Opinión
Tiempo postapocalíptico
Antropólogo e investigador iraní radicado en Suecia. Profesor adjunto del departamento de Antropología Social de la Universidad de Estocolmo.
“¿Cómo hemos acabado en este infierno?” Es la pregunta que se hace cada iraní que conozco. Mientras escribo estas palabras, días después del inicio de la invasión de Estados Unidos e Israel a Irán, ya no estoy seguro de lo que queda del país en el que crecí.
I.
Semanas antes de la invasión, cuando hablaba con amigos y familiares dentro de Irán, me quedé helado al escuchar a algunos expresar un deseo de guerra, como la única manera que quedaba de cambiar el régimen. Fue especialmente sorprendente escuchar esto de un par de amigos de mi pueblo, gente que lucha por poner un plato en la mesa, cuyos hijos se sientan en aulas sin calefacción y que tienen que conducir veinte kilómetros simplemente para ir a un centro médico. Cuando Hamid, un amigo de la infancia que durante su etapa de soldado de joven perdió el pie en la guerra Irán-Irak, me dijo que quería deshacerse de la República Islámica a cualquier precio, aunque eso significara otra guerra, sentí un miedo más profundo.
La República Islámica ha gobernado Irán durante cuarenta y siete años. Casi medio siglo de represión política sostenida no solo ha desfigurado la vida pública
Más que la amenaza de una guerra que se acercaba, me asustaba el vacío que sentía. Me sacudió la privación prolongada y el abandono organizado que había llevado a la gente a un punto en el que la guerra podía empezar a parecer una liberación. Hamid sabe exactamente lo que es la guerra. Ha vivido a través de ella. Que ya no le importe si comienza otra revela hasta qué punto se ha llevado a la gente a una condición postapocalíptica, donde incluso las bombas ya no se sienten como violencia. La palabra que muchas personas de Irán utilizan para describir esta condición es estisal: un estado de impotencia, desesperación, de estar atrapado en un problema sin solución imaginable.
La República Islámica ha gobernado Irán durante cuarenta y siete años. Casi medio siglo de represión política sostenida no solo ha desfigurado la vida pública, sino que ha erosionado la propia capacidad de acción política basada en la visión y la construcción del mundo. A lo largo de estas décadas, todos los intentos de reforma o de apertura han fracasado. La derrota repetida ha producido un modo de comportamiento político más pobre: reactivo en lugar de propositivo, individualista en lugar de colectivo, impulsado por el agotamiento más que por la estrategia. Cuando la esperanza en la transformación política retrocede, otras fuerzas se apresuran a llenar el vacío. Los dioses, las ideologías y las fantasías de salvación sustituyen al pensamiento y a la acción política.
Cuando el presente se vislumbra ausente y el futuro parece robado, el compromiso político se retira de la esfera pública y se vuelve hacia adentro. Erupciona como indignación privada, como desahogo de la ira, como articulación del odio. Estas expresiones pueden proporcionar un alivio emocional, pero no construyen un mundo común.
La ausencia de organización política coordinada ha hecho reaparecer a la monarquía como alternativa plausible
La fragmentación y el conflicto también han reestructurado las redes de la diáspora iraní y sus prácticas políticas. Las amistades se han disuelto. Las familias están tensas y angustiadas por tensiones que atraviesan generaciones y lealtades políticas. En lugar de formar alianzas duraderas, las energías de la oposición se han dividido en facciones rivales, cada una reclamando superioridad moral o estratégica. Esta ausencia de organización política coordinada ha hecho reaparecer a la monarquía como alternativa plausible.
En El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx argumenta que la toma autoritaria del poder por parte de Luis Napoleón Bonaparte en el golpe de 1851 fue posible no por su fuerza, sino por la fragmentación, la rivalidad y la inmadurez política de las fuerzas republicanas. Sus divisiones allanaron el camino para una figura que podía presentarse como un salvador unificador y la única alternativa.
El paralelismo histórico es inquietante. El autoproclamado Sha, que cuenta con el apoyo de Israel —al igual que Luis Bonaparte— no ha sido elegido por una capacidad extraordinaria, sino por las circunstancias. Marx describió a Bonaparte como una mediocridad y una caricatura encumbrada al poder por los fracasos de sus oponentes. El peligro hoy en día reside menos en la restauración de la monarquía que en el vacío producido por la fragmentación —un vacío en el que incluso figuras como “el hijo del Sha” (recordando la descripción de Marx de Luis Bonaparte como mero “sobrino” de Napoleón) pueden presentarse como destino.
