Opinión
Otra crisis energética: ¿cuándo vamos a tomar medidas?

Limitarse a poner parches para mitigar los impactos económicos ya no es una opción: las crisis serán recurrentes y cada vez más agravadas.

Miembro de la Xarxa per la sobirania energètica e investigador en el Observatori del Deute en la Globalització


19 may 2026 06:00

Dos meses después del inicio de la intervención militar ilegal de Israel y los Estados Unidos contra Irán, parece que la situación ha cambiado mucho, pero nada a la vez. El cierre y la obstrucción del estrecho de Ormuz, enclave estratégico del modelo económico capitalista global, ha sacado a la luz el eslabón débil del modelo energético fósil, sobre todo el de los países del Norte global.

En este caso, Europa debería haber aprendido la lección de las consecuencias de la invasión rusa de Ucrania que empezó hace más de cuatro años, transformando su sistema energético para minimizar su dependencia frente a este tipo de acontecimientos. Sin embargo, la Unión Europea y sus Estados miembro han optado por simples parches.

Esta crisis no debe tratarse como una más, sino como una ocasión para hacer cambios desde la raíz del problema

Si nos centramos en el Estado español, el sector del transporte ha vuelto a ser uno de los que ha salido más beneficiado, al igual que en la invasión rusa de Ucrania. Mientras que ahora se ha reducido el IVA de la gasolina y del diésel del 21 al 10 por ciento, en marzo de 2022 se subvencionaron 20 céntimos por litro de dichos combustibles.

Medidas estructurales que transformen el modelo energético

Por este motivo, esta crisis no debe tratarse como una más, sino como una ocasión para hacer cambios desde la raíz del problema. Los límites biofísicos del planeta, sobre todo en la extracción de combustibles fósiles, y la inestabilidad geopolítica global, acentuada a la merced de las decisiones de Trump, son motivos más que suficientes para pensar e implementar cambios estructurales en el funcionamiento del sistema energético europeo y global.

Esto nos lleva a sistemas energéticos que apuesten por la soberanía energética. Pero no la soberanía energética disfrazada de nacionalismo y proteccionismo, sino como el derecho de los pueblos a decidir cuánta energía necesita, cómo producirla y para qué, bajo criterios de solidaridad internacional y respeto a las personas y a los ecosistemas.

Que la urgencia por reducir emisiones no nos impida analizar qué consumos energéticos son esenciales y cuáles superfluos para poder prescindir de estos últimos

Sabemos que suena muy bien, pero no es un reto fácil. La transición energética nos ha demostrado que la mayoría de la población queremos un modelo 100% renovable, pero no coincidimos en la manera de cómo debe implementarse. Las tecnologías de las energías renovables nos brindan la oportunidad para que la soberanía energética sea el pilar fundamental del nuevo modelo energético que estamos construyendo.

Un modelo que deje de responder a los intereses de unos pocos y deje de estar basado en la rentabilidad económica de los proyectos que lo integran. Que la urgencia por reducir emisiones no nos impida analizar qué consumos energéticos son esenciales y cuáles superfluos para poder prescindir de estos últimos. Es decir, hablemos de decrecimiento y suficiencia. Asimismo, es necesario que todos los actores implicados en la transición energética tengan voz y acceso a la información, garantizando de que no dejamos atrás a nadie, especialmente a las personas vulnerabilizadas por el actual modelo.

Más allá de los combustibles fósiles

Cambiando de tercio, también debemos tener en cuenta las decisiones institucionales y espacios multilaterales que abordan estos temas. A finales de abril se celebró la Conferencia para una Transición más allá de los Combustibles Fósiles en Santa Marta, Colombia, un espacio de encuentro entre países que quieren abordar el abandono del sistema fósil. Este foro surge como respuesta al bloqueo que ciertos países ejercen en las cumbres de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, impidiendo acuerdos ambiciosos sobre el fin de los combustibles fósiles.

Pese a reunir a los países con mayor ambición climática, la Conferencia de Santa Marta se cerró sin acuerdos vinculantes, aunque tampoco se esperaba que lo hiciese. La idea era que se estableciera un proceso para avanzar en esta dirección, por lo que se ha planeado una segunda conferencia el próximo año, con Tuvalu e Irlanda como países anfitriones. Sin embargo, la intención de Tuvalu de acoger el evento supone un gran desafío logístico: se trata de un archipiélago en el océano Pacífico con apenas 10.000 habitantes, infraestructuras limitadas y una travesía de 40 horas desde Australia.

La inestabilidad geopolítica actual, reflejada en Asia Occidental, evidencia la urgencia de abandonar un modelo energético completamente dependiente de los combustibles fósiles

Mientras se celebraba la Conferencia de Santa Marta, Emiratos Árabes Unidos (EAU), un país que no había sido invitado, anunciaba que iba a abandonar la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Este hecho también es consecuencia de la intervención militar ilegal de Israel y los Estados Unidos contra Irán, ya que los EAU son uno de los principales países exportadores de petróleo afectados por el cierre del Estrecho de Ormuz. Aunque se atribuye este movimiento a una búsqueda de independencia de mercado, resulta contradictorio que EAU abandone un espacio donde ejerce gran influencia. Una posibilidad es que lo haga por presiones de Estados Unidos, el cual no forma parte de la OPEP, y, de esta manera, dejar de estar bajo el amparo de Arabia Saudita.

El modelo energético que queremos y necesitamos

La inestabilidad geopolítica actual, reflejada en Asia Occidental, evidencia la urgencia de abandonar un modelo energético completamente dependiente de los combustibles fósiles. Limitarse a poner parches para mitigar los impactos económicos ya no es una opción: las crisis serán recurrentes y cada vez más agravadas. En este escenario, espacios como la Conferencia de Santa Marta son valiosos para incidir sobre los países que pueden tener mayor ambición climática, pero no sustituyen el marco global de las Cumbres de Cambio Climático de Naciones Unidas.

Paralelamente, el papel de la sociedad civil y los movimientos locales es crucial. Las instituciones deben atender estas exigencias y garantizar una transición hacia modelos energéticos basados en la soberanía energética de los territorios y la solidaridad internacional. Modelos que tengan como paradigma el decrecimiento y la suficiencia, y que sean 100% renovables. Deben priorizar, de una vez por todas, la satisfacción de los usos sociales esenciales de la energía frente a los intereses económicos de unos pocos.

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