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Un grupo de mujeres durante un funeral en el pueblo de Qlaieh, en el sur del Líbano. Laurent Perpigna Iban

Vivir bajo la ‘línea amarilla’: “Sabemos que Israel tiene derecho de vida o muerte sobre nosotros”

En el sur del Líbano, el llamado “alto el fuego” esta sirviendo más para prolongar la guerra que para detenerla. A ambos lados de la mal llamada zona de seguridad, el ejército israelí sigue sembrando destrucción. Crónica de una tregua mortífera.
10 may 2026 05:30

“Después de todo lo vivido, hemos desarrollado, desgraciadamente, un verdadero saber hacer en el arte de la reconstrucción”, ironiza Haidar. El joven, de 33 años y vecino de una localidad cercana, ha acudido junto a unos amigos a observar las obras de rehabilitación del puente de Qasmiyeh, sobre el río Litani y uno de los principales puntos de conexión entre el sur del país y el resto del Líbano. Frente a él, las excavadoras no dejan de moverse, intentando rellenar un gigantesco cráter.

“Es un castigo”, afirma con amargura. Como prueba señala el momento del bombardeo: apenas unas horas antes de la entrada en vigor del alto el fuego, el pasado 17 de abril. Resulta difícil llevarle la contraria. Para los habitantes del sur, obligados a un nuevo exilio desde la reactivación de la guerra israelí en el Líbano, esta destrucción adicional no ha hecho más que complicar todavía más el regreso a sus tierras.

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En el cementerio improvisado del pueblo de Toul están enterradas las personas que no pueden ser sepultadas en sus localidades de origen. Laurent Perpigna Iban

Desde entonces, por una carretera ya parcialmente reabierta, se cruzan vehículos constantemente: los de los desplazados que intentan regresar a sus pueblos del sur –a menudo únicamente para recuperar algunas pertenencias– pese a las restricciones impuestas por el ejército israelí y las recomendaciones de Hizbulá; y los de quienes emprenden el camino de vuelta. Es el caso de Fátima y su familia, que regresan hacia Beirut tras una estancia fugaz. “Nuestra casa es inhabitable y, en el contexto actual, no podemos permitirnos iniciar obras. La situación es demasiado inestable”, explica desde la ventanilla de un minibús abarrotado.

Para los libaneses del sur, la expresión “alto el fuego” sabe a insulto. Mientras Israel sigue ocupando alrededor de 500 kilómetros cuadrados situados entre la línea de demarcación trazada en 2000 y una ‘línea amarilla’ dibujada unilateralmente unos diez kilómetros más al norte, los bombardeos y las órdenes de evacuación se multiplican peligrosamente.

Las cifras hablan por sí solas: cuando entró en vigor el alto el fuego, habían muerto 2.167 personas en el Líbano. El balance actualizado al 8 de mayo asciende ya a 2.759 muertos. Unos números macabros que no hacen sino confirmar una realidad persistente: la guerra israelí no ha terminado, ahora se concentra exclusivamente en el sur del país.

La ‘línea amarilla’

En el paseo marítimo de la ciudad portuaria de Tiro, decenas de personas escrutan la costa libanesa, visible a simple vista hasta Naqoura, la localidad fronteriza con Israel.

Una mujer señala a lo lejos unas rocas blancas: son los acantilados de al-Bayada, situados a apenas ocho kilómetros y convertidos ahora en posiciones avanzadas de las tropas israelíes desplegadas en el sur del país. Aunque los soldados no son visibles, los habitantes de Tiro sienten que viven bajo una vigilancia permanente. “Los israelíes siempre han querido quedarse con Naqoura; desde esa punta se domina toda la costa. Antes estábamos bajo la vigilancia constante de los drones; ahora sabemos que nos observan directamente desde allí”, lamenta una joven cuyo apartamento da a los territorios recientemente ocupados.

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Panorama del sur del Líbano visto desde Majdal Zoun. Los israelíes dinamitan sistemáticamente las viviendas. Laurent Perpigna Iban

En las calles adyacentes, y pese a los graves daños causados por el ejército israelí, numerosos desplazados procedentes de las aldeas situadas junto a la Línea Azul –la trazada por la ONU en 2000 entre el Líbano e Israel– han encontrado refugio. Sus tierras quedaron destruidas por los bombardeos o absorbidas por las zonas hoy ocupadas por el ejército israelí.

La carretera costera que serpentea desde Tiro hacia el sur está casi desierta: apenas unos pocos vehículos avanzan a través de un paisaje devastado, saturado de retratos de combatientes de Hizbulá muertos en el frente.

