Chile
De Chile a Cerdeña: la cara menos conocida de las adopciones irregulares durante la dictadura de Pinochet
Desde la Costa Smeralda hasta la costa sur de Villasimius, Cerdeña es conocida en el mundo por sus playas de arena blanca, sus calas recónditas, sus acantilados escarpados y la longevidad de sus habitantes. Antonio Puddu y Anna Artizzu nacieron en la isla en la década de 1930, antes de que se convirtiera en un destino para cruceros por el Mediterráneo. Criados en dos pueblos cercanos de la provincia de Cagliari, decidieron casarse después de un noviazgo de apenas tres meses. Ella anhelaba ser madre, mientras que él deseaba un heredero que presentar a su familia para no quedar excluido de la herencia de sus padres. Corría el año 1975, Antonio tenía 47 años, Anna 43 y ya tenían una edad demasiado avanzada para concebir un hijo: entonces, empiezan a pensar en la adopción.
La pareja recurrió a los servicios sociales y al tribunal de menores, pero nada parece dar resultado hasta que acuden a la parroquia de los Orionini, una congregación religiosa con una misión en Sudamérica. Anna decide dejar la isla y viajar a Chile, donde, debido a las condiciones de pobreza durante la dictadura de Pinochet, se pensaba que era más fácil adoptar.
Claudio y Lucho Luis, su hermano mayor fueron separados de sus padres y llevados a dos orfanatos distintos. Sus padres solo lograron localizar a uno de ello
Acabaron eligiendo a Claudio, un niño de tres años criado en el Hogar de Niños de Santiago de Chile tras haber sido quitado a sus padres biológicos, Patricia y Lucho, de 16 y 19 años, una pareja joven de escasos recursos. Ella trabajaba como mesera en un “café con piernas”, mientras que él era analfabeto y se ganaba la vida con trabajos ocasionales. Una noche, tras haber salido a celebrar la llegada de 1979, dejaron solos a Claudio y Lucho Luis, su hermano mayor. Alertadas por los vecinos, las autoridades entraron en el apartamento y separaron a los niños, llevándolos a dos orfanatos distintos. La pareja logró localizar únicamente a Lucho Luis; mientras que de Claudio nunca más se supo nada.
Claudio y el triple certificado
El niño llegó a Cerdeña en octubre de 1980 con tres certificados de nacimiento. En la casa de la provincia de Cagliari donde creció y donde sigue viviendo hoy, Claudio recuerda las diversas identidades que han acompañado parte de su vida. “En el primer certificado aparezco como Claudio Eliseo Rojas Ramírez, y es el que recopilaron mis padres biológicos al nacer”, relata Claudio. “En el segundo, sin embargo, figuro con el nombre de Pasquale y los apellidos sardos Puddu y Artizzu”. No obstante, en ese segundo certificado, las autoridades chilenas se equivocaron con la fecha, indicando 1978 en lugar de 1977. Dado que la diferencia de edad entre una madre y su hijo adoptivo no puede superar los 45 años, un límite obligatorio establecido por el tribunal de menores, Anna solicitó un tercer documento.
Para Claudio, integrarse en Cerdeña no resultó fácil. En el pueblo lo consideraron siempre un extraño y la monja del jardín de infancia lo llamaba “el chinito”, debido a que su fisonomía difiere de la de sus compañeros. Aunque siempre supo que era adoptado, Claudio desconocía la historia de sus padres biológicos y asumió que formaban parte de los muchos desaparecidos víctimas de la dictadura. Con el paso de los años, el deseo de descubrir sus raíces y regresar a Chile se hizo cada vez más intenso. La ausencia de una educación chilena y la sensación de no pertenecer “ni a Chile ni a Italia” lo impulsaron a marcharse. Al llegar a Santiago a los veintiséis años, descubrió que sus padres seguián vivos. “Primero conocí a mi madre. Fuimos a cenar con su nueva pareja. La vi feliz”, relata Claudio. “Al día siguiente conocí a mi padre mientras trabajaba como aparcacoches y festejé la Navidad con él”.
Chilenos de Sardigna es la primera asociación de chilenos adoptados por familias sardas. Más de 500 menores fueron adoptados ilegalmente y trasladados de Chile a Cerdeña
Es después de ese viaje cuando Claudio, al regresar a Cerdeña, decidió fundar Chilenos de Sardigna, la primera asociación de chilenos adoptados por familias sardas, con el objetivo de ayudar a otras personas a conectar con sus propias familias. De hecho, más de 500 menores fueron adoptados ilegalmente y trasladados de Chile a Cerdeña. “Creamos la asociación en 2016 para cambiar la perspectiva sobre la adopción, para construir una narrativa positiva y hacer posible el reencuentro con las familias biológicas”, explica Claudio. Chile y Cerdeña son tierras lejanas y distintas entre sí, pero similares en muchos aspectos: la asociación busca tender un puente entre ambas tierras, promoviendo la cultura chilena en Cerdeña a través del deporte, el arte, el cine y la literatura. En las localidades de Baunei y en San Gavino se realizaron dos murales, realizados por Héctor Carrasco, un artista chileno que huyó de Chile a través de la embajada italiana en Santiago.
