Extrema derecha
Italia, año cero

A las crisis cíclicas y de difícil explicación hasta para la propia ciudadanía italiana, se suman los formateos políticos que el sistema sufre en cada elección desde hace más de una década.
Elecciones Italia Nápoles - 5
Cartel anunciando las elecciones en Italia en una calle del centro de Nápoles. Álvaro Minguito

Cuando el Movimiento 5 Estrellas hizo público su ultimátum al todavía presidente del Consejo, Mario Draghi, se encendieron todas las luces en el bloque de la derecha. Giuseppe Conte iba en gran medida de farol, pero Berlusconi y Salvini vieron la oportunidad de abandonar la mesa y dejar a todos esperando un all-in que nunca llegaría. Meloni no tuvo que mover un dedo. En cuestión de horas, Draghi presentó su dimisión y el presidente de la República, Sergio Mattarella, estableció un calendario de votación corto, como si ya supiera que la derecha arrasaría y no merecía la pena prolongar la agonía. Hoy se reparten nuevas cartas y, con casi total seguridad, el trío de la derecha se hará con una de las mayorías parlamentarias más abultadas de las últimas décadas. La banca, como se suele decir, siempre gana.

El laberinto del que viene Italia produce mareo. A las crisis cíclicas y de difícil explicación hasta para la propia ciudadanía italiana, se suman los formateos políticos que el sistema sufre en cada elección desde hace más de una década. Cuando los votos terminen de contarse mañana, observaremos un panorama que nada tiene que ver al que alumbraron las elecciones de 2018 y 2013. Partidos antaño minoritarios y excluidos de las grandes decisiones podrán gobernar la tercera economía de Europa (Hermanos de Italia pasará del 4% al 25%). Fuerzas anti-establishment dejarán de ser hegemónicas (el Movimiento perderá dos tercios de sus apoyos). Y antiguas estrellas políticas se pelearán por ser lo suficientemente relevantes para recibir algo del poder que Meloni suelte (Berlusconi o Salvini podrán quedar quintos). Vayamos por partes. 

Los jugadores y sus manos

El bloque de la derecha está liderado por Giorgia Meloni. Una mujer que finalmente ve cómo su estrategia política es recompensada. En varias ocasiones se ha negado a gobernar esperando una oportunidad que muchos le aseguraban que nunca llegaría. El destino sonríe a una política que reivindica la vida militante más propia del siglo pasado. No doblarse ni venderse por cuatro votos lleva repitiendo años; constituirse en el “partido aburrido” que dice siempre las mismas cosas. Parece que lo ha conseguido

Una figura que, a diferencia de la mayoría de líderes de la derecha radical, no proviene de una cuna de oro. Su padre abandonó la familia, su madre tuvo problemas para sacarles adelante, Giorgia trabajó desde joven y se afilió a las juventudes del posfascista Movimiento Social Italiana con 15 años. La militancia no es retórica, lo lleva en la sangre. En agosto del 2019 Salvini derriba su propio gobierno y ella ve la oportunidad de ser la balsa en un mar lleno de oleaje. Dos meses después grita en Roma “soy una mujer, una madre y una cristiana”. Desde entonces comienza su trayectoria ascendente que llega hasta hoy.

La familia ha de ser tradicional, Europa cristiana, el aborto es una derrota de la sociedad, la igualdad es superación y méritos, nunca cuotas, y el fascismo una cosa de historiadores que, a pesar de ello, desde su partido siempre tratan de elogiar. Este es el resumen de su agenda y su trayectoria. Años de entrevistas melodramáticas después, hoy poca gente teme que su ascenso al ejecutivo traiga la desaparición de la democracia. Aunque en ciudades y regiones donde gobierna sea prácticamente imposible practicar el aborto y hayan atrapado a sus dirigentes participando en cenas conmemorativas de la Marcha de Roma.

Salvini puede tener un futuro complicado si los resultados electorales son malos (un 10% apuntan fuentes internas). El secretario federal llegó al partido poniéndolo todo patas arriba: cambió el nombre, desplazó a dirigentes históricos y cambió la estrategia del partido

Las dos patas restantes del bloque la componen la Liga de Salvini y la Forza Italia de Berlusconi. El primero puede tener un futuro complicado si los resultados electorales son malos (un 10% apuntan fuentes internas). El secretario federal llegó al partido poniéndolo todo patas arriba: cambió el nombre, desplazó a dirigentes históricos y cambió la estrategia del partido: de ser una formación que exigía la independencia del norte próspero para no seguir asistiendo al “vago” sur, a defender todo el país contra la inmigración y la burocracia de Bruselas. Este giro no gustó dentro, pero todas las críticas se omitieron por los extraordinarios resultados que Salvini consiguió durante años.

