Opinión
Regreso
Laura recibió la noticia de la muerte de Delia cuando estaba pensando en las ventajas del sábado: no madrugar, dejar pasar las primeras horas del día desde la cama, abrazar la posibilidad de no hacer nada. Recibió la noticia mediante una llamada de una familiar de Delia a quien no conocía: “Sé que eráis amigas. Ha muerto esta noche”. A veces los anuncios luctuosos tienen una precisión seca. No hay nada que añadir, o casi nada. Laura agradeció que la hubieran llamado, se mostró sorprendida, preparó una maleta de emergencia, cogió el coche e inició el viaje hacia el sur.
Condujo sin prisas. Los coches que la adelantaban le parecieron poseídos por una necesidad absurda. No se detuvo. Llegó en apenas cuatro horas.
Eran las dos de la tarde cuando aparcó el coche en una explanada junto al tanatorio. Se acercó con lentitud hasta el edificio, consultó en la pantalla del vestíbulo la sala a la que tenía que acercarse, caminó hasta la sala y, cuando se disponía a entrar, una voz conocida la llamó por su nombre. Era Clara, la hermana de Delia. Se abrazaron. La conversación que mantuvieron a continuación transcurrió por el cauce previsible: una breve evocación de la vida de la difunta, del tiempo compartido; una discreta celebración de la vida; un lamento por la muerte temprana. Lo que ya no resultó tan previsible fue el comentario final de Clara, una sentencia con la que pareció dar por concluida la conversación: “Murió como vivió, de eso no cabe ninguna duda”.
Laura siguió con el ritual del tanatorio sin dejar de pensar en aquellas palabras de la hermana de la fallecida. Mientras saludaba a los familiares no dejaba de preguntarse qué habría querido decir Clara con aquella frase. Cuando se retiró a la cafetería, siguió pensando en el sentido último de aquellas palabras que le habían resultado ajenas al tono general del resto de la conversación. Sobre las seis de la tarde le pareció que era el momento de despedirse hasta el día siguiente, buscar un hotel, descansar y tratar de no pensar demasiado.
Quiso la casualidad que la ventana de su habitación diera a un patio interior al que llegaban con claridad las voces de la habitación contigua. De modo que, cuando intentó adormilarse y olvidarse del viaje y de la extraña conversación, no pudo evitar escuchar cómo se abría la puerta de la habitación contigua y una pareja accedía a ella mientras discutía en un tono elevado. Hablaban de un viaje en el que un acontecimiento imprevisto había desencadenado una ruptura de amistades. En ese viaje aparecía Delia. Hablaban quitándose entre ellos la palabra, como si la reconstrucción de aquel viaje hubiera sido el argumento de otras discusiones anteriores y nunca hubieran terminado de ponerse de acuerdo sobre lo que realmente ocurrió. Parecían actores que interpretaban por enésima vez la misma obra y no se resistían a añadir un matiz, un giro que diera mayor peso a sus argumentos. Laura los escuchaba sin terminar de creer lo que estaba oyendo, porque en aquellas palabras que llegaban desde el patio interior emergía una Delia muy distinta a la que ella había conocido. ¿Cuánto tiempo duró esa escena de diálogos escuchados? Laura no sabría decirlo con exactitud.
Al día siguiente, en el desayuno, recordó que el sonido de la ducha de la habitación contigua había puesto fin a la discusión y ella se había dormido mientras escuchaba el rumor del agua. No coincidió con nadie en la cafetería del hotel. Aunque prolongó más de lo acostumbrado el tiempo del café y de las tostadas con mermelada de naranja amarga, estuvo siempre sola. Deseó que aquella pareja apareciera, pero no apareció.
A las diez de la mañana del domingo, la luz excesiva del verano se colaba por los ventanales del tanatorio. Laura siguió a los familiares y amigos de Delia hasta la sala diminuta en la que Clara pronunció algo parecido a un breve responso. Luego llegaron los abrazos, las despedidas y las promesas de verse pronto en otras circunstancias. El grupo se disolvió entonces con lentitud, con amagos de idas y venidas, con miradas perdidas, con pasos inseguros.
Laura regresó conduciendo sin prisas. Pensó en que, en realidad, los familiares y amigos no habían dado su último adiós a Delia, sino tal vez a varias Delias. Pensó en que, en realidad, no estaba muy segura de quién era la Delia a la que había despedido para siempre. Los coches que la adelantaban le parecieron poseídos por una necesidad absurda.
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