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En saco roto (textos de ficción)
El cuarto
El cuarto había permanecido parado en el tiempo. Allí no se había acometido ninguna obra. Nadie había pintado las paredes. La decoración acumulaba polvo de lustros.
Tenía unas dimensiones modestas. Solo tres muebles rellenaban el espacio: una cama, un escritorio y una estantería.
Invitaba tal vez a cerrar la puerta y a llamar a una empresa de reformas para que lo dejara blanco y diáfano, luminoso y austero. La empresa en cuestión podría haber convertido el cuarto en una estancia con suelo de tarima de tonos claros, una puerta lacada en blanco y dos puntos luz cálida en el techo. El cuarto reformado habría ofrecido una sensación de pulcritud. Con algún mueble de estilo nórdico y dos objetos con personalidad —y color—, aquel espacio podría haberse parecido a uno de esos elaborados decorados que aparecen en las últimas páginas de los suplementos dominicales. Sí, todo esto podría haber ocurrido, pero no ocurrió. Cuando Laura entró en el cuarto, pronto se dio cuenta de que no iba a tocar nada.
No iba a tocar nada porque aquel era el cuarto en el que había nacido su madre. Así que a Laura le gustaba imaginarlo a mediados de los años 40 del siglo pasado. A su mente acudía una imagen algo imprecisa: invierno, vecinas, agua caliente, gritos de dolor, un médico tal vez. Una imagen que terminaba con el llanto de una recién nacida y unas palabras concisas y esperadas: “Es niña”.
Y no iba tocar nada porque aquel era el cuarto en el que había muerto su madre. La imagen de aquel momento resultaba demasiado precisa en el recuerdo de Laura. Tan precisa que cada vez que la evocaba se esforzaba en apartarla. Y la apartaba con determinación hasta sustituirla por una sucesión de imágenes en las que Laura aparecía junto a su madre: una tarde de verano en la que aprendió a andar en bici, una mañana de invierno en la que su madre fue a buscarla al colegio, una tarde sin fecha en la que Laura y su madre conversaron sobre un asunto sobre el que resultaba difícil hablar. Imágenes a las que se superponían retazos de conversaciones, miradas y gestos en los que su madre había sabido decir y hacer lo que ella necesitaba.
Cuando Laura entró en el cuarto y se dio cuenta de que no iba a tocar nada, se sentó en el borde de la cama y se quedó mirando los objetos del escritorio: el marco de una foto sin foto, una carpeta azul, varios bolígrafos gastados, un pisapapeles, un cenicero, tres portalápices vacíos, una agenda, un listín de teléfonos y los restos de un cable que un día perteneció a una lámpara. Entonces, con la mirada detenida en los objetos del escritorio, recordó otro día que también trataba de olvidar: el día en el que, al poco de morir su madre, había estado allí con sus hermanas para recoger la casa. Con la rara diligencia de los vivos, las tres hermanas se habían dedicado a repartirse algunos recuerdos sin que pareciera que se los estaban repartiendo, a organizar asuntos prácticos sin que pareciera que les guiaba la prisa, a resolver cuestiones de todo tipo sin mostrar que llevaban tiempo pensando en esas cuestiones, a sorprenderse por detalles encontrados en la casa que en realidad preferían no haber encontrado. Quizá lograron el equilibrio imposible. O puede que en realidad no resolvieran nada y casi todo quedara pospuesto para los buenos propósitos de un día que nunca llegó.
Ahora estaba allí sola en el cuarto.
Se levantó y se acercó a la estantería.
Pasó la mano derecha por el lomo de varios libros. Cogió uno de ellos al azar y empezó a leerlo.
No iba a tocar nada porque aquel era el cuarto en el que a ella le tocaba renacer.