Cuba
Postales de la vida en Cuba
Es directora del medio La joven Cuba y de su podcast La Reunión.
“Cuba es sol y playa”
Mariana Camejo
El agua de la playa está tibia como en cualquier otro agosto. El paisaje le hace honor a su nombre, Boca Ciega, cuando cada vez hay menos ojos para mirarla. Bastante vacía está la playa para ser verano. Ni siquiera en un fin de semana hay personas como en otros años. De aquí, como del resto de Cuba, la gente se ha ido.
Las casas cerca del mar tampoco son lo que eran. Hay mucha casita humilde despintada a causa del salitre y otros inmuebles abandonados a su suerte y al sol abrasador de la zona. Fueron, hasta finales de los años 90, casas de diferentes organismos y centros de trabajo que se ocupaban de mantenerlas. Allí los trabajadores, con un poco de suerte, se ganaban una semana con la familia.
Eso cambió cuando se implantó en el discurso político la necesidad de eliminar las “gratuidades indebidas”, esas que les habían sido concedidas a personas que no tenían otras alternativas para veranear varios días en la playa. Hoy han perdido ventanas, puertas, cristales, y están abiertas para testigos azarosos de su desprotección. Unas al lado de otras que se mantienen para alquiler, donde suena música reparto [reguetón con ritmos tradicionales cubanos] regularmente y voces de niños felices tirándose en piscinas. Unas al lado de otras, dejando a la vista cómo la desigualdad de estos tiempos también se instala en las paredes de las casas, y a la vista de todos.
Mientras, la playa se siente vacía.
La espera
M.C.
23h. Hay una niña durmiendo en un muro a las afueras del hospital Juan Manuel Márquez. Hace demasiado calor dentro. Sentada a su cabeza, la madre la cuida y espera. Espera desde las 16h que le terminen de atender a su niña con fiebre y dolor en las articulaciones. La doctora está haciendo un ingreso, le dijeron, tiene que seguir esperando para que puedan ver el resultado del hemograma.
Otros niños duermen o se quejan alrededor. Hay muchas personas desperdigadas a las afueras del hospital. La fila de las tres consultas del cuerpo de guardia avanza lento. Un niño ha salido convulsionando de una. Llevaba más de una hora esperando que lo atendieran. Alguien lo vocea: “¡Pero llevaba más de una hora esperando!”. El padre tiró el teléfono contra el piso y lo rompió. Tiene formas peculiares el desespero en el cuerpo de las madres y los padres.
Una mujer está llorando.
Cinco nombres son gritados a viva voz. Son los niños próximos en la lista para entrar a atenderse. Ninguno aparece; suponemos que se fueron. Un sexto nombre de rostro cansado y enfermo dice: “Soy yo”.
Otra madre protesta porque no han llamado a su hija. Otra protesta porque acaben de verle el resultado de un análisis. Hay quien carga niños dormidos mientras revisa Facebook. Hay quien no deja de mirar a la doctora gritanombres.
La gente sigue llegando, sigue llegando a esperar. Alrededor, todo oscuro, no hay corriente excepto en el hospital. También hay mosquitos y varias sospechas de dengue. Es cerca de la medianoche y la gente sigue llegando, sigue llegando a esperar.
Una mujer se fue y otra me dice que se va
M.C.
Una se fue, para hacer su vida en Brasil, para tener su hija en otro lugar, para tener tranquilidad con el sistema de salud y para intentar huir de los apagones. Hoy manda fotos y videos de su bebé brasileño-cubana. Ese país se ha convertido en receptor de cubanos; de hecho, en 2025 los provenientes de Cuba fueron el principal grupo en pedir refugio allí. Ya es bastante común escuchar que alguien cogió un vuelo a Guyana para hacer la travesía hasta la tierra de Lula con ayuda de coyotes.
Otra mujer dice que se va. Otra que quiere tener un hijo lejos de la isla, de la incertidumbre de que no aparezcan las prenatales, de que algo se complique en una urgencia y los médicos no tengan recursos. Cualquier cosa puede pasar. No quiere correr ese riesgo.
La crisis también se derrama sobre los cuerpos pequeños de bebés. La tasa de mortalidad infantil en menores de un año se ubicó en 9,9 por cada mil nacidos vivos en 2025. Con razón, no son pocas las mujeres que se rehúsan a la idea de ser madres entre apagones y escasez.
Y, aun así, las hay que se aventuran a intentarlo
M.C.
