Misión imposible sobre Yemen: salir del gueto de los think tanks

Cómo la desinformación y la falta de profundidad y rigor en los estudios académicos impide comprender por qué los hutíes están derrotando a Arabia Saudí.
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Department of Asian and Middle Eastern Studies, Stockholm University
20 oct 2026 01:01

Chi vuole il fine, deve anche volere i mezzi

(Quien busca el fin debe también aceptar los medios) 

Antonio Gramsci, “Democrazia operaia”, L'Ordine Nuovo (21 de junio de 1919)


A fines de 2025, tras semanas después de ver cómo sus propias fuerzas auxiliares eran desalojadas de las posiciones que custodiaban en los yacimientos de petróleo y gas de  Yemen del Sur y en el acceso al mar de Arabia, la facción que actualmente gobierna Arabia Saudí finalmente reaccionó. A principios de enero de 2026, la respuesta —destinada a socavar el acuerdo de 2022 para el cogobierno Yemen del Sur entre los Emiratos Árabes Unidos (EAU) y su aliado, el Consejo de Transición del Sur (CTS)— incluyó una semana de ataques aéreos contra unas tropas terrestres indefensas y sus vehículos. El “gobierno reconocido por la ONU”, encabezado por un Consejo de Liderazgo Presidencial (CLP), que inicialmente había sido cogido por sorpresa y se mostraba aturdido, cobró nuevos bríos; paralelamente, los ideólogos de Riad activos en el mundo académico y en redes sociales anunciaron al mundo que la influencia de los EAU en Yemen había llegado a su fin.

La violencia resultante condujo a la eliminación casi total del CTS, organización creada en 2017 para impulsar una agenda separatista en favor de los yemeníes del sur. Una rivalidad latente durante largo tiempo llegó así a su fin en la segunda mitad de enero de este año. Arabia Saudí y sus aliados —la denominada Alianza Tribal de Hadramaut— recuperaron el control de los recursos petroleros y de la costa de Yemen del Sur, desplazando a la coalición liderada por Abu Dabi. El drástico revés sufrido por la efímera hegemonía de los Emiratos Árabes Unidos en Yemen puso en evidencia que Washington había dado “luz verde” a la operación. La destrucción de las capacidades militares del CTS, cuyos líderes fueron declarados terroristas, puso fin también al acceso privilegiado que los Emiratos Árabes Unidos mantenían a la isla de Socotra.

El drama que se vive hoy en Yemen del Sur refleja tensiones anteriores a diciembre de 2025, y que son fruto de rivalidades regionales que se remontan a décadas atrás. Yemen ha estado siempre involucrado en esta dinámica y no puede considerarse una excepción aislada, sino un país íntimamente vinculado al resto del mundo. Lamentablemente, los académicos han pasado habitualmente por alto este hecho, por razones —y con consecuencias— que merece la pena analizar a continuación.

Los activos de los think tanks al rescate

Las semanas de especulaciones que siguieron al drástico cambio de postura de Abu Dabi respecto Yemen del Sur parecieron sacar a los analistas de los think tanks de su letargo de dos años. Desde octubre de 2023, los acontecimientos en Gaza silenciaron prácticamente a los comentaristas que hasta entonces se habían pronunciado sobre la situación en Yemen. Lo más probable es que se negaran a abordar las campañas de Ansar Allah para detener el genocidio por temor a incomodar a los gobiernos que financian sus carreras. Afortunadamente para muchos, la opinión pública mundial ha cambiado desde que entró en vigor en Palestina un “alto el fuego” de dudosa eficacia, desplazando así las narrativas de condena hacia los cómplices del genocidio para centrarse en nuevas crisis en otros lugares. Los medios de comunicación convencionales han redirigido su atención hacia los horrores en Sudán, Somalia, Venezuela, y un poco Nigeria, e incluso hacia las rivalidades internas en el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) en torno a Yemen. Los expertos pueden captar ahora la atención de sus lectores con reflexiones partidistas sobre las rivalidades entre los patrocinadores que buscan acceso a Sudán, Libia, Somalia y Yemen. Así se desvía la atención lejos de Estados Unidos, la UE e Israel.

El drama que se vive hoy en Yemen del Sur refleja tensiones anteriores a diciembre de 2025, y que son fruto de rivalidades regionales que se remontan a décadas atrás.

