Opinión
Minneapolis bajo el ICE: nadie está a salvo

Una crónica desde Minneapolis una ciudad convertida en laboratorio autoritario de las políticas de extrema derecha de Trump.
ICE Minnesota - 5
Manifestantes protestan contra el despliegue del ICE en Minnesota. CC BY-NC

En 2020, desde esta misma ciudad, escribimos una reflexión sobre el asesinato de George Floyd a plena luz del día. Fue retransmitido por múltiples canales. Hoy escribimos este texto desde una ciudad sitiada y ocupada por la fuerza bruta. Lo que estamos a punto de contarles bien podría ocurrir mañana en su ciudad.

Lunes, 19 de enero

Recibimos un correo electrónico con una serie de instrucciones para asistir a la reunión de coordinación de la protesta para la ciudad de Minneapolis y Saint Paul. El mensaje explicaba cómo entrar al edificio y nos pedía discreción. Condujimos hasta el lugar, entramos en las instalaciones y nos pidieron que dejáramos los teléfonos fuera de la sala. Una vez dentro, comprendimos la gravedad de la situación. Muchos de los asistentes hablaron de enfrentamientos con ICE; no eran solo personas migrantes.

La ciudadanía fue convocada para preparar las protestas celebradas el viernes pasado. Las demandas estaban claras:

1. ICE fuera.

2. Exigir responsabilidad corporativa. Delta es una de las empresas que colabora con las deportaciones aceleradas; Enterprise alquila vehículos a ICE; Hilton los aloja; Target permite que los agentes entren en sus tiendas sin orden judicial. Hay muchas otras.

3. Evitar el aumento del gasto federal en ICE. (El jueves, supimos que la Cámara de Representantes aprobó un aumento de 10.000 millones de dólares. Veremos qué dice el Senado la próxima semana).

4. Exigir justicia para Renee Good; ahora también debe exigirse justicia para Alex Pretti.

Se buscaba la disrupción del sistema neoliberal mediante un boicot corporativo dejando de comprar o usar servicios de pago; una huelga general; asistir a manifestaciones en distintos puntos de la ciudad, incluido el aeropuerto; y decidir en qué grupo de riesgo quería participar cada cual.

Se explicó que ya estamos viviendo en un sistema totalitario; apenas queda espacio para estándares democráticos mínimos. No todo el mundo estaba de acuerdo con la forma de cortocircuitar el sistema: algunas personas se marcharon, otras expresaron su aprobación. Fin de la reunión.

Regresamos a casa, mirando de vez en cuando por el retrovisor. Quienes vivimos aquí y expresamos disenso hemos incorporado este gesto y otros; también llevamos nuestros pasaportes en la cartera, por si acaso; miramos por encima del hombro al caminar por ciertos lugares; te lo piensas dos veces antes de entrar en determinados espacios, hablar con acento o conducir por ciertas zonas. Ante una patrulla de ICE, los observadores solo pueden quedarse quietos, mirando cómo se llevan a alguien, incapaces de hacer nada más que subir vídeos a redes vigiladas y no vigiladas. Compartes información sabiendo que tus redes también están monitorizadas; quizá te revoquen la greencard, o te detengan y te desnaturalicen, acusándote de “traición”, “antipatriotismo”, “activismo violento” o “terrorismo”.

No hay palabras para explicar la intensidad de vivir bajo un estado de vigilancia; la perplejidad, la incredulidad, la inquietud, el desaliento y la impotencia no abandonan

Quienes estamos legalmente en este país aún podemos salir a la calle, protestar en grupo y participar en vigilias por los muertos. Quienes no tienen documentación para estar en este país o quienes pueden ser racialmente discriminadas tienen derecho a seguir pagando impuestos y contribuyendo a la economía nacional, pero no pueden disfrutar del derecho a salir de sus casas sin miedo; las personas indocumentadas no pueden ir al médico, al supermercado, asistir a la escuela o trabajar.

Hay familias enteras confinadas, estudiantes siguiendo las clases en línea; otros corren desde sus residencias universitarias a clase y de vuelta a sus habitaciones. No hay palabras para explicar la intensidad de vivir bajo un estado de vigilancia; la perplejidad, la incredulidad, la inquietud, el desaliento y la impotencia no abandonan. Te preguntas si protestar sirve de algo, pero ¿qué otra cosa se puede hacer? 

23 de enero

Sherrie describe la protesta masiva del viernes del siguiente modo. El día de la protesta mi pareja y yo aparcamos en el estacionamiento de una organización sin ánimo de lucro de Minneapolis donde trabajé hace una década. No estaban operando debido a la huelga general, pero mantuvieron la puerta abierta para que las personas manifestantes pudiéramos entrar en calor y tomar algo caliente antes de unirnos a la marcha. Los –10 grados se sentían como –25 con la sensación térmica del viento. 

