6 sep 2026 01:22 | Actualizado: 26 sep 2026 13:59

“La tarea es liberar el pasado de los conceptos que pretenden contenerlo”

(Susan Buck-Morss).

“¡Dios mío! Es un lugar espantoso y más para nosotros, que hemos sufrido horrores para llegar hasta aquí sin obtener la recompensa de ser los primeros....”. Supongo que la historia del descubrimiento de los Polos Norte y Sur sigue enseñándose en los colegios, y que la competición entre Roald Amundsen y Robert Scott es más o menos conocida. A principios del siglo XX, todavía no se había extinguido el afán de aumentar la nómina de hitos en las exploraciones geográficas, propio de una peculiar relación con la naturaleza. No solo había que entenderla. Había que dominarla. “Marcar territorio” era una de tantas expresiones de la rivalidad entre estados que acabó por arrastrar al mundo a la Gran Guerra. En diciembre de 1911, el noruego Amundsen alcanzó para siempre el mérito de haber llegado antes al corazón de la Antártida. 34 días más tarde lo hizo el británico Scott. Y tres años después, Europa empezaba a arder. Atrás quedaba la frase célebre del gran perdedor. En su interior, Robert Scott sabía que sus esfuerzos habían sido en vano. Amundsen encabezaría, desde entonces, el relato de lo ocurrido. El hito enterró el proyecto compartido. Y su historia parece ahora inseparable de la competitividad, la rivalidad y la prisa. 

Cómo terminó la guerra civil española (Crítica, 2026) es uno de los libros que más atención mediática ha acaparado desde su aparición, en un año que ha mirado llamativamente de reojo al 90 aniversario del golpe de estado contra la II República. Su autor, Gutmaro Gómez Bravo (GGB, en adelante), es catedrático de historia contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid, una de las voces más autorizadas de nuestro panorama académico en el estudio del conflicto, de sus diversas expresiones violentas y de la dictadura franquista edificada sobre aquella época traumática. El libro se presenta como un nuevo relato del final de la guerra, un asunto que ha preocupado a diferentes generaciones de historiadoras e historiadores, y que todavía hoy concentra, en términos memoriales, gran parte de las querellas arrastradas por el exilio republicano y antifascista. Pero, ¿qué novedad aporta este trabajo? No hay que esperar mucho para que se anuncie su principal activo. Entre la segunda y la tercera línea de la introducción (pág. 17), el propio GGB lo deja claro: “La mayor parte de la documentación utilizada nunca ha estado accesible a la investigación”. Al parecer, el mérito es haber llegado antes a una documentación inédita, a un territorio aún sin explorar. 

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Este texto pretende reflexionar sobre la matriz profundamente política del pensamiento histórico, sobre las formas en que construimos el conocimiento sobre el pasado y cómo se da a conocer a un público general. Porque cualquier relato histórico habla tanto (o más) del presente en que se produce que del pasado al que decide enfocar. Pero en muy pocas ocasiones aparece explícitamente formulada la tensión historiográfica fundamental: las preguntas que nos hacemos hoy están atravesadas por los debates, las tensiones y las intenciones que conforman nuestra mirada, y todo ello también condiciona la reconstrucción del ayer. ¿Qué responsabilidad tenemos los historiadores en la toma de decisiones que conforma nuestro trabajo? ¿Por qué el libro que aquí se aborda es un síntoma del estado de las cosas en nuestra sociedad y nuestras universidades, atravesadas por un patente individualismo y un retorno evidente a formas tradicionales de escribir historia? ¿Por qué todo eso importa en un presente donde los discursos históricos son cada vez más superficiales, diseñados por y para un scroll infinito, al tiempo que problematizan cada vez menos nuestro vínculo con el pasado?

Retornemos al nuevo libro de GGB, según el cual tan solo haría falta volver al Archivo para escribir nuevas historias. Su narrativa sobre el final de la contienda bélica se apoya sobre una serie documental producida por el llamado “Cuartel General del Generalísimo” (es decir, el archivo de campaña del máximo organismo militar franquista durante la guerra) y que corresponde a la reorganización de los servicios de inteligencia en el ecuador del conflicto de 1936-1939. Ese fondo, como se insiste de nuevo en la introducción, “constituye el tronco central de este trabajo” (pág. 17). La apuesta es nítida: desvelar una información no consultada antes para una mejor comprensión del pasado. De las 378 páginas que conforman el libro, sus doce capítulos, prefacio, introducción y epílogo se extienden a lo largo de 267. Los anexos, con veinte apéndices documentales, ocupan 100 páginas. Es decir, más de un tercio del discurso historiográfico de este libro se reduce a “mostrar” documentos en su literalidad. Su relevancia está unida a la institución que produjo esos documentos, pues como bien afirma, ese “organismo reservado, de carácter central y estatal, coordina todo el flujo de datos y proyecta una mirada nueva, integral, sobre la guerra” (pág. 18).