Lo que está en juego es en parte que el entramado académico —que languidecía— ha visto oportunidades de adquirir protagonismo en medio de las animosidades públicas entre los Estados del CCG. Buscan obtener nuevamente un respaldo institucional. Al fin y al cabo, vivimos una época en la que el gobierno de los Estados Unidos viene ejerciendo una presión presupuestaria considerable sobre quienes históricamente se han beneficiado de financiación institucional, tanto pública como privada. Un ejemplo claro de ello es el recién rebautizado Departamento de Guerra de EE. UU. (DOW), que reclutó a académicos para servir a objetivos estratégicos (y comerciales) al integrar la Minerva Fellowship en el programa Human Terrain Systems (2007-2014) —financiado por el Pentágono—, que incluía el Programa de Becas de Inteligencia Pat Roberts (PRISP).

El gobierno de los Estados Unidos puso en marcha el Programa de Becas de Inteligencia Pat Roberts (PRISP) en 2004 —institucionalizado de forma permanente por la administración Obama en 2009—, una iniciativa que financia la formación de estudiantes estadounidenses a cambio de su compromiso de incorporarse a agencias de inteligencia durante un mínimo de 18 meses tras graduarse. Los beneficiarios del PRISP no están obligados a divulgar esta información, lo cual genera el temor de que despierten sospechas por esa falta de transparencia. El asunto ha sido desde hace tiempo visto como un problema por la práctica estadounidense de integrar a etnógrafos en las tropas desplegadas en Irak y Afganistán. Este contexto resulta fundamental para comprender la dinámica económica que subyace a la producción de conocimiento sobre Yemen (y la región en su conjunto).

Vivimos una época en la que el gobierno de los Estados Unidos viene ejerciendo una presión presupuestaria considerable sobre quienes históricamente se han beneficiado de financiación institucional, tanto pública como privada.

Como demostré en mi libro Destroying Yemen (2018), ya desde la década de 1960 la narrativa sobre Yemen se ha visto moldeada por una relación incestuosa entre los académicos, la financiación que reciben y la producción de conocimiento destinada al uso del gobierno estadounidense. En otros ámbitos académicos esta interacción provocó críticas. No obstante, la indignación se circunscribe a quienes no logran acceder a los circuitos dominantes. Dentro de la comunidad más amplia de estudios de Oriente Medio, el grupo de especialistas en estudios yemeníes controla la narrativa sobre el país. En sus trabajos Yemen aparece como una excepción, un caso atípico y marginal entre los temas regionales y globales que requieren de los conocimientos de estos flâneurs ideológicos, emisarios intelectuales de Occidente que recorren comunidades periféricas para extraer datos de alcance social. Estas interpretaciones interesadas sobre la singularidad de Yemen chocan invariablemente con las perspectivas de los actores locales, a quienes rara vez se les brinda una plataforma para comunicarse con el resto del mundo al margen de sus mentores expertos en estudios yemeníes. De hecho, los anticolonialistas locales expresan habitualmente su frustración en unos medios de comunicación que rara vez llegan a los lectores académicos. La voz de la resistencia autóctona continúa supeditada a la de los expertos en estudios yemeníes radicados en Bruselas, Londres o Washington D. C.

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El conocimiento resultante —generado “a la carta”— no es ajeno a las lealtades políticas inherentes a la financiación. Peor aún: bajo un mandato menos explícito, que vincula los fondos de investigación con el “servicio”, el ámbito académico euroamericano perpetúa una práctica propia de la Guerra Fría: hacer en buena medida efectiva la supervisión sobre el terreno de aquellos colectivos que, desde una perspectiva interna (emic), resisten la violencia del capitalismo global. De forma invariable, la investigación financiada arroja resultados que satisfacen las expectativas de quienes la respaldan, incluidos aquellos financiadores del conocimiento históricamente intolerantes con quienes desafían moral y éticamente sus objetivos.

