Opinión
Por si se habla de crisis climática en las elecciones: la clave de la transición no es la tecnología
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En esta campaña electoral no se habla de cambio climático, como si los incendios de este verano, el calor que no termina nunca o las lluvias torrenciales no indicasen con meridiana claridad que el caos climático ya es una realidad brutal que, en el mejor de los casos, va a ir a peor.
Uno de los ejes de cómo afrontar la emergencia climática, pero ni mucho menos el único, es la transición energética, aunque sería mejor hablar de transformación, pues requerimos un cambio profundo y muy rápido, lo que encaja más con el segundo término que con el primero. Para esa transformación, Bill McKibben defiende en Here comes the sun la tesis de que es posible técnicamente sostener el capitalismo global, urbano e industrial con energías renovables industriales. Es más, que estas nuevas tecnologías nos llevan a un nuevo mundo de exuberancia energética y, a la vez, de sostenibilidad. Sus propuestas son la versión estadounidense de lo que defienden los prologuistas del libro, Emilio Santiago Muiño y Héctor Tejero, a este lado del Atlántico.
Toda la argumentación se basa en convencernos de las posibilidades técnicas de las energías renovables industriales. Sin duda, esta discusión es importante, pero no es la realmente clave. Encarar la crisis ecológica no es un desafío fundamentalmente técnico, sino político, cultural y económico. Sobre estos aspectos voy a conversar en este texto con las tesis que sostiene McKibben.
Para ciertos sectores, parece que lo único problemático de nuestro modelo son las fuentes energéticas y, una vez cambiadas estas, todo lo demás estará bien
De este modo, aunque muchas de las afirmaciones sobre las posibilidades técnicas de las renovables industriales son muy discutibles, pues hay estudios científicos que las rebaten y el autor no da una sola cita que las avale, no voy a entrar en ellas. Voy a suponer que todo lo que sostiene McKibben a nivel técnico es real o puede llegar a serlo, incluso cuando dice cosas que son evidentemente incorrectas, como que China es ya “el primer electro-Estado del mundo”. Me voy a centrar en lo que entiendo que es la discusión fundamental que deberíamos articular socialmente: ¿qué modelos económicos, políticos y culturales requerimos cambiar para abrazar la sostenibilidad ambiental?
Cambio económico
La apuesta de McKibben de desarrollar a máximos las renovables industriales no cuestiona el capitalismo industrial, global y urbano en ningún momento. Parece que lo único problemático de nuestro modelo son las fuentes energéticas y, una vez cambiadas estas, todo lo demás estará bien. Esta frase suya condensa esta idea: “Siempre hemos visto la protección ambiental y el desarrollo económico como conceptos opuestos; ahora, de repente, son lo mismo”.
Pero el mayor problema que tenemos no son las fuentes energéticas que utilizamos, sino nuestro sistema socioeconómico (y cultural, aunque sobre eso entraré después). El desarrollo económico, que en el capitalismo se llama crecimiento, sí es incompatible con la protección ambiental y social.
Las mercancías pueden generarse en condiciones más o menos dignas y respetuosas con el entorno, pero si esta producción crece es inevitable que los impactos ambientales lo hagan también, pues no hay actividad económica que no requiera del consumo de materia y energía. Es importante recalcar que el uso de cualquier fuente energética, incluidas las renovables industriales, tiene un impacto ambiental. Es decir, que más renovables no hacen al capitalismo sostenible, sino que, en el mejor de los casos, permiten que la destrucción vaya más lenta.
El desarrollo económico, que en el capitalismo se llama crecimiento, sí es incompatible con la protección ambiental y social
Esto no lo resuelve un incremento en la eficiencia. McKibben expone que la bomba de calor es 3-5 veces más eficiente que una caldera de gas, los motores eléctricos son más eficientes que los de gasolina o diésel o la placa de inducción lo es más que el quemador de gas. Todo ello es cierto y podría ayudar a un proceso de transición hacia la sostenibilidad en otro sistema, pero no en el capitalismo. Hace mucho tiempo que está demostrado que en nuestro sistema las ganancias en eficiencia no se convierten en ahorro, sino que se invierten en aumentar la producción del propio sector o de otros. Además, en muchas ocasiones esconden una gruesa mochila ecológica de impactos ocultos, como es el caso del coche eléctrico. Es lo que se denomina la Paradoja de Jevons, que es fruto de un sistema adicto al crecimiento.
