Felipe Orero entre dos exilios

La recopilación de la obra dispersa que José Martínez, editor de Ruedo ibérico y sus Cuadernos, publicó sirviéndose del seudónimo Felipe Orero, ayuda a comprender el paso del antifranquismo a un anticapitalismo de sello anarquista en la Transición.
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28 abr 2026 01:47

En la novela Dédicaces. Un exile libertaire espagnol (1939-1975) dedicada, como  su título indica, a la generación de anarquistas exiliados en Francia después de la guerra, su autor Freddy Gómez nos ofrece un retrato ficticio pero bastante verosímil de la figura de José Martínez. En un pasaje de la novela, el protagonista, Cristóbal Barcena, traba amistad con Martínez y en la breve conversación que mantienen se perfilan las contradicciones que asediaban al editor de Ruedo ibérico en aquellos años. Conocido en los medios libertarios del exilio en Francia, Martínez no acababa de encontrar el equilibrio entre su deseo de ser un editor clave para la cultura de izquierda que se producía a espaldas o contra el franquismo, y su viejo compromiso con la causa anarquista. En su novela Gómez le hacía decir:

“Mi única ambición es la de llegar a ser el editor de referencia del anti-franquismo. No tengo otra. Y partiendo de esa base, mi deseo es seguir siendo radicalmente libre y radicalmente riguroso. Ni más ni menos” (p. 168, en nuestra traducción).

Gómez situaba esta conversación imaginaria en 1965, cuando Martínez ya había editado algunos de los títulos más populares de la editorial Ruedo ibérico, y cuando se disponía a lanzar los Cuadernos, contando con la colaboración de comunistas ilustres como Semprún y Claudín. Ahora bien, ¿no resulta excesivo sugerir que José Martínez no tenía otra ambición que la de llegar a ser el editor de referencia del anti-franquismo en aquel momento? Podemos suponer que de manera deliberada Freddy Gómez fuerza un poco el trazo para poner de relieve una evolución posterior que tal vez sorprendiera menos de lo que se podría esperar…

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El año 1965 había marcado un hito importante con la exclusión de militantes del PCE, como los ya mencionados Semprún y Claudín. Algunos de los detalles menos conocidos de este episodio podrían rastrearse después en los escritos autobiográficos de Juan Goytisolo. También aquel año de marcadas disidencias dio lugar a los primeros brotes de insurgencia estudiantil en la universidad española, seguidos de la expulsión de sus cátedras de figuras intelectuales como García Calvo y Aranguren. La visión oficial del PCE sobre la situación económica y social en España empezaba a hacer aguas y los dogmas del materialismo histórico iban poco a poco perdiendo su prestigio entre una juventud revoltosa que buscaba otras vías para su descontento. Desde luego, es difícil saber cuáles eran las motivaciones más personales de Martínez con respecto a su proyecto editorial, pero una especie de malestar suyo casi permanente era tal vez el síntoma de una falta de adecuación entre esfuerzos y objetivos. En realidad, podemos pensar que para un libertario cultivado y no dogmático como él, y con buenas relaciones con la intelectualidad progresista de la época, el año 65 anunciaba sobre todo la posibilidad de abrir una brecha en esa hegemonía que el comunismo quería detentar sobre las fuerzas de oposición al régimen franquista. Sin duda, Martínez apreciaba los debates en el seno del marxismo, una inquietud intelectual sin la cual tampoco podría explicarse su interés por autores en la órbita del comunismo y el socialismo. Tal vez en su fuero interno pensaba que si ayudaba a desenredar ciertos malentendidos y excesos de la doxa marxista, que en aquel momento era predominante entre la intelectualidad, esto abriría una vía hacia otros horizontes de radicalidad, sin poder adivinar que esta operación serviría más bien de antesala para el simple oportunismo de muchos militantes izquierdistas.

En efecto, los años finales del franquismo, que coinciden con la llegada de una nueva generación de revolucionarios, determinarán, por un lado, la decantación de muchos militantes anti-franquistas hacia posiciones conciliatorias que acabarán en su adaptación a la democracia de partidos propia de la Transición; y, por otro lado, una vía de radicalización inspirada de los movimientos insurreccionales de los años sesenta, constelación de respuestas que no transigen con las argucias servilistas para con el poder y que plantean una oposición frontal a la sociedad capitalista concebida como totalidad o como Sistema. Será esta segunda opción la que encarnará la segunda etapa de los Cuadernos del Ruedo ibérico, con la aparición de la firma de Felipe Orero, tras la cual se camuflaba Martínez, anonimato calculado desde el cual poder desarrollar una reflexión crítica que su autor estimaba imprescindible.