Conforme los apoyos van reduciéndose las críticas van aumentando. Aunque la organización sea de tipo leninista, ya empiezan a rellenarse las quinielas para sustituir un político que cansa, aburre y todos ven en su crepúsculo definitivo. Su única carta es ser decisivo para construir mayorías y volver a ser el temible ministro de Interior que bloqueaba barcos humanitarios en las costas sureñas y aumentaba la financiación de los cuerpos de seguridad. Desde este despacho multiplicó sus apoyos en 2018, pero muchos ven este retorno como un canto del cisne y no una reconquista política.

Finalmente el eterno Berlusconi que, tras ser desahuciado del poder en 2011, ve estas elecciones como la venganza servida en plato frío. Sus apoyos están muy mermados, pero sigue esperando ser la llave de las mayorías parlamentarias. En los años 90 abrió las puertas, por primera vez, a la xenófoba Liga Norte y al posfascista Alianza Nacional. Y tres décadas normalizando sus valores e ideas después, son ellos quienes decidirán si le dejan volver al poder. Saturno devorado por sus hijos en una profecía autocumplida.

Las opciones de ganar para el bloque de derechas son tan seguras que en Italia se lleva hablando durante semanas de la posibilidad de reformar la Constitución (para lo que se requiere 3/5 de parlamentarios) y de la composición del gobierno

Las opciones de ganar para el bloque de derechas son tan seguras que en Italia se lleva hablando durante semanas de la posibilidad de reformar la Constitución (para lo que se requiere 3/5 de parlamentarios) y de la composición del gobierno (es posible que Meloni y Salvini no necesiten a Berlusconi). La comodidad de este escenario responde a una ley electoral, Rosatellum, impulsada por el centro-izquierda que premia a aquellos que concurren en coalición. El 37% de los escaños se reparten en colegios mayoritarios (quien obtiene un voto de más se lo lleva todo), donde la derecha puede arrasar obteniendo hasta el 90% de los escaños en juego.

En el lado contrario de la moneda encontramos un panorama complejo y fragmentado. La percepción de estar ante unas elecciones imposibles de ganar ha llevado a todas las formaciones a luchar por conservar su espacio político y no a plantar cara a Meloni y compañía. El Partido Democrático, una estructura burocratizada que ha gobernado el país ocho de los nueve últimos años se ha ido desangrando paulatinamente en forma de escisiones y electorado desmovilizado. Aunque Enrico Letta ha querido instalar el marco “Democracia vs. Fascismo”, la falta de voto útil podrá dar alas al resto de fuerzas que también han interiorizado la derrota, pero cuyo discurso enraíza mejor con la sociedad italiana.

Los centristas Carlo Calenda y Matteo Renzi (Azione e Italia Viva) quieren ser el “tercer polo”, un voto elitista, pragmático y técnico. Al igual que el Partido Democrático tienen a Mario Draghi como referente político y moral, pero tendrán difícil destacar más allá de las grandes ciudades y clases profesionales. Ambos dirigentes, que provienen del ala derechista del PD, seguirán urdiendo alianzas para quitar y poner gobiernos.

El Movimiento 5 Estrellas, por el contrario, ha vivido una recta final electoral relativamente dulce. Su análisis de la situación los ha llevado a constituirse como la fuerza más socialdemócrata del panorama italiano actual, defendiendo el Rédito de Ciudadanía (una suerte de Ingreso Mínimo Vital que perciben más de un millón de italianos y que les facilita ser competitivos en el sur del país), el Salario Mínimo (que no existe en Italia) y políticas ambientalistas y de transición energética.

Giuseppe Conte se alza como uno de los pocos políticos que todavía despiertan admiración más allá de las siglas a las que representa, y si da la sorpresa y queda cerca de la segunda posición se asegurará una legislatura de protagonismo indiscutible contra las tres derechas.

Y después, ¿qué?

La sensación de victoria inmediata mueve el foco de atención al día después de las elecciones. Habrá mayoría absoluta de derechas, una de las más amplias en décadas, pero ¿qué ocurrirá después?

Las probabilidades de que Giorgia Meloni entre en el Palacio Chigi, sede del poder ejecutivo en Italia, son muy altas, pero no así la estabilidad y la duración de su gabinete. En el país transalpino los gobiernos caen antes de cumplir los dos años de media. No son pocas las voces que invitan a observar cómo se comportarán las dos patas auxiliares de la política romana. Si Salvini vuelve al ruedo e intenta dar golpes de timón o si Berlusconi tiene todavía un as bajo la manga que amargue la experiencia de Meloni.