En su falta de análisis sistémico, McKibben desliga las tecnologías renovables industriales del entorno socioeconómico en el que se generan. Sin embargo, todas las técnicas son expresiones de la cultura, la política y la economía de las sociedades que las crean y las usan. Por poner un ejemplo, la máquina de vapor no es un invento británico del siglo XVIII, sino que hubo diseños previos en distintos lugares del planeta, por ejemplo en la Grecia clásica, pero solo en el capitalismo británico maduro se extendió porque fue donde tuvo sentido social y económico, como explica Andreas Malm en Capital fósil.
Como este desarrollo de las renovables (que no es el único posible) es hijo de nuestro sistema, se diseña para que pueda servirlo. Por eso sigue siendo un modelo mayoritariamente centralizado en la generación energética (articulado alrededor de grandes instalaciones) y en la fabricación de los aparatos (controlados por multinacionales), dirigido por grandes capitales, con la rentabilidad como propósito único y con la intención de convertir las fuentes energéticas solares, que son flujos irregulares, en stock a través del desarrollo de múltiples formas de almacenar la electricidad producida.
Trascender el capitalismo es un programa de mínimos, no de máximos, para encarar el caos climático y la transformación energética
Este último aspecto, la conversión en stock, es central para el funcionamiento de nuestro sistema, que necesita hacer crecer de forma constante la producción y eso implica que la energía esté desconectada de cualquier fluctuación. Por eso, McKibben dedica mucho esfuerzo a convencernos de que este aspecto está resuelto mediante baterías de gravedad, hidroeléctricas reversibles, compresión de aire, baterías de óxido de hierro y de sodio… Esta es una necesidad del sistema, no del bienestar humano. Una cierta cantidad de energía en formato stock tiene relación con tener vidas dignas (por ejemplo, para garantizar el flujo energético a un centro médico), pero no en las cantidades ingentes que se están persiguiendo, que tienen como objetivo un suministro energético ilimitado 24/7 para el sostén del sistema productivo. Es fundamental insistir una y otra vez que el grueso del consumo energético actual y que este esté en formato stock no es requisito para cubrir necesidades reales, sino para permitir el crecimiento de los beneficios.
En conclusión, trascender el capitalismo es un programa de mínimos, no de máximos, para encarar el caos climático y la transformación energética. Mucho más que los cambios técnicos son determinantes los del modelo económico.
Cambio social
El capitalismo no es solo un sistema económico. Es también una forma de organizar la sociedad alrededor del mercado y la propiedad privada. En esta organización social, el poder y el capital se hacen casi indistinguibles: es la acumulación y capacidad de movilización de capital la que otorga el poder, que se expresa de múltiples formas: militar, político, mediático, etc. Esto es central tenerlo en cuenta para pensar en las transiciones dentro del capitalismo, pero el libro no lo considera.
Por ejemplo, cuando McKibben afirma que “la mayor parte del Sur global no cuenta con una infraestructura heredada de combustibles fósiles ni con un poderoso grupo de presión de combustibles fósiles que domine su política; si logra superar el obstáculo del capital, tendrá vía libre para crecer”, creo que no está comprendiendo cómo funciona nuestro sistema. El “obstáculo del capital” no es una piedrita que se pueda retirar del camino, sino el agente que ordena todo el sistema. Un agente que se mueve en base fundamentalmente al criterio de la rentabilidad y que articula el mundo en base a relaciones de poder durísimas que requieren para su sostén del mantenimiento de relaciones políticas coloniales. No hay posibilidad de desarrollo (entendido como desarrollo capitalista) del Sur global dentro del capitalismo global. Lo explica bien José Manuel Naredo en Raíces económicas del deterioro ecológico y social al mostrar que en nuestro sistema las desigualdades son estructurales y necesarias. Solo puede haber una parte pequeña de la población y de los territorios que sean ganadores en la carrera por el máximo beneficio.
Y esto sin entrar en que, en realidad, los territorios de ese Sur global sí que tienen oligarquías petroleras o, en su defecto, ligadas al extractivismo minero, agrícola o ganadero, que están anclados hoy por hoy a los combustibles fósiles.
