Contigo empezó todo
El día que mataron a Salvador
En medio de la calle se ha formado una pirámide de flores que oculta, prácticamente en su totalidad, una gran mancha roja. Una multitud, en la que los rostros muestran desde preocupación a extrema desolación, ocupa el cruce de las calles barcelonesas Cadena y San Rafael. Hace unas horas que en este lugar ha sido asesinado Salvador Seguí. Su sobrenombre era El noi del sucre, “el niño del azúcar”.
Seguí no podrá celebrar su trigesimosexto cumpleaños. Sus días fueron demasiado largos y su vida demasiado corta. Hay diferentes versiones del origen de su mote. Una es que se comía los terrones que le ponían con el café y otra que los disolvía en absenta. Otra diferente, que trabajó de adolescente en una refinería de azúcar. Una vez le preguntaron y respondió con su socarronería habitual: “De tan dulce que soy atraigo a las moscas”.
Salvador Seguí Rubinat nace en 1887 en el pueblo leridano de Tornabous, pero al año ya vive en Barcelona. Con 12 años abandona la escuela y deambula de un empleo a otro. Llega a dos conclusiones. Una: no soporta la autoridad de los patrones. Dos: será pintor, de brocha gorda. Con 15 años ya está inmerso en la guerra social, y justo antes de cumplir 30 está en primera línea de la misma. Presente en la fundación de la CNT, dirige el Sindicato de la Construcción local y es el secretario del Ateneo Sindicalista.
Grande, fuerte y, sin embargo, de movimientos elegantes, su ojo izquierdo se extravía ligeramente. 100% proletario, su vestimenta también lo es: gorra en la cabeza, pañuelo blanco en el cuello, mono gris que le cubre el cuerpo y alpargatas en los pies. Su pareja es Teresa Muntaner, anarquista como él y separada de un amigo suyo. Salvador no será jamás un sindicalista profesional, especie poco común en el cenetismo. Víctima de las listas negras, su supervivencia se basa en sus escasos ingresos como pintor autónomo y los artículos remunerados en prensa.
En el verano de 1918, Seguí es uno de los principales activistas reunidos en el congreso de Sants, que toma una decisión trascendental para la organización regional y que repercutirá en el resto de España: la conformación de los sindicatos únicos, mediante los cuales se unifica a las antiguas asociaciones de oficio para adecuarlas a la nueva estructura productiva. El noi toma la palabra: “Cuando creía la burguesía catalana que la Confederación Regional había recibido un golpe de muerte; que nuestras energías se habían agotado y nuestros métodos se habían declarado en quiebra, nos levantamos más fuertes que nunca”.
Puede parecer que se está tirando un triple, pero la realidad le da la razón. El optimismo se dispara entre los trabajadores, que se afilian en masa a la reestructurada confederación. La conflictividad llega a su punto álgido en la huelga de la Canadiense de 1919, que Seguí se pasa encarcelado. Barcelona entera se paraliza y se consigue la victoria. Los negociadores tienen que convencer de que hay que volver al trabajo a una asamblea de decenas de miles de personas, reunida en la plaza de toros de Las Arenas. Salvador es el principal encargado de la tarea. “Necesita un mes para redactar una cuartilla”, comenta Manuel Buenacasa, pero en cuanto a oratoria no tiene rival. Posee un don para precisar lo que otros piensan y sienten y, cuando toma la palabra, generalmente en catalán, el tiempo se paraliza y sus oyentes parecen hipnotizados.
Tras la huelga, la fama de El noi del sucre aumenta todavía más. Si todos vivimos en el fango, también es cierto que algunos miran a las estrellas. Salvador es incansable. Mientras sigue pintando, intenta sin cesar recuperar la estabilidad de unos sindicatos sometidos a la persecución continua del régimen, la cual incluye varios intentos de asesinato contra su persona. De ellos sale ileso, con una sonrisa en la boca y con la frase “Todavía no, todavía no” dirigida a quien se acerque a interesarse por si ya han conseguido matarle. En esas circunstancias, encuentra tiempo para giras de propaganda por el resto del país. También afronta críticas internas por su pragmatismo y por su afán de distanciarse de la violencia de los grupos armados: “El arma nuestra no es el puñal ni el revólver sino la huelga”.
Es en estos años cuando Seguí madura su reflexión política. El instrumento de la revolución es el sindicato único, que debe organizar la producción en el futuro régimen social. No es suficiente la lucha laboral, sino que hay que extenderla a otros frentes, como la organización de los inquilinos y de los consumidores.
Desconocemos cómo habría evolucionado posteriormente, pues todo se acaba a las siete y cuarto de la tarde del sábado 10 de marzo de 1923 en el barrio de El Raval. Seguí y Francesc Comas, ‘Paronas’, otro sindicalista histórico, salen del bar La Trona, donde habían entrado a comprar tabaco. Al salir, al menos cuatro pistoleros pagados por el sector más duro de la patronal les están esperando. Peronas, malherido, morirá también poco después. Esta vez su acompañante no puede responder “Todavía no, todavía no” a las primeras personas que se aproximan. En sus bolsillos lleva tarjetas en las que se lee: “Salvador Seguí, pintor”.
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