A lo lejos, aparece un puesto de control custodiado por unos pocos soldados libaneses. Imposible seguir avanzando. Las tropas israelíes están a apenas un kilómetro. Aquí comienza la ‘línea amarilla’, una delimitación impuesta por Israel y presentada como un “cinturón de seguridad”. Dentro de ella hay zonas ocupadas directamente por el ejército israelí, así como pueblos que todavía no lo están –o al menos no oficialmente– pero cuyo acceso permanece totalmente bloqueado.

A lo lejos se distingue la localidad de al-Mansouri. En sus calles polvorientas, un puñado de habitantes llora a sus muertos, asesinados poco después del anuncio del alto el fuego. “Volvimos al día siguiente para inspeccionar nuestras casas y el ejército israelí nos rodeó. Disparaban desde el aire y también desde sus posiciones terrestres. Tres de los nuestros murieron como mártires y ni las fuerzas de seguridad ni la Cruz Roja obtuvieron permiso para entrar en el pueblo. Nos quedamos solos durante cuatro días”, relata uno de ellos.

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Familiares de combatientes de Hizbulá lloran a los suyos durante un funeral. Laurent Perpigna Iban

Desde entonces, la situación no ha hecho más que empeorar. “Intentamos entender qué está ocurriendo. Los israelíes tienen posiciones muy cerca, en la colina que domina el pueblo. Pueden verlo todo y sabemos que no tardarán en avanzar”, observa Moussa Zen, un vecino de 65 años.

Como muchos otros, quiere quedarse. Pero ese deseo choca tanto con la magnitud de la destrucción y la ausencia de agua y electricidad como con los bombardeos constantes. “Nuestra vida, igual que la de nuestros padres y abuelos, ha estado marcada por guerras e invasiones. Durante mucho tiempo nadie prestó atención a eso. Hoy el mundo entero entiende que Hizbulá no es más que un pretexto dentro de sus proyectos de expansión territorial”, asegura Mohammad. Su padre murió durante el asedio que siguió a la entrada en vigor de la tregua. Todavía no ha podido ser enterrado.

A pocos kilómetros al sureste de al-Mansouri, los habitantes de Majdal Zoun viven una situación prácticamente idéntica. En el flanco sur del pueblo se distingue Shama, a unos dos kilómetros. Las banderas israelíes ondean sobre el fuerte que alberga el santuario de Shamoun es-Safa, tumba del profeta homónimo.

De repente se escuchan detonaciones. Poco después, columnas de humo negro se elevan desde la vecina Tayr Harfa. “Están dinamitando las casas. Después de bombardear los pueblos, se empeñan en arrasarlo todo, como en Gaza”, afirma Ali, de 39 años.

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El alcalde del pueblo de Insar, en su vivienda completamente destrozada. Laurent Perpigna Iban

Resulta difícil verlo como una simple exageración partidista. Porque, aunque resulta difícil saber qué ocurre exactamente dentro de esa ‘línea amarilla’, las imágenes satelitales y los vídeos difundidos por el propio ejército israelí son inequívocos: además de vaciar progresivamente la franja fronteriza –donde viven unas 150.000 personas–, Israel parece decidido a convertir esas tierras en inhabitables. Lo hace mediante un urbicidio plenamente asumido y devastando tierras agrícolas, en ocasiones aparentemente con fósforo blanco. Una auténtica política de tierra quemada que no perdona nada ni a nadie: en Yaroun, incluso el convento de las hermanas salvatorianas ha sido pulverizado.

Todo el sur sigue bajo fuego

A varias decenas de kilómetros más al norte, junto al río Litani, el pueblo de Insar apenas logra recomponerse. Aunque oficialmente se encuentra fuera de la zona de evacuación decretada por Israel al comienzo de la guerra, ha sido bombardeado sin descanso.

Los habitantes ven en ello una voluntad deliberada de castigarles por las heridas del pasado. A la entrada del pueblo, un tanque perteneciente al antiguo Ejército del Sur del Líbano –milicia aliada de Israel disuelta en 2000– permanece como vestigio de otra época.

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El cementerio del pueblo de Jebchit, gravemente dañado por los bombardeos israelíes. Laurent Perpigna Iban

Frente a su casa destrozada, una mujer de unos cuarenta años apenas logra contener la desesperación. “Regresamos hace dos días. La casa no está totalmente destruida, pero en el contexto actual no vamos a correr el riesgo de reconstruir inmediatamente”, explica. Y añade: “Aunque seamos civiles, sabemos que nuestras vidas dependen de su voluntad y que tienen derecho de vida o muerte sobre nosotros”.

Mohammad el-Halaf dirige un equipo de primeros auxilios que, pese a los riesgos, permaneció sobre el terreno durante toda la guerra. “Por ahora solo despejamos carreteras y ayudamos a los habitantes. No podemos iniciar ningún verdadero proceso de reconstrucción “, afirma.

