Cine
Del pluralismo socialista al espectáculo nacionalista: la realineación actual en el cine de India
Investigador asociado en el Centro Internacional de Ética Aplicada y Asuntos Públicos (ICAEPA) en Sheffield, Reino Unido.
En los últimos años, el cine indio ha asistido al auge de producciones nacionalistas que transforman acontecimientos históricos y contemporáneos en relatos ideológicos, reconfigurando la cultura popular y la imaginación política. Dhurandhar, estrenada en India en diciembre de 2025, ejemplifica este giro al convertir el trauma real de los atentados terroristas del 26 de noviembre de 2008 en Bombay en una fantasía de venganza estilizada, en la que el contraterrorismo deriva hacia una retórica civilizatoria, la violencia extrema es celebrada y la expansión del poder del Estado se presenta como inevitable y virtuosa. La película superó los 70 millones de dólares de recaudación, confirmando que esta estética beligerante es ya comercialmente dominante.
Chhaava, estrenada en febrero de 2025, revisita la vida de Sambhaji Maharaj, segundo rey del Imperio maratha del siglo XVII, a través de un prisma de nacionalismo hindú, glorificando el valor marcial mientras aplana la complejidad histórica y convierte su memoria en un instrumento ideológico islamófobo. Su enfoque contrasta de forma nítida con películas de épocas anteriores como Mughal-e-Azam (1960), Jodhaa Akbar (2008) o Bajirao Mastani (2015), que situaban el conflicto en cortes e imperios al tiempo que destacaban el intercambio cultural, los enredos eróticos y la soberanía negociada, en lugar del antagonismo civilizatorio.
El molde comercial y político de este giro se estableció antes con The Kashmir Files (2022), cuya narración selectiva del éxodo de los pandits de Cachemira redujo la historia a un absolutismo moral y recibió el respaldo explícito del propio primer ministro, Narendra Modi, junto con exenciones fiscales y estímulos institucionales. En esta configuración, el cine ha dejado de funcionar como un espacio de ambivalencia y se está convirtiendo en un vehículo de movilización mayoritaria y de Gleichschaltung [control] nacionalista hindú.
Desde la década de los años 40, el cine indio articuló una estética pluralista y socialmente comprometida, arraigada en la lucha anticolonial y en la influencia del pensamiento socialista
Históricamente, sin embargo, el cine indio se desarrolló a partir de una tradición marcadamente distinta, lo que hace esta transformación aún más preocupante. Desde la década de los años 40 articuló una estética pluralista y socialmente comprometida, arraigada en la lucha anticolonial y en la influencia del pensamiento socialista. La Indian People’s Theatre Association (IPTA), un colectivo de escritores, músicos e intérpretes alineados con la izquierda, desempeñó un papel fundacional en la configuración del imaginario moral del cine posterior a la independencia, utilizando formas populares para dramatizar la desigualdad, la explotación y la responsabilidad colectiva.
Este impulso encontró una expresión de masas en la obra de Raj Kapoor, cuyas películas tradujeron la ética socialista al melodrama popular sin renunciar al placer. Kapoor no fue solo un icono nacional: se convirtió en un fenómeno cultural en la Unión Soviética y el mundo comunista, donde filmes como Awaara y Shree 420 encarnaron una modernidad igualitaria. Junto a él, cineastas como Bimal Roy ampliaron esta tradición de realismo socialista en títulos como Do Bigha Zamin (1953), mientras que Boot Polish (1954), producida por Kapoor, devolvió dignidad a la pobreza urbana.
Paralela a esta tradición popular existió una corriente realista más austera, ejemplificada por cineastas como Shyam Benegal, cuya obra desde los años 70, en películas como Ankur, Nishant y Manthan, examinó casta, tierra, género y poder mediante causalidad social más que heroísmo mítico, tratando la dominación como proceso histórico y no como destino civilizatorio.
Este imaginario pluralista se mantuvo dominante hasta comienzos de los años 2000. Una de las expresiones más emblemáticas del pluralismo multiconfesional en Bollywood fue Amar Akbar Anthony (1977), que narraba la historia de tres hermanos criados en hogares hindú, musulmán y cristiano que se reencuentran sin conflicto, presentando la convivencia como coincidencia exuberante y no como lección moral. La música condensaba esta sensibilidad: las bandas sonoras combinaban himnos hindúes, lirismo urdu y misticismo sufí, a menudo en la obra de A. R. Rahman, creando un vocabulario emocional compartido que hacía del sincretismo una experiencia vivida.