Estas interpretaciones interesadas sobre la singularidad de Yemen chocan invariablemente con las perspectivas de los actores locales, a quienes rara vez se les brinda una plataforma para comunicarse con el resto del mundo

Como era de esperar, la consecuencia es un público lector habitualmente mal informado que consulta este conocimiento institucionalizado sobre Yemen —generado por “expertos” yemeníes financiados con fondos euroamericanos y del Golfo, ya sean antropólogos o especialistas en estudios sobre desarrollo o conflictos—. Dado que la mayoría de las voces predominantes en los asuntos yemeníes se han visto sorprendidas con frecuencia por los acontecimientos en la región durante la última década, resulta evidente que el conocimiento financiado con fondos euroamericanos y del Golfo suele fracasar a la hora de explicar con precisión el pasado, y nunca anticipa los acontecimientos futuros en Yemen.

Esta conclusión debería suscitar preocupación, dado que se supone que los estudios académicos convencionales sirven de base a quienes diseñan las políticas. Cuando la administración Trump decidió atacar a Ansar Allah por bloquear el comercio marítimo con Israel, ¿aseguraron los especialistas que fueron consultados que sería una opción militar exitosa? Cuando la Marina de los EE.UU. se retiró del Mar Rojo en una situación precaria, los planificadores de la operación —mal informados— no solo se vieron sorprendidos por la resiliencia de Ansar Allah, sino que posiblemente también tuvieron que reconocer una falla en su “inteligencia”. Este hecho podría condicionar la viabilidad futura de los estudios sobre Oriente Medio; en particular, los pocos académicos que ofrecen análisis críticos y divergentes se enfrentan a una hostilidad por parte de gobiernos a ambos lados del Atlántico que pone en peligro sus carreras.

Esas “milicias tribales” de la antigua Arabia —objeto de burlas y patologizadas— no solo han logrado perturbar el reabastecimiento de las campañas genocidas del Imperio norteamericano e Israel, sino que también se han apropiado, mediante ingeniería inversa, de tecnología moderna y de capacidad de gestión industrial (empleadas inicialmente contra ellas en la guerra). Tras diez años de una guerra desesperada, lejos de capitular ante tácticas de destrucción, el colectivo que integra el espacio político de Ansar Allah ha desarrollado recursos para contraatacar a las fuerzas estadounidenses y británicas, desplegadas desde finales de 2023 con el objetivo de imponer el dominio de Israel sobre la región. Según un observador fiable de la realidad yemení, las cifras son las siguientes.

El conocimiento financiado con fondos euroamericanos y del Golfo suele fracasar a la hora de explicar con precisión el pasado, y nunca anticipa los acontecimientos futuros en Yemen.

Desde finales de octubre de 2025, las fuerzas navales de Ansar Allah han llevado a cabo 346 operaciones; esto, tras más de una década de desgaste de sus fuerzas y de la imposición violenta de un embargo contra Yemen. Al menos 228 buques fueron alcanzados. Las fuerzas armadas que tienen como objetivo a Israel y a su flotilla de aliados en el Mar Rojo realizaron 785 operaciones, empleando 1.835 misiles balísticos y de crucero, armas hipersónicas, drones y embarcaciones navales para enfrentarse al Imperio yanqui. Aunque durante mucho tiempo sufrieron los efectos del poder aéreo enemigo, en los últimos años la fuerza aérea yemení se ha vuelto autosuficiente, capaz de desplegar cohetes para la defensa aérea. Sabemos que lograron reunir los recursos necesarios para ejecutar 40 operaciones —utilizando más de 57 misiles— con el fin de derribar 22 drones de reconocimiento estadounidenses MQ-9 de altísimo coste, al tiempo que hostigaban al grupo de combate del portaaviones USS Harry S. Truman hasta el punto de provocar la pérdida de varios aviones de combate y helicópteros durante las intervenciones directas ordenadas por las administraciones de Biden y Trump. Dado que la negación de la realidad es un privilegio del Imperio, el consenso sobre las capacidades yemeníes —y ahora el reconocimiento público—explica por qué Estados Unidos puso fin a sus operaciones y retiró sus activos navales de la región; esto demuestra que incluso EE. UU. tiene una capacidad limitada para presionar a los yemeníes, quienes a su vez están decididos a presionar al mundo para que ponga freno a la violencia en Gaza.