Es por eso que saludamos aquí el libro Escritos. Reflexiones para un tiempo de acción (1974-1979), de la investigadora Aránzazu Sarría Buil, que reúne los escritos de Martínez-Orero, y da cuenta de la historia de la evolución de la revista y la editorial en su última fase. Refiriéndose justamente a esta evolución, escribe Sarría Buil:

“Retrospectivamente, la firma de Felipe resultó de los coletazos de una crisis, concretamente la que irrumpió en el transcurso del año 1971 haciendo tambalear los pilares fundacionales de Cuadernos. Fue en ella donde germinó la idea de dedicar un número de la colección al anarquismo, y de hacerlo mediante la fórmula de una encuesta. No era aquella la primera crisis que sacudía a la revista: es más, podría decirse que aquella entraba en la onda expansiva de la que había tenido lugar en el tránsito hacia la década de los setenta, y que había conducido a un período de interrupción de la serie de un año”.

La autora indica que en esta transición se dejó atrás la etapa del “frentepopulismo cultural”, para “dar paso a otra marcada por la crítica hacia el sistema capitalista que sostenía al régimen”, señalando que esta nueva etapa estaba apoyada por nuevos redactores como Luciano Rincón, Alfonso Colodrón, José Manuel Naredo y Joan Martínez Alier, así como el mencionado Freddy Gómez o Peregrín-Otero.

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Sarría Buil señala justamente cómo esta evolución estuvo marcada por un nuevo contexto que se daba en los últimos años sesenta del pasado siglo:

“En cambio, algo de particular tuvo aquel episodio crítico de 1971, y es su trasfondo político, al poner de relieve el proceso grupuscular por el que atravesaba la izquierda revolucionaria y el resurgir de prácticas de inspiración anarquista; fenómenos ambos de alcance global que, perceptibles al calor de las protestas juveniles y luchas sociales contra todo tipo de dominación, articularon las movilizaciones de finales de los sesenta”.

De igual modo, Sarría Buil describe cómo todos estos cambios se dieron en un momento crítico del proyecto editorial de Ruedo así como de los Cuadernos. Martínez debía asumir una situación financiera muy frágil y era posible que el número dedicado a la encuesta sobre el anarquismo coincidiera con el fin de la publicación. La editorial arrastrará esta situación de incertidumbre a lo largo de los años setenta, hasta su fin, y si bien la financiación de la revista había sido siempre una cuestión dolorosa, no es un azar que esta situación se extremara en el momento en que la revista empezaba a dejar de ser la plataforma de ese “frentepopulismo cultural” para adentrarse en los terrenos de la crítica radical.

En los cinco años que se cumplieron entre la aparición de la encuesta sobre el anarquismo y la desaparición de la revista pasaron bastantes cosas. El retorno de Orero-Martínez a España, siempre con la idea de implantar en suelo patrio la empresa editorial, estuvo sembrado de momentos de entusiasmo y numerosos sinsabores. Al mismo tiempo, poco después de la muerte del dictador, se vivió una situación política tensa llena de expectativas, muchas de las cuales no se verían cumplidas. El resurgir de una lucha obrera activa y asamblearia, la floración de diversos movimientos sociales, la difusión de una prensa crítica y alternativa y el renacimiento del movimiento libertario en especial en Cataluña fueron algunos de los hitos de aquellos años. En ese sentido, los Cuadernos intentaron ser el acompañante reflexivo de aquella efervescencia, situándose en los márgenes de toda política oficial pero sin renunciar a tener un peso en los debates intelectuales.

Algo de particular tuvo aquel episodio crítico de 1971, y es su trasfondo político, al poner de relieve el proceso grupuscular por el que atravesaba la izquierda revolucionaria y el resurgir de prácticas de inspiración anarquista.

El número 61-62 de Cuadernos fue el primero que se editó ya dentro del territorio español. Sarría Buil, en su estudio preliminar, señala su importancia subrayando algunos de los propósitos del colectivo editorial, expresados en el texto de presentación del número. Allí se hacía balance de un itinerario marcado por diversas rupturas, sobre todo aquella que tuvo como punto central la superación del “frentepopulismo cultural” (“Solo en los inicios de la década de 1970 se empezaría a afirmar con nitidez en nuestros fascículos el anticapitalismo sobre el antifranquismo”). Se comentaba también el hecho de que antiguos colaboradores se hubieran plegado a las exigencias de la “apertura” y la “reforma” mientras que ahora se trataba de cuestionar la “reconciliación” y juntar esfuerzos “contra el proyecto de dar al capitalismo español una salida fácil a su estrecha imbricación con el franquismo”, y contra el “neocorporativismo” que denunciaba Martínez Alier.

De manera significativa se afirmaba: “Hoy, pretendemos proseguir esa línea hacia un horizonte libertario. No haber apuntado antes con mayor vigor hacia ese horizonte lo consideramos una carencia”.

A estas alturas, la influencia de Naredo y Alier sobre el análisis global de la sociedad se hacía sentir positivamente al incorporar la crítica del productivismo y la cultura industrial, y así se declaraba abiertamente: “Aunque hace tiempo que criticamos la ciega creencia en que la especie humana camina —ayudada por la ciencia, la técnica y el trabajo— hacia un progreso sin límites, medible por el falso baremo de la ‘producción’, no supimos explicar a tiempo que el fin del franquismo iba a coincidir con la actual crisis ecológica y económica”.