Las muestras de apoyo hacia el pequeño grupo son constantes, más aún cuando el Estado libanés sigue siendo prácticamente invisible. En el cielo, los drones continúan zumbando, amenazantes. “Seguimos conservando la esperanza. Durante todas estas pruebas, pasadas y presentes, el Líbano no habría sobrevivido sin ella. Es nuestro cemento”, añade Mohammad, tan resignado como combativo.

En este pueblo, como en buena parte del sur del país, los reproches contra Hizbulá por la apertura del frente en marzo parecen haberse disipado. El Partido de Dios aparece ahora como el último dique de contención. “¿Qué hace nuestra República por nosotros? ¿Qué hace el mundo por nosotros? Son nuestros jóvenes quienes derraman su sangre por este país, nadie más”, clama una mujer de 40 años.

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Un grupo de jóvenes frente al puente destrozado de Qasmiyeh, que atraviesa el río Litani y conecta el sur del Líbano con el resto del país. Laurent Perpigna Iban

A pocos kilómetros, el pueblo de Jebchit también ha pagado un precio altísimo. Resulta difícil encontrar una sola vivienda intacta. Khadija Ali Darab, de 63 años, permanece de pie detrás del mostrador de una pequeña tienda polvorienta y desvencijada. Su comercio, perdido en medio de un océano de destrucción, ha quedado relativamente intacto. Permaneció en el pueblo durante cuarenta días y solo se marchó en los últimos seis, cuando las instalaciones eléctricas quedaron destruidas. Vivió bombardeos que cayeron a apenas un centenar de metros de ella sin resultar herida. Se considera una superviviente.

“Es mi manera de resistir. No escuchaba los aviones, escuchaba las explosiones y las sacudidas. Todos los días había temblores, muertos. No tengo condiciones para combatir, pero tenía que quedarme por los jóvenes del pueblo que sí lo hacen”. También ella carga contra el Estado: “El gobierno ni siquiera nos mira. No tiene ningún respeto ni consideración hacia nosotros. No apoyamos a la Resistencia ciegamente, sino porque sin ellos nuestro pueblo ya no existiría, y nosotros tampoco. No podemos aceptar que nuestro gobierno dialogue con los israelíes que nos matan ni con los estadounidenses que les entregan las armas para hacerlo. Eso escríbalo bien claro. No podemos aceptarlo”.

En los últimos días, el pueblo ha recibido nuevas órdenes de evacuación seguidas de nuevos bombardeos. Incluso a decenas de kilómetros de la ‘línea amarilla’, la vida parece imposible.

En el pueblo vecino de Toul, Ahmad, de 34 años, se recoge ante una tumba improvisada, en medio de un cementerio levantado a toda prisa. Aquí entierran a las víctimas de los bombardeos aéreos que no pueden ser sepultadas en sus localidades de origen, ya sea porque están ocupadas por Israel o porque continúan siendo atacadas constantemente.

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Un grupo de mujeres en su pueblo, en el sur del Líbano. Laurent Perpigna Iban

“Mi cuñado murió y no tuvimos otra opción que enterrarlo aquí, de acuerdo con el municipio. Es triste y desgarrador, pero su pueblo está ocupado, así que dejamos su cuerpo aquí para que no acabara devorado por los animales.”

De repente llega lentamente una caravana de vehículos. Decenas de hombres y mujeres descienden y se agrupan alrededor de una ambulancia. Los gritos y los llantos se superponen en una coreografía macabra, mientras varios hombres transportan el cuerpo de un joven socorrista, muerto en un ataque israelí unos días antes.

Se suma así a la larga lista de rescatistas asesinados desde el inicio de la guerra, muchas veces mientras intervenían tras bombardeos. El 15 de abril, en la localidad de Mayfadoun, el ejército israelí cruzó todos los límites: tras atacar una ambulancia que acudía al lugar de un bombardeo, atacó una segunda ambulancia que había acudido a socorrer a la primera. Y después, a una tercera enviada para auxiliar a los ocupantes de las dos anteriores.

Y, como en Gaza, el hecho de que estos ataques deliberados y repetidos puedan constituir crímenes de guerra –como ocurre también con los periodistas tomados como objetivo– ya no parece frenar a unos dirigentes israelíes embriagados por la impunidad.

División

Frente a estas agresiones, Hizbulá –a diferencia del anterior alto el fuego, durante el cual el Partido de Dios no respondió a las más de 10.000 violaciones israelíes registradas entre noviembre de 2024 y marzo de 2026– ha multiplicado las operaciones contra las tropas israelíes presentes en el sur del país.

