Estructuras reflectantes: representaciones del control, la disciplina y la ideología del trabajo

Estructuras Reflectantes es la obra de Nicolás Cox expuesta en el Espacio Amadis hasta el 19 de junio. Esta nos ha servido para reflexionar sobre el trabajo como elemento de ordenación, subjetividad laboral e identidades
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Fotografías de Nicolás Cox (@nicolascoxascencio)

La ropa de trabajo a veces sirve para señalizar, otras como elemento de prevención y seguridad o también para evitar manchas durante la jornada laboral. Pero también delata y señala la condición de clase, en otras palabras, el uniforme ha sido históricamente una forma de representación cotidiana de la estructura social.

Paradójicamente, la vestimenta de trabajo no ha sido uniforme en lo que se refiere a mantener sus significados, apariencias y funciones a lo largo del tiempo, sino que han ido cambiado al ritmo de las transformaciones laborales y sociales. Así, el mundo esquematizable en cuellos azules y blancos parece una noción del pasado poco útil para entender las realidades presentes.

La obra Estructuras Reflectantes da cuenta de ello, y parte precisamente de una de esas prendas cotidianas, el chaleco reflectante. Este elemento junto a luces, ladrillos y señalética es uno de los materiales principales del trabajo llevado a cabo por Nicolás Cox y comisariado por Silvia Abad.

Entre las actividades desarrolladas en el marco de esta exposición tuvo lugar el conversatorio “Observatorio sobre cotidianidades y paisajes de las nuevas realidades del trabajo en la ciudad” entre Nicolás Cox, Silvia Abad, Ana Santamarina y Francisco Fernández-Trujillo (estas últimas, parte del Grupo de Estudios Críticos Urbanos). En este texto, se da cuenta de algunos de los diálogos, reflexiones y debates compartidos durante esa jornada.

Los significantes de la estética del trabajo

Carritos de barrenderos, EPIs de obra, camisetas y chalecos con logos corporativos, pantalones de cargo, llamativas mochilas de reparto, trajes de chaqueta y corbata nos dan mucha información sobre el trabajo de quien los porta. Todos ellos operan como dispositivos que ordenan y jerarquizan. La presencia de quien lleva esta indumentaria no es legitima en todos los espacios, ¿qué hace alguien que se dedica al reparto de comida, a la obra o a cuidar personas en un barrio rico? La única respuesta que no genera malestares es trabajar.

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Fotografías de Lara Uro (@laaraa)

El uniforme de trabajo es un elemento cotidiano desde el que observar cómo se organizan las identidades laborales, las formas de pertenencia y los modos de reconocimiento social. Por tanto, la flexibilización del trabajo, la individualización y la externalización de las relaciones laborales no solo han transformado las condiciones materiales del trabajo, sino también sus estéticas y los universos de significado que las sostienen. Las estéticas vinculadas al trabajo reflejan cómo se han venido reconfigurando las relaciones de clase, más aún en un contexto gobernado por la fragmentación del trabajo y el debilitamiento de referentes colectivos.

En la época fordista, la dicotomía blue collar y white collar generaba una gramática visual de clase. El mono azul remitía a fábricas, talleres, obras, cadena de montaje y trabajo manual, es decir, una posición subordinada dentro de las relaciones de producción. Al mismo tiempo que el blue collar señalaba un lugar en esa jerarquía productiva, también implicaba una forma de pertenencia y de identificación de clase generada al compartir el espacio de la fábrica, organización en el sindicato, o condiciones colectivas del convenio.

Frente a él, los cuellos impolutos de la camisa blanca evocaban otro entorno laboral. El de la oficina, empleos a los que acudir con corbata, labores profesionales de gestión y administración, lo que sugería la promesa de ascenso social de las clases medias consolidadas durante la época fordista.

La irrupción del neoliberalismo desarticuló progresivamente la figura del trabajador industrial, dando lugar a realidades laborales cada vez más heterogéneas.

Sin embargo, el desarrollo del capitalismo neoliberal y la complejización de las relaciones de clase y productivas ha dejado atrás esta visión dicotómica. La irrupción del neoliberalismo desarticuló progresivamente la figura del trabajador industrial, dando lugar a realidades laborales cada vez más heterogéneas. Con ello, también se erosionó aquella asociación entre trabajo, derechos y ciudadanía que había sostenido buena parte del imaginario obrero industrial.