Que China esté desplazando a EEUU en la cúspide del sistema, no lo convierte en más justo. No conviene olvidar que China es una dictadura con relaciones coloniales cada vez más intensas con el resto del mundo
En el mismo sentido, considero que al autor se le escapan elementos esenciales del funcionamiento de nuestro sistema cuando dice que “es posible que la opción más inteligente sea que el resto del mundo financie el funcionamiento de las fábricas de paneles solares chinas. En lugar de nacionalizar una industria, esta podría globalizarse”. Refuerza la apuesta de un mundo globalizado en manos de multinacionales que lleva décadas (por no decir siglos) mostrando cómo refuerza las desigualdades de clase y territoriales, pues en el plano mundial operan con más facilidad las relaciones competitivas preñadas de violencia del capitalismo. Que China esté desplazando a EEUU en la cúspide del sistema, no lo convierte en más justo, ni evita que las relaciones de poder se impongan con brutalidad. No conviene olvidar que China es una dictadura con relaciones coloniales cada vez más intensas con el resto del mundo.
La discusión clave desde la mirada social de la transformación energética es si permite o no recuperar soberanía energética a la población, que es una puerta ineludible hacia sociedades justas. Es decir, si sirve para desmercantilizar nuestra satisfacción de necesidades permitiendo que recuperemos autonomía económica y política. En este sentido, lo determinante es quién controla dichas técnicas. No es que el tipo de técnicas sea irrelevante, pues las técnicas humildes permiten una mayor autonomía social, pero poner el foco en quién las controla es absolutamente central. Por eso, sí es muy importante si los paneles solares se fabrican en China o en proximidad, o si se encuentran en manos de transnacionales o existe un control comunitario de esa fabricación. Todo esto está ausente en el libro, que lo único que nos ofrece es el argumento de que las renovables se han abaratado mucho y son más rentables que las fuentes fósiles. Incluso aunque esto fuese cierto, el verdadero problema no es el precio (que por otra parte no deja de ser sino una plasmación de las relaciones de poder mercantiles). El precio es un factor central en el capitalismo, pero no es el relevante para la construcción de la justicia social.
Siguiendo en el plano social, las propuestas de McKibben están preñadas de una mirada colonial. El autor explicita que el desarrollo de las renovables industriales tiene impactos en las periferias, sobre todo por la minería. Pero es un coste que no duda que hay que pagar (más bien, que tienen que pagar esos territorios y poblaciones). Es más, llega hasta a plantearlo como una oportunidad para quienes sufren los impactos: “Supongo que, para las comunidades indígenas (...), la llegada de la minería de litio les ofrece la oportunidad de obtener importantes concesiones del Gobierno”. Una frase que, además de cínica, nuevamente omite cómo operan las relaciones de poder en el capitalismo.
Necesitamos centrarnos en conseguir transformaciones en los órdenes políticos que configuren un nuevo formato social. Para conseguirlo, cambiar el sistema energético puede ayudar, pero queda lejos de ser la mutación clave
En el libro no se contemplan propuestas como “reducción”, “límite” y no digamos ya “decrecimiento”. Esto deja traslucir de manera implícita también quién considera que debe cargar con el grueso de los esfuerzos de la transformación hacia sociedades sostenibles. No sobre los hombres blancos, ricos, que viven en ciudades y se mueven por todo el planeta, como él. Ese modo de vida no se cuestiona, ni siquiera en elementos tan polémicos como el desarrollo de la inteligencia artificial, que defiende. Por ello, no hay Decrecimiento que realizar (una propuesta que focaliza los cambios en las personas más enriquecidas) y para McKibben parece que son las poblaciones más empobrecidas las que, en cambio, sí deben ajustar su vida para que prolifere la extracción minera que sostenga el desarrollo a máximos de las renovables industriales.
Por todo ello, necesitamos centrarnos en conseguir transformaciones en los órdenes políticos que configuren un nuevo formato social. Para conseguirlo, cambiar el sistema energético puede ayudar, pero queda lejos de ser la mutación clave.
