Opinión
Lo que las grandes marcas de chocolate no te cuentan
Tú, que lees este artículo en tu ordenador o en tu móvil, que llevas prendas de algodón, bebes café o té y comes chocolate, quizá no lo pienses a menudo, pero buena parte de tu vida cotidiana depende de materias primas que proceden de África.
Y el hecho de que los países africanos ecuatoriales productores de cacao apenas se beneficien de la enorme riqueza generada por las grandes marcas de chocolate revela hasta qué punto persisten las dinámicas coloniales entre el norte y el sur.
Si bien es cierto que el cacao también se cultiva en países de América Latina y del sudeste asiático, es en África Occidental donde se produce alrededor del 70% del suministro mundial. Y ahí la situación laboral de las personas dedicadas a producir cacao es sangrante.
El cacaotero, el árbol del cacao, crece en zonas ecuatoriales. Necesita calor y humedad para desarrollarse, y los países del África ecuatorial son perfectos para ello. En la actualidad, tres cuartas partes del cacao del mundo proceden de Costa de Marfil, Ghana, Camerún y Nigeria. El cultivo llegó a esta región en la segunda mitad del siglo XIX, cuando los europeos lo introdujeron desde América, el continente de origen del cacao.
Te sonarán marcas como Mars (la de las barritas Mars, Twix y Snickers, y los famosos M&M’s), Mondelez (dueña de Toblerone, Milka, Côte d’Or y las galletas Oreo), el grupo Ferrero (Nutella y los huevos Kinder), Lindt, o la también suiza Nestlé. Son compañías que llevan décadas endulzando la vida en el norte y amargándola en el sur, donde millones de productores siguen atrapados en condiciones profundamente injustas.
La industria del chocolate distribuye su riqueza de forma extremadamente desigual, como muestran diversos estudios, como este de la FAO sobre la cadena de valor del cacao
El año pasado, estas y otras empresas estadounidenses y europeas que transforman el cacao en chocolate, cosméticos o incluso medicamentos generaron cerca de 200.000 millones de dólares. Las proyecciones indican que, para 2031, el negocio podría alcanzar un cuarto de billón. Con ‘b’ de abuso.
La industria del chocolate distribuye su riqueza de forma extremadamente desigual, como muestran diversos estudios, como este de la FAO sobre la cadena de valor del cacao. Las multinacionales estadounidenses y europeas ejercen presión sobre gobiernos, cadenas de distribución, grandes superficies y medios de comunicación, asegurándose de que nada cambie y de que los beneficios sigan fluyendo hacia arriba.
También se encargan de pintar una realidad amañada. ¡Qué cruel resulta ahora la tristemente famosa letra del anuncio del Cola Cao, la de “Yo soy aquel negrito del África tropical…”, de 1955!
Afortunadamente, hay cooperativas y organizaciones que vieron hace décadas que otro tipo de chocolate era posible. Entidades como Fairtrade, Tony’s Chocolonely y Oikocredit llevan años colaborando con pequeños productores y cooperativas de cacao para garantizar precios justos y prácticas más sostenibles. Gracias a su trabajo conjunto, cada vez más comunidades productoras pueden mejorar sus ingresos. Pero su impacto sigue siendo limitado frente al enorme volumen de la industria.
¿Es posible otro modelo de chocolate?
Estas organizaciones y cooperativas promueven el establecimiento de derechos comerciales y laborales justos para los productores de cacao en los países ecuatoriales. Luchan para que las personas productoras reciban un precio mínimo y condiciones dignas, abordando directamente la pobreza, la desigualdad de género, la deforestación y el trabajo infantil. No olvidemos que alrededor de 1,5 millones de niños y niñas trabajan en las plantaciones de cacao en Costa de Marfil y Ghana.
Pero si no tienes quién te garantice un precio justo, te enfrentas al gran lobby del chocolate, que lucha para mantener el precio del cacao lo más bajo posible. Cuando en 2020 Costa de Marfil y Ghana, países donde se cultiva el 60% del cacao del mundo, establecieron un precio mínimo para impedir que las multinacionales siguieran explotando a sus sociedades, el lobby respondió utilizando todos los medios a su alcance para presionar a ambos gobiernos y mantener una situación de ingresos extremadamente bajos para quienes cultivan el cacao. A esto lo llamaron “la guerra del chocolate”. Desde entonces, además, estos dos países han sufrido un desplome de su producción de cacao, afectados por el cambio climático y enfermedades del cacao.
Nueve de cada diez productores de cacao viven en la extrema pobreza, mientras en el norte consumimos hasta doce kilos de chocolate al año
En África, nueve de cada diez productores de cacao, el ingrediente principal del chocolate, viven en la extrema pobreza, es decir, con menos de tres dólares al día, la cifra que usa el Banco Mundial, institución que no está precisamente exenta de sombras, para definir dónde empieza la miseria.
En el norte, en los países ricos donde vivimos ajenos a esta realidad, el consumo de chocolate anual por persona oscila entre los cinco kilos de los estadounidenses y los seis y 12 kilos de los europeos, con los suizos como los mayores consumidores del mundo. En el sur, la mayoría de los agricultores de cacao no ha probado el chocolate en su vida, como muestran diversos vídeos en internet. No se lo pueden permitir.
Sin embargo, mejorar esta situación es posible. Asegurar precios más justos en origen, invertir en prácticas agrícolas resilientes al clima, apoyar la renovación de plantaciones y reforzar la trazabilidad permite que quienes cultivan el cacao obtengan una parte digna del valor que generan. Y las empresas, los gobiernos y los consumidores tenemos en nuestras manos la opción de impulsar ese cambio: pagando mejor, exigiendo transparencia y apoyando modelos que prioricen el bienestar de las comunidades productoras.
No podemos permitir que la situación que provocó la United Fruit Company en Guatemala en el siglo XX se replique en 2026 en África. Recordemos que esa empresa controlaba casi la mitad de la tierra cultivable en Guatemala, además de ferrocarriles, puertos y comunicaciones, y que estuvo directamente implicada en el golpe de Estado de 1954 en ese país, lo que desembocó en 36 años de guerra civil.
Hay que utilizar las mismas herramientas que emplean las multinacionales: mantener un diálogo constante con responsables políticos, medios de comunicación y el mundo académico para exigir cambios reales. Solo así se podrá presionar para transformar las condiciones de una industria que, en pleno siglo XXI, sigue reproduciendo dinámicas tan injustas como las que marcaron el negocio bananero en el siglo XX.
Por cierto, la situación del café no es tan distinta a la del cacao, aunque la de esta última es muchísimo más penosa. Precisamente, denunciando, se está logrando poco a poco mejorar la situación laboral y de derechos humanos de los productores de café. Pero para el sector del cacao, aún queda mucho por hacer.
Como sociedad consumidora, es importante que nos fijemos en qué productos compramos. No solo eliges un sabor, eliges también qué modelo de mundo financias
Como sociedad consumidora, es importante que nos fijemos en qué productos compramos. Existen diversos sistemas de certificación de comercio justo. Pero, ojo, las grandes multinacionales también han creado sus propios sistemas de certificación, como Cocoa Life de Mondelez y Cocoa Plan de Nestlé.
No olvidemos que las certificaciones deben ser siempre controles de terceros a través de una verificación del cumplimiento de una serie de derechos y condiciones justas. Ni que decir tiene, que juez y parte interesada no pueden ser jamás la misma persona. Abramos los ojos.
La próxima vez que vayas a comprar una tableta de chocolate, recuerda que no solo eliges si lo quieres puro o con leche: también eliges qué modelo de mundo financias.
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