Guerra en Ucrania
“Porque es mi tierra”: vivir en el Donbás bajo control ruso
En las calles de Mariúpol, no es raro cruzarse con manadas de perros sin amo. En los parques, cruzando las avenidas, al salir de las tiendas o bajando del autobús, se ven. Tres, cuatro, a veces cinco, estos animales se agrupan y le ladran a los transeúntes. “La verdad es que pueden estar bastante trastornados, han sufrido la guerra abandonados por sus antiguos propietarios”, explica Alexei Tobot. “Cuando empezó la guerra, en el 2022, los autobuses no dejaban a los perros subir sin que se presentase un carnet de vacunación; entonces, con las prisas, muchos decidieron irse sin ellos”.
Situada al borde del mar de Azov, en la costa meridional de Ucrania, Mariúpol ha sido el escenario de una feroz batalla militar cuyo desarrollo ha sido noticia de amplitud mundial. Entre el 24 de febrero y el 20 de mayo de 2022, las fuerzas rusas, apoyadas por los separatistas de Donbás, se enfrentaron al ejército ucraniano y a los batallones nacionalistas que se ubicaban en la ciudad. Prácticamente toda la urbe había sido arrasada durante los combates. “Mire, hoy casi todo el centro histórico ha sido reconstruido”, explica Alexei frente al Teatro Dramático, cuyo edificio había sido usado como refugio por habitantes hasta su derrumbe —la agencia de noticias Associated Press había comunicado la cifra de 600 muertos civiles resultado de un ataque ruso—. A su alrededor, las farolas iluminan una inmensa plaza, rodeada de árboles, limpia, y por la cual pasean familias y grupos de amigos.
Antes ucranianos, ahora rusos
Alexei trabaja como mecánico de coches. Siempre ha vivido en Mariúpol, donde hoy reside con su esposa, Lina, quien trabaja como periodista independiente. Durante el conflicto salieron de la ciudad pero decidieron volver. “De nuestros antiguos vecinos no sabemos casi nada —dice Lina— algunos se fueron a Ucrania, otros hacia Rusia, y otros siguen aquí”. Ciudadanos ucranianos anteriormente, los dos poseen hoy el pasaporte ruso. ¿Por qué decidieron quedarse en lo que hoy es un territorio controlado por Rusia? “Porque ese es nuestro hogar, así de simple, no queríamos ir a ningún otro sitio”, dice Alexei.
La obtención de los documentos rusos es un trámite burocrático que ha sido facilitado por las nuevas autoridades a través de las agencias “mis documentos” (мои документы). Creadas en 2018, estas oficinas forman parte de la red de Centros Multifuncionales para la Prestación de Servicios Estatales y Municipales (MFC) en Rusia. Operan bajo el principio de “ventanilla única”, lo que permite a ciudadanos y residentes realizar diversos trámites burocráticos, como la obtención de pasaportes. La pareja niega haber sido obligada a pedir la ciudadanía rusa, aunque algunos medios afirman que semejantes presiones existen. Lina incluso afirma que “hay familiares o amigos que están en Ucrania, en la parte oeste, con los que es muy difícil hablar ahora porque no tenemos el mismo punto de vista sobre lo que sucede aquí”.
Alexander Sologub ha trabajado como profesor de inglés en la nueva sucursal de la Escuela Naval Najimov que abrieron en Mariúpol, en 2024. “Mariúpol es casi incluso más bonita ahora que antes de la guerra”, comenta. De momento, las obras de reconstrucción se notan sobre todo en el centro de la ciudad, donde los monumentos históricos lucen como nuevos. Por todas partes ondean las banderas rusas y la de la República Popular de Donetsk (RPD), que pertenece ahora a la federación. En las calles del centro, el tráfico es constante. Los almacenes están abiertos y las estanterías de las tiendas llenas de productos procedentes de Rusia.
El Kremlin ha puesto mucho empeño para que la urbe vuelva a ser funcional y sirva de vitrina para exponer su poderío
Para quienes han sido testigos del nivel de destrucción de la ciudad a principios del año 2022, el espectáculo de su resurrección puede sorprender. En apenas cuatro años, los edificios y las calles lucen como nuevas. “Ha sido muy rápido”, recuerda Alexander, “es que las obras eran día y noche”. Sin duda, el Kremlin ha puesto mucho empeño para que la urbe vuelva a ser funcional y sirva de vitrina para exponer su poderío. En las fachadas de los edificios, no es raro toparse con murales que elogian la “liberación” de la ciudad. El paralelismo con la Segunda Guerra Mundial —o Guerra Patriótica— es constante, la “ocupación ucraniana” habiendo sustituido la ocupación nazi. Pero en las calles adyacentes al centro, todavía persisten los vestigios del conflicto. Incluso hay avenidas en las que se pueden ver edificios en perfecto estado de un lado y en ruinas del otro lado.
A medida que uno se aleja hacia el Este, donde se sitúa la planta metalúrgica de Azovstal, se distinguen casas vacías y dañadas por los combates. En muchas de ellas, se leen los mismos mensajes pintados en blanco sobre las puertas de hierro: “Aquí vive gente” y “Niños”. Avisos de desesperación que buscaban en aquel momento alejar los combates de estas zonas. Mariúpol albergaba cerca de 420.000 habitantes a principios de 2022. No se sabe con exactitud cuántas personas fallecieron en los combates. En junio de 2022 la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet en aquel entonces, informaba de la existencia de 1348 muertos civiles, y admitía que el número real era seguramente “miles de veces mayor”. En cuanto al número de militares muertos —en ambos lados— no existe información oficial, de momento.