Cambio cultural
En Here comes the sun podemos leer: “No nos vamos a quedar sin litio, sin grafito, ni sin ningún otro mineral útil para la transición (…). Puede que tengamos una ligera escasez de teluro, pero predigo que lo encontraremos. Y si no lo encontramos, pronostico que encontraremos la manera de usar otra cosa (…). La energía renovable depende menos de los recursos que del ingenio”. Y también: “Para 2035, aproximadamente, cuando mis paneles más antiguos dejen de funcionar, cada uno contendrá casi con seguridad suficiente material reciclable para crear diez paneles nuevos. Ni siquiera sé cómo llamar a esto: ¿superreciclaje? Es más que circularidad”.
Todo esto, sin una sola fuente que sustente estas afirmaciones que desafían nada menos que a la física. Pero, como decía al principio, lo importante no son las fuentes, sino la ideología que está detrás de sentencias como estas. McKibben comparte el mito del progreso que se ha desarrollado en paralelo al capitalismo. Es decir, la inevitabilidad del progreso tecnológico indefinido. Aún va más lejos, diría que sostiene la omnipotencia humana. Y, creo que más por suerte que por desgracia, el ser humano es falible. La técnica permite potenciar nuestras capacidades, pero dista mucho de ser omnipotente.
Donella Meadows explica en Pensar en sistemas que no comprendemos bien los sistemas complejos, por lo que estamos todavía mucho más lejos de poder controlarlos. Esto es especialmente aplicable a aquellos que tienen que ver con la vida. Se nos escapan elementos clave de la complejidad bacteriana y más aún de nuestro propio organismo (los notables avances en medicina no dejan de ser muchas veces todavía torpes intentos de regular un cuerpo que no comprendemos en múltiples aspectos). Pero esto es todavía mucho más acusado en el plano ecosistémico, una dimensión todavía más compleja.
En lugar del principio de innovación constante, deberíamos funcionar con el de precaución. Máxime cuando en realidad ya sabemos todo lo que necesitamos conocer para vivir dignamente en el planeta
Si no entendemos algo, lo más sensato no es considerar que vamos a poder controlarlo y, además, reparar los posibles daños que causemos (daños que, por otro lado, no son nada hipotéticos). En lugar del principio de innovación constante, deberíamos funcionar con el de precaución. Máxime cuando en realidad ya sabemos todo lo que necesitamos conocer para vivir dignamente en el planeta Tierra en armonía con el resto de la vida. Más determinante que el cambio técnico en el uso de la energía es el cambio cultural hacia otra relación con la vida desde la modestia, la falibilidad, el respeto y la adoración.
Dicho de otro modo, cuando McKibben afirma que “tal vez deberíamos considerar la energía limpia como un cultivo más” pone al mismo nivel la vida y la tecnología. Plantea que da lo mismo tener circuitos metálicos, que materia orgánica autopoiética. En realidad, llega más lejos al sostener que no solo son compatibles placas y agroganadería, sino que las placas mejoran la eficiencia agropecuaria y la biodiversidad. La realidad está probablemente en las antípodas de esta ideología. Tierra viviente, de Stephan Harding, describe algunas de las bases que conocemos del funcionamiento de la vida en la Tierra. Un funcionamiento que excede en muchos órdenes de magnitud lo que somos capaces de alcanzar los seres humanos con nuestra tecnología. Es más, mientras la tecnología capitalista ha demostrado sobradamente que empeora la habitabilidad de la Tierra, el conjunto de la vida ha hecho exactamente lo contrario.
Una última muestra de adónde llevan el mito del progreso y la consideración de la omnipotencia humana son las sentencias pronucleares que contiene el libro. Una energía inevitablemente dañina para la vida durante miles de años, que se piensa que se va a poder controlar. Esta apuesta pronuclear, que se conjuga sin rubor con las renovables, trasluce una ideología antropocéntrica, en la que el bienestar humano (bueno, en realidad de los sectores sociales privilegiados) está por encima del del resto de seres vivos, soslayando además las implicaciones profundas de nuestra ecodependencia.
En resumen, si hablásemos de cambio climático y energía en esta campaña, lo que resultaría realmente transformador sería tomar por cabecera libros como Una trenza de hierba sagrada, de Robin Wall Kimmerer, que pone el foco en un cambio cultural profundo. Y no lo que nos sugiere McKibben, que, básicamente, no es nada nuevo bajo el sol del capitalismo y la Modernidad que nos está abrasando.
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