La visión de estas identidades laborales colectivas queda lejos de nuestros días. En este tiempo hemos pasado por una identificación masiva con las clases medias, una identidad laboral que podemos identificar como vaciada y carente de significados politizantes. Esta identificación de clase, propone Emmanuel Rodríguez, es producto de una época. El desarrollo del capitalismo y la democracia en España configuraban un escenario desconflictuado postransición. En la España del periodo postfranquista, como en buena parte del mundo postindustrial, la clase media se convertía en un espacio de disolución del conflicto desde el que aspirar a propiedad, títulos y una categoría social amplia en la que todas y todos entrábamos independientemente de las posiciones en las que nos encontrábamos en las relaciones de producción.

En el tiempo más reciente, los discursos del desclasamiento han ganado terreno y lo aspiracional se vincula más a nociones abstractas como el éxito, el sacrificio, el mérito y al “si quieres puedes”. Se supera así la aspiración de la clase media como símbolo del buen vivir. La concepción de la gobernanza neoliberal se acerca a alcanzar su máxima expresión. Sujetos individuales con intereses personales incapaces de identificarse con quienes comparten posición social. ¿Pero cómo hacerlo cuando las tareas laborales se presentan cada vez más fragmentadas, cuando las condiciones están negociadas y establecidas de manera individual, cuando cada vez se convierte en algo más extraño compartir espacio de trabajo con quienes se comparte condiciones?

El uniforme deja de funcionar como marcador de una posición específica dentro de la división social del trabajo para convertirse en un símbolo de pertenencia corporativa

Esta disolución de la clase es recuperada por lo empresarial, ganando terreno la idea de la empresa como familia. La empresa es presentada como elemento aglutinador, los intereses de la empresa son los intereses de la plantilla. Son conocidos los discursos de empresas como Balay, que uniformizan a clientes, directivos y operarios bajo esta noción de la relación interpesonal. En este contexto, el uniforme laboral deja de funcionar como marcador de una posición específica dentro de la división social del trabajo para convertirse en un símbolo de pertenencia corporativa, cuya función es integrar a todos los sujetos bajo una identidad empresarial común. Este movimiento desplaza la identidad de clase por la identificación con la empresa.

Uniformidad hipervisible y trabajo invisibilizado

El capitalismo de plataformas da un paso más allá. Mientras la ciudad está plagada de mochilas con llamativos colores corporativos o coches vinilados con el nombre de la empresa a gran tamaño, quienes trabajan en estas plataformas se relacionan con su empleador a través de una app, carecen de centro de trabajo o espacios compartidos y, con suerte, en una acera o banco de la calle pueden encontrarse con alguien que esté en la misma situación laboral (y administrativa).

Aunque su estética inunde las calles, quienes trabajan en estas plataformas caen paradójicamente en el anonimato. Un repartidor más, una conductora más. La presencia de estas indumentarias se ha vuelto tan cotidiana que su hipervisibilidad acaba dando lugar a su naturalización como parte del paisaje cotidiano. La mochila, el casco, o el vehículo operan también como marcas de jerarquización social que identifican cuerpos subordinados, disponibles para el servicio y, al mismo tiempo, ampliamente ignorados en el espacio público. Estructuras Reflectantes plantea precisamente esta paradoja entre la hipervisibilidad del chaleco de trabajo y el modo en que aprendemos a mirar – o dejar de mirar – ciertos cuerpos (el de quienes están trabajando) en la ciudad.

La invisibilización de quienes trabajan en plataformas, no es en absoluto neutral. La gran mayoría de ellos son personas migrantes, racializadas y en situaciones administrativas precarias, para las que las plataformas se han convertido en una de las pocas vías disponibles de acceso al empleo. Esta invisibilización tiene, además, efectos muy concretos. No es casual que, desde el auge de las plataformas, el sector del reparto se haya convertido en uno de los trabajos con mayor índice de siniestralidad laboral, agravada por la externalización de riesgos, la desregulación y la informalidad características del sector. A pesar de la ausencia de estadísticas oficiales, se han documentado varios accidentes mortales, como el de Pujan Koirala en Barcelona, que dio lugar a protestas, quema de mochilas frente a la sede de Glovo y reivindicaciones por parte de colectivos como RidersXDerechos en 2019. Junto a estos casos más mediáticos, se encuentran muchos otros que a menudo ni siquiera computan como accidentes laborales.