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Nada de esto sería posible de imaginar, y mucho menos de aceptar, para un académico que escribe desde la metrópoli imperial. El nivel de menosprecio racista hacia los yemeníes recurre invariablemente a insistir en afirmaciones infundadas de que “Irán” es el responsable y de que los “hutíes” “siguen representando una amenaza significativa para la paz, la seguridad y la estabilidad en Yemen y en toda la región. Sus letales ataques contra buques en el Mar Rojo y el golfo de Adén socavaron la seguridad marítima y la libertad del comercio internacional. En el plano interno, los hutíes intentaron consolidar su poder al tiempo que se resistían a entablar un diálogo con el Gobierno de Yemen, lo que dio lugar a un estancamiento en el proceso de paz”.

Tras diez años de una guerra desesperada, lejos de capitular ante tácticas de destrucción, el colectivo que integra el espacio político de Ansar Allah ha desarrollado recursos para contraatacar a las fuerzas estadounidenses y británicas.

A estas alturas, y a pesar de ciertos ataques especialmente violentos y letales ocurridos a finales de octubre de 2025 —que aniquilaron al gabinete civil de la administración del norte de Yemen, y de paso acabaron con la vida de 31 periodistas que asistían a una rueda de prensa—, los acontecimientos han trascendido el prolongado conflicto entre los yemeníes y sus adversarios regionales. Esto confirma las predicciones anteriores de que Yemen podría ser, en efecto, el lugar donde el Imperio norteamericano encuentre su fin tal como lo conocemos. Sin duda, al carecer de peones regionales que ayuden a mantener cierta distancia respecto a los objetivos de destrucción —es decir, los diversos pueblos de Yemen, a veces unidos—, el Imperio se ha visto obligado a enfrentarse directamente a un adversario de firmes convicciones. Los resultados, como ya sabemos, fueron desastrosos tanto para el Imperio como para los yemeníes, quienes ya llevaban más de una década soportando asedios, bombardeos diarios y el hambre resultante. 

Ahora bien, los sucesos en Yemen durante los dos últimos años podrían justificar un replanteamiento de nuestra perspectiva. De cara al futuro, tal vez debamos matizar la interpretación habitual sobre cómo se ha desarrollado esta guerra criminal, teniendo en cuenta la resiliente capacidad de adaptación de los yemeníes ante la violencia sufrida durante este periodo. En medio de una situación bélica desesperada y bajo la amenaza de morir de hambre debido a las sanciones impuestas por los ejércitos mundiales —y legitimadas por la ONU—, la coalición que logró unir a facciones y clases sociales yemeníes antes dispersas ha sabido aprovechar el ingenio tecnológico y mecánico de sus propios ciudadanos para, con el tiempo, rediseñar y modernizar unas fuerzas armadas que hoy controlan el Mar Rojo y el de Arabia.

El nivel de menosprecio racista hacia los yemeníes recurre invariablemente a insistir en afirmaciones infundadas de que “Irán” es el responsable.

Una actuación decepcionante

Un análisis de la producción académica convencional sobre Yemen revela una constante incapacidad para anticipar los acontecimientos. Desde los levantamientos de 2010-2011, que cogieron a la mayoría de los analistas por sorpresa, hasta el surgimiento de la coalición Ansar Allah —que resistió más de diez años de guerra—, los académicos se han mostrado sistemáticamente desorientados debido a su necesidad de demonizar a quienes se oponían a las intervenciones euroamericanas. Peor aún, los análisis de los principales centros de estudios que promovían la guerra contra Ansar Allah fueron incapaces de imaginar el colapso de la campaña “liderada por Arabia Saudí” —instigada por Estados Unidos y financiada por gobiernos rivales del CCG— hacia finales de 2021. La situación empeoró para los estudios sobre Yemen cuando Ansar Allah —grupo largamente ridiculizado por considerársele retrógrado, incompetente y brutalmente represivo— movilizó su solidaridad con los pueblos oprimidos del mundo para imponer un bloqueo marítimo al transporte de carga israelí durante el genocidio de Gaza; actualmente, desde el verano de 2026 esa fuerza está transformando radicalmente la dinámica de los asuntos globales por medio de la destrucción de Arabia Saudita.

