Tendiendo puentes
Crear comunidad
Este artículo continúa con la reflexión de la creación o el impulso de las comunidades iniciado en el anterior artículo titulado Viviendas, jóvenes y creación de comunidad, publicado el año pasado. En este caso nos gustaría abordar la creación de comunidad desde las comunidades de vecinos.
Es indiscutible que somos seres sociales y necesitamos red, y, en nuestro contexto sociocultural, las redes principales son las de la familia, las amistades, incluso el entorno laboral en el que en ocasiones pasamos más tiempo que en nuestra casa. Sin embargo, existe una tendencia que cada vez se pone más de manifiesto: el individualismo.
La mayoría de las personas expertas en política y sociedad apuntan al capitalismo en el que vivimos como el causante de que el ideal al que se aspira sea que cada persona tenga su propio vehículo para desplazarse al trabajo, su vivienda, su garaje que comunica directamente con el ascensor a la planta de la vivienda, sin necesidad de pasar por el portal. Y, mucho mejor si tenemos la posibilidad de vivir en una villa unifamiliar, sin personas a nuestro alrededor. Ese es el ideal. Resulta complicado pensar en hacer comunidad con tus vecinos si ese es el modelo al que aspiramos.
Según las Naciones Unidas, en 2025, un 57% de la población vive en ciudades y se prevé que para el año 2050 sea entre el 68% y el 70%. La mayor parte de los edificios residenciales en las ciudades, en el contexto del Estado español, son edificios de viviendas compartidas, en los que viven varias familias. Existe la figura de la comunidad de vecinos, que, si bien no tiene personalidad jurídica propia, sí tiene capacidad de obrar y personalidad procesal. Esto significa que puede demandar y ser demandada, firmar contratos (como seguros o mantenimientos), abrir cuentas bancarias y contratar trabajadores.
En los bloques de viviendas existen cuestiones que son comunes y deben acordarse entre todas las personas propietarias, como la cuota para hacer frente a los gastos de ascensor, luz de la escalera y demás, dependiendo de los servicios de los que disponga la comunidad. Hace no demasiado tiempo, unos 15-20 años aproximadamente, las comunidades se organizaban entre ellas: una de las personas propietarias, normalmente la que era nombrada presidenta de la comunidad, llevaba las cuentas, los ingresos, los gastos, o las deudas, si se daban.
También las familias se encargaban de la limpieza, de cada piso y del portal, valiéndose, para saber qué turno tocaba, de diferentes métodos, como pasarse una llave o una figura de una virgen y otros símbolos: la familia que la tenía era la encargada de la limpieza. Esto se ha ido profesionalizando cada vez más. La comunidad es gestionada por una administradora de fincas, que envía a una persona a las reuniones de la comunidad, y que, aunque no tiene voz ni voto, es la que convoca las reuniones, toma las actas y se las hace llegar a las vecinas propietarias.
También es bastante habitual reconocer que no queremos asistir a la reunión de la comunidad. Se considera una obligación que, en general, no suele hacerse de buen agrado. Y aquí es donde entra la reflexión. ¿Por qué no queremos participar en nuestra comunidad? ¿Por qué no queremos conocer más a nuestras vecinas? ¿Por qué no queremos compartir nuestras zonas comunes? Una de las razones que podría explicar esta situación es el conflicto. Los grupos de personas generan conflictos que hay que enfrentar y parece que no tenemos recursos, ni en términos de tiempo ni de herramientas de gestión de conflictos, que faciliten participar y relacionarnos con nuestras vecinas.
Resulta curioso que haya viviendas comunitarias que promuevan precisamente eso, la generación de comunidad, con espacios comunes dispuestos de manera que favorezcan la interacción de las vecinas, con actividades compartidas, con recursos compartidos, y que al mismo tiempo, en las comunidad de vecinas “al uso”, la tendencia sea la contraria.
Parece de sentido común pensar que un recurso compartido es más barato que el que cada vecina tenga el suyo individual. Pensemos en el wifi, podría ser más barato si se contrata uno entero para el bloque de vecinas que uno por vivienda; lo mismo podría decirse de la calefacción u otros recursos compartidos. Sin embargo, muchos edificios que han tenido calderas comunitarias para la calefacción han “modernizado” las instalaciones individualizando las calderas para cada vivienda.
Nos gustaría poner sobre la mesa cómo se podría hacer para que las comunidades de vivienda al uso, los bloques en los que vivimos la gran mayoría de las personas, pudieran transformarse en lugares más comunitarios, donde se acepte la diferencia y el conflicto y se pueda dedicar tiempo y otros recursos a estar y gestionar la comunidad en la que viven aquellas personas que hoy en día podríamos decir que son afortunadas por tener una vivienda en propiedad.
Promoviendo el reconocimiento e intercambio mutuo de experiencias entre movimientos sociales y organizaciones populares de África, América Latina y Euskadi, contribuyendo en la construcción de agendas comunes alternativas al actual modelo de desarrollo.
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