Congelarse junto a varios miles de huelguistas generales se sintió necesario. Los organizadores nos mantuvieron apiñados en la esquina de Portland y la 4ª, en el centro, durante casi una hora antes de que comenzara su avance a cámara lenta hacia Hennepin. Permanecer de pie, inmóviles, mientras los dedos de los pies empezaban a entumecerse fue la parte más dura, pero entendimos que la organización debía de tener buenas razones para mantenernos quietas tanto tiempo. Una joven, a pocos metros, se subió a los hombros de su acompañante y dirigió a toda una sección de desconocidos con sus cánticos. Yo marchaba en el sitio, inútilmente, tratando de calentarme los pies. 

Los líderes comenzaron a avanzar y algunas personas vitorearon aliviadas. Los cánticos continuaron mientras la multitud se movía: “When immigrants are under attack, what do we do? Stand up, Fight Back!”, “¡El pueblo unido jamás será vencido!”. Renee Good estaba presente en los carteles y en el grito de su nombre. Gritar “¡Fuck ICE!” a pleno pulmón era una liberación catártica que muchas necesitábamos. Saludos a la gente que estaba pegada a las ventanas de las pasarelas elevadas, sosteniendo sus propios carteles contra ICE. Un grupo de jóvenes mujeres nativas, con joyas de cuentas y coloridas faldas de cintas sobre pantalones de invierno, caminó delante de nosotras durante gran parte del recorrido. Las comunidades nativas han estado profundamente implicadas en el movimiento anti-ICE. “Nadie es ilegal en tierra robada”; lo he oído una y otra vez en protestas, vigilias, encuentros comunitarios y plataformas digitales. ¿Cómo serían nuestros sistemas si estuvieran gobernados por los valores dakota, del pueblo originario que sigue siendo guardián de su tierra sagrada, Mni Sóta Makoce? ¿Quiénes seríamos si nuestras formas de estar en Estados Unidos se fundaran en la compasión y la generosidad?

Llegamos al Target Center. Parecía un lugar poco apropiado para continuar la protesta dado que el movimiento de izquierdas ha estado boicoteando a Target desde que la corporación abandonó sus iniciativas de DEI hace un año. En las últimas semanas, el movimiento anti-ICE ha organizado otras protestas contra Target por cooperar con ICE, permitiendo que empleados que también son ciudadanos estadounidenses fueran esposados y sacados del trabajo solo por parecer latinos. Target también ha permitido que ICE instale sus operaciones en su propiedad. Los organizadores de la protesta —una coalición de líderes sindicales, clero y grupos comunitarios— pensaron ¿por qué no?  El Target Center es un estadio, con capacidad para 25.000 personas. Se paga con nuestros impuestos, así que nos pertenece. Lo gritamos: “¿De quién es el estadio? ¡Es nuestro estadio!”.

Al entrar en el estadio, nos recibió una voz cantando el clásico de Sam Cooke de 1964, “A Change Is Gonna Come”. No pude ver al vocalista, pero pude oír la voz tranquilizadora de un hombre negro, acompañada por un potente conjunto de metales. Canté con él y recordé la historia de mi pueblo, marchando por la libertad, por los derechos civiles, por la igualdad ante la ley. La historia afroamericana está teñida de sufrimiento, pero también cuenta con actos audaces y transformadores de resistencia que beneficiaron a todos los grupos marginados en EEUU. Recordé a quienes se solidarizaron con nosotras, Michael Schwerner y Andrew Goodman, blancos del norte asesinados en Misisipi junto a su compañero activista afroamericano, James Chaney. Desde el asesinato de Renee Nicole Good, he pensado mucho en Viola Liuzzo. Una mujer blanca, madre de cinco hijos, de Míchigan, asesinada a tiros mientras apoyaba la lucha por el derecho al voto en Selma, Alabama. Todas estas personas fueron tachadas de agitadoras. Hoy sabemos quiénes son y pronunciamos sus nombres con reverencia. Personas ajenas a mi comunidad estuvieron a nuestro lado y murieron en solidaridad. Estar con quienes hoy están siendo señalados y atacados es, sin duda, lo correcto.

Ya en el Target Center, escuchamos los discursos inspiradores de líderes sindicales y religiosos de distintas culturas. Vincent Dionne cantó el himno del Movimiento Indígena Americano. Alzaba el puño mientras cantaba, le seguimos en las gradas con los puños en alto. Los discursos de desafío frente a la tiranía y la solidaridad llenaron de energía el espacio. Nick Estes, miembro inscrito de la tribu Sioux Lower Brule y profesor asociado de Estudios Indígenas Americanos en la Universidad de Minnesota, fue muy claro: Fort Snelling, el lugar donde se encuentra el edificio federal Whipple, fue un campo de concentración para los nativos americanos. Ahora es lugar de detención de personas inmigrantes y ciudadanas señaladas, la mayoría no ha cometido ningún delito. Fort Snelling debe ser demolido. Aparecieron otros oradores: un apasionado predicador baptista negro, una rabina, y un imán somalí que nos hizo gritar con él: “¡ICE fuera de Minnesota, ahora!”. Recordó a su comunidad, gritó que son un pueblo orgulloso. “No crean las mentiras que se dicen”. Asentí y grité desde mi asiento: “Sois familia”.