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El número, dedicado al poder político y la Constitución y que apareció en la época en que se producían las segundas elecciones generales democráticas del país, constituía una formidable barrera teórica y analítica contra la propaganda oficialista y las estrategias acomodaticias de una gran parte de la intelectualidad de izquierdas. En 1979, los Cuadernos y el proyecto editorial de Ruedo habían alcanzado un nivel de calidad en la reflexión y la firmeza de sus propósitos que no tenía parangón en el país, sobre todo en el momento en que otros titulares críticos entraban en una fase de agonía. Ahora bien, el propio proyecto de Ruedo no pudo escapar a ese laberinto plagado de dificultades financieras que se anunciaba en el cambio de década. ¿Cómo seguir financiando un proyecto crítico radical que pudiera a la vez tener una difusión consecuente en un momento en que se perdían apoyos y que el mundo editorial se enfrentaba a un encarecimiento general de costes de producción y distribución?

 Los Cuadernos intentaron ser el acompañante reflexivo de aquella efervescencia, situándose en los márgenes de toda política oficial pero sin renunciar a tener un peso en los debates intelectuales.

A este respecto, el episodio que narra Luis Andrés Edo en su libro La CNT en la encrucijada, nos parece harto significativo. El deseo de José Martínez de montar una revista-semanario de contenido libertario junto con el periodista Eliseo Bayo y con financiación facilitada por Asensio, responsable del grupo Zeta, abría la posibilidad de disponer de una publicación radical de amplia tirada y con un contenido claramente a contracorriente. Martínez habría contactado en 1978 a Edo para que le pusiera en contacto con Bayo y a través de él establecer un acuerdo con Asensio. Este, al parecer, se mostró favorable al proyecto, pero solo ofrecía la mitad del capital que Martínez solicitaba, por lo cual este descartó la idea. Por lo demás, tanto Bayo como Martínez, al parecer, se mostraban muy pesimistas con respecto a la continuidad de un periodismo que no siguiera la gran corriente de la Reforma política y la partitocracia, y estimaban que una información crítica basada en la Ruptura se vería pronto sofocada.

Edo escribía en sus memorias:

“Yo intenté convencerles de que su abandono era precipitado y que a pesar de considerar acertado su análisis, subsistía aún un margen de un par de años para mantener el discurso de la ‘Ruptura política’ con cierta soltura.

En realidad esta argumentación ya la había sostenido cuando Pepe Martínez rechazó la contraoferta de Asensio. Yo mantenía que esa contraoferta ciertamente no contemplaba una estabilización de la nueva revista Ruedo ibérico a largo plazo, pero sí permitía una duración de medio plazo de tres a cinco años. Que este lapso de tiempo era un período histórico, que se debía de aprovechar a toda costa”.

En 1979, los Cuadernos y el proyecto editorial de Ruedo, había alcanzado un nivel de calidad en la reflexión y la firmeza de sus propósitos que no tenía parangón en el país

Ignoramos la exactitud y veracidad de estos hechos relatados en sus memorias, pero no hay duda de que en lo que respecta a esos pequeños márgenes de tiempo, Edo tenía bastante razón. Haber entrado en la década de los ochenta con una publicación semanal de gran difusión y de contenido radical nos habría hecho sentirnos menos solos a todos los jóvenes y adolescentes que en 1982 fuimos avasallados por el triunfalismo del cambio. Sin saberlo, era otro camino que se nos cerraba.

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Como lo explicaba Naredo años después, con ocasión de la publicación del libro biográfico de Albert Forment, La epopeya de Ruedo ibérico: “También hay que decir que Ruedo Ibérico, tras sobrevivir a la censura franquista, fue víctima de la contaminación informativa que acarreó la inflación de libros políticos de escasa calidad que hizo difícil separar el grano de la paja y que, además, hundió el mercado de este tipo de libros durante los inicios de la democracia. Fueron malos tiempos para la crítica ‘rádicalmente libre y rigurosa’”.

El fin de la revista y la editorial en los años que siguieron fue la confirmación del exilio doble de José Martínez. Exilio primero en Francia, exilio posterior en una España que le iba ignorando y olvidando, entre una intelectualidad progresista que se sentía a sus anchas en el nuevo mapa de la complacencia y una población generalmente resignada a someterse a los caprichos de las clases dirigentes.

Haber entrado en la década de los ochenta con una publicación semanal de gran difusión y de contenido radical nos habría hecho sentirnos menos solos a todos los jóvenes y adolescentes que en 1982 fuimos avasallados por el triunfalismo del cambio.

Las páginas finales del estudio introductorio de Sarriá Buil inciden en los mismos aspectos aquí evocados. A pesar de tanta decepción y tanta derrota asumida, la recuperación de los escritos de Orero no sirve de consuelo, pero ayuda a comprender mejor un tiempo pasado y nos empuja a vivir el presente como una realidad donde se nos abren siempre posibilidades inéditas.

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El León dormido... despierta es un blog de temas de historia y memoria especialmente enfocado a la recuperación de la categoría de pueblo en la historia contemporánea del Estado español, su ausencia en la cultura de la democracia y el esbozo de una alternativa a la Gran narrativa de la modernidad española.
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