Crisis climática
Las barreras a la lucha climática: por qué la conciencia no siempre se traduce en acción
La cuestión climática no sufre un problema grave de reconocimiento. El pasado junio, el Observatorio de Transición Justa publicó un informe sobre la percepción de la sociedad española hacia la transición ecológica. El nivel de conciencia es elevado, el 80,6% de la población tiene total seguridad de que el cambio climático está ocurriendo. Sin embargo, cuando se pregunta sobre la disposición a adaptar los actos de la vida cotidiana a la lucha climática, o sobre el papel de la ciudadanía en el proceso de transición ecológica; se revelan tendencias a la desmovilización, la desvinculación y el desinterés.
El 68% de la población reconoce reciclar en su vida cotidiana, pero el uso de transporte público o el control de consumo energético no superan el 30%. Otras medidas básicas como comprar de segunda mano, gastar en producto ecológico y de proximidad, o reducir el consumo en general están por debajo del 10%. Aun así, la mayoría piensa que su contribución es similar la media (un 55,2%), o incluso superior (el 36,1%).
Femenia y Hernández señalan que el movimiento climático tiene que encontrar el equilibrio entre una estrategia comunicativa que haga sonar la alarma pero no paralice
Si bien este Observatorio corporativo nace de la fundación de una petrolera (Moeve, antes Cepsa) y una consultora (Red2Red), los datos que revela el estudio parecen evidenciar cierto conformismo a la hora de afrontar la crisis climática, que se complementa con la relegación del problema a las administraciones. En 2023 el 70% creía en la participación de la ciudadanía en el proceso de lucha. En 2025 sólo lo piensa el 52%. Lo que está en juego es trazar un proyecto de transición ecológica que invite la ciudadanía a formar parte de la solución. Que se proponga erradicar los obstáculos a la defensa del planeta desde lo individual y, sobre todo, desde lo colectivo.
El origen estructural del bloqueo social hacia la acción climática
“El activismo climático no está de moda. Tuvo su auge cuando Greta vino a España en 2019, y ahora apenas ocupa espacio en el debate público en comparación con otras causas como la vivienda o Palestina”, comenta Guillermo Hernández, miembro de Juventud por el Clima–Fridays For Future Madrid (en adelante FFF). Se trata de la rama local del movimiento internacional estudiantil que inspiró Greta Thunberg con sus huelgas escolares en 2018, y que hoy sigue organizando concentraciones, protestas y asambleas por la defensa de los derechos del planeta. Aunque, como menciona, su popularidad ha disminuido.
Tanto él como su compañero Pere Joan Femenia, activista de FFF en Mallorca, no dudan al señalar el pesimismo, la situación económica desfavorable y la falta de tiempo o de motivación como los principales factores que bloquean la movilización. “Al menos entre los jóvenes”, apunta Hernández, que también pone el foco en el problema de la normalización del problema. Compara la coyuntura presente de la lucha climática con la metáfora de la rana que cae en agua hirviendo y muere porque, como el agua ebulle lentamente, cree que se puede acostumbrar al calor cada vez más intenso. Con las temperaturas extremas, los fenómenos meteorológicos violentos o el deterioro de la biodiversidad, que se producen de forma paulatina sucede algo parecido. “Nos acostumbramos a sufrir estas consecuencias y creamos la falsa creencia de que podemos sobrevivirlas. Entonces la reacción al peligro desaparece”, advierte, sin dejar de enfatizar, al igual que hace Hernández, en la necesidad de pensar dicha reacción como una acción colectiva, en lugar de exigir tanto en la respuesta que cada persona debe dar a nivel individual.
No son pocos los ejemplos que demuestran el poder de la movilización ciudadana cuando esta se organiza y toma conciencia del problema. Hace mes y medio la presión social consiguió frenar el proyecto de expansión del Museo Guggenheim de Bilbao sobre la Reserva de la Biosfera de Urdaibai. Se evitaban así la masificación turística del entorno, toda una serie de irregularidades administrativas que desprotegían la zona litoral y un plan de construcción de alto impacto medioambiental. Otros ejemplos son las ordenanzas municipales en favor de zonas de bajas emisiones y reducción del tráfico en zonas escolares, que se han ido implantando gracias al impulso del movimiento vecinal Revuelta Escolar desde diciembre de 2020.