Decidimos irnos. Aún nos quedaba una caminata de 30 minutos hasta el coche. Somos mujeres negras lesbianas; no teníamos idea de qué tipo de intolerantes podíamos toparnos. Suspiramos aliviadas cuando entramos en el coche. “Gracias a Dios”, dijo mi esposa. Nos inclinamos la una hacia la otra para besarnos y chocar los puños. “¡Lo logramos!”, dije. No pude evitar dejar de pensar en la viuda de Renee Good, Becca. Una vez en casa, encendimos las noticias para ver mejor a la multitud. Sabemos que queda mucho por hacer, pero nos sentó bien decir no al fascismo. 

24 de enero

Se produce otro asesinato. El alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, y la senadora Amy Klobuchar se unen a funcionarios locales y estatales para ofrecer actualizaciones sobre el asesinato de Alex Pretti, residente de Minneapolis de 37 años y enfermero.

En su rueda de prensa, condenan las recientes operaciones de ICE en Minnesota y anuncian medidas de emergencia, entre ellas solicitar una orden judicial para detener la “Operación Metro Surge”, desplegar la Guardia Nacional para apoyar a una policía con falta de personal y ampliar la ayuda. Subrayan que la violencia reciente deriva de acciones federales, no de la comunidad local, y piden protestas pacíficas. Se exige que ICE abandone Minnesota, citando preocupaciones de seguridad pública y dos muertes —Renee Good y Alex Pretti—. Se rechazan las afirmaciones federales que calificaban a Pretti de “terrorista nacional”, se exige una investigación estatal independiente y se critica el aumento de la financiación de ICE, la reducción de la supervisión y la falta de rendición de cuentas.

Mientras tanto, el superintendente de la BCA de Minnesota, Drew Evans, afirma que el Departamento de Seguridad Nacional negó a sus investigadores el acceso a la escena tras el tiroteo contra Pretti. 

En los medios, se escuchan voces críticas culpando a los líderes locales de escalar las tensiones y de provocar el conflicto, se les señala como responsables del deterioro de la seguridad pública. Hay llamamientos a una intervención federal. Los partidarios de ICE y de los agentes federales culpan a los políticos, no a los agentes. La polarización vuelve a ser la estrategia cuando se busca crear tensión social y animosidad. Mientras esto ocurre, Groenlandia podría ser invadida, y no está claro si la OTAN intervendría o miraría hacia el lado capitalista-imperialista.

ICE es la cortina de humo, una distracción del problema. El control migratorio se utiliza como herramienta para aterrorizar a la población; el alarmismo paraliza cuando no alimenta la violencia

La memoria histórica nos indica que lo que está ocurriendo resulta demasiado familiar. Sabemos que de lo que estamos hablando —de lo que seguimos y seguiremos hablando— va más allá, mucho más allá, de un régimen totalitario liderado por un loco. Es la historia de un sistema necropolítico, corporativo y antidemocrático que prioriza la preservación de su propio modo de organización y gobierno, incluso cuando hacerlo implica el sacrificio de personas y recursos. Esto está ocurriendo hoy, aquí y ahora. 

ICE es la cortina de humo, una distracción del problema. El control migratorio se utiliza como herramienta para aterrorizar a la población; el alarmismo paraliza cuando no alimenta la violencia. El imperialismo capitalista de marca norteamericana, en su intento de mantener el control global, se alinea con el poder corporativo que nos gobierna; esta alianza de intereses impregna y compromete el aparato judicial, político y legal. Henry Giroux lo describe perfectamente en un artículo que aparece en CounterPunch. En su texto, sostiene que la resistencia requiere reconectar los problemas sociales con sus causas sistémicas y revivir un lenguaje político que reconozca el militarismo, la represión, el racismo y el poder económico como fenómenos entrelazados, no aislados. La administración y los medios complacientes inundan el discurso público de crisis y sensacionalismos. Este ciclo constante de shock impide ver los patrones de dominación sistémica. 

¿Dónde está la condena del Congreso, de la comunidad internacional, del cuerpo político? ¿Quiénes protegen al demos? ¿En qué tipo de sistema vivimos?  

Y mientras llegan las respuestas, el New York Timesnos cuenta hoy que más de 60 directores ejecutivos de grandes empresas de Minnesota, incluidas Target y General Mills, han firmado una carta pública pidiendo la desescalada tras los nuevos disturbios. Piden estabilidad haciendo hincapié en la necesidad de recuperar la seguridad pública, la continuidad económica y un retorno a la vida normal, o lo que sea que eso signifique. 

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