Acciones llevadas a cabo especialmente con drones kamikaze –y difundidas en vídeo– que ponen en serias dificultades a las tropas sobre el terreno y colocan a Benjamin Netanyahu ante una guerra de desgaste que reabre heridas nunca cicatrizadas: toda una generación de soldados israelíes quedó profundamente marcada por lo que entonces fue considerado “el pantano” de 2006.

Sin embargo, lejos de encarnar el papel de héroe providencial, Hizbulá sigue estando en el centro de una crisis nerviosa nacional. Mientras una parte del país considera al Partido de Dios como el único dique frente a las ambiciones expansionistas israelíes, otra lo responsabiliza directamente de la ocupación de alrededor del 6 % del territorio libanés.

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El 15 de marzo, Ali Al-Chami, socorrista, frente a las ruinas del centro médico de Burj Qalaouiye, donde doce de sus compañeros acababan de perder la vida. Él mismo moriría pocos días después en un ataque israelí. Laurent Perpigna Iban

Como reflejo de una fractura mucho más profunda, dos narrativas chocan frontalmente incluso en el plano jurídico: mientras el Estado libanés ha declarado “fuera de la ley” al brazo armado de Hizbulá, la formación chií considera “ilegales”–en nombre de la Constitución libanesa– las conversaciones directas iniciadas en las últimas semanas con Israel.

Porque, por primera vez desde 1983, el Estado libanés ha emprendido conversaciones directas con Tel Aviv. Un giro impulsado por el gobierno libanés y facilitado por Donald Trump y su enviado especial Steve Witkoff.

“Se puede decir, sin traicionar a la historia, que es algo inédito”, explica un antiguo diplomático libanés de alto rango. “Ha habido distintos ciclos de actividad diplomática, más o menos intensos, incluidas numerosas negociaciones indirectas, como ocurrió entre 2020 y 2022 sobre las fronteras marítimas. Pero, en la práctica, hacía más de cuarenta años que no nos sentábamos en la misma mesa que Israel. Conviene recordar que, en aquella época, se firmó un acuerdo basado en “retirada israelí a cambio de reconocimiento libanés”, antes de que el régimen sirio lo hiciera saltar por los aires.”

Como si la historia estuviera condenada a repetirse, el espectro de una reactivación de las tensiones internas sigue muy presente. Del lado de Hizbulá, las amenazas son explícitas. El 16 de marzo, en una entrevista con la cadena Al-Jadeed, Mahmoud Comati, vicepresidente del Consejo Político del partido, declaró que su formación era “capaz de poner el país patas arriba y derribar al gobierno”, asegurando que su “paciencia tiene límites”.

“El gobierno ya no es capaz de gobernar el país y sus acciones solo sirven al enemigo israelí. La confrontación es inevitable y los traidores pagarán por su traición”, afirmó.

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El pueblo libanés de Shama, ocupado por Israel, visto desde Majdal Zoun. Laurent Perpigna Iban

Un discurso beligerante que reabre heridas profundas en la sociedad libanesa, especialmente las del 7 de mayo de 2008, cuando el Partido de Dios desencadenó una demostración de fuerza en Beirut para reafirmar un poder que consideraba amenazado.

Aun así, el espectro de una confrontación interna parece, de momento, pertenecer más al terreno de la ficción que al de la realidad, muy a pesar de Benjamin Netanyahu. Según la fuente diplomática citada anteriormente, el dirigente israelí habría exigido la destitución del jefe del ejército libanés, Rodolphe Haykal, después de que este rechazara participar en un desarme forzoso de Hizbulá. Sin éxito. 

Porque, más allá de su retórica triunfalista, el primer ministro israelí no ha logrado transformar su superioridad militar ni en victoria ni en una perspectiva política. Lo que se perfila en el horizonte parece más bien la posibilidad de una guerra interminable antes que la de una normalización, suponiendo siquiera que Netanyahu persiga realmente ese objetivo.

A ello se suma el desgaste de la guerra que Israel libra junto a Estados Unidos contra Irán, que plantea múltiples interrogantes sobre las posibles salidas de la crisis. Y también aquí emerge una posibilidad paradójica: que tanto el régimen iraní como Hizbulá, lejos de salir aniquilados, acaben fortaleciéndose todavía más tras este periodo.

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Un socorrista frente a un cráter, en el sur del Líbano. Laurent Perpigna Iban

Un habitante de un pueblo cristiano del sur concluye: “Nuestro único refugio y nuestra única salvación solo pueden venir del Estado libanés. Está intentando avanzar para recuperar el control, pero la estrategia mortífera de Israel le corta constantemente la hierba bajo los pies. ¿Son conscientes de ello? No lo sé. Pero, al arrasar el sur del Líbano, lo único que consiguen es reforzar la legitimidad de Hizbulá, y eso es catastrófico.”

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