Opinión
Agosto

No podía negarse a sí misma que el regreso a aquel lugar contemplaba la posibilidad, tal vez el deseo, de verlo, de encontrarse con él, de mantener quizá una conversación, de contarse cómo les había ido.
15 abr 2026 06:00

Llegó a primera hora de la tarde. Se alojó en la habitación más amplia del hotel. No hizo ninguna llamada. Tan solo se tumbó y dejó pasar el tiempo tratando de no pensar demasiado en si había sido una buena idea aquel viaje. Con el intento de eludir este pensamiento se fue quedando dormida. Cuando despertó, había anochecido: eran casi las once. Le pareció demasiado tarde para bajar a la cafetería. De modo que estuvo leyendo hasta que los ojos se le cerraron de nuevo. Los rayos del sol de primera hora le hicieron abrirlos. No había apenas nubes y la luz entraba sin filtros en la habitación. Bajó a desayunar.

La cafetería era muy parecida a la de su recuerdo. Entre las paredes forradas de madera de color miel se distribuían mesas y sillas en aparente desorden. Los clientes las habían agrupado para que respondieran a sus necesidades: el corrillo del fondo discutía sobre un asunto relacionado con el monte comunal, un hombre mayor leía el periódico y una familia con dos niños desayunaba con desgana. Pidió zumo de naranja, café con leche y una tostada de pan con aceite y tomate. Recordaba que ese había sido también su último desayuno en aquella cafetería. Pero desde entonces habían pasado más de diez años.

Por un momento tuvo la impresión de que allí el tiempo no había pasado, de que estaba todo exactamente igual que cuando ella estuvo por última vez. Fue apenas un instante. La entrada de una pareja deshizo esa imagen del tiempo detenido. Él no había cambiado demasiado. A ella no creía haberla visto nunca. Se sentaron en el extremo opuesto a su posición, a una distancia que le hizo pensar que podría mantenerse allí sin que sus miradas se cruzasen.

No podía negarse a sí misma que el regreso a aquel lugar contemplaba la posibilidad, tal vez el deseo, de verlo, de encontrarse con él, de mantener quizá una conversación, de contarse cómo les había ido. En todo caso, ese encuentro posible lo había imaginado de otro modo. Había imaginado una tarde de lluvia, un coche que se detiene, un saludo forzado y el inicio de una conversación. Otra posibilidad que había contemplado era una llamada a la habitación del hotel, una conversación que se iniciase con un “me he enterado de que has vuelto” y una hora y un lugar para hablar, para ponerse al día, para intentar contarse lo que les había ocurrido. Y, sin embargo, allí estaba, llevándose a los labios el zumo de naranja y viendo de soslayo la escena que tenía lugar en el otro extremo de la cafetería: una pareja joven preparada para una ruta de montaña desayunaba; sonreían mientras miraban la pantalla de un móvil y comentaban algo —tal vez el recorrido que iban a hacer, las montañas que iban a subir—.

Cuando empezó a beber el café con leche le pareció que se le había quedado frío y tuvo la tentación de levantarse y pedir que le añadieran un poco de leche caliente. Resistió ese impulso porque, cuando estaba empezando a levantarse, notó que una mirada se cruzaba con la suya. Se sentó y mantuvo los ojos fijos en aquellos que la habían reconocido. ¿Cuánto tiempo estuvieron así? Quizá fueron unos pocos segundos, pero a ella le pareció una eternidad. Fue él quien bajó la mirada, recompuso el gesto y volvió a sus sonrisas y a su conversación.

Habían pasado más de diez años desde el día anterior al del adiós sin despedida. En aquella extraña víspera habían estado en el monte y habían caminado sin apenas hablar. Entre ellos el silencio no era incómodo, más bien al contrario. Disfrutaban de él. Se entendían con pequeños gestos y miradas que interpretaban sin margen de duda. Aquel día se sentaron junto al lago y estuvieron allí horas y horas mirando la superficie, que iba cambiando de color conforme el sol se iba ocultando tras los montes. Ella estuvo a punto de romper aquel silencio y decirle algo que él puede que imaginara, aunque prefería no imaginarlo. Llevaban entonces cinco años juntos. Habían comentado alguna vez que era el momento de tomar decisiones. Y llevaban tiempo evitando, de común acuerdo y en silencio, aquellas decisiones que había que tomar. Al día siguiente no hubo despedida. Solo hubo una decisión tomada y silencio. Cuando era indulgente consigo misma, le gustaba pensar que entre ellos no había sido necesario decir lo evidente.

Habían pasado más de diez años desde entonces.

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