Mujeres productoras en la Maison de la Femme de Malika (Dakar, Senegal)
Mujeres productoras en la Maison de la Femme de Malika (Dakar, Senegal) Miquel Carrillo

@MiquelCarr

16 jul 2026 18:39 | Actualizado: 17 jul 2026 09:44

La cooperación es como el teatro, siempre está en crisis. Siempre, adverbio absoluto, consustancial a la esencia de una política pública que escapa a la lógica del resto y que, en el caso de municipios y comunidades autónomas, existe básicamente porque la sociedad civil la ha reclamado, con una obstinación casi religiosa. Cuando no hay dinero, porque se dejan de hacer cosas; cuando lo hay, porque no se sabe cómo y por dónde empezar. Cuando hacemos, porque hacemos; cuando no, ¿dónde carajo nos hemos metido las ONG?

Pobres ONG. Además somos el muñequito de vudú, con cierta pulsión sadomasoquista y demasiada responsabilidad maternalista hacia esa política que casi parimos y que acabará con nuestra salud. A golpe de desvivirnos por ella, se nos acaba identificando con algo en lo que no dejamos de ser la cenicienta, si hablamos de su despliegue. Caemos como pajarillos en la trampa de abochornarnos por no haber cambiado el mundo con la alpargata que nos subvencionan, y encima tener que oír que no somos más que la versión moderna y con estudios del ejército de Pancho Villa. Nos profesionalizamos para conseguir fondos, nos dejamos los ojos llenando formularios con informaciones importantísimas para el curso del Sistema Solar y todavía hay que aguantar que somos unos intermediarios, que solo nos interesa llegar a fin de mes. Si somos profesionales, por que hemos perdido de vista nuestro objetivo; si no lo somos, porque somos unos utópicos perroflautas.

Esta vez, hay que reconocerlo, la crisis tiene bastante enjundia, porque no solo va de cambiar cooperantes por soldados. Estar en el centro de la batalla cultural contra el autoritarismo y por la defensa de todos los derechos, aquí y en todas partes, es algo que tendría que hacernos reflexionar. Si nos persiguen es porque algo habremos hecho bien, algún peligro supondremos para todos esos aprendices de dictador. Lo que parece claro es que fustigar a las ONG (o que ellas mismas lo hagan) no va a traer muchas claves ni remedios para superar este momento. En el momento en que estas ejecutaban más fondos en el conjunto del Estado español, no representaban ni el 15% del total de la Ayuda Oficial al Desarrollo de todas las administraciones. Si somos importantes, desgraciadamente, no es por lo que hagamos o dejemos de hacer, sino por el carácter o la coherencia que podemos exigir a la política que nos tocó imaginar y que nos da tan mala vida. A veces, las menos, hasta por la movilización que podemos generar. La mayoría de ocasiones, por las redes y complicidades internacionales que somos capaces de provocar.

Cuando la crisis es crecer

En Catalunya, afortunadamente, estamos en un período de expansión de la cooperación. No se lo van a creer, sobre todo si viven en alguna comunidad donde sus nuevos gobiernos la han puesto en la picota, pero también vamos a afrontar nuestra versión dulce de la crisis. Doblar el presupuesto de su agencia y principal instrumento cuando menos es un reto bastante serio y lleno de trampas, que ya vimos cuando fue el Estado quien hace dos décadas dio un salto así. Sobre todo porque, como en el resto de las administraciones subestatales y a diferencia de la administración central, las ONG sí son el vehículo clave para implementarla. Sin embargo, llegamos a este cambio de tendencia con un sistema de producción de iniciativas, creación de alianzas y asignación de recursos basado en el paradigma de la concurrencia competitiva. Una ruleta rusa que devora ingentes energías y acaba premiando a quienes mejor saben rellenar aquellos formularios de los que hablábamos, no a las iniciativas más necesarias desde la propia visión de la política pública. Eso sin entrar a valorar el efecto inundación que va a tener la llegada de la inteligencia artificial desde ya.

Después de tantos años, (casi) nadie, ni en Catalunya ni en España, ha sabido o podido crear espacios de diálogo y cocreación. Seguimos instalados en una burocracia destinada a ofrecer una apariencia de blancura nuclear, donde es más importante la justificación de gastos que la demostración de impactos. Permítanme dudar que se haya puesto toda la carne en el asador, políticamente hablando, para resolver un problema que afecta a quienes dilapidan horas tanto escribiendo como leyendo proyectos que no irán a ningún lado por simple falta de cupo.

Un sistema así, centrado en solucionar la disputa de los recursos, ahoga la confianza entre actores e imposibilita la innovación y el aprendizaje colectivo. Claro que las entidades no salen de la rueda, aunque lo peor es que no dedican su tiempo a lo que habían venido e importa realmente.

La lógica no puede ser «tengo más recursos y entonces puedo incorporar más actores», sino desarrollar la capacidad de incorporar a todas la jugadoras que hagan falta en cada momento, para hacer aquello que tenga más impacto o valor añadido, desde la mirada que proponga cada política pública de cooperación. Por supuesto, empezando por las que han acumulado en su haber una experiencia y una capacidad que todavía está lejos de agotarse, por muchas explicaciones interesadas que quieran argüirse. Y esto se hace con toneladas de confianza, proximidad, conversación y escucha, no de papel y procedimientos, defendiendo en público el valor de esa política, como al menos sí se está haciendo. Claro que es más complicado, y sin la complicidad y la generosidad de todas es simplemente inabordable.

Nadie discute que es oportuno desactivar a quienes no aportan nada o incorporar a nuevos actores, empezando por nuestras socias del Sur global, como si no lleváramos años intentándolo. Pero pensar que la decolonialidad, como últimamente se argumenta de manera un tanto indiscriminada y aprovechando su sonoridad, nos obliga a las ONG del Norte a practicar una especie de suicidio colectivo es poco menos que absurdo e inútil. Menudo privilegio es atender requerimientos hasta las tres de la mañana. El último resorte para acabar con las relaciones de opresión entre centro y periferia es quién gestiona o no una subvención de cooperación, para esa lucha ya hemos conseguido cosas en Catalunya como el Centro de empresas y derechos humanos.

El reto es construir un sistema ambicioso e innovador, a la vez que sólido y predictible, no una montaña rusa de la que todo el mundo salte a la primera curva. Colocar más recursos sobre el actual sistema sin atreverse a cambiarlo de raíz es desaprovechar el potencial de todas y poner las bases de la siguiente crisis.

Sobre o blog
Un blog desde la convicción de que la cooperación internacional es política con letras mayúsculas, lo otro se llama caridad. El internacionalismo nos hizo así, es la única manera de vincular las luchas en las que creemos, aquí y en todas partes.
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