Opinión
Queerizar el envejecimiento es pensarlo en colectividad: apuntes después de ver ‘Maspalomas’

La gran acogida de esta ficción debe servirnos para abrir una conversación en torno a la forma en la que hemos construido el envejecimiento y los cuidados en la vejez.
Maspalomas
Una escena de la película.

Nueve nominaciones en los premios Goya: la película Maspalomas ha irrumpido con fuerza en las nominaciones de los Premios Goya 2026, tras su estreno en la 73ª edición del Festival de San Sebastián. La cinta codirigida por Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi apuesta por la historia de Vicente (José Ramón Soroiz), un hombre de 76 que lleva la vida que le gusta jubilado y junto al mar hasta que un  accidente inesperado le obliga a regresar a San Sebastián, y reencontrarse con su hija (Nagore Aranburu), a quien abandonó años atrás, y vivir en una residencia.

En mi caso, fui a verla el día de su estreno en salas y, tanto en mi pase como en el posterior varios grupos de hombres gays, de entre 35 y 50 años, habían quedado para verla juntos. ¿Qué fuerza tan poderosa lleva a la gente a ir en grupo al cine sin ser el día del espectador? La gran acogida de esta ficción debe servirnos para abrir una conversación en torno a la forma que hemos construido el envejecimiento y los cuidados en la vejez, y a todas las personas que quedan fuera de él, pues, lejos de ser solo las personas gays, somos la gran mayoría de la población.

Esto no pretende ser una crítica de la película, sino tomar la oportunidad para, con algún que otro ejemplo —si no has visto el filme, no te preocupes, contaré lo justo y necesario—, abrir una conversación que está en ebullición constante: ¿Cómo imaginamos nuestra propia vejez?

Si no lo hablamos mucho, además de por la centralidad de la juventud en la concepción de la vida, es porque sabemos que las casas no son accesibles —según la Encuesta de Características Esenciales de la Población y Viviendas (INE, 2023) solo el 20,8% de las viviendas están preparadas para las condiciones propias del envejecimiento—;  que las residencias son privadas —a 30 de septiembre de 2020 en España apenas había 49.000 plazas de gestión pública, lo que representa un 13’1% del total”—; y que los espacios urbanos de socialización se han acabado limitando a esos parques de ejercicio —resulta que reciben el nombre de Parques Biosaludables— de colores llamativos que, por alguna razón que desconozco, afloraron por las ciudades como si alguien se llevara comisión por cada pseudo bicicleta estática que se instalaba. Y, bueno, por no hablar de que el aumento de la edad de jubilación aplaza también la posibilidad de entendernos como viejes.

Es decir, que cada pequeño golpe que nos dan las políticas neoliberales en nuestro día a día, es un golpe en nuestras posibilidades de envejecer alegres

Es decir, que cada pequeño golpe que nos dan las políticas neoliberales en nuestro día a día, es un golpe en nuestras posibilidades de envejecer alegres. Ante ese escenario desolador afloran las conversaciones sobre comprar un terreno en un pueblo entre amigues para jubilarse. Puede sonar esperanzador, pues supone que hay personas imaginando otros futuros, pero estos futuros imaginados no rompen con el sistema, sino que les vienen perfectos. 

No hay más que ver que el propio Idealista haga noticias sobre ello. Atentes a lo que destaca la noticia: “este grupo de personas, entre los que hay una abogada, un ingeniero y un arquitecto, ha decidido que después de llevar cuarenta años siendo amigos se quieren retirar juntos en un sitio diferente”. Bueno, evidentemente hay una abogada, un ingeniero y un arquitecto porque personas que no han cotizado porque sus empleadores nunca les dieron de alta en la seguridad social no tienen la opción de crear un espacio donde envejecer con amistades. 

El caso de Vicente, protagonista de Maspalomas sigue un esquema similar. Él es un hombre de unos 70 años que vive en el municipio que da título a la película, destino por excelencia del turismo gay. Tras un ictus requiere de ayuda diaria en su recuperación. Es aquí cuando su hija, con la que lleva décadas sin hablarse, se hace cargo, pagándole una residencia de personas mayores en Euskadi. 

La película no va sobre redes de cuidados gestadas en Maspalomas para garantizar una vejez digna a las personas que allí viven, pues no las hay, sino que nos muestra cómo se mantiene la dicotomía familia-cuidados

Si bien gran parte de la película aborda el proceso de rearmarización de Vicente, también es interesante poner el foco en por qué se ve en la necesidad de abandonar la comunidad en la que estaba envejeciendo ante el paso a una situación de dependencia, aunque sea temporal. 

