Economía social y solidaria
Álvaro Porro: “La alianza con las políticas públicas es multiplicadora”
Álvaro Porro conoce de cerca la evolución de la economía social y solidaria y, especialmente, el camino recorrido para hacer de las políticas públicas una herramienta de impulso y transformación. Economista y vinculado durante años a este ámbito desde la administración y los movimientos sociales, actualmente es Director de economía social de Barcelona activa (agencia de desarrollo local de Ayuntamiento de Barcelona). Porro reflexiona sobre cómo ha cambiado la relación entre la ESS y las instituciones, qué se ha conseguido y cuáles son los retos para consolidar este modelo.
Esta entrevista parte del artículo «ESS: una dècada avançant amb vent a favor», publicado por Porro en la sección Tornaveu de Cooperació Catalana (núm. 500, septiembre de 2025), en el que analiza este recorrido y plantea algunas claves para afrontar el nuevo ciclo.
Empecemos por el principio. ¿Cómo llegaste tú a la economía social y solidaria?
Pues no fue por la vía académica, la verdad. Estudié Económicas en la Universidad Autónoma de Madrid en los años noventa, incluido un año de Erasmus en Ámsterdam, y en todo ese tiempo nunca escuché el concepto de economía social ni se mencionó la cooperativa como forma empresarial en ninguna asignatura. Tampoco la encontraba como lector habitual de prensa: ni en las secciones económicas ni en ningún otro espacio. No existía ningún servicio público ni departamento institucional dedicado a esto. Fue a través de mi implicación en movimientos sociales donde descubrí otras maneras de hacer economía y empresa. Y no creo que fuera una experiencia únicamente personal; creo que refleja el escasísimo nivel de visibilidad que tenía la economía social en la sociedad de los noventa y los dos mil.
Han pasado más de veinte años desde entonces. ¿Cómo describirías el cambio?
Sin ser una transformación radical, sí han sido diez años de cambios sustantivos a muchos niveles. La economía social y solidaria ha ganado presencia, visibilidad y legitimidad como referente alternativo, y ahí han pesado varios factores: culturales, generacionales, sociológicos y políticos. El ciclo del 15M y el Procés en Catalunya, la entrada de nuevas sensibilidades políticas en las instituciones, cambios culturales más profundos y también dinámicas de confluencia dentro de la propia ESS. En ese sentido la expansión de las políticas públicas de promoción de la ESS ha sido un factor importante al menos en Barcelona y Cataluña.
Ahí entra el caso de Barcelona, que citas como referencia. ¿Qué se ha hecho concretamente?
Algunos de los llamados “Ayuntamientos del Cambio” de 2015 apostaron fuerte por desarrollar la economía social. En Barcelona, por ejemplo, se han dedicado 40 millones de euros en diez años, figuras políticas especializadas, referentes claros dentro del gobierno municipal, y departamentos y equipos técnicos tanto en el Ayuntamiento como en Barcelona Activa. Hoy esos dispositivos ofrecen servicios y programas por los que pasan 3.000 personas y más de 500 organizaciones y empresas cada año, con líneas de subvención y crédito ya consolidadas. Y todo esto sin contar la construcción participativa, entre Ayuntamiento y tejido social, de un marco que a diez años vista trasciende gobiernos y mandatos concretos: la Estrategia de Ciudad de ESS 2030.
Mencionas también el contraste con Madrid. ¿Por qué unos territorios sostienen el impulso y otros no?
Es un contraste muy claro. En Madrid ese impulso fue desmantelado por ataques políticos, muchas veces basados en falacias, que desacreditaban la economía social presentándola como una “economía ideológica”. En Barcelona, en cambio, la combinación de un tejido de ESS fuerte, una inversión pública significativa y un trabajo político transversal consolidó una política de promoción económica estable y difícilmente reversible. La estrategia de ciudad de Ess 2030 tuvo apoyo casi unánime al plenario municipal. Esa dinámica se extendió también a otros municipios catalanes con la creación de la Xarxa de Municipis per l'Economia Social i Solidària, y de forma especialmente decidida en la Generalitat de Catalunya, que incrementó mucho el presupuesto y peso político en este ámbito de una forma sin precedentes para un gobierno autonómico. De ahí salieron la Xarxa d'Ateneus Cooperatius, las Comunalitats, la convocatoria de proyectos Singulars y, más recientemente, la ley catalana de economía social y solidaria, que ahora está en trámite parlamentario.