Los estudiosos deberían haber aprendido de los últimos treinta años que cualquier esfuerzo sostenido de Estados Unidos por subyugar a los yemeníes desencadena contingencias impredecibles. Si bien hacen referencia constante a políticas que buscan reprimir a grupos supuestamente “terroristas”, la mayoría de los académicos no se atreven a señalar el empleo habitual por parte de Estados Unidos de actores violentos no estatales —como Al Qaeda—, los cuales resultaron fundamentales para los gobiernos de Ali Abdullah Saleh y para aliados regionales como Arabia Saudí, Turquía, Emiratos Árabes Unidos y Qatar a la hora de atacar a quienes se resistían a sus políticas en Yemen. En otras palabras, el ámbito académico garantiza esa separación, y quienes explican la violencia en Yemen JAMÁS tienen en consideración la complicidad del gobierno estadounidense.

Los estudiosos deberían haber aprendido de los últimos treinta años que cualquier esfuerzo sostenido de Estados Unidos por subyugar a los yemeníes desencadena contingencias impredecibles

En consecuencia, la resistencia indígena a estas tácticas neocoloniales es universalmente criminalizada por considerarse una amenaza a la “estabilidad regional”. La mayoría de los especialistas yemeníes que operan en el ámbito de los centros de estudios o think tanks provienen de entornos urbanos privilegiados. Para acceder a los círculos de influencia, legitiman la patologización —desde las ciencias sociales— de la resistencia de sus compatriotas yemeníes, en lugar de cuestionar, para empezar, el derecho de los estadounidenses a interferir en la vida de los yemeníes.

Por más que exista una actitud de subordinación al imperialismo en el ámbito de los think tanks, a los beneficiarios que operan dentro de este aparato se les permite criticar las tácticas, aunque bajo una condición importante. Si bien se reconoce que las políticas de Washington no han logrado los resultados previstos, la persistente resistencia a lo que un estudio reciente denomina el “modelo yemení” exige replantear la futura (y, por ende, continuada) participación de Estados Unidos en los asuntos de Yemen, mas no implica una retirada definitiva de la injerencia norteamericana en la vida de los yemeníes. Lamentablemente, a pesar de las críticas retrospectivas que ahora plantean académicos ansiosos por mantener su relevancia —mientras uno de los pocos pueblos indígenas logra frustrar la sangrienta trayectoria de la globalización neoliberal—, sigue faltando profundidad y matiz para satisfacer siquiera a un público especializado en estudios de seguridad, habituado a este tipo de comentarios informales entre colegas. Por desgracia, esta crítica fácil dirigida al establishment académico debe hacerse extensiva también a esos rebeldes que, envanecidos, se sienten legitimados por las redes sociales para opinar de manera selectiva sobre los acontecimientos mundiales.

Escribo como testigo escéptico de la actual oleada de especulación bélica —en la que cada ciclo de bravuconería y comercialización de drones y armamento innombrable permiten a los inversores apostar a la baja contra acciones y sectores concretos mientras apuestan al alza por otros—; el frenesí especulativo colectivo se convierte en la especialidad de una nueva clase de magnate rapaz que vende tanto el final de la prosperidad como el inicio de algo distinto. En medio de esta teatralidad y manipulación informativa, no encuentro refugio moral alguno. Ver morir a civiles y reclutas mientras armas y apoyo logístico fluyen inexplicablemente desde todos los rincones del planeta —envenenando de forma permanente el entorno de toda la región con residuos nucleares e incendios en infraestructuras petroquímicas— refuerza la insoportable certeza de que padecemos una injustificable parálisis de acción.

Sigue faltando profundidad y matiz para satisfacer siquiera a un público especializado en estudios de seguridad, habituado a este tipo de comentarios informales entre colegas.

Lo que nos enseñan las valientes respuestas movilizadas por sociedades sometidas a un asedio de décadas —como las de Irán y Yemen— es que no debemos aferrarnos a la esperanza. No corresponde a los yemeníes, a los habitantes del sur del Líbano, a los gazatíes ni a los ingenieros iraníes librar las batallas en nuestro nombre. No habrá victoria si esperamos que esta se logre a costa de los pueblos de la región. Es necesario un cambio que conduzca a retomar la acción colectiva y tangible, así como a regenerar un espíritu revolucionario que mueva nuestras críticas poscoloniales en una nueva dirección.