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Fotografías de Lara Uro (@laaraa)

Gargi Bhattacharyya o Ruth W. Gilmore han analizado cómo determinadas vidas pierden valor en términos comparativos. La dimensión necropolítica de estos trabajos es imponente, más aún desde la perspectiva del capitalismo racial. Esta teoría analiza cómo el racismo es un elemento intrínseco del capitalismo, cuyos procesos de acumulación se sostienen sobre jerarquías raciales que distribuyen de manera desigual el valor de la vida, el acceso a derechos y la exposición al riesgo.

Esta invisibilización banal de los trabajadores en plataformas de reparto se transforma, sin embargo, en hipervisibilidad selectiva cuando pasan a ser objeto de control migratorio. En julio de 2025, el gobierno británico lanzó una operación nacional en el marco de su política (anti)migratoria dirigida específicamente a trabajadores migrantes del reparto. La ofensiva en la calle se saldó con cientos de detenciones, cerca de dos mil interrogatorios y decenas de solicitudes de asilo revisadas con órdenes de expulsión. La operación fue acompañada, además, por acuerdos con plataformas como Deliveroo, Just Eat y Uber Eats para reforzar los controles de identidad, ampliar la verificación facial y cruzar información sobre la actividad de las cuentas con la ubicación de alojamientos para solicitantes de asilo.

Estos trabajadores se convierten así en blanco policial a partir de un doble marcador: una estética laboral que los identifica como riders —la mochila, la bicicleta, la moto— y una lectura racializada de sus cuerpos como cuerpos migrantes. Ante este cruce entre precariedad laboral, plataformización y frontera, RidersXDerechos, en colaboración con otros colectivos y sindicatos - como Langile Abertzaleen Batzordeak (LAB), la Intersindical Alternativa de Catalunya (IAC), o el Observatorio de Trabajo, Algoritmo y Sociedad - han puesto en marcha la campaña RidersXRegularización, con objeto de acompañar a trabajadores migrantes que trabajan informalmente en las plataformas, en los márgenes de la celebrada Ley Rider. Estas experiencias muestran cómo frente a la fragmentación y atomización del trabajo y el falso discurso de emprendimiento promovido por las plataformas, surgen respuestas colectivas capaces de reinventar las formas de hacer sindicalismo, así como tejer alianzas con otros colectivos y luchas.

¿Y qué pasa cuando el uniforme no es visible?

El trabajo en plataformas digitales va más allá de los riders o los VTC. Entre los sectores donde más han crecido las plataformas digitales en los últimos años se encuentran los trabajos domésticos y de cuidados, ámbitos históricamente feminizados, racializados y devaluados sobre el que las plataformas han podido expandirse al calor del desmantelamiento del Estado de bienestar y la creciente mercantilización de las actividades cotidianas vinculadas con el sostenimiento material y emocional de la vida. En Después del trabajo: una historia del hogar y la lucha por el tiempo libre, Helen Hester y Nick Srnicek nos recuerdan que décadas de desarrollo tecnológico apenas han reducido la carga de las actividades reproductivas. Frente a las fantasías que imaginan un futuro dominado por la automatización, la programación o la inteligencia artificial, sostienen que el horizonte laboral que se abre no está marcado tanto por el coding como por el caring.

Es decir, se plantea un escenario en el que el desarrollo tecnológico va a encontrar límites no en términos cibernéticos, tecnológicos o de recursos técnicos, sino en la mera organización social y una solvencia en la provisión de cuidados cotidianos. ¿Quién mantiene la vida mientras se codifica?

Estas trabajadoras transitan la ciudad a diario como cuerpos racializados y feminizados, pero su condición de trabajadoras permanece fuera del foco.

A diferencia de otros trabajos de plataforma que transcurren en el espacio público, para las trabajadoras del hogar el uniforme opera de puertas adentro, en el espacio privado del domicilio familiar. Allí, la indumentaria laboral no solo remite a una organización práctica del trabajo, sino también a una genealogía histórica de servidumbre, separación y jerarquización entre la familia y el servicio doméstico. Estas trabajadoras transitan la ciudad a diario como cuerpos racializados y feminizados, pero su condición de trabajadoras permanece fuera del foco.

