Opinión
Un camino
Le gustaba disfrazarse. Con su atuendo de leñador salía de los bares caminando con las piernas muy separadas y la cabeza hundida entre los hombros. Otras veces llevaba un sombrero panamá y un traje con un pañuelo que asomaba en el bolsillo superior de la chaqueta. En esas ocasiones, saludaba siempre con un pequeño gesto: se tocaba con dos dedos el ala del sombrero e inclinaba levemente la cabeza.
No hablaba con nadie. Sus caminatas por la ciudad eran siempre solitarias y, cuando se paraba en unos de los puestos del mercado o entraba en uno de sus bares predilectos, le servían lo de siempre, sin que nadie estuviera muy seguro de en qué momento aquello que le servían se había convertido en lo de siempre. En los niños inspiraba una mezcla de interés y desconfianza. Los grupos más osados lo seguían unas cuantas calles sin atreverse a acercarse demasiado. Los menos osados se apartaban un poco para no cruzarse en su camino.
En un invierno lluvioso de finales del siglo pasado, su silueta con gabardina y paraguas se convirtió en un elemento más del paisaje. Un elemento algo excéntrico, pues llevaba el paraguas del revés: lo sujetaba por la parte de la punta, le daba la vuelta y, bien abierto sobre su cabeza, dejaba que se fuera llenando de agua como si fuera el vaso de una fuente. Nadie lo vio mojarse. De algún modo lograba que su paraguas, llevado en sentido inverso, le protegiera del agua.
Sus pequeñas extravagancias parecían inocuas y los lugareños y los visitantes ocasionales lo tenían por un vecino singular. Nadie se había molestado en indagar en su pasado ni en desentrañar las causas de su conducta. Era como era, no hacía daño a nadie. Pero ocurrió que, terminado aquel invierno lluvioso, una tarde apareció por la calle vestido de la forma más anodina, sin ninguno de los disfraces que hasta entonces le habían distinguido. Y sucedió también que, en sus pequeños encuentros con otros vecinos, comenzó a desplegar una conversación muy parecida a la de cualquier otro vecino. Comentaba lo extraño de aquellos meses de lluvia, se quejaba de los baches de las aceras, se asombraba de lo rápido que crecían los chiquillos, lamentaba los achaques propios de la edad, decía que la farmacia cerraba a las nueve, saludaba al pescadero, se interesaba por la suerte de los patos del parque y sonreía a quienes se le quedaban mirando. De pronto, el hombre de los mil disfraces se había disfrazado de vecino. Nadie se atrevió a preguntarle por las razones de aquella mutación y menos aún a indagar en las razones de su época de disfraces. Poco a poco su presencia fue difuminándose en la ciudad.
Tanto se difuminó que, con el transcurso del tiempo, algunos empezaron a dudar de que hubiera ocurrido lo que había ocurrido. La época de disfraces parecía tan ajena al nuevo personaje que hubo quien necesitó recordarla con otros para saber que no lo había soñado. No, no lo habían soñado. Aquel hombre que ahora pasaba desapercibido había sido en otro tiempo un rostro cambiante, un caminante solitario, un enigma. Sí, lo había sido, pero ya no lo era. Y el tiempo siguió trabajando.
Pasados más de veinte años desde el invierno lluvioso, un día de verano por el mercado circuló la noticia de la muerte del hombre anodino, el vecino afable, el conversador discreto del que se decía que en otro tiempo había cultivado el gusto por los disfraces.
Los vecinos que más lo habían frecuentado en los últimos años —tanto como decir que se cruzaban alguna vez con él— se acercaron al tanatorio. El primero en llegar a la sala solo tuvo fuerzas para sentarse en el sofá. Luego entró una pareja que estuvo tentada de darse la vuelta nada más cruzar el umbral. Cada recién llegado contenía el aliento e intentaba buscar acomodo en aquel escenario. Pero nadie podía evitar contemplar el decorado de la sala y sentirse empequeñecido ante un despliegue de maderas, telas y herramientas propias de una cabaña canadiense. Tampoco nadie recordaría después quién fue el primero de los compungidos vecinos que empezó a hablar de acres y arces, de vetas de madera y de truchas de río.
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