20 oct 2026 06:00

Parece un hospital y es un hospital, pero es también una mole gris llena de recuerdos.

Acude a mi memoria el señor Vicente, con la espalda apoyada en el pasamanos gris del pasillo, el cuerpo erguido y la mirada tranquila de quien lleva años soportando la luz fría, el olor a lejía, los murmullos de la sala de espera y el paso firme de los médicos cuando acuden a informar, a contar que no hay grandes cambios, que hay que seguir esperando. Nunca supe cómo lograba el señor Vicente mantenerse siempre tan pulcro: parecía recién afeitado, con su cabello duro y espeso peinado con cuidado, con el cuello de la camisa bien planchado y firme. Su conversación era siempre la misma: un breve relato sobre los años que llevaba acompañando a su mujer en el hospital; un relato sin asomo de queja, tal vez tan solo con un fondo de pesadumbre porque ella era muy consciente de lo que estaba ocurriendo y ambos sabían que las noticias nunca serían buenas.

Recuerdo al joven altísimo que caminaba desde el barrio hasta el hospital para visitar a su madre a la hora vespertina en la que los allegados podían acceder a la unidad de cuidados intensivos. Lo recuerdo porque alguna vez hicimos el mismo recorrido y lo seguí entonces sin querer. Me impresionó su desvalimiento, la forma en la que su figura tan contundente parecía a punto de derrumbarse. A veces daba la impresión de que iba a girarse y a regresar por donde había venido. Pero no. Continuaba con su andar vacilante hasta las escaleras del hospital y las ascendía en un zigzag cansino, como si no quisiera llegar, como si no soportara entrar al vestíbulo, coger el ascensor, colocarse la bata verdosa y ver a su madre en aquel estado. Una vez en la unidad de cuidados intensivos, en aquel calor sin tiempo puntuado con los pitidos de las máquinas, el joven intercambiaba un saludo con su madre y luego ambos mantenían algo parecido a un diálogo. La madre, que apenas podía hablar, le hacía alguna indicación, y el joven, restituido en su papel de hijo, comenzaba a explicarle lo que fuera en un tono muy bajo. Alguna vez me pareció que sonreían. ¿Qué emergía en aquella conversación? Supongo que una relación cuyo sentido último solo ellos conocían. El resto éramos testigos incómodos, actores sin diálogo ante aquella intimidad.

Parece que estoy viendo a la señora Martina, recostada en la cama, intentando buscar una postura menos incómoda entre el revoltijo de sábanas azuladas —sábanas con nombres de otros hospitales, sábanas de una limpieza áspera—. La señora Martina tenía una voz ronca con la que daba su parecer sobre la iluminación de las habitaciones, el sabor de la crema de verduras, las visitas inoportunas del cura del hospital y el tacto de quienes intentaban cogerle la vía. Este último asunto ocupaba buena parte de sus conversaciones: decía que nadie sabía cogerle la vía en aquel hospital, y afirmaba que no debía de ser tan difícil, porque sus venas eran grandes y bien visibles. Entonces mostraba el dorso del antebrazo derecho y, quien anduviera por allí, tenía que acercarse para apreciar que, en efecto, las venas de la señora Martina eran de un tamaño apreciable y bien visibles bajo su piel curtida.

El mes pasado me tocó regresar al hospital. Lo encontré en obras. Fui como acompañante. Eso decía la ficha que me entregaron en la zona de admisión. Y como acompañante tuve tiempo para mirar las paredes, las luces, el suelo pulido. Porque un acompañante es sobre todo alguien que está allí horas y horas sin ninguna función concreta. Tan solo está. Y estar es suficiente.

Las obras del hospital van por partes. Así que puedes estar en una sala recién estrenada —con muebles de formas curvas, colores intensos y luces matizadas— y salir a un pasillo, girar y encontrarte con las paredes de gotelé desgastadas, los muebles grises de siempre y las luces heladas. En uno de esos momentos en los que caminaba sin rumbo porque en la habitación estaban realizando unas curas, me perdí. Me encontré en un pasillo sin renovar y sin carteles que indicasen dónde estaba. Fueron unos segundos, pero creí escuchar al otro lado de una puerta un ruido familiar: el rumor de un diálogo entre pacientes antiguos, muy antiguos.

Desde entonces me gusta pensar que en alguna de aquellas salas sin renovar sobrevive el recuerdo de un grupo de pacientes del siglo pasado. Los imagino en animada conversación.

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