Más allá de nuestras fronteras, un ejemplo recuente es cómo el activismo climático de Greenpeace Noruega y Natur og Ungdom (Jóvenes Amigos de la Tierra noruega) logró frenar, por vía judicial, la explotación de tres yacimientos gas y petróleo en el Mar del Norte, un precedente significativo que afectará a futuras licencias de explotación y que evidencia la posibilidad de llevar la protesta de la calle a los tribunales.
Dejar atrás el enfoque punitivo
Emilio Santiago Muiño, antropólogo especializado en transición climática del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y autor del ensayo Vida de ricos (2025), confirma que la dimensión de la amenaza que supone el cambio climático “todavía es poco comprendida en nuestros imaginarios”. Respecto al escepticismo hacia las acciones individuales, este investigador señala que “muchas de las acciones cotidianas que tomamos no son deliberadamente tomadas, más bien están condicionadas por la configuración estructural del sistema en el que vivimos: si tardas dos horas en ir al trabajo en transporte público y media hora en coche, o eres un superhombre moral o vas a coger el coche”.
Respecto a esta cuestión de la moral los propios movimientos ecologistas están empezando a ser más críticos. “Lo que ha hecho el movimiento hasta hace poco era casi querer obligar a la gente a vivir en una autovigilancia constante sobre si se actuaba o se luchaba de la forma correcta contra el cambio climático”, reconoce Hernández, para quien FFF también tienen su parte de responsabilidad. Las nuevas perspectivas de la organización pasan por acabar con esta idea de culpabilidad. “Como hemos visto con la violencia policial durante algunas manifestaciones por Palestina, vivimos bajo un sistema punitivo. O construimos movimientos antipunitivistas o entramos en un círculo vicioso”, afirma. Sobre todo, se trata de “pensar la acción climática como algo compartido que no puede quedarse en la esfera del individualismo”, apuntan Femenia y Hernández.
Evitar los agravios comparativos
No se puede dejar de analizar uno de los argumentos más escuchados entre los reticentes a transformar sus hábitos en pos de la sostenibilidad: “Qué importa lo que haga sí los millonarios vuelan en jet privado”. Esto es lo que Muiño denomina ‘agravios comparativos’ y lo que, según él, complica la creación del medio social que solucione un problema de esta índole.
Belén Hinojar y Carmen Huidobro, fundadoras de la conocida cuenta de Instagram Climabar, donde divulgan contenidos relativos al cambio climático mediante el uso del humor y la ironía, consideran que la crisis ecológica es “una de las más injustas que existen, pues los que menos han contaminado son los que más sufren las consecuencias”. Frente a este paradigma, abogan por dejar atrás el relato que culpabiliza a los individuos con conceptos como ‘huella de carbono’ —creado en 2004 para publicitar la segunda petrolera más grande del mundo, British Petroleum—, que “trasladan la responsabilidad al consumidor y desvían el foco de quienes llevan décadas lucrándose a costa de la destrucción del planeta”.
“Cuando no se conecta el problema con el día a día de las personas la gente no va a ver porque le perjudica no actuar”, señalan desde Climabar
No obstante, hay consenso en el hecho de que la solución difícilmente vendrá de manos de los responsables. Muiño distingue entre las razones que invitan a sentir que el papel del individuo es insignificante y lo positivo de que existan ‘superciudadanos’ morales. “La acción individual tiene un efecto de radiación en la comunidad. Es más fácil que alguien adopte una dieta baja en proteínas cárnicas si tiene gente cercana que lo hace. El ejemplo contagia, genera un sentido de vida, una identidad”, sostiene. Mientras, Huidobro e Hinojar recuerdan que, pese a tratarse el cambio climático de un problema estructural, no significa que las acciones individuales no cuenten. “Cuentan y mucho, especialmente cuando hablamos, por ejemplo, del voto. Lo fundamental es diferenciar niveles de poder y de impacto. De ser Greta a una petrolera hay muchísimos niveles intermedios”.
Comunicar el problema en relación con las realidades más cercanas
A los factores de carácter sistémico se suma una campaña de márketing que por momentos se ha olvidado de la realidad de su público. “Durante años la crisis climática se ha presentado como algo enorme y lejano. Con mensajes del tipo ‘hay que salvar el planeta’ o con datos muy grandes, como el aumento de la temperatura global, que son científicamente correctos pero difíciles de traducir a la vida cotidiana”, explican desde Climabar. En su exitoso perfil de redes todo se comenta como si se estuviese tomando una caña con una amiga. Así, en cada información o propuesta de acción caben la conciencia y el entretenimiento. “La mayoría de la gente no sabe qué implica que suban la temperatura 1,5 grados, pero sí entiende perfectamente que la cesta de la compra será más cara y habrá más olas de calor. Cuando no se conecta el problema con el día a día de las personas la gente no va a ver porque le perjudica no actuar”.
