Opinión
Trapos

Se fueron despidiendo unos de otros solo con abrazos secos, sin palabras. Se fueron despidiendo como si las paredes de la casa se hubieran contraído y ya no hubiera sitio para nadie.
18 ago 2026 06:00

Para evitar el pozo de los trapos sucios, la familia Ventura se había especializado en airear los trapos limpios durante las sobremesas. Así, en las tardes de domingo, no era extraño escucharlos hablar del coraje del abuelo Pascual, propietario de una mercería en el Madrid de posguerra, o de la sonrisa franca y la conversación risueña de tía Manuela, que estuvo a punto de emigrar a Argentina, pero que a última hora se arrepintió y entró a trabajar en la recepción del hotel Goya, donde había prosperado gracias a su don de gentes y su discreción. Difícil de olvidar, decía alguien, la fiesta de jubilación de tía Manuela: un ágape interminable al que acudieron antiguos huéspedes del hotel y trabajadores de todas las épocas del establecimiento. Cómo no recordar el discurso de tía Manuela, el temblor de sus manos y el aplauso de la concurrencia cuando ya no encontró más palabras y a duras penas logró incluir, casi en un susurro, una última voz: “Gracias”. Fue tan ruidoso el aplauso que las mesas temblaron y alguna copa derramó el vino sobre la mantelería de tonos ocres, la de las grandes ocasiones. Con semejante evocación de la vida pasada, la familia Ventura intentaba traer al presente tiempos mejores, o al menos mejores en apariencia, tiempos de modesta gloria que no querían olvidar.

Pero ocurrió una tarde de domingo, casi al final de la sobremesa, un hecho inesperado: el más pequeño de la familia, sobrino nieto de tía Manuela y bisnieto de Pascual, lanzó una pregunta distraída, como si quisiera atar cabos en aquella historia que había oído ya demasiadas veces. Él, en plena adolescencia, no había conocido ni a Pascual ni a Manuela y sus nombres le parecían propios de una de aquellas series interminables que se empeñaban en colocar de lunes a viernes después del telediario. Su voz, más inocente que incisiva, sonó nítida a las cuatro de la tarde de un domingo: “¿Pero entonces por qué la tía Manuela no se fue a Argentina?”. Y a la pregunta le sucedió un silencio que nadie se atrevió a interrumpir. De modo que quien había hecho la pregunta creyó oportuno reiterarla, ahora sí con una voluntad indagadora que solo se había revelado gracias al silencio de sus familiares: “¿Por qué?”.

Lo que siguió fue una conversación con la mirada baja en la que unos y otros se iban quitando la palabra. Alguien recordaba los deseos de viajar a Argentina de la tía Manuela, las cartas que había recibido desde algún lugar de aquel país —un lugar cuyo nombre nadie recordaba—, los ahorros que la tía Manuela había podido reunir, las conversaciones breves con su padre, el abuelo Pascual. Y, sobre todo, empezaron a recordar los silencios del abuelo Pascual, su expresión rígida cada vez que el posible viaje a Argentina aparecía en la conversación. Comenzaron también a recordar el modo en que el abuelo Pascual se levantaba de su silla cuando la sobremesa del domingo apenas había empezado y se retiraba entonces a lo que él llamaba el cuarto de estudio, que era en realidad un cuarto de planchar en el que había instalado un escritorio heredado de un antepasado que solo él recordaba. De los fragmentos fue surgiendo un retrato preciso de la tía Manuela cabizbaja, arrinconada, huidiza. Y esa imagen poco a poco se fue poniendo en movimiento: la tía Manuela se levantaba, la tía Manuela preparaba una maleta, la tía Manuela se marchaba. Un portazo. “¿Cómo no recordar aquel portazo?”, dijo alguien.

La tía Manuela nunca viajó a Argentina, pero tampoco regresó a la casa familiar. Su trabajo en el hotel Goya incluía el derecho a vivir en una pequeña habitación abuhardillada del propio hotel. En aquella habitación siguió viviendo incluso después de su jubilación. Allí la recordaban en sus últimos años. “Vivió como quiso”, se atrevió a decir alguien. “No estaría tan segura”, terció una voz. “En fin, nada va a cambiar lo que ocurrió”, añadió un tercero en un tono tan bajo que pareció el final de una canción. En silencio, la familia Ventura recogió la mesa: las tazas de café, los platillos con las pastas que nadie había probado, las copas de licor sin licor. Se fueron despidiendo unos de otros solo con abrazos secos, sin palabras. Se fueron despidiendo como si las paredes de la casa se hubieran contraído y ya no hubiera sitio para nadie.

Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...