Más allá de las dificultades para ejercer una presión violenta sostenida a la escala necesaria para revertir las agendas imperialistas, se constata, por tanto, un fracaso en la labor de influencia y difusión. El obstáculo para movilizar desafíos significativos contra el poder imperialista ha estado en los limitados marcos teóricos disponibles y en una incapacidad fundamental para escribir fuera del circuito informativo controlado por el Imperio. Esto supone un desastre de cara a un cambio revolucionario de mayor alcance. ¿Por qué? Gran parte de nuestra resistencia se limita a la celebración. Mientras aplaudimos la valentía de otros —en múltiples escenarios de un Sur Global en llamas— que combaten al Imperio con valores propios, a menudo ignorados en nuestros propios entornos sociales, su muerte y destrucción subvencionan nuestra inacción. Lamentablemente, el periodismo popular “radical” (y la política de suprimir incluso este) ocupa el lugar de la violencia revolucionaria necesaria, la cual solo tiene lugar “allí”. Semejante externalización de la lucha (al menos en sus componentes necesariamente violentos) no solo constituye una relación carente de ética, sino que refleja vestigios colonialistas.

En el campo de los estudios de Oriente Medio, en particular, existen argumentos institucionalizados y privilegiados que contrarrestan nuestros propios intentos de cuestionar las epistemologías liberales. Generada por colegas “tribalizados” que custodian sus fronteras de autoridad profesional no reconocidas, su defensa del poder del capitalismo financiero llega a sofocar prácticamente cualquier voz disidente. Promovida a menudo por plataformas mediáticas “progresistas” —desde el Times Literary Supplement hasta el New York Times—, así como por pódcasts bien gestionados y libros vendidos en aeropuertos, la enorme variedad de estrategias de oscurecimiento que justifican la violencia imperialista logra desviar eficazmente la mayoría de las críticas fundamentadas en principios sólidos. El pantanoso escenario resultante de una política cultural centrada en Estados Unidos cosifica (y fortalece) narrativas “accesibles para el lector” sobre lugares como Yemen (tanto —o tan poco— como Sudán, Irán, Papúa Occidental, Palestina, Haití, el Congo, el Sahel y Venezuela). Al quedar libre de un análisis crítico sustancial, la producción de conocimiento resultante —generada desde el seno de la Academia— difumina eficazmente las líneas que separan la información veraz y el análisis crítico de acontecimientos que afectan a millones de personas respecto de la mera propaganda destinada a justificar una guerra más. En otras palabras, aquello que exigiría matices, profundidad histórica e indignación enérgica —mientras intentamos socavar las epistemologías del Imperio— termina habitualmente subordinado a debates metodológicos que estratégicamente nos conducen de nuevo al punto de partida: “denunciar al imperio”.

No corresponde a los yemeníes, a los habitantes del sur del Líbano, a los gazatíes ni a los ingenieros iraníes librar las batallas en nuestro nombre.

La actual destrucción, a lo largo de la segunda mitad de 2026, de las instalaciones saudíes de refinado y tránsito de petróleo y gas, así como de su infraestructura de transporte, vuelve a generar análisis confusos. Si bien nos sentimos obligados a leer (y escuchar) los intentos de interpretar su trascendencia, lo cierto es que tales opiniones solo resultan significativas para quienes están fuera de la región; carecen, una vez más, de relevancia a nivel local. Esta incoherencia constituye una cruel patología del chovinismo imperialista a la que recurren habitualmente tanto los apologistas del Imperio como aquellos que dicen resistirse a él, al apropiarse de la narrativa sobre la respuesta yemení a la violencia saudí, emiratí, israelí y estadounidense para servir a sus propios intereses profesionales. El hecho de no captar las lecciones estructurales más amplias que ofrecen constantemente los acontecimientos en Arabia del Sur hace que el desafío continuo —y actualmente contundente— de Ansar Allah reafirme mi vieja sospecha de que, una vez más, los yemeníes se han visto obligados a arriesgar sus vidas y agotar sus recursos materiales para resistir a nuestro Imperio.

*Traducido del original inédito en inglés por Pablo Sánchez León



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El León dormido... despierta es un blog de temas de historia y memoria especialmente enfocado a la recuperación de la categoría de pueblo en la historia contemporánea del Estado español, su ausencia en la cultura de la democracia y el esbozo de una alternativa a la Gran narrativa de la modernidad española.
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