La llegada al poder de Narendra Modi en 2014 no solo alteró el paisaje político de la India, también transformó su gramática cultural
Vista desde esta perspectiva, la llegada al poder de Narendra Modi en 2014 no solo alteró el paisaje político de la India, también transformó su gramática cultural. El lenguaje de la vida pública ha pasado de lo compuesto a lo monolítico. El cine indio, ya sea por convicción, cálculo o coerción, parece haberse ajustado en consecuencia. La disciplina de la industria combinó intimidación e incentivos: estrellas musulmanas como Aamir Khan sufrieron campañas sostenidas de vilipendio tras expresar su preocupación por el aumento de la intolerancia. También lo sufrió Shah Rukh Khan después de que su hijo fuera detenido por cargos dudosos de drogas y retenido durante semanas sin pruebas. Figuras no musulmanas alineadas con el gobierno, en particular Akshay Kumar y Kangana Ranaut, han sido promovidas y recompensadas por películas que reproducían los relatos oficiales.
Este giro ideológico no puede separarse de las condiciones materiales. La creciente concentración corporativa de la economía india y el papel cada vez mayor de oligarcas multimillonarios afines a Modi en la producción cultural, en particular las empresas mediáticas respaldadas por Reliance de Mukesh Ambani y sus inversiones en estudios como Dharma Productions, han reconfigurado los incentivos que rigen la realización cinematográfica. Las películas que halagan al poder circulan ahora con mayor facilidad, mientras que las voces disidentes se enfrentan a listas negras informales y a la invisibilidad algorítmica. Como advirtió Guy Debord, el espectáculo no solo refleja el poder, sino que organiza la percepción: el cine nacionalista hindú funciona menos mediante la persuasión que mediante la habituación, entrenando al público para experimentar la dominación como protección y la violencia como reparación moral.
Conviene recordar, además, que esta reconfiguración no es exclusivamente india. En regímenes mayoritarios y autoritarios contemporáneos, el cine está siendo reutilizado como tecnología de simplificación emocional: en Turquía, donde series como Diriliş: Ertuğrul romantizan la conquista imperial otomana; en Rusia, donde las películas bélicas respaldadas por el Estado sacralizan la obediencia y el sacrificio; y en China, donde los orígenes cinematográficos de la llamada diplomacia del “lobo guerrero” han convertido el espectáculo nacionalista en un modelo de política exterior. Joseph Goebbels describió el cine como un arma, una convicción institucionalizada por la política cinematográfica nazi y realizada estéticamente por Leni Riefenstahl, cuyo Triunfo de la voluntad (1935) transformó el poder político en mito visual, mientras que filmes de propaganda antisemita como El judío eterno (1940), producidos bajo la supervisión de Goebbels, normalizaron la deshumanización como antesala del exterminio.
El imaginario pluralista, socialmente crítico y antiautoritario que una vez definió el cine indio no ha desaparecido por completo. Aunque desplazado hacia las industrias regionales o a circuitos marginales y de plataformas, persiste
Sin embargo, el imaginario pluralista, socialmente crítico y antiautoritario que una vez definió el cine indio no ha desaparecido por completo. Aunque desplazado hacia las industrias regionales o a circuitos marginales y de plataformas, persiste. El cine malayalam produjo The Great Indian Kitchen (2021), una denuncia silenciosa del patriarcado; cineastas tamiles abordaron la opresión de castas y la explotación económica en Kaala (2018); y el propio cine hindi comercial ha generado obras disidentes como Article 15 (2019), que expuso el apartheid de castas con una franqueza inusual.
Las apuestas en India no son, por tanto, meramente estéticas, sino cívicas, y resuenan mucho más allá de sus fronteras. Cuando el cine estrecha el repertorio emocional de una nación, reduciendo el conflicto histórico a venganza, recodificando la convivencia como amenaza y rehaciendo la devoción en ritmo marcial, se reconfigura la forma en que los ciudadanos se imaginan entre sí. Una democracia entrenada para soñar en monocromo puede, con el tiempo, volverse más receptiva a soluciones autoritarias, aprendiendo a gobernar una sociedad plural mediante la normalización de la violencia en lugar del consentimiento.
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!