Trump, Groenlandia y la extrema derecha

Los distintos grupos de la extrema derecha europea han optado por estrategias distintas ante la ofensiva de Donald Trump por la soberanía de Groenlandia.
Jordan Bardella Agrupación Nacional
Jordan Bardella, presidente del partido de ultraderecha Agrupación Nacional.

Una de las consecuencias de las amenazas abiertas por parte de la administración estadounidense de anexionarse Groenlandia durante el pasado mes de enero ha sido la de abrir una fractura, ni que sea temporal, en las alianzas entre ésta y varios partidos y movimientos de ultraderecha europeos. Esta cuestión ya ha sido abordada en medios de cabecera como The Guardian o The New York Times, toda vez que estos partidos, descritos como “patrióticos”, aparecían explícitamente mencionados en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos como potenciales aliados para “cultivar, en el seno de las naciones europeas, la resistencia a la trayectoria actual de Europa.”

Vox y Aliança Catalana optaron por el silencio, mientras otros, como el Fidesz de Viktor Orbán, esquivaron la cuestión apelando a resolver la disputa en el marco de la OTAN, o, como el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), se escudaron en la neutralidad de su país y en declaraciones calculadas al milímetro –“en lo que se refiere al futuro de Groenlandia, la cuestión más importante debería ser cómo y en qué constelación la propia población de Groenlandia considera que sus intereses serán representados en el futuro; lo importante, desde nuestro punto de vista, es que no se llegue a ninguna intervención militar o violencia”–.


La copresidenta de Alternativa para Alemania (AfD), Alice Weidel, aseguró en cambio en una comparecencia ante la prensa en Berlín que Trump había “violado una promesa fundamental en campaña: la de no interferir en otros países.” El otro co-presidente de AfD, Tino Chrupalla, llegó a calificar en el Welt am Sonntag las maniobras del presidente estadounidense de “política imperial”. Incluso Nigel Farage, posiblemente el aliado más estrecho de Donald Trump al otro lado del Atlántico, calificó desde el Reino Unido de “acto muy hostil” que el mandatario estadounidense “amenazase con aranceles si no podía hacerse con el control de Groenlandia, incluso sin contar con el consentimiento de la población de Groenlandia siquiera.”

“Soberanos”, pero a la sombra del águila

Puede que esta oposición sea, por supuesto, una mera gesticulación retórica para mantener una apariencia de coherencia discursiva ante sus votantes, que durante años han oído y leído declaraciones repletas de palabras como “soberanía” o “nación”, cuyo significado dichos partidos nunca han precisado para permitirse, entre otras cosas, llenarlas de una orientación racista y excluyente. En otros casos, sin embargo, el diablo está en los detalles. El discurso en el Parlamento Europeo del presidente de Agrupación Nacional (AN) y candidato in pectore de ese partido a la presidencia de Francia en las próximas elecciones, Jordan Bardella,ha sido citado como otra de las muestras de discrepancia –acaso la mayor– entre la ultraderecha europea y el trumpismo.

En él Bardella llegó a proponer la suspensión del acuerdo comercial que la Comisión Europea alcanzó con Washington el año pasado y la activación del instrumento contra la coerción económica contra EEUU como una medida “de autodefensa”. Al discurso de Bardella no le faltó espíritu combativo: “Estados Unidos nos presenta una disyuntiva: aceptar la dependencia, camuflada como asociación, o actuar como potencias soberanas capaces de defender nuestros intereses”, “la elección es simple: sumisión o soberanía”, “Europa debe escoger la libertad, la responsabilidad y el control de su propio destino”. Todas estas frases cumplieron con éxito su cometido, a saber: transmitir la imagen –y la imagen y nada más es todo lo que importa estos días– de oposición, y, a la vez, ocultar la verdadera preocupación de AN, expresada en otro de los pasos de su discurso.

La imagen de una “internacional de la derecha” bajo el poderoso patronazgo estadounidense es para ellos interesante, pues refuerza la falsa idea de la inevitabillidad de su victoria electoral

Groenlandia “se ha convertido en un pivote estratégico en un mundo que está retornando a la lógica imperial”, manifestó Bardella, “ceder hoy sentaría un peligroso precedente, exponiendo a otros territorios europeos –e incluso a los territorios de ultramar de Francia– el día de mañana”. En efecto, estos departamentos, regiones y colectividades de ultramar –antiguas colonias francesas– incluyen a las Antillas francesas y a Saint-Pierre-et-Miquelon, ambas en el hemisferio occidental sobre el que Trump quiere extender su “corolario” a la Doctrina Monroe. Si Groenlandia está en el punto de mira de los intereses estadounidenses, ¿por qué no podrían llegar a estarlo algún día todos estos territorios bajo administración francesa?

El apoyo de Trump se ha revelado para estos partidos, de repente, como una arma de doble filo. Por una parte, ninguno de ellos quiere renunciar a los ingentes recursos que la cercanía con el movimiento MAGA supone: no solamente económicos, sino también en forma de contactos con mecenas, proyección en los medios de comunicación y aprendizaje de tecnologías políticas que después aplicar en sus campañas electorales. La imagen de una “internacional de la derecha” bajo el poderoso patronazgo estadounidense es para todos ellos tácticamente interesante, pues refuerza la falsa idea de la inevitabillidad de su victoria electoral y su hegemonía social.