En estos sectores, la plataformización ha intensificado la fragmentación espacial y temporal del trabajo. Frente a sus configuraciones más tradicionales, la lógica bajo demanda propia de la plataformización hace que muchas trabajadoras se vean obligadas a desplazarse entre varios domicilios desconocidos a lo largo de una misma jornada, encadenando servicios puntuales y tiempos muertos no remunerados. Ponerse y quitarse el uniforme se convierte en un ritual repetido de entrada y salida a cada uno de estos servicios, prácticas que multiplican la exposición a situaciones de acoso, abuso, humillación o violencias, especialmente cuando se trata de cuerpos feminizados, migrantes y racializados sobre los que operan imaginarios y prácticas sexualizados y sexualizantes.

Una imagen que dejaba fuera el trabajo doméstico, los cuidados, la economía informal y las tareas feminizadas, migrantes y racializadas.

El trabajo doméstico y de cuidados, sin embargo, es un sector con una larga historia de lucha y de organización feminista y migrante, en el que las lógicas individualizantes de la plataformización se encuentran con redes previas - formales e informales - de apoyo mutuo, organización colectiva y cuidado que levantan fronteras de choque. Ya en los años setenta y ochenta, las reivindicaciones en torno al pink collar señalaron los límites de una gramática industrial de clase construida sobre el blue collar y que giraba en torno a un sujeto trabajador masculino, generalmente blanco, asalariado y reconocido como ciudadano a través del empleo formal. Una imagen que dejaba fuera el trabajo doméstico, los cuidados, la economía informal y las tareas feminizadas, migrantes y racializadas.

Los feminismos negros fueron decisivos para ampliar esta crítica, visibilizando y revalorizando el trabajo de muchas mujeres negras, migrantes y racializadas. Al cuestionar la separación entre producción y reproducción —un binarismo blanco y occidental que muchas mujeres negras nunca pudieron habitar como privilegio—, desplazaron el centro de la política hacia el cuidado, el apoyo mutuo y las condiciones materiales, relacionales y emocionales que sostienen la vida. Sobre esa base han emergido formas de organización que colectivos como Territorio Doméstico han nombrado como biosindicalismo feminista y que desarrollan formas de sindicalismo que no parten solo del empleo o el salario sino de la vida misma como terreno de conflicto, cuidado y organización colectiva. Es por eso que, ante la plataformización y las transformaciones del trabajo, no resulta necesario reinventar las formas de organización colectiva, como ha ocurrido en otros sectores como el reparto, sino abrir nuevos debates en aquellos espacios que llevan tiempo disputando la precarización de los cuidados y que hoy abren nuevas brechas frente a su reorganización digital.

¿Hacia dónde vamos?

El rechazo al trabajo asalariado ocupa gran parte de los debates y subjetividades construidas en torno a las transformaciones recientes en el mundo laboral. Frente a las críticas articuladas históricamente desde distintas posiciones de la izquierda política e intelectual, hoy los términos de este debate aparecen crecientemente atravesados por la retórica neoliberal del emprendimiento. “Ser tu propio jefe” o “trabajar para ti mismo” se ha convertido en algo más que un horizonte aspiracional, funcionando como una defensa activa de la desmediación laboral, contra las regulaciones, los impuestos o los derechos colectivos, en un lenguaje de agencia del individuo que se hace a sí mismo. A pesar de las contradicciones y múltiples precariedades que atraviesan sectores plataformizados como el reparto, estos discursos también han tenido calado. Y lo hacen, además, con una dimensión estética propia. La figura del rider no remite a una realidad homogénea. Conviven trabajadores migrantes con medios básicos con nuevas imágenes del reparto asociadas a cierta cultura deportiva, urbana y emprendedora. A calor del debate sobre la Ley Rider y la discusión pública sobre la laboralidad, emergieron reacciones de trabajadores que reivindicaban seguir siendo autónomos.

Se trata de una realidad en la que nos enfrentamos a un dilema, que está lejos de ser resuelto. Y es que en un escenario marcado por la externalización del riesgo, la gestión algorítmica y la desaparición de responsabilidades empresariales, la defensa de la laboralidad aparece como una línea mínima de protección colectiva. Las voces más críticas, en diálogo con una amplia trayectoria de debates entre distintas corrientes de la izquierda, vienen a centrar la disputa en el cuestionamiento de un modelo que organiza la vida en torno al trabajo y la productividad permanente. Un cuestionamiento que, necesariamente, pasa por incorporar el trabajo reproductivo, la redistribución de los cuidados y la construcción de formas colectivas de vida que no estén subordinadas al mercado y al salario.