En la misma línea, Femenia habla de lo local como la vía para concretizar lo abstracto del cambio climático. “Desde los entornos cercanos es más fácil emprender la lucha porque se rompe la imposibilidad de señalar culpables directos”, explica. Y pone como ejemplo el éxito de FFF en Mallorca, donde crece la asociación porque se fusionan los objetivos de acabar con la turistificación y proteger la biodiversidad. Cuando la isla se movilizó este verano contra la masificación, la protección de la lengua y cultura mallorquina, o el precio disparatado de la vivienda; el ecologismo se esforzó por dar cuenta de que “la consecuencia directa de todas estas crisis es la cuestión climática”.
Dar una vuelta de tuerca al “ya no hay nada que hacer”
Femenia y Hernández reconocen las dificultades que tiene FFF para expandir sus ideas. Opinan que el movimiento tiene que encontrar el equilibrio entre una estrategia comunicativa que haga sonar la alarma pero no paralice. “Al final, lo que más va a movilizar es la esperanza de que todavía se puede hacer algo”, dicen. Desde Climbar también defienden la mezcla de optimismo y realismo. “No creemos que haya que elegir entre una cosa u otra. Infantilizar a la audiencia ocultando lo negativo no sirve, pero tampoco te puedes basar únicamente en el miedo. Si no creyéramos que existen soluciones y posibilidades de cambio, no estaríamos haciendo este trabajo, pero ni de coña”, declaran.
La visión antropológica de Muiño indica que los mensajes que dicen que se avecina una catástrofe son “tremendamente contraproducentes”. Compara el sentido que podían llegar a tener los discursos del colapso a principios de los 2000, pues parecía que se había alcanzado el pico del petróleo y las renovables todavía eran inmaduras; con el “cambio radical” que se ha dado en los últimos años. “Las energías renovables suponen un salto cualitativo en la evolución humana. Las placas solares, por ejemplo, lo que hacen es añadir una nueva capa de captación de energía solar más allá de la fotosíntesis, que en la última instancia es lo que alimenta nuestro metabolismo endógeno”, explica, haciendo un llamamiento a que el ecologismo valore y transmita este progreso. Aunque entiende que “debe tener lugar un debate para mejorar las cosas que se están haciendo mal” entrar en conflicto con las renovables “supone una baza muy útil para la defensa de los intereses de los combustibles fósiles, que son inmensos”.
La solución: sembrar esperanza
La clave para romper la brecha entre conciencia y acción está en orientar el camino hacia la esperanza y alejar el sentimiento de derrota. Además de la revolución tecnológica de las renovables, o la descarbonización del mix energético de España que aplaude Muiño, Huidobro e Hinojar comparten otros ejemplos de territorios que han conseguido revertir lo irrevertible, como la Meseta de Loess en China, un área que sufrió las consecuencias de la sobreexplotación pero que gracias a las técnicas de agricultura regenerativa pasó de ser un desierto árido a un ecosistema de cultivo diversificado.
Hernández y FFF Madrid resaltan asimismo la idea de decrecimiento, que “ya se asienta como escenario de esperanza en la izquierda institucional y académica”. Se trata de limitar el consumo de recursos y energía, así como la producción, para adecuarse a los límites del planeta. Pero a pesar del creciente interés por esta opción, Muiño opina ésta sólo activará a la población si se dejan atrás los “compromisos morales y sacrificios” y se presenta un “horizonte de ganancia que dé al ecologismo la ventaja en la batalla del deseo”. Así, el antropólogo aboga por mostrar un modelo de transición ecológica que compatibilice la civilización ecológica con una oportunidad para la política industrial, buenos empleos, el retorno de tejidos productivos más sanos o el hecho de vivir en ciudades más habitables.
Así, Muiño defiende la importancia de que la lucha climática sea algo aspiracional. ¿Cómo? “A través de buenas políticas públicas, una transición justa y redistributiva, y la redefinición del modelo de vida imperante basado en el consumismo compulsivo, que fracasa en la epidemia de problemas de salud mental, la soledad no deseada o la falta de tiempo”.
Mientras tanto, Huidobro e Hinojar continúan en su propósito de “hacer ver que esto no va de sacrificio, sino de bienestar y de salir ganando, para que la acción se produzca de forma natural”.
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