II.
Durante mi trabajo de campo en Irán hace una década, escuché con frecuencia un chiste: “Después de la revolución, el persa ahora tiene cuatro tiempos verbales: pasado, presente, futuro y el tiempo del Sha”. “El tiempo del Sha” se refiere a una era nostálgica e imaginada anterior a la revolución, en particular a finales de los años 60 y 70, un período asociado a la seguridad financiera, la globalización y un futuro aparentemente prometedor. Para muchos jóvenes, aparece como un momento de alegría, cuando la vida se imagina real.
Atrapados entre la esperanza de rescate en un mañana lejano y el placer de un ayer reconstruido, muchos jóvenes pierden de su alcance el presente como lugar de agencia
El resurgimiento del sentimiento monárquico entre algunos iraníes surge de esta condición de dislocación temporal, este sentido de haber sido expulsados de la historia. Cuando el presente se siente vacío y el futuro se abandona, el pasado se vuelve políticamente disponible de nuevas maneras. La monarquía no aparece simplemente como una alternativa política, sino como un refugio temporal: una promesa de continuidad restaurada, de reingreso en una trayectoria histórica percibida como interrumpida.
La única vida imaginable parece existir fuera de la temporalidad ordinaria, ya sea en un futuro redimido provocado por la ruptura, o en un pasado idealizado recuperado a través de la restauración. Atrapados entre la esperanza de rescate en un mañana lejano y el placer de un ayer reconstruido, muchos jóvenes pierden de su alcance el presente como lugar de agencia.
Las sanciones no solo han devastado la vida material, sino que han remodelado la experiencia temporal
La represión política por sí sola no explica esta condición postapocalíptica. Las sanciones impuestas por Estados Unidos también han jugado un papel decisivo. Las sanciones no solo han devastado la vida material, sino que han remodelado la experiencia temporal. La realidad vivida de las sanciones es la de la suspensión y el borrado, donde los logros pasados se desvanecen del reconocimiento global y las posibilidades futuras se ven sistemáticamente obstruidas.
A mediados de diciembre de 2024, Abbas Akhoundi, profesor de relaciones internacionales en la Universidad de Teherán, señaló que Irán había caído “fuera de la historia”. Se refería a décadas de aislamiento internacional producido por sanciones, un aislamiento que ha separado al país de los desarrollos geopolíticos globales, las iniciativas económicas, los intercambios culturales y las redes académicas. Esta desconexión se experimenta a través de los estratos sociales y es visible en la vida cotidiana: en viajes restringidos, transacciones financieras bloqueadas, colaboraciones de investigación inaccesibles, medicamentos no disponibles y un desarrollo estancado.
Quedar fuera de la historia no es simplemente ser excluido de los acontecimientos; es perder la sensación de que las acciones pueden dar forma a un futuro compartido. En esta condición, la política se contrae, la nostalgia se expande y la guerra misma empieza a aparecer como una forma violenta de reentrada histórica.
III.
La desesperanza de Hamid tiene décadas, pero se profundizó durante la brutal represión de las protestas de enero-febrero de 2026. Las manifestaciones comenzaron en el Bazar de Teherán, alimentadas inicialmente por la ira ante la crisis financiera, el colapso de la moneda nacional y el aumento de los precios. Lo que comenzó como unas protestas impulsadas por motivos económicos se expandió rápidamente hasta convertirse en un movimiento a nivel nacional que exigía el fin de la República Islámica.
Hamid se unió a las protestas. Fue golpeado por la policía. Con el pie protésico en la mano, fue empujado a una furgoneta policial y llevado a un centro de detención, donde estuvo detenido durante varios días. Cuando levantó la prótesis y dijo: “Me sacrifiqué por esta revolución”, un joven oficial, nacido después de 1979, respondió: “No nos importa”. Hamid perteneció a una generación identificada como el eje vertebrador moral y el futuro de la nación. Ahora está abandonado por el Estado por el que se sacrificó; un ciudadano sin reconocimiento y sin futuro.
Durante la presidencia de Hashemi Rafsanjani (1989-1997), la movilización ideológica dio paso al pragmatismo económico
Una de las promesas centrales de la Revolución de 1979 fue la justicia social para los pobres. El discurso oficial exaltaba al mahroum (los desposeídos) y al mostaz'af (los oprimidos): figuras retratadas como marginadas por el proyecto de modernización del Sha, concentradas en las grandes ciudades. Se los imaginaba como trabajadores no cualificados, pequeños agricultores, nómadas, los socialmente excluidos que ahora se convertirían en la base de un orden islámico justo.