En el Hospital Nacional de La Habana, en una sala de esperas para chequeos rutinarios, a pleno mediodía, varias embarazadas esperan que alguien las llame para consulta. Se las ve desesperadas por el calor, pero, al menos, hay electricidad generada con una planta para encender las luces y equipos médicos. No tan lejos de ellas, un pasillo está inundado de humo de las cocinas. A falta de gas, leña para garantizar la comida de los pacientes. Se hace lo que se puede en medio de la crisis.
Poner dinero en una mano pequeña.
Está cayendo la tarde sobre el Malecón habanero. La gente está desperdigada por el muro. Dos niños que no llegan a siete años, vestidos de short y sin camisa, se acercan mirándome a los ojos. Hay un tercero que se queda más atrás. “¿Nos puedes dar algo?”, dicen estos dos. No sé muy bien qué hacer. Busco en el bolso, saco algo de dinero y le doy a cada uno. Qué manos pequeñas estas. Gracias, dice uno, que Dios te bendiga y que Yemayá te cuide, y se van los tres corriendo. Cruzan la calle y no dejo de seguirlos con la vista. Se acercan a un hombre y parecen hablar con él, pero no puedo darlo por seguro.
Una señora con ropa raída y un pañuelo en la cabeza me dice de pronto: “¿Puedes darme algo, niña?”. Otro señor viene en camino y hace lo mismo. “No tengo nada”, respondo.
La gente que pide en la calle se ha multiplicado como nunca antes. Te pide mientras estás sentado en un café, o mientras vas caminando. La gente también busca en la basura, comida o cualquier cosa. Como nunca antes. Estas escenas no pertenecían a Cuba. Cuesta decirlo en pasado. Cuesta vivir este presente.
Vuelven a cruzar de vuelta los niños. Se apresuran hacia un carro blanco que ha parado cerca. Piden por la ventanilla.
No hace mucho la ministra de Trabajo y Seguridad Social dijo en sesión de la Asamblea Nacional que en Cuba había gente disfrazada para hacerse pasar por vulnerables. De paso hizo un llamado a no bajar la ventanilla para darles dinero y el Parlamento la aplaudió. La gente dijo en respuesta que esa ministra tenía que irse. Y se fue.
Y vuelven a cruzar de vuelta hacia el hombre, que toma cerveza y les habla. Intuyo dándoles indicaciones. Y ellos vuelven a irse corriendo, saltando y jugando entre ellos, buscando pedirle a otro algo de dinero.
Se nota: nada de esto les parece raro.
Los que siguen creyendo
M.C.
Carlos regresó porque así lo quiso. Y a casi un año de eso, no está desesperado por volverse a ir. Carlos es de los que quiere quedarse. De los que sigue yendo a diario a su trabajo estatal, de los que piensa que hay que resistir.
A menudo se cree que Cuba es solo la suma de los que se han quedado porque no han podido irse, o la suma de los decepcionados, y no es así. Hay personas que no toleran que se hable mal de la Revolución, y que reconocen todo lo (bueno) que significó para sus vidas ese punto de inflexión en la Historia.
Y hay jóvenes que viven su militancia con vehemencia, o quienes sienten que necesitan un lugar dentro de las instituciones porque es ahí donde mejor pueden aportar a un proyecto de país soberano. Todos saben que el país no está bien, pero tampoco quieren renunciar a aquellos ideales de justicia que la Revolución enarboló como suyos y la gente coreó en marchas y tribunas.
Hay dos Cubas en la prensa internacional. La que espera que el Gobierno caiga mañana y la que exalta la resistencia de un pueblo al que no le queda otra. Con demasiada frecuencia se pierden los matices sobre los que viven en esta isla, y sobre lo que piensan. Pero Cuba es más plural que lo descrito sobre ella.
Y sí hay otros como Carlos que, con plena conciencia de su decisión, eligen quedarse. Gente, a fin de cuentas, que sigue creyendo.
Cáncer
M.C.
Le han dicho que tiene cáncer de próstata. Empezará las transfusiones para luego arrancar con la quimioterapia. En el mercado informal los medicamentos para los sueros oscilan entre 80 y 130 dólares, depende de la disponibilidad. Pero él tiene FE, dice. O sea, Familia en el Extranjero, así que espera resolverlo todo.
Es de esos hombres ilustrados, profundo lector de filosofía que ha escrito mucho sobre política y ha defendido la Revolución. Hay demasiada conciencia en él de que el país está entrampado y le ha tocado enfermarse en el peor momento. El presidente ha dicho en una entrevista que más de 117.000 pacientes de cáncer no están recibiendo su tratamiento oncológico primario y, de ellos, 1.200 son niños. De paso, hay más de 98.000 pacientes en espera de cirugía, 12.000 niños. Díaz Canel también dijo que era producto de la política de Estados Unidos, que por impedir, está impidiéndolo todo. La vida misma.
