realmente su coalición.

Una victoria de Flávio no significaría simplemente el regreso de los Bolsonaro al poder. Podría inaugurar una fase más eficaz y peligrosa del proyecto iniciado en 2018

Lula conserva activos poderosos: implantación entre los sectores populares, fortaleza en el Nordeste, identificación con las políticas sociales y una diferencia sustantiva en política exterior. Frente al alineamiento de los Bolsonaro con Donald Trump y otras derechas radicales, puede presentar la elección también como una disputa sobre la soberanía y la autonomía de Brasil.

Una victoria de Flávio no significaría simplemente el regreso de los Bolsonaro al poder. Podría inaugurar una fase más eficaz y peligrosa del proyecto iniciado en 2018: mayor erosión de las instituciones democráticas, retrocesos en derechos y políticas ambientales, profundización de la agenda punitiva y conservadora y un alineamiento internacional más estrecho con Trump y las nuevas derechas radicales. El riesgo es un verdadero retroceso civilizatorio, ahora protagonizado por una extrema derecha con más experiencia, mayor implantación institucional y una base social consolidada.

Pero Lula necesita recuperar iniciativa y no limitarse al miedo ante la extrema derecha. La alianza con el centro y sectores de derecha fue fundamental para derrotar a Bolsonaro en 2022 y sostener institucionalmente el gobierno. Cuatro años después, ampliar todavía más ese frente puede sumar algunos votos, pero difícilmente resuelve la aritmética electoral y menos aún el déficit de horizonte.

La persuasión tendrá que ocurrir también desde abajo. Son interesantes las iniciativas que empiezan a surgir para “virar votos”, salir de las burbujas políticas y promover conversaciones con familiares, vecinos y compañeros de trabajo. No sustituyen una estrategia nacional, pero recuperan dos dimensiones debilitadas por las campañas hiperprofesionalizadas: la persuasión entre personas y el trabajo territorial.

La remontada exige, en definitiva, preservar el frente democrático sin vaciar el contenido de la disputa, hablar de seguridad sin copiar el punitivismo de la derecha, conectar la economía con el coste de vida, la vivienda y el endeudamiento, y ofrecer respuestas reconocibles a los problemas cotidianos. Sobre todo, Lula necesita disputar aquello que Flávio intenta apropiarse: el cambio y el futuro. El candidato bolsonarista ha convertido sus 45 años frente a los 80 de Lula en una metáfora política y, tras conocerse el resultado, afirmó que Brasil quiere “cambio” y un gobierno “moderno” y con “energía”.

En 2022, Lula podía preguntar a los brasileños si querían recuperar el país que habían perdido. En 2026 debe convencerlos de que todavía puede conducir el país que viene. Pero no puede hacerlo ofreciendo simplemente más de lo mismo. Lula puede ganar el 25 de octubre, pero se enfrentará a un escenario político aún más hostil y una eventual victoria electoral no resolverá el problema de fondo: ¿cómo construir un nuevo horizonte político ante el agotamiento de las narrativas que organizaron el campo progresista durante las últimas décadas? 

Independientemente del resultado, la izquierda brasileña necesita afrontar una discusión largamente aplazada. Su problema no se resuelve encontrando simplemente un heredero de Lula, sino reconstruyendo un campo social y político capaz de acompañar y potenciar experiencias ya existentes y producir nuevos liderazgos, lenguajes y mediaciones políticas. No hay excusas para postergar esta tarea. 

Durante mucho tiempo se pensó que derrotar a Bolsonaro padre permitiría cerrar el ciclo abierto en 2018. Las urnas de 2026 muestran lo contrario. La extrema derecha brasileña ha aprendido a gobernar, perder, reorganizarse y volver. La pregunta es si las izquierdas serán capaces de aprender también y, sobre todo, de volver a hacer del futuro un territorio de esperanza.

Brasil
El clan Bolsonaro acaricia la vuelta al poder en Brasil
El senador se impone en la primera ronda con el 47,04 % frente al 45,15 % del presidente, que empeora su resultado de 2022 y no logra la ventaja que buscaba.
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