La creación de una especie de alianza transatlántica de la ultraderecha fue durante algunos años el sueño acariciado por Steve Bannon, quien llegó a establecer incluso en la Cartuja de Trisulti, en Italia, una suerte de academia política para formar a los “cruzados” de ese proyecto. Pero por otra parte, subordinarse a este proyecto los podría convertir potencialmente a ojos de sus respectivas poblaciones en los nuevos Vidkun Quisling, el presidente de la Noruega colaboracionista durante la Segunda Guerra Mundial, cuyo apellido pasó a equivaler a traidor, especialmente si lo que está en juego es el control de sus respectivos territorios o los intereses del capital nacional que los apoya.


Por descontado, la historia reciente ofrece unos cuantos ejemplos de movimientos fascistas que aspiraban a reverdecer las supuestas viejas glorias de sus naciones y acabaron o bien sucumbiendo a la Alemania nazi, como el austrofascismo, o bien sirviendo a los intereses de aquélla manteniendo la apariencia de estados independientes, como la Ustacha croata, la Guardia de Hierro rumana o el efímero Estado ucraniano de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN). Toda la retórica revanchista, todas las imágenes hipermasculinas de guerreros patrios aplastando al enemigo y atravesándolo de bayonetas de la propaganda nacionalista resultan, a la hora de la verdad, un tanto ridículas cuando se tiene sobre el cuello una bota más grande y más negra, sin la cual todas sus fantasías de dominación no pueden realizarse de ningún modo.

El irredentismo llama a la puerta

Sea como fuere, y como quiera que todavía no se ha llegado a esta situación, las llamadas al respeto de la “soberanía” de partidos como Agrupación Nacional deben interpretarse como lo que realmente son: ni siquiera una apropiación de un discurso izquierdista, como algunos pretenden ver sin ir más allá de la superficie, sino una defensa del statu quo heredado de un largo historial colonial y una llamada a reforzarlo para evitar que las poblaciones afectadas por él escapen a los lazos establecidos.

Incluso en el mismo suelo europeo el reciente capítulo en torno a Groenlandia tiene todos los ingredientes para reabrir –como ocurrió, salvando las distancias, con el caso de Crimea en 2014– cuestiones territoriales sensibles hasta para la propia extrema derecha, como los intentos del FPÖ por instrumentalizar el movimiento autonomista de Bolzano/Tirol del Sur o los guiños de Orbán al irredentismo húngaro que cuestiona las fronteras establecidas por el Tratado de Trianon de 1920. ¿Y quién tiene la absoluta certeza de que AfD mantendría su respeto a la frontera en el Óder-Niesse si viese en algún momento la oportunidad para abandonarlo? Por otra parte, diríase que lo que les duele de veras a estos partidos es haber recibido ahora el mismo trato que han recibido en el pasado otros pueblos no-“europeos” y que ellos mismos han dispensado a esos otros pueblos no-“europeos”.

Esta situación es por lo demás extensible al centro político que con tanta frecuencia se nos presenta como alternativa democrática al trumpismo. Nada más revelador que la polémica de estos últimos días en torno a las declaraciones del presidente estadounidense en Davos, cuando Trump dijo, en referencia a las tropas de otros estados miembros de la OTAN, que “nunca los hemos necesitado”. “Nunca les hemos pedido a ellos realmente nada”, agregó Trump, “ya sabes, ahora dirán que enviaron algunas tropas a Afganistán, o esto o aquello, y lo hicieron, estuvieron un poco en la retaguardia, un poco lejos de las líneas de frente”. Las palabras de Trump fueron recibidas con indignación por varios mandatarios europeos, que destacaron la contribución de sus tropas en Afganistán en sus declaraciones y en redes sociales.

“Unos 59 soldados del Bundeswehr perdieron sus vidas durante el despliegue de prácticamente 20 años en Afganistán”, protestó el canciller de Alemania, Friedrich Merz, en el Bundestag, “más de 100 fueron parcial o gravemente heridos en operaciones y combates.” “No permitiremos que esta misión, que fue también llevada a cabo en interés de nuestro aliado, los Estados Unidos de América, sea hoy denigrada o despreciada”, apostilló.

Como comentaba el periodista Mark Ames, hete aquí “la insufrible hipocresía de Dinamarca y los europeos quejándose: ‘¡No es justo que los daneses seamos víctimas del imperialismo cuando nos hemos pasado 20 años siendo vuestros sidekick asesinando juntos a gente de color marrón! ¿Es que no hay honor entre imperialistas?’” Y, comentando la noticia de la decisión de la UE de designar a los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán como organización terrorista, añadía: “Los europeos sólo quieren intimidar (bullying) y dominar, y eso significa formar equipo con el imperio más violento del mundo cuando es posible y luego quejarse cuando se convierten en el objetivo de su emperador, para luego volver a intimidar a potencias más débiles cuando surge la oportunidad, y así sucesivamente”.

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