La condena es a la pobreza, y a la escasez. Y Marco Rubio augura que la persecución de cualquier válvula de escape seguirá por los próximos dos años y medio. ¿Qué esperanza puede haber para la gente cuando la condena es tan explícita y tan clara? La resistencia no tiene rostro de gloria y sí de fatiga, de cuerpos hambreados y enfermos.
¿Qué otra cosa puede garantizarse en un país sitiado?
Apocalipsis zombi
Fabio Fernández
La ciudad arde. El sol cae a plomo sobre las calles en las que coexisten el polvo y las aguas negras. La basura está por todas partes e incluso en algunas esquinas se quema a fuego lento y regala el estremecedor olor de lo pútrido.
Toca encontrar un carro para atravesar la urbe. El viaje será largo, casi equivalente a un salario mínimo. Los compañeros de aventura se apretujan y brota un clamor compartido: ¿hasta cuándo será esto?
Antes de cruzar el Túnel de la Bahía hay tiempo para ver una cola que espera al pan, tiempo para ver a un viejito que escarba en los desechos, tiempo para ver a un niño sacrificado en el altar de la venta ambulante.
En el automóvil se habla del apagón, también del agua casi siempre ausente. Suena ya el ubicuo reparto y uno siente que no falta nada en la estampa. La postal puede darse por lograda. Nadie comenta de Trump, de Rubio, del bloqueo.
Ruido
F.F.
Suena en la distancia una planta eléctrica, justo la noche en la que el sistema electroenergético nacional vive su tercera caída en este agosto que recién comienza. El ruido de ese salvavidas de luz habla de muchas cosas, entre ellas del privilegio de algunos y de la gran oscuridad que embarga a la inmensa mayoría.
La capacidad de generación eléctrica en Cuba cada día es más precaria. Las viejas instalaciones de obsoleta tecnología han colapsado. Los mantenimientos y piezas de repuesto no llegaron a tiempo, de la mano de la hostilidad estadounidense y de la no priorización por las autoridades insulares de la inversión en un sector vital. También falta el combustible, ese recurso esencial que el binomio Trump-Rubio ha decidido prohibirle a esta maltrecha nación. Sin él los más modernos generadores tampoco pueden cumplir con su propósito.
Quien paga los platos rotos del colapso es —como siempre— la gente de a pie, los millones de cubanos a los que les toca vivir cada jornada apagones que rondan las 20 horas, largos cortes en el suministro eléctrico que —en los días en los que cae el sistema— crecen sustancialmente. Paneles solares, ecoflows y ruidosas plantas son el alivio de unos pocos.
Cuba vive hoy a golpe de “alumbrones”. Las horas con electricidad hay que aprovecharlas sí o sí. Por eso las labores domésticas puede que toque hacerlas de madrugada. Cuando llega la luz hay que correr para cocinar, lavar e intentar acumular agua; cuestión esta última que no suele materializarse con facilidad, pues la convergencia entre su bombeo y las escasas horas ajenas al apagón tiende a ser precaria.
La noche no regala su peor cara. Ha llovido y el ambiente está más fresco de lo habitual en este mes de agobio veraniego. En otras oportunidades lo oscuro adquiere tintes más dramáticos. El calor y los mosquitos llegan a ganarle la partida a los ventiladores recargables que tantos cubanos —a precio de oro— han comprado en estos años de angustia. Hoy corre la brisa y será más amable la espera del día, el simulacro de descanso de cada jornada. Sin embargo, el ruido y todo lo que en él encarna no cede.
Aceite
F.F.
La noticia corre de boca en boca, empieza incluso a aparecer —como chiste trágico— en los estados de WhatsApp. Un amigo economista la confirma y le pone ciencia al asunto. En los diversos puntos de venta queda explícito el cambio. De la noche a la mañana el precio del aceite de cocción se ha disparado. Si antes rondaba los 2.000 pesos el litro, ahora se acomoda en una horquilla que oscila entre los 4.000 y los 6.000.
La inflación hace agua los salarios y pensiones. Una anciana se pregunta si volverá el fantasma que la acosó a finales del siglo pasado. Recuerda aquellos años sin una gota de aceite, los meses en los que freír se convirtió en lujo, las semanas en las que chicharritas y tostones fueron proscritos, los días en los que derretía azúcar en un sartén para imaginar que sofreía algún ingrediente.
Los más informados hablan de contenedores varados en puntos cercanos del Caribe. Allí las grandes navieras desembarcan los productos que debían arribar a Cuba. El miedo a ingresar en el index imperial lleva a muchas compañías a romper con la “isla maldita”. En consecuencia, los precios suben.