La sensación de victoria inmediata mueve el foco de atención al día después de las elecciones. Habrá mayoría absoluta de derechas, una de las más amplias en décadas, pero ¿qué ocurrirá después?

Lo que está claro es que llegarán momentos clave que obligarán a la coalición de derechas a desvelar las grandes heterogeneidades que hasta ahora, y en pos de obtener esa mayoría abultada, han mantenido ocultas. En primer lugar, el posicionamiento geoestratégico. Rusia y Ucrania seguirán litigando e Italia deberá mover ficha. Durante esta campaña a Salvini y Meloni se les vio una opinión diametralmente opuesta en este escenario. El primero está convencido de que las sanciones hacen más daño a Europa que a Rusia, y está a favor de acabar con ellas y dejar de enviar armas al frente. La segunda, sin embargo, se inserta en el seguidismo atlantista histórico del posfascismo italiana y apuesta por seguir las recomendaciones de los Estados Unidos: más armas y sanciones si se requieren.

Berlusconi, por otro lado, ya ha justificado hasta en dos ocasiones la invasión de su buen amigo Putin, y muchos vaticinan lo que haría cuando se voten resoluciones o decisiones en relación a la guerra en Ucrania.

Meloni tendrá de su parte la carta de la legitimidad si consigue sacar más votos que sus dos compañeros de viaje juntos, pero bien sabemos que en Italia las mayorías políticas cambian tan rápido como los propios parlamentarios de partidos políticos. Cuando llegue el duro invierno el gobierno tendrá que tomar importantes decisiones que no casan con el programa político que defienden (menos impuestos, más liberalización y falta de alternativa realista a la gran dependencia de gas ruso). Han prometido gobernar cinco años, pero no hay ningún ejemplo reciente en el que basarse para dar por sentada esta afirmación. Aunque Mario Draghi haya rechazado por activa y por pasiva volver, no faltan los hombres dispuestos a salvar la nación y encabezar gobiernos técnicos como paréntesis a las olas populistas que periódicamente arrasan el país.

Pero lo más escabroso está en las consecuencias que traerá uno de los gobiernos electos más derechistas de Europa en uno de los países fundadores de la Unión. Dos pilares ya han prometido no tocar: la relación atlantista y la estructura económica. Dos elementos que la llegada de ninguna derecha radical (supuestamente anti-establishment) han modificado. Lo que sí sufrirá tensiones son los derechos fundamentales y la Unión Europea.

El acceso al poder de partidos de esta tipología tiene como principal consecuencia la institucionalización de propuestas, valores e ideas que durante décadas han abrazado

El acceso al poder de partidos de esta tipología tiene como principal consecuencia la institucionalización de propuestas, valores e ideas que durante décadas han abrazado. Derechos fundamentales se verán fuertemente criticados, políticas públicas dejarán sin amparo a miles de personas y libertades conquistadas con mucho esfuerzo sufrirán importantes involuciones. El aborto anteriormente nombrado, los derechos como la unión civil entre personas del mismo sexo (criticada recientemente), la integración de las poblaciones migrantes o los servicios públicos son algunos ejemplos.

Y aunque el país ha pasado página al “Italexit” (prueba de ello reside en que solo un partido minoritario tiene como objetivo convocar un referéndum sobre la permanencia de Italia en la Unión), las relaciones Bruselas-Italia se complicarán. Meloni y Salvini empujarán al país para sumarse a la liga encabeza por Hungría y Polonia. La “Europa de las Naciones” es una estrategia de la derecha cuyo nombre esconde una relación de interés para estar a las buenas (cuando se recibe dinero de la Unión), pero nunca a las malas (cuando se cumpla lo prometido o se repartan costes).

Por último, habrá que estar atentos a la tentativa de poner punto y final a la Segunda República iniciada en los años 90 tras la caída de los partidos políticos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En el programa de la derecha hay un punto que despierta temores importantes. Meloni, Salvini y Berlusconi quieren instaurar una República Presidencialista en el país. Las continuas y frecuentes críticas a la dinámica parlamentaria han debilitado de forma significativa la constitución en este punto y cada vez más italianos ven con buenos ojos que el presidente sea elegido de forma directa y con poderes reforzados. Partidos más débiles y más hombres (o mujeres) fuertes.

Sería un síntoma más del agotamiento definitivo que padece una República que nació sustentándose en dos pilares: el antifascismo y el parlamentarismo. Una genética que rechazaba el alzamiento de figuras peligrosas y un sistema que, llegado el caso, lo imposibilitaba. Que Meloni haya llegado hasta hoy es prueba de que el antifascismo ha tocado a su fin, y si su gobierno acaba con el parlamentarismo podrá abrir la etapa más incierta del último siglo en el país. La historia rima, pero los demonios políticos siempre se repiten.

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