¿Qué responsabilidad tenemos los historiadores en la toma de decisiones que conforma nuestro trabajo? ¿Por qué el libro que aquí se aborda es un síntoma del estado de las cosas en nuestra sociedad y nuestras universidades, atravesadas por un patente individualismo y un retorno evidente a formas tradicionales de escribir historia?

Novedad, centralidad, totalidad… El Archivo como arca y la documentación como hallazgo parecen resolver la complejidad de acercarse a un contexto tan denso como el final de la guerra civil española, donde tantas legitimidades se forjaron y tantas trayectorias se empezaron a relatar. Esa historia sería “nueva” porque, como sigue en la misma página, “la documentación clasificada nunca había llegado hasta nosotros y la que conocíamos estaba fragmentada por la censura o sesgada por la propaganda”. Faltaba la objetividad para completar un aparente póker de valores en el acercamiento al pasado. Pero ni esa documentación es nueva ni es, desde luego, objetiva, pues fue producida, copiada, clasificada y ordenada por el Cuartel General del Generalísimo. Esos cuatro verbos vehiculan intenciones ligadas a la función que cumplieron esos papeles en el pasado. Intenciones que todavía permean su tinta, y que hay que manejar con precaución. 

Sin embargo, resulta más ilustrativo detenerse en la aparente novedad del trabajo. El libro entero se estructura en torno a la carpeta 11 de la caja 2485 conservada hoy en el Archivo General Militar de Ávila, cuya relevancia es utilizada reiteradamente por el autor: para un total de 267 páginas, Cómo terminó la guerra civil española contiene 132 citas de la misma referencia (es decir, se utiliza prácticamente en una de cada dos páginas). Pero el mayor problema al plantear que se trata de un legítimo “descubrimiento” es que esa documentación ya ha sido utilizada previamente: Carlos Píriz, hoy profesor en la Universidad de Cádiz, la manejó en su tesis doctoral, codirigida por GGB y titulada En campo enemigo: la Quinta Columna en la Guerra Civil española (c. 1936-1941). Una simple búsqueda en ese trabajo académico arroja una imagen ciertamente inapelable: la referencia “2485, 11” aparece citada 36 veces entre las págs. 440 y 556. Dicha tesis, defendida en la Universidad de Salamanca en julio de 2019, contaba además con un apartado de anexos, uno de los cuales (pag. 697) recoge la literalidad de un documento con esa misma referencia, lo mismo que años después ha vuelto a hacer GGB. Quizá este no leyera la tesis de Carlos Píriz en su momento. Pero es que además esa tesis doctoral fue publicada como monografía tres años más tarde, y desde entonces se ha convertido en una referencia para el tema y el período. La investigación doctoral de Píriz, que acabó titulándose En zona roja. La Quinta Columna en la guerra civil española, 1936-1941 (Comares, 2022), también incorporó esa referencia como parte de una explicación renovada sobre los diferentes grupúsculos que operaban en la retaguardia republicana para acelerar el derrumbe de la democracia. En este segundo estudio, son 33 veces las que esa referencia aparece citada entre las págs. 248 y 298, donde Píriz contrasta la documentación de archivo con la literatura testimonial surgida de la Victoria franquista. 

Pero el mayor problema al plantear que se trata de un legítimo “descubrimiento” es que esa documentación ya ha sido utilizada previamente

Está claro que la genealogía de los relatos que dieron sentido a la fecha fundacional de la dictadura se remonta a los mismos acontecimientos de aquella época. Explicar cómo sucedió y comprender por qué ocurrió es una doble tarea intrínseca a cualquier investigación historiográfica, y que a menudo suele presentarse con la metáfora del diálogo: de algún modo, sentimos que “hablamos” a través del tiempo con personas que vivieron lo ocurrido, con sus miedos y sus aspiraciones, con sus deseos frustrados y las intenciones que lograron materializar. Hubo un tiempo en que aún pudimos conversar directamente con las y los protagonistas de la guerra, y de esas entrevistas se nutrieron los trabajos pioneros sobre la retaguardia entre 1936 y 1939. En este sentido, la investigación de Javier Cervera aparece por mérito propio en el apartado de notas del libro de GGB, acompañada de la que firmó con Ángel Bahamonde, y también de las de Ángel Viñas y Fernando Hernández Sánchez o la de Paul Preston, referenciadas todas ellas con las correspondientes páginas. En el caso de la de Carlos Píriz, sin embargo, apenas hay tres citas genéricas a su libro, sin concretar página. ¿Por qué no debatir con su interpretación, en caso de desacuerdo, o apoyarse en sus aportaciones en vez de confiar en la aparente objetividad del papel cuando es archivado?