Hay indicios de que la inflación arreciará. Emerge entonces la pregunta de cuánta presión puede aguantar la caldera, cuál es la frontera última de agobio soportable por este pueblo. ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar en su plan de asfixia aquellos que mediante la desesperación buscan provocar el giro político que les complazca?
Sobrevida
F.F.
Se han puesto de moda los cantos y loas a la resiliencia cubana. Se exaltan las capacidades de los individuos y las comunidades para sobreponerse a las adversidades, para reinventarse en el marco de un escenario difícil. A cada rato aparece, de la mano de una izquierda desnortada y desfasada, algún texto que romantiza lo que hoy pasa en esta isla.
En el lenguaje de las autoridades cubanas destaca —por su lado— la apelación a la resistencia, identificada esta como uno de los valores patrios. De resistir se habló siempre en la Cuba post 59, pero ahora emerge la cáustica interrogante de para qué. ¿Cuál es el objeto, el fenómeno, el proceso, la conquista que defender? Algunos son capaces de esbozar ideas al respecto, para otros —muchos— la respuesta ancla en el silencio, en el vacío, en la ausencia de asideros.
Mientras, la retórica de la Casa Blanca, del Departamento de Estado, de la oposición cubana y de la gran prensa occidental ancla en un grupo de significantes simplificadores de la realidad insular, palabras a través de las cuales se instrumentaliza el padecer de los cubanos, al identificarlo como el combustible a utilizar con el propósito de que llegue el añorado cambio de régimen.
La gente, en su cansancio diario —la mayoría que sufre—, está bastante ajena a los sofisticados conceptos que supuestamente explican la realidad de este país. Simplemente sobrevive, se aferra a un madero errante en medio del mar bravío. No carece de agencia, pero ve la acotación extrema de esta a causa de un contexto que constriñe, cada día más, la existencia.
Banda sonora
F.F.
Siempre se ha dicho que los cubanos somos un pueblo musical. Cómo no realizar tal afirmación frente a la nación de la rumba, el son, el mambo y el reparto. Resulta común en Cuba verse interpelado en cualquier esquina por algún ritmo cadencioso.
Desde hace unos años, sin embargo, la musicalidad de esta isla ha asumido una singular connotación política. Cada noche, en la medida que el apagón se enseñorea sobre el país, inicia el concierto. Las cazuelas trasmutan en instrumentos percutivos y a través de ellas expresa su rabia, su miedo, su impotencia y sus ansias de cambio un pueblo que agoniza.
Interpelar al poder desde los hogares habla también de la complejidad que en Cuba posee el acto de protestar. Irrumpir en el espacio público puede acarrear consecuencias no felices. De tal suerte, muchos manifiestan su creciente disenso a través de una vía más segura. Cuando un barrio en pleno se vuelve una steel band, ¿qué pueden hacer las autoridades para contener tal clamor?
Por supuesto que a veces la protesta escala y se visten entonces de clarín mambí ollas, sartenes y otros utensilios. La calle se vuelve de pronto el espacio en el que se materializa el conflicto entre un pueblo harto y un Estado impotente que paga por sus platos rotos y por toda la loza que el vecino imperial destruye. En simultáneo, la ciudadanía se convierte en sujeto con agencia para intentar cambiar su destino y en objeto instrumentalizado por los que han apostado a que la crisis humanitaria desate el cambio político añorado.
Alejandra
F.F.
Durante algunos meses no supo qué era el apagón. Su barrio había tenido la suerte de quedar conectado a un “circuito protegido” asociado a un hospital. La oscuridad y angustia de los otros eran para ella solo una referencia. Ya había conocido antes el drama de las horas sin luz, pero en las largas semanas de privilegio se había acostumbrado a ese bien escaso llamado normalidad.
De repente, un día su suerte cambió. Se vio sumida de súbito en la jodida realidad de la inmensa mayoría de los cubanos. Al principio —en plena fase de negación como dirían los psicólogos— quiso pensar que todo se trataba de una avería, de algo puntual que podría resolverse. En unas pocas jornadas comprendió que estaba equivocada. El número de su circuito empezó a aparecer en las notas que la empresa eléctrica coloca para indicar el inicio de la afectación.
Y entonces el desequilibrio llegó a su vida. El comienzo del apagón o su término la sumen en el llanto. Las horas y horas sin electricidad la atenazan, le quitan las ganas de existir, le hacen preguntarse por qué su destino no es otro, la llevan a imaginar realidades alternativas a la suya.
Alejandra —una joven recién egresada de la universidad— siente que le roban su presente. Se ha convertido en rehén de la política y de la historia, está atrapada en un conflicto en el que no escogió participar. Vive, sobrevive, en una isla cercada.
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!