En todo este contexto, Estructuras Reflectantes de Nicolás Cox, se convierte en la unidad a través del que dibujar formas que dan representación a las estructuras que gobiernan el trabajo. La sala, parece suspender el ruido de la ciudad. En las paredes, ciento seis chalecos capturan y devuelven la luz de los focos trazando figuras geométricas que remiten a distintas dimensiones del trabajo —el encierro, la jerarquía, el rechazo—. En el centro, doscientos cincuenta y nueve bloques de cemento blanco fueron cargados y colocados uno a uno, hasta formar una estructura que aguarda, inmóvil, a ser reordenada, apilada, transportada.

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Fotografías de Nicolás Cox (@nicolascoxascencio)

En la sala, no hay rastro de productividad ni de movimiento, pero todo parece organizado en torno a ellos. Una atmósfera de control, repetición y encierro, nos invita a detener la mirada sobre una prenda tan visible que casi ha dejado de ser vista. Nos preguntamos entonces por las vidas detrás de los chalecos de trabajo, precisamente en un tiempo en que la individualización de las relaciones sociales rechaza toda “uniformidad”: toda posibilidad de reconocerse bajo un paradigma común.

La muestra plantea una reconversión total del espacio expositivo. Paredes, techo y suelo se oscurecen en un negro profundo donde aparecen y al mismo tiempo se ocultan las formas elementales. El espectador se mueve al ritmo que demarca la instalación, rodeando las materialidades como si se tratara de una inspección, pero al mismo tiempo siendo alumbrado directamente por luces vigilantes. Al ir cambiando de lugar por la sala, el material reflectante de los chalecos brilla, haciendo emerger las formas en el espacio o también se apaga, fundiéndose en el entorno oscuro.  Los chalecos ocupados en la instalación son de color negro, acentuando de forma más radical las antípodas de lo visible/invisible.  En todas estas dualidades o dicotomías que se manifiestan en la obra, una de las principales es la presencia - ausencia del cuerpo, que aparece como proyección debido a la indumentaria, pero no se encuentra físicamente. Esto tiene que ver directamente con la uniformidad y el reconocimiento/señalización de un cuerpo por su vestimenta, por ende, de su labor y en consecuencia de su clase.

Los chalecos reflectantes en su uso social se plantean como una manera de “cuidado” al hacer visible a quien los porta. En la exposición se produce una inversión de sentido, declarando en el constructo conceptual de la obra que esta indumentaria no es más que otra forma de control directo, de hipervigilancia y símbolo de designación de un estrato social. No existen las formas neutras y la conformación de esta indumentaria lo refleja perfectamente, ya que las líneas que atraviesan el pecho en los chalecos y que circundan los tobillos en los pantalones, remiten de una forma casi directa a la imagen de grilletes. Desde esta misma idea de dispositivos de sumisión, se plantea la pieza situada en el centro de la sala titulada “Lógica Estructural”, donde cada bloque de cemento fue puesto por el artista en el espacio ocupando los orificios como grilletes, resaltando la idea de la repetitividad, la monotonía, el castigo y el sin sentido. La construcción de la escultura tuvo una duración total de dos horas y once minutos sin pausa, pudiendo observarse en una sala adyacente un monitor con el vídeo del registro de la acción.

La instalación está también fuertemente marcada por un olor industrial debido al material fabril ocupado en el suelo, lo que al complementarse con las luces hacen del espacio un lugar con una atmósfera densa y pesada. Estructuras reflectantes, que puede visitarse hasta el 19 de junio en la Sala Amadís del Instituto INJUVE, parte precisamente de esta crítica al trabajo e invita a imaginar horizontes en los que el empleo deje de ser la medida de nuestra identidad, tiempo y realización.

Sobre o blog
Un blog del Grupo de Estudios Críticos Urbanos (UNED), para profundizar en los principales debates sobre la ciudad desde una perspectiva crítica y con un fuerte compromiso con los conflictos sociales que se dan en la ciudad. Por este motivo, el principal objetivo de GECU y de este blog, es impulsar investigación urbana aplicada a la transformación social.
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