Las dificultades en Donetsk
Aunque la guerra parece ya lejos para los ciudadanos de Mariúpol, las cosas son diferentes para los habitantes de Donetsk. Foco histórico del conflicto en el Donbás desde 2014, la ciudad minera sigue siendo impactada por las consecuencias de los enfrentamientos, aunque la línea de frente se ha ido alejando hacia el oeste en estos últimos cuatro años. “Ya no se dan los bombardeos que sufríamos en 2022 por parte de los ucranianos, pero siguen habiendo penurias de agua”, explica Katya Ladnova, una joven treintañera.
En las calles del barrio Kuibyshevskyi, donde reside, hay numerosas máquinas de distribución de agua potable para los habitantes. “Suele haber agua cada 3 días, pero puede ser incluso menos, y si uno vive en los pisos altos, tal vez no llegue”, comenta. Diariamente se ven personas, de edad avanzada sobre todo, que vienen a rellenar sus garrafas para poder disponer del líquido indispensable. Las dificultades de agua se deben a que la mayoría de los combates que hoy siguen se desarrollan sobre la zona de abastecimiento de agua de Donetsk, en el Canal Siverskyi Donets, cerca de Kramatorsk. “Hemos ido aprendiendo a convivir con esas dificultades y con muchas otras”, dice Katya sonriendo.
En los cafés y restaurantes de Donetsk, muchos de los camareros son chicos muy jóvenes. Desde que la República Popular de Donetsk ha sido integrada a Rusia, ya no se aplica la movilización general que había sido puesta en marcha al inicio de la ofensiva rusa, sino que el reclutamiento de los varones se sitúa dentro del marco del servicio militar que afecta a los que tienen entre 18 y 30 años de edad. A ello se le suma el reclutamiento por contrato, razón por la cual se ven numerosos carteles de propaganda incitando a la ciudadanía a que se una al ejército. Como si fuese un recordatorio de la cruel realidad de la guerra, algunas paredes de la ciudad están cubiertas por avisos de búsqueda de desertores.
Sin agua ni corriente eléctrica, la ciudad no es más que un campo de ruinas. Pero las obras de rehabilitación ya han empezado
A medida que uno se dirige hacia el norte, la guerra se hace más patente. “En caso de que me avisen de la presencia de drones, habrá que correr sin discutir”, dice tajante Iván (nombre ficticio) con el transmisor portátil en la mano. El hombre trabaja para la nueva administración de la ciudad de Avdiivka, tomada por las fuerzas rusas en febrero de 2024. Sin él, no es posible desplazarse por esta ciudad, situada a unos pocos kilómetros de la línea de frente.
La mayoría de los edificios están despedazados, las fachadas abiertas dejando ver la intimidad de los apartamentos donde vivían familias. Por las calles casi vacías, solo se ven soldados. “No les tomes fotos”, advierte Iván, “están nerviosos”. Todos los vehículos militares llevan una especie de plataforma cilíndrica en el techo. “Es un aparato que sirve para bloquear las ondas, es contra las aeronaves no tripuladas”, aclara. Un “sin piloto” (беспило́тник) como lo llaman los rusos.
Desde 2014, la localidad había sido un punto estratégico para el ejército ucraniano, que la había convertido en su bastión fortificado para poder enfrentar a los separatistas prorrusos. Desde allí, la artillería sometía Donetsk a constantes bombardeos. Su conquista se había convertido, desde el punto de vista ruso, en un elemento clave para aliviar a la RPD de estos ataques. “35.000 personas vivían aquí en 2014, ahora quedan 500 más o menos”, explica Iván. Sin agua ni corriente eléctrica, la ciudad no es más que un campo de ruinas. Pero las obras de rehabilitación ya han empezado.
Frente a un edificio en torno del cual se activan una decena de obreros, aparece Liudmila Kliova. “Yo soy de aquí, soy profesora de francés”. Aparenta unos 50 años, invita a que los trabajadores se presenten. Con mucho orgullo dice: “Todos vienen de Yugra (región rusa en los Urales). Han venido a reconstruir y lo hacen con el alma. Lo difícil no es tanto restaurar, es limpiar. No imagina usted los días que hemos necesitado para recoger todo lo que había por los suelos, todo lo que tenía la gente en sus casas”. Siempre al lado de ella, una perra sigue a Liudmila por todas partes. “La he recuperado después de la guerra, los perros nos ayudan mucho porque nos avisan cuando llegan los drones”.
Como en Mariúpol, la decisión política rusa de reconstruir rápidamente las viviendas y ciudades —incluso a unos pocos kilómetros del frente— no solamente responde a una cuestión humanitaria de emergencia, sino a una estrategia de seducción y demostración de poderío. Algunos observadores denuncian también una manera para Rusia de borrar sus crímenes de guerra. Cuando se le pregunta por qué decidió quedarse a vivir en Avdiivka, Liudmila contesta como muchos: “Porque es mi tierra, soy de aquí”.
Todas las personas entrevistadas en los territorios conquistados por Rusia son personas que vivían ahí antes, sin ni siquiera mostrar un apoyo particular a la política de Moscú o definirse como “prorrusas”, sino más bien una mezcla entre el apego a su tierra y un pragmatismo de supervivencia. Pero entre líneas, a veces, se adivinan las simpatías. La de Liudmila, por ejemplo, cuando dice: “Ojalá venga pronto la paz, pero para eso, primero la victoria”
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