¿Y a nivel estatal y europeo se ha notado ese mismo impulso?
Sí, y de forma bastante simbólica: el Ministerio de Trabajo pasó a llamarse Ministerio de Trabajo y Economía Social. Se han creado cargos específicos de alto nivel, está en proceso la actualización de la ley española de economía social, y ha habido un PERTE que, por primera vez, ha destinado recursos significativos a la ESS en todo el Estado. La Unión Europea también ha mostrado signos de apoyo, incrementando fondos y dándole más visibilidad y representación institucional aunque ahora parece en retroceso.
Hablabas antes de un contexto favorable. Pero en tu texto también adviertes de un giro reciente. ¿Qué ha cambiado?
Este desarrollo se dio en un contexto sociocultural favorable. Recuerdo una ponencia muy inspiradora de Pere Rusiñol (director de la publicación Alternativas Economicas) en la primera Febrerada de 2023, donde mostraba con datos cómo en diez años se habían generado corrientes de opinión y accion de valores cercanos a la Ess como la relocalización productiva o el auge de los valores en el mundo corporativo. Así como cuestionado paradigmas que parecían inamovibles como la austeridad en la UE, además de la desconfianza de buena parte de la sociedad hacia el capitalismo y la consiguiente exigencia de responsabilidad empresarial. Rusiñol señalaba que ese escenario representaba una oportunidad histórica. Pero en solo dos años el panorama ha cambiado drásticamente. Lo que parecía viento de cola se ha convertido en ráfagas en contra. Antes la amenaza parecía estar en el greenwashing o en la cooptación de valores que impedían nutrir la economía social; hoy han irrumpido actores culturales y políticos de gran impacto que, sin complejos, promueven valores opuestos que alteran por completo las reglas del juego.
Con ese viento en contra, ¿cómo puede seguir avanzando la ESS?
Mi tesis es que no solo podemos avanzar, sino que es más necesario que nunca hacerlo. Pero para conseguirlo hace falta más estrategia, método y táctica. La ESS ha demostrado en momentos históricos que se adapta, crece y se consolida; ahora el reto es mantener el rumbo incluso cuando el viento sopla en contra.
En términos prácticos, ¿qué significa eso? ¿Consolidar lo que ya existe o buscar un salto de escala?
Las dos cosas. Lo esencial ahora es hacer viables los proyectos empresariales que ya existen y generar las condiciones de irreversibilidad y autonomía necesarias para que resistan y puedan dar un salto de escala. Y ese proceso, de hecho, ya se está produciendo: muchas cooperativas han pasado de tener menos de diez personas a tener veinte, treinta, cincuenta o más, con fusiones de alto nivel como la de Abacus y Som. Pero es igual de importante fortalecer los ecosistemas mediante articulaciones sectoriales y territoriales: las cooperativas de segundo grado como Ecos, Som IT, Som Serveis, Més Equipaments, Som Audiovisual, Ecohub o La Dotzena; las redes territoriales como Impuls Cooperatiu de Sants, Cooperasec o XES Sant Andreu; y herramientas compartidas con impacto en todo el ecosistema, como Digitest, Up me Up o Tandem Go.
Hablas también de infraestructuras físicas, de espacios. ¿Por qué son tan importantes?
Porque refuerzan la soberanía organizativa. Los hubs o polos de ESS que han surgido en Barcelona y otros municipios —como Bloc4BCN, La Komunal o el Grup Ecos— demuestran que esto es posible, consolidando la presencia territorial y simbólica del sector. Y a esto hay que sumar un frente que no podemos eludir: la digitalización. La actual dinámica de plataformización, automatización e inteligencia artificial obliga a la ESS a afrontarla de forma decidida, