Cooperativizar la vida entera: el salto de escala de la economía social y solidaria

Frente al sálvese quien pueda del mercado, el cooperativismo integral emerge no como un refugio idílico, sino como una infraestructura material y política capaz de unificar producción, consumo y cuidados bajo el control comunitario
El cooperativismo emerge para construir una red comunitaria integral
El cooperativismo emerge para construir una red comunitaria integral
@rabalon.bsky.social, Economistas sin Fronteras
5 jun 2026 10:10 | Actualizado: 5 jun 2026 15:06

Vivimos tiempos de repliegue. Frente a las sucesivas crisis ecosociales (manifestación de que los límites biofísicos del planeta han sido sobrepasados por un modelo socioeconómico insostenible, que genera desigualdades, pobreza y conflictos sociopolíticos), la tentación de construir trincheras es fuerte. En enero de 2024 analizábamos en estas páginas cómo el cooperativismo en nuestros pueblos ha sido, históricamente, esa primera línea de defensa del territorio y el apoyo mutuo frente a las lógicas del libre mercado. Más tarde, en mayo de 2025, dábamos un paso más al abordar cómo la acción colectiva y la economía social resultan herramientas indispensables para blindar el derecho a la salud comunitaria de las garras de la privatización y la precarización.

Sin embargo, resistir sector por sector ya no es suficiente. El verdadero reto del presente no es solo defendernos del capitalismo en parcelas aisladas, sino disputarle la totalidad de nuestra existencia. El paso lógico, el salto cualitativo que exige nuestro tiempo, es cooperativizar la vida entera. Y ese modelo tiene un nombre técnico y político: la cooperativa integral.


Una ventanilla única para la reproducción social

¿Qué es, hablando en plata, una cooperativa integral? Frente a las fórmulas tradicionales que agrupan a un solo perfil —solo trabajadores o solo consumidores—, la cooperativa integral rompe los compartimentos estancos. Se trata de una estructura multisectorial que une bajo una misma personalidad jurídica a quienes producen, a quienes consumen, a quienes cuidan y a quienes financian. Su objetivo político es tan ambicioso como urgente: articular una suerte de “ventanilla única comunitaria” que resuelva las necesidades materiales, habitacionales y de cuidados de sus miembros sin pasar por el aro de las corporaciones transnacionales.

No estamos inventando la pólvora. A nivel estatal, la Ley 27/1999 de Cooperativas ya abre el terreno de juego en su artículo 105, exigiendo una filigrana jurídica en los estatutos para equilibrar los derechos de los distintos sectores de socios Las normativas autonómicas han ampliado este margen de maniobra, permitiendo adaptar los estatutos a los intereses estratégicos de la empresa: desde la vanguardia de Cataluña (Llei 12/2015), que permite ponderar los votos en función de la actividad y la gestión democrática, por encima del capital aportado, pasando por la rigurosidad del País Vasco (Ley 11/2019), que garantiza el arraigo territorial mediante fondos de reserva irrepartibles y una gran solidez técnica y para terminar, la flexibilidad de Madrid (Ley 2/2023), que Ofrece un marco moderno que facilita la adaptación a fórmulas societarias mixtas.

“Hackear” esta legislación desde la economía social exige una excelente redacción estatutaria para diseñar fórmulas de gobernanza y distribución de resultados que blinden el proyecto frente a la mercantilización.


El laboratorio de las contradicciones vivas

Para defender el cooperativismo integral con madurez no podemos caer en un idealismo ingenuo. Este modelo es un laboratorio de contradicciones vivas. Sus potencialidades son revolucionarias: introduce una contabilidad ecológica real al internalizar los costes de la crisis climática asume esos impactos negativos como un gasto propio y real, fomenta una economía de simbiosis —donde los socios de la rama de vivienda consumen la producción de la rama agrícola y usan los servicios de cuidados— y sustituye la maximización del beneficio por la viabilidad material garantizando que proyecto tenga los recursos físicos, humanos y ecológicos necesarios para sobrevivir a largo plazo, en lugar de buscar la acumulación de dinero. Al no haber accionistas externos que enriquecer, todo el excedente vuelve a la comunidad.

Pero las costuras también aprietan.
La primera es la
asimetría de precios: asumir salarios dignos y transiciones ecológicas reales hace que, a menudo, los bienes cooperativos sean más caros que los de las multinacionales que operan bajo el dumping social, práctica de competir en el mercado utilizando mano de obra extremadamente barata, desprotegida o explotada para vender productos a precios artificialmente bajos.
La segunda es el
peligro del agotamiento militante. Los proyectos suelen nacer de una efervescencia voluntarista indudable, pero si la estructura depende exclusivamente de la energía no remunerada de personas que envejecen, crían o cambian de prioridades, está condenada al colapso. Por último, la burocracia asamblearia: la búsqueda de un cosenso absoluto mal gestionado puede paralizar decisiones operativas sencillas durante meses.


Romper el gueto sin perder el alma: el reto de la escala

El gran interrogante que se nos plantea es cómo dar el salto de escala. ¿Cómo salir del gueto de los ya convencidos y convertirnos en una alternativa de masas sin perder nuestra esencia democrática por el camino?

La respuesta no es teórica, es práctica, y cruza el Atlántico. Experiencias internacionales como la red Cecosesola en Lara (Venezuela), con más de 50 años de historia gestionando salud, servicios funerarios y economatos de alimentos para más de 100.000 familias, demuestran que la escala masiva sin jerarquías tradicionales es posible. Su éxito radica en una cultura comunitaria forjada a fuego lento, basada en la rotación de puestos y en asambleas abiertas que logran competir y abaratar los precios del mercado capitalista de su entorno. En esas asambleas de participan directamente los productores agrícolas, los transportistas y los consumidores, al sentarse en la misma mesa sin jefes que impongan condiciones, fijan juntos un precio que cubre los costos de producción y es justo para el comprador, eliminando las comisiones de terceros.

Imaginemos un ecosistema donde una cooperativa de vivienda se construye con la financiación de la banca ética. La energía de ese edificio la provee una cooperativa energética propia. Los cuidados de los niños y ancianos del bloque los asume una cooperativa de trabajo del barrio. Toda la comunidad se alimenta a través de la red de consumo conectada con el campo. Cuando la asamblea unifica todos estos ámbitos, los márgenes de beneficio empresarial desaparecen por completo en cada eslabón de la vida diaria, logrando abaratar el coste de la existencia material de forma masiva frente al libre mercado.

Bajemos a tierra con cuatro experiencias concretas de nuestro país Cooperativa Integral Catalana (CIC): pionera y referente estatal fundada en 2010 que funciona como una red de autoorganización económica que gestiona de forma asamblearia vivienda rural, salud comunitaria, ebanistería y su propia moneda social (el Eco). Auzolan (País Vasco): proyecto integral de escala comunitaria que agrupa huertos ecológicos, talleres de transformación, redes de cuidados compartidos y educación popular bajo un modelo de toma de decisiones asambleario y de propiedad colectiva. Cooperativa Integral Aragonesa (CIAr): Red de apoyo mutuo en el entorno rural y urbano de Aragón que coordina de forma horizontal a productores agrícolas, profesionales de servicios y consumidores para intercambiar bienes básicos mediante autogestión económica. Cooperativa Integral Madrileña (CIM): espacio de confluencia autogestionado en la Comunidad de Madrid que facilita herramientas legales comunes, cajas de resistencia compartidas y redes de distribución alternativa para blindar del mercado laboral convencional a colectivos autoempleados.

El desafío pasa por profesionalizar la gestión económica sin burocratizar la democracia; por entender que la viabilidad financiera es una condición indispensable para sostener la utopía. Romper la escala implica tejer alianzas, utilizar la arquitectura legal a nuestro favor y demostrar que la cooperación es más eficiente que la competencia descarnada para sostener las vidas.

Este artículo es solo el principio de un mapa que debemos dibujar de manera colectiva. Dejamos las herramientas sobre la mesa. En próximas entregas nos adentraremos en el laberinto de la gestión interna: cómo diseñar mecanismos de toma de decisiones que no agoten nuestros cuerpos, cómo blindar financieramente estos proyectos frente a las turbulencias del mercado y cómo construir herramientas de financiación ética que nos permitan crecer de forma autónoma. La infraestructura está lista. El salto depende de nosotr@s.


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Economistas sin Fronteras no se identifica necesariamente con la opinión del autor y ésta no compromete a ninguna de las organizaciones con las que colabora.



Sobre o blog
Economistas sin Fronteras Somos una Organización no Gubernamental de Desarrollo (ONGD), fundada en 1997 por un grupo de profesores y catedráticos universitarios, activamente comprometidos y preocupados por la desigualdad y la pobreza. Nuestro objetivo principal es contribuir a generar cambios en las estructuras económicas y sociales que permitan que sean justas y solidarias.
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