Las adopciones que involucran a Claudio y a otros miembros de la asociación forman parte de las 20.000 adopciones irregulares registradas en Chile entre las décadas de 1950 y 1990, cuando, durante la dictadura de Pinochet, este fenómeno se intensificó como mecanismo de represión estatal y control de la pobreza. En la mayoría de los casos, los niños provenían de familias empobrecidas o fueron sacados al nacer a mujeres solteras, a menudo menores de edad o analfabetas, a quienes el personal hospitalario informaba falsamente que sus bebés habían fallecido durante el parto o que requerían hospitalización por complicaciones médicas. Una vez separados de sus padres, los niños crecían en hogares, como en el caso de Claudio.
Un sistema que facilita la declaración de abandono
Muchos padres biológicos han contado que nunca fueron informados de la posible adopción de sus hijos, o que se les prohibía arbitrariamente visitarlos. Según la legislación chilena, el plazo para declarar el abandono parental es muy breve: apenas dos meses, o tan solo 30 días si el menor tiene menos de un año de edad. El personal de estos centros conoce la ley y, en la mayoría de los casos, parece aprovecharse de ella impidiendo que los padres visiten a sus hijos, facilitando así la declaración de abandono.
En Chile, el proceso de adopción es gestionado por el SENAME (Servicio Nacional de Menores), un organismo gubernamental dependiente del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, creado en 1979. Tras la caída de Pinochet en 1990, el SENAME siguió operando con el mismo personal que había participado anteriormente en el tráfico de niños, consolidando una red de instituciones públicas y privadas que incluía a médicos, trabajadores sociales, sacerdotes, funcionarios públicos, jueces y abogados.
Nos Buscamos se creó en 2014, después de que Constanza, su fundadora, descubriera que había sido separada de sus padres y adoptada ilegalmente
Quien nos lo cuenta es Constanza del Río, fundadora de Nos Buscamos, una organización chilena que ayuda a personas afectadas por adopciones irregulares y facilita la reunificación familiar. Nos Buscamos se fundó en 2014, después de que Constanza descubriera, a los 39 años, que había sido separada de sus padres y adoptada ilegalmente. Tras atravesar una profunda crisis emocional, sintió la necesidad de crear una comunidad para personas que habían compartido su misma experiencia. “Desde entonces, trabajamos para dar voz a las miles de mujeres chilenas a quienes todavía no se les cree cuando afirman que les robaron a sus hijos”, señala Constanza.
Muchas de las personas que contactan a Nos Buscamos provienen de Italia, ya que organizaciones vinculadas a la Iglesia Católica solían encargarse de poner en contacto a familias extranjeras con hogares de niños chilenos. La madre de Claudio acudió a los Orionini, pero el caso más conocido es el de Alceste Piergiovanni, un sacerdote católico de origen toscano que, a partir de la década de 1970, gestionó la adopción de más de 1.200 niños chilenos en el extranjero. El más conocido de los hogares administrados por el sacerdote se encuentra en Quinta de Tilcoco, en la región de O’Higgins. Durante nuestra investigación, nos contactó un guía turístico que nos contó que había ayudado a muchos extranjeros a viajar a Tilcoco para buscar a sus familias biológicas.
Cada niño representa una fuente de ingresos para los hogares y los miembros de la iglesia, quienes reciben gratificaciones económicas a cambio de su ayuda. Muchas familias adoptivas asumen costes de entre 10.000 y 16.000 euros por el entero proceso. “Para cubrir los gastos del viaje a Chile, la estancia y los costes relacionados con la adopción, mi madre se vio obligada a vender el terreno donde había planeado construir su casa”, relata Claudio. “Mis padres adoptivos siempre me recordaban la oportunidad que me brindaron al adoptarme: la posibilidad de llevar una vida alejada de la pobreza. Crecí sintiendo una profunda gratitud hacia ellos, sobre todo por el sacrificio económico que realizaron; por eso antes temía hacerles daño si les confesaba que quería buscar mis orígenes”, añade.
Para la mayoría de las personas adoptadas, buscar un vínculo con su tierra natal es un instinto natural. Para otras, se trata de la necesidad de completar los vacíos en la historia que les contaron sus padres adoptivos, una narración a menudo llena de lagunas. “Sin embargo, conocer la propia historia e identidad es un derecho que debería reconocerse para todos”, afirma Constanza del Río. “Las adopciones irregulares que tuvieron lugar durante y después de la dictadura constituyen un crimen de lesa humanidad”, dice. “Y, a día de hoy, sigue siendo imposible determinar el número exacto de menores involucrados en este tráfico”.
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