Esta economía moral comenzó a cambiar tras la muerte del Ayatolá Jomeini y el final de la guerra Irán-Irak. Durante la presidencia de Hashemi Rafsanjani (1989-1997), la movilización ideológica dio paso al pragmatismo económico. Bajo la bandera de la “Era de la Reconstrucción”, el Estado perseguía la privatización, la desregulación y la reducción de subvenciones. Las protecciones laborales colectivas se debilitaron. La seguridad laboral se erosionó. La inflación y el desempleo aumentaron.
Se espera que los ciudadanos superen las barreras sistémicas a través de la resiliencia, la asunción de riesgos, la autodisciplina y la iniciativa empresarial
Poco a poco, el estado revolucionario del bienestar de los años 80 fue reemplazado por un estado postsocial orientado más hacia las lógicas de mercado que hacia la redistribución. El desempleo crónico y el subempleo, junto con la disminución de las prestaciones sociales, generaron nuevas formas de marginación. Las sanciones internacionales deterioraron aún más la economía doméstica, intensificando la precariedad a través de los estratos sociales.
Como en las transformaciones neoliberales en otras partes del mundo, la pobreza en Irán se ha individualizado cada vez más. Las desigualdades estructurales se reencuadran como fracasos personales. Se espera que los ciudadanos superen las barreras sistémicas a través de la resiliencia, la asunción de riesgos, la autodisciplina y la iniciativa empresarial. De este cambio surgió una nueva masculinidad ideal.
La figura heroica de los pobres ha sido desplazada por la del empresario. El glorificado mostaz'af de la década de 1980 ha dado paso al célebre moafaq, el individuo “exitoso”. Allí donde se esperaba que los ciudadanos sacrificaran sus vidas por la Revolución, ahora se espera que demuestren el éxito financiero. El discurso oficial valora al ciudadano autohecho, productivo y en ascenso social como el ideal normativo.
Durante las últimas dos décadas, los centros comerciales de lujo han proliferado en las ciudades iraníes, transformando el paisaje urbano. El consumismo ha convertido la vida cotidiana en un espectáculo de desigualdad. Las muestras de riqueza contrastan fuertemente con las dificultades económicas generalizadas.
Las sanciones y la represión política no solo han debilitado la economía, sino que han fomentado la corrupción institucionalizada e intensificado la polarización de clases. La promesa de justicia que una vez ancló la Revolución ha dado paso a un sistema en el que la exclusión se normaliza y la desigualdad se exhibe públicamente.
IV.
Al final del quinto día de la guerra contra Irán, las noticias mostraban una ruina masiva: cadáveres sobre cadáveres, barrios destrozados, la destrucción de la infraestructura industrial del país. Sin embargo, una condición postapocalíptica no se define únicamente por la devastación material. Está marcada por la ruptura existencial. Para Hamid y para muchos otros como él, el mundo que una vez organizó el significado se ha deshecho. Lo que dio coherencia al sacrificio, la resistencia y la pertenencia se ha derrumbado. Cuando el presente se vuelve insoportable y el futuro inimaginable, el tiempo ya no se despliega como posibilidad. En cambio, aparece como repetición o catástrofe. En este sentido, situarse fuera de la historia es habitar una temporalidad postapocalíptica.
Incluso en una condición postapocalíptica, la historia no ha terminado. Todavía no
A los iraníes se les ha negado, tanto por la República Islámica como por las sanciones de Estados Unidos, la capacidad de habitar una historia pensable: la capacidad de narrar su pasado y proyectar su futuro en sus propios términos. La represión política limita la transformación interna; las sanciones obstruyen la integración externa. Juntas, comprimen la agencia histórica.
Y, sin embargo, una condición postapocalíptica no es solo un final. También puede ser un lugar de ruptura en otro sentido: un punto de inflexión en el que la continuidad de la dominación se quiebra. Los momentos críticos emergen precisamente en tiempos de desastre; momentos de apertura y transformación. El movimiento Mujeres, Vida, Libertad de 2022 y las protestas de las comunidades marginadas en 2026 dan testimonio de ello. Incluso en una condición postapocalíptica, la historia no ha terminado. Todavía no.
* Artículo original publicado en catalán en La Directa.
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!