Opinión
A propósito de salvajadas¸ izquierdas racistas y feminismos blancos
Doctora en Sociedad y Cultura, Activista feminista descolonial.
Gabriel Rufián afirmó hace unos días que el burka es una “salvajada”. Una “animalada”. Lo dijo con la seguridad de quien cree estar pronunciando una obviedad moral, un enunciado incontestable desde el sentido común progresista. Un pedestal incuestionable, aquel desde donde se observa y designa la realidad social. ¿Qué ocurre cuando un representante público, desde la izquierda, califica así una práctica cultural y profundamente racializada y estigmatizada?
Esto no se trata solo de una opinión. Se trata de una forma concreta de mirar el mundo. Una muestra literal de la blanquitud: un lugar desde donde se clasifican culturas, jerarquizan costumbres, reparten certificados de civilización y se arroga el derecho de decidir qué prácticas son humanas y cuáles deben ser erradicadas en nombre del progreso, la igualdad o la emancipación. Nombrar algo como “salvajada” expulsa del campo de lo comprensible y lo sitúa fuera de la civilización. Y esta operación tiene una genealogía política clara: la tradición colonial europea, que durante siglos ha legitimado la dominación de otros pueblos presentándolos como atrasados, irracionales, fanáticos o incapaces de autogobernarse, es decir, inhumanos. No es casual que ese mismo mecanismo de deshumanización lo hayamos reconocido y condenado sin fisuras cuando Yoav Gallant, ministro de Defensa israelí, se refirió recientemente a la población palestina como “animales humanos”, una expresión que ha tenido consecuencias políticas, militares y humanitarias devastadoras.
El cuerpo de las mujeres ha sido uno de los principales campos de batalla simbólicos de ese relato. Desde Argelia hasta Afganistán, desde el norte al sur de Latinoamérica, la supuesta necesidad de liberar a las mujeres ha servido para justificar invasiones, ocupaciones, evangelizaciones y procesos de asimilación forzosa. Sin embargo, el velo —en todas sus variantes— se convirtió en el fetiche perfecto: la prueba visible de una opresión cultural que solo podía resolverse mediante la intervención externa. Hoy, ese mismo esquema reaparece, reciclado, en clave laicista y progresista. Ya no se habla de civilizar, sino de emancipar. Ya no se invoca la misión colonial, sino la “igualdad de género”. Pero la lógica subyacente sigue siendo inquietantemente similar: nosotros sabemos qué es la libertad; “vosotras debéis aprenderlo” (léase con este acento).
Los feminismos blancos-occidentales han establecido niveles etnocéntricos de opresión patriarcal, apuntándolas como víctimas constantes de sus pares varones. Esa representación no solo es falsa sino que profundamente paternalista
El problema no es la crítica al patriarcado, sino la forma que adopta cuando se señala el burka como símbolo máximo de la opresión y proyectando sobre millones de mujeres musulmanas una imagen homogénea, plana y despolitizada. Se las presenta como víctimas pasivas, atrapadas en culturas monolíticas, incapaces de agencia, reflexión o resistencia. Feministas y pensadoras islámicas como Chaima Boukharsa, Sirin Adlbi Sibai y tantas otras lo vienen repitiendo hace años: los feminismos blancos-occidentales han establecido niveles etnocéntricos de opresión patriarcal, apuntándolas como víctimas constantes de sus pares varones. Esa representación no solo es falsa sino que profundamente paternalista: niega la diversidad interna de las comunidades musulmanas, borra las luchas feministas internas, invisibiliza las estrategias cotidianas de negociación, desobediencia y autonomía que despliegan muchas mujeres en contextos complejos.
La laicidad, entendida como garantía de libertad de conciencia y neutralidad institucional, no debería transformarse en una herramienta de homogeneización cultural. Cuando el laicismo se convierte en dogma, corre el riesgo de mutar en una nueva religión civil: armada de certezas, obsesionada con disciplinar cuerpos, incapaz de convivir con aquello que desborda sus categorías. Porque prohibir el burka no libera a nadie. Lo que hace es reforzar la estigmatización, aumentar la exposición al racismo, dificultar el acceso al empleo, a la educación y a los espacios públicos, y, en muchos casos, empujar al encierro doméstico. Es decir, produce más dependencia, más aislamiento y más vulnerabilidad. La experiencia francesa es un claro ejemplo. Más de una década después de la prohibición del velo, los resultados son evidentes: no ha habido más integración, ni más igualdad, ni más autonomía. Al contrario, ha habido más exclusión, más control policial, más criminalización y más segregación. Sin embargo, estas evidencias suelen ser ignoradas en favor de una narrativa tranquilizadora: la del Estado que se presenta como garante de la libertad mientras amplía su poder disciplinario sobre los cuerpos racializados.
No deja de ser significativo que estos debates se activen casi exclusivamente en torno al islam. Nadie propone prohibir hábitos, crucifijos, kipás o mantillas por considerarlos intrínsecamente opresivos. Nadie habla de “salvajadas” cuando una monja cubre su cabello o cuando una mujer decide vestir símbolos religiosos cristianos en el espacio público. La diferencia no es religiosa: es racial, cultural y geopolítica. Hasta se celebra y admira (no entraré en la discusión en torno a Rosalía, pero…). Vemos, entonces, que lo que incomoda no es la fe, sino el islam. Lo que se cuestiona no es el patriarcado, sino su versión orientalizada, convertida en espejo deformado donde Occidente proyecta sus propios miedos, inseguridades y fracasos. Así, el burka se transforma en chivo expiatorio: el objeto perfecto para dramatizar un conflicto identitario que tiene mucho más que ver con el racismo estructural que con el feminismo.
La izquierda institucional debería ser especialmente consciente de estas trampas discursivas. Sin embargo, con demasiada frecuencia cae en ellas y revela la incapacidad de marcar agenda propia
La izquierda institucional debería ser especialmente consciente de estas trampas discursivas. Sin embargo, con demasiada frecuencia cae en ellas y revela la incapacidad de marcar agenda propia en este momento histórico y, en cambio, reproduce discursos de la más vil extrema derecha. La estrategia más sencilla es construir un enemigo cultural que afrontar los verdaderos desafíos de la igualdad: la precariedad laboral, la brecha salarial, la segregación escolar, el racismo en el acceso a la vivienda, la violencia institucional, la exclusión política. Se habla del burka mientras se normaliza la explotación. Se denuncia la opresión cultural mientras se recortan derechos sociales. Se condena la supuesta falta de libertad mientras se toleran condiciones materiales que hacen imposible la autonomía.
Por tanto, tal vez la verdadera salvajada consista en este desplazamiento. En convertir un símbolo en problema central para evitar abordar conflictos estructurales mucho más incómodos. En disciplinar cuerpos vulnerables para tranquilizar conciencias progresistas. La animalada es esa arrogancia blanca de quien cree poder definir la libertad desde su propio marco cultural, sin escuchar a quienes dice defender.
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