La película no va sobre redes de cuidados gestadas en Maspalomas para garantizar una vejez digna a las personas que allí viven, pues no las hay, sino que nos muestra cómo se mantiene la dicotomía familia-cuidados. Esta muestra no se hace de forma acrítica, sino que en la propia trama se señala este problema. A través de una conversación entre padre e hija se constata que ella está pagando la residencia, mostrando que, efectivamente, sin el modelo de familia nuclear los cuidados en la vejez son difícilmente garantizables.

¿Y si la hija de Vicente no quisiera saber nada de él? La película lo resuelve diciendo que estaría en una residencia pública, pero ¿hay residencias públicas suficientes? El tiempo de espera medio para entrar a una residencia pública, por ejemplo, en Gipuzkoa es de unos 6 meses, siendo mucho más en otras regiones, como el caso de Andalucía, dónde aumenta a una media de 587 días.

Vicente en Maspalomas, como los amigos que compraron un pueblo, pone sobre la mesa que la creación de pseudomodelos alternativos de vivir la vejez, ya sea en una comunidad gay que explota la costa canaria o comunidades de envejecimiento de amigues, es una alternativa que tan solo perfecciona las estructuras ya existentes, sin apostar por la invención creativa de otras nuevas que beneficien a la gran mayoría de la población. 

La película Maspalomas nos sirve para recordar que el sistema de cuidados no funciona. Recoge mucho mejor que yo este hecho Christo Casas en su libro Maricas malas, con una frase lapidaria: “Si algo nos demuestra la vejez LGTBI es que este sistema de imposición de los cuidados es un fracaso, y no solo por la cantidad ingente de personas LGTBI que llegan a la tercera edad solas y con miedo a ser excluidas o maltratadas dada su identidad, sino porque también falla a las propias personas cisheterosexuales, especialmente a aquellas mujeres que sobreviven a sus maridos o que, aunque no los sobrevivan, no reciben por su parte una reciprocidad en los cuidados necesarios a cierta edad”.

Repensar el envejecimiento en clave antirracista debe tener en el centro también las vejeces racializadas y migrantes,

Las conversaciones sobre la vejez deben ir mucho más allá de estas salidas que buscan la salvación de unes poques, pues no hace sino condenar a otres muches. Repensar el envejecimiento en clave antirracista debe tener en el centro también las vejeces racializadas y migrantes, además de no reproducir el modelo actual de cuidados por el que se externaliza, precarizando a las personas que se dedican a ello. Ya lo preguntaba Zinthia Álvarez Palomino hace un par de años: ¿quién cuidará de las mujeres migrantes mayores que dedicaron su vida a los trabajos del hogar y los cuidados? Y, en este mismo sentido, Lucía Mbomío, señala cómo el imaginario blanco que tenemos sobre la vejez impide que la geriatría trabaje desde la perspectiva multirracial y multicultural, pues si necesario que los espacios sociosanitarios sean seguros y libres de LGTBIfobia, también es necesario que sean libres de racismo, ya que “hay personas negras viejas que no soportarían que les llamaran “morenito” otra vez”.

Repensar el envejecimiento en clave anticapacitista supone asumir que las vidas discas también son deseables, que la dependencia no solo llega en la vejez y que las personas cuidadas y las cuidadoras no son colectivos enfrentados, con intereses contrapuestos, sino sujetos interdependientes, como muestra Andrea García Santesmases.

Repensar el envejecimiento en clave queer supone no caer en la homonormatividad, definida por Lisa Duggan como una política que no desafía los presupuestos e instituciones heteronormativos, sino romper todas y cada una de las estructuras que privatizan los cuidados, pues queerizar la vejez, en realidad, beneficia al conjunto de la clase trabajadora.

Es necesario plantear y luchar por otras formas de envejecer para que todes podamos tener un envejecimiento digno y, desde la participación en redes politizadas, desde la militancia, puede ser un buen lugar desde el que hacerlo.  Poner el foco en la militancia supone, por un lado, combatir en el día a día esos golpes de las políticas neoliberales que mencionábamos al principio; y, por otro, es una forma también de combatir los roles y estatus generados por el sistema productivista - que iguala nuestro valor social a nuestro puesto de trabajo - y que una vez se pierda o, posiblemente, no se haya llegado nunca a alcanzar, no genere la necesidad de alcanzarlo ni echarlo en falta. De esta forma, la participación política puede servir como lugar desde el que imaginar otros modelos de envejecimiento, una militancia que se construya como propaganda de otras formas de vejez posibles.

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