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Esta cuestión llama poderosamente la atención, sobre todo cuando GGB está intentando justificar la intención de algunas autoridades republicanas de rendir rápidamente Madrid a partir de febrero de 1939 (capítulo 7), o al abordar el traspaso de la autoridad republicana, desde el Consejo de Defensa Nacional —formado tras la sublevación contra el gobierno legítimo de Negrín en marzo de ese año— a los responsables de la ocupación franquista (capítulo 9). El trabajo de Píriz ha señalado la importancia de este último momento de manera concreta, explicándolo desde el prisma de la pre-ocupación de Madrid. En cambio, el trabajo de GGB aísla el proceso que narra de sus componentes urbanos para convertir la capital en simple decorado de la política nacional. En este sentido, solo la referencia a Julián Besteiro, líder socialista y referente del Consejo de Defensa, nos aleja de la óptica de las intenciones franquistas: la que se hace de él es la única descripción personal, corporal y emocional de la retaguardia republicana, vehiculando la legitimidad civil del régimen a punto de ser derrotado.

Aunque el objetivo de estas líneas no es volver a surcar las querellas políticas del exilio de 1939, cabría preguntarse qué diferencia este trabajo de aquellos intentos por establecer una jerarquía de responsabilidades en el hundimiento de la retaguardia republicana. Quizá sea más interesante, más útil en nuestro presente, profundizar en las raíces metodológicas del libro de GGB. Porque reducir el episodio fundacional de la dictadura de Franco (la Victoria que alimentó cuatro décadas de conmemoraciones y que aún hoy resuena en nuestro debate público) a un conjunto de decisiones tomadas por “grandes hombres” no es inocente. Tampoco convertir en matriz explicativa el acontecimiento, señalado como célebre por quienes impusieron su secuencia de lo ocurrido. Tal es el relato que vehiculan los papeles del triunfo franquista. Incluso aunque el “hallazgo” no sea original y además no sea tal, ¿en qué momento es posible pensar que un documento encontrado en el Archivo de los vencedores permite reconstituir la legitimidad moral de la derrota? 

Esta suposición es lo que pone de manifiesto que la pretendida neutralidad del historiador en la reconstrucción del pasado ha caído en la trampa heurística del documento como objetivamente producido, objetivamente copiado, objetivamente clasificado y ordenado. Creer que una secuencia documental puede hoy día definir un sentido único en el horizonte de posibilidades del pasado es puro anacronismo epistemológico. “Que sea el pasado el que hable, el historiador no tiene boca”, dijo alguna vez Leopold von Ranke, padre de un historicismo que siempre corre peligro de volver cuando no sometemos a crítica ni a los testimonios, ni a los documentos, ni al Archivo mismo. La neutralidad de este, entendido como un conjunto de procedimientos y prácticas orientado a ordenar la realidad y darle sentido, hace tiempo que se ha puesto en duda. Pero el libro de GGB no solo no contiene ninguna reflexión sobre la necesidad de decolonizar los relatos hegemónicos sobre el pasado (los de los vencedores y sus lógicas), sino que convierte el documento de archivo en el asistente de guion para una historia ciertamente añeja. 

Reducir el episodio fundacional de la dictadura de Franco (la Victoria que alimentó cuatro décadas de conmemoraciones y que aún hoy resuena en nuestro debate público) a un conjunto de decisiones tomadas por “grandes hombres” no es inocente. Tampoco convertir en matriz explicativa el acontecimiento.

En este sentido, quien ha llamado la atención sobre esta última versión de una historia-relato tradicional ha sido, curiosamente, la Fundación Nacional Francisco Franco. Es uno de los 27 archivos que GGB ha consultado para su trabajo, y conviene detenerse en su reacción al libro en febrero de este mismo año. Según este organismo —en vías de extinción judicial por su apología al dictador y su legado (lo que en su página web definen como “difundir el conocimiento de la figura y la obra de Francisco Franco” a través del “mejor conocimiento, difusión y conservación de sus fondos documentales”) —, no consta que el autor “haya venido a nuestro puesto de investigador para realizar esa ardua tarea que se menciona en el artículo antes citado” —en referencia a una entrevista para La Sexta—. Explorar la veracidad de lo afirmado por una fundación con el nombre de un dictador no merece ni una sola línea. Sí, en cambio, reflexionar sobre por qué dos miradas aparentemente tan distantes sobre la guerra civil convergen en la legitimidad incontestable del documento. El titular de esa entrevista para La Sexta lo deja bien claro: estamos ante “[e]l libro que revela los documentos secretos franquistas sobre los últimos días de la guerra civil española”. 

La mención al “descubrimiento” de documentación, mucho más que una simple metáfora, ha sido una constante en la promoción de la obra por parte de su autor. Pero, en contra de sus declaraciones textuales en varias entrevistas, hay que subrayar que, desde hace años, son ya de sobra conocidas las intenciones de los franquistas de conducir “una rendición ordenada de las grandes ciudades, de los grandes contingentes de armamento y de combatientes” (Hora 25, minuto 13:04), el papel crucial de la “superioridad tecnológica, de información y contrainformación” de los sublevados desde el golpe de julio (Al Rojo Vivo, minuto 1:32) y la “operación de clasificación y planificación” que vinculó la ocupación de Madrid con la represión de posguerra (La Noche en 24h, minuto 49:56). ¿Por qué obviar entonces que la construcción del conocimiento acerca de ese pasado es el resultado de una labor colaborativa, que se demuestra a través de la cita y del reconocimiento hacia quienes trabajaron antes con los fondos del Archivo de Ávila? Y, a su vez, ¿por qué imponer sobre el debate historiográfico en el presente el peso pretendidamente incontestable del documento en bruto?

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Llegados a este punto, puede que a algunas personas no se les escape mi propio vínculo con el autor de Cómo terminó la guerra civil española. Entre septiembre de 2012 y mayo de 2017, GGB codirigió mi tesis doctoral, que versaba sobre la ocupación militar de Madrid al final de la guerra y la exploración de la violencia franquista desde los parámetros del control social y el orden público. Según escribí cuando se editó en forma de monografía (Madrid cautivo. Ocupación y control de una ciudad, 1936-1948, Publicacions de la Universitat de València, 2020), “fue a su lado donde empecé a discutir mis propuestas y enfoques”. La investigación posterior de Carlos Píriz discutió algunas de mis interpretaciones, ayudando a conocer mejor el papel de los servicios de inteligencia en la sublevación del 36, su contribución al esfuerzo de guerra y al origen de la policía de la dictadura. El último libro de GGB contiene, en muchos sentidos, lo mejor de ambas tesis. Pero este texto no es un ajuste de cuentas a posteriori — algo muy propio de la mejor tradición freudiana de la Academia española, por otro lado—, ni es una denuncia de lo-que-no-debe-ser-nombrado. Nada de eso. Es una reivindicación de la historia como un proyecto intelectual compartido a través del reconocimiento de trabajos diversos. Es una llamada a recordar, como tantas veces hacemos en nuestras clases como docentes universitarios, que el historicismo ya fue críticamente deslegitimado hace un siglo por conectar inexorablemente los acontecimientos del pasado. Porque el pasado siempre pudo ser diferente. El reto es no olvidarlo al tratar de reconstruirlo.

¿Por qué obviar entonces que la construcción del conocimiento acerca de ese pasado es el resultado de una labor colaborativa, que se demuestra a través de la cita y del reconocimiento hacia quienes trabajaron antes con los fondos del Archivo de Ávila? Y, a su vez, ¿por qué imponer sobre el debate historiográfico en el presente el peso pretendidamente incontestable del documento en bruto?

Cómo terminó la guerra civil española delata los peligros de nuestro presente proyectándose sobre el pasado. ¿Cuántas series y películas apuestan por narrativas nostálgicas que resaltan las decisiones de líderes políticos sin problematizar nada? ¿Cuántas veces recibimos un vídeo o nos topamos con un reel de temática histórica que privilegia el acontecimiento singular sobre la reconstrucción de su contexto?¿Somos conscientes de que el algoritmo ha situado esos contenidos en nuestras redes sociales, en una pugna soterrada por captar primero nuestra atención? Está claro que desde la voluntad de democratizar las narrativas históricas, sus condiciones de producción y sus audiencias, cualquier relato sobre el pasado es tan válido como lo es la crítica a las formas en que se materializa y concreta. Mas, en este tiempo nuestro asediado por la posverdad, si al conocimiento producido en las universidades le queda algo de legitimidad, esta pasa por el intercambio de argumentos como una forma de pensar-con, por el debate como otra expresión de un cuidado colectivo. La historia historicista parece estar volviendo a reflejar las líneas de fractura de nuestra sociedad. En una Academia tan neoliberalmente acelerada como precarizada, donde hace tiempo que leernos para construir pensamiento dio paso a citarnos para asegurar nuestros méritos, puede que se nos esté olvidando la responsabilidad inherente a la reconstrucción del pasado. Dentro y fuera de sus muros caben muchas formas de hacer historia. Pero todas ellas deberían huir del supuesto mérito de haber llegado primero.


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El León dormido... despierta es un blog de temas de historia y memoria especialmente enfocado a la recuperación de la categoría de pueblo en la historia contemporánea del Estado español, su ausencia en la cultura de la democracia y el esbozo de una alternativa a la Gran narrativa de la modernidad española.
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