Opinión
Tiempo libre

Con frecuencia, antes de actuar, lamento que este trabajo interrumpa mis lecturas. Y entonces me estremece pensar que el día de mañana alguien se levante con una sonrisa por mi culpa.
9 abr 2026 06:00

Lo que más me molesta del trabajo es que interrumpe mis lecturas. Soy un amante de las vacaciones, del tiempo libre, de los días libres, del recreo, del ocio, de no hacer nada, de dejar pasar el tiempo, del sueño sin límite y de la santa siesta. Quizá por esta inclinación natural a la holganza me siento un impostor sin remedio, un mal actor, cuando me veo en el escenario pronunciando uno de esos discursos motivadores que con tanto esfuerzo escribe un equipo de guionistas. ¿Cómo he acabado así? La historia es conocida, pero intentaré resumirla por si descubro algún dato que me ayude a comprender mi destino.

Tras una breve carrera deportiva, me retiré con el objetivo de vivir de las rentas y no complicarme demasiado la vida. Como había encadenado dos contratos generosos, disponía de fondos para vivir sin estrechuras. O eso pensaba entonces. Si mi retirada hubiera tenido lugar a finales del siglo pasado, habría abierto una tienda de deportes en la ciudad de mis padres: una tienda por la que me dejaría caer de vez en cuando para comprobar que el balance de ingresos y gastos arrojaba beneficios prudentes. Pero las grandes superficies de material deportivo habían acabado ya con ese pequeño sueño de bolsas para raquetas de tenis, bicicletas italianas y una foto dedicada a los vecinos de la localidad. Descartada la opción de la tienda, valoré la posibilidad de invertir en el sector inmobiliario. “El ladrillo; ahí no fallas”, me dijo un conocido que andaba enredado en una promoción en las afueras de una ciudad de la costa. A punto estuve de abrazar la causa de los adosados y los pareados, pero el estallido de la burbuja me pilló de camino al notario. Viendo el hundimiento general de aquello que no fallaba nunca, se me quitaron las ganas de tratar con constructores, arquitectos, carpinteros y todo aquel ejército que había levantado promociones inverosímiles que ahora amenazaban ruina.

Sin tienda de deportes ni dividendos del ladrillo, se me pasó por la cabeza la posibilidad de buscar un trabajo asalariado que completara mis ahorros. Así se lo conté a otros exdeportistas en una reunión invernal. Casi todos se rieron. Caía la nieve al otro lado del ventanal del restaurante y, como quien hace un gran esfuerzo para explicar una lección que debería darse por sabida, mis compañeros de comida dedicaron unos minutos a contarme cómo funcionaba el nuevo maná: las charlas motivacionales. Si entendí bien, aunque quizá no había demasiado que entender, los exdeportistas que habíamos tenido alguna repercusión éramos una pieza codiciada por las empresas. Con ocasión de ferias de un sector o de simples encuentros, las empresas nos ofrecían como el plato fuerte de sus programas. Después de una mañana de balances y mesas redondas, la tarde era nuestro espacio natural. Al calor del sopor tras las comidas copiosas, un exdeportista con un buen guion era capaz de levantar de su asiento al trabajador más descreído. “La clave está en el guion”, dijeron. “Y en tratar de parecer natural”, añadió alguien. “Y luego ya es cuestión de rodaje”, terció un exjugador de balonmano que al parecer era una estrella del asunto. Quizá mi papel en aquella comida era ese: el del descreído. Y quizá por eso, ante la verborrea festiva de mis colegas, me dejé llevar como un empleado que, en lugar de sestear tras una mañana de discursos huecos, empieza a reírse con las ocurrencias de un exdeportista al que recuerda vagamente haber visto en las semifinales de unas olimpiadas perdidas en la noche de los tiempos. “Bueno, será cuestión de probar”, creo que dije.

Probé. Y, contra mis pronósticos, me fue bien. Desde entonces, y ya han pasado cinco años, he actuado en encuentros variopintos y he ido perfeccionando el arte de la charla motivacional. Creo que ya sé colocar un silencio aquí, una anécdota allá, un comentario mordaz cuando nadie lo espera, un punto de acidez y otro de ternura. Debería relajarme y disfrutar. Debería estar agradecido a las empresas que me contratan y a los guionistas que escriben los textos que memorizo —y que apenas toco con algún apunte personal—. Sin embargo, con frecuencia, antes de actuar, lamento que este trabajo interrumpa mis lecturas. Y entonces me estremece pensar que el día de mañana alguien se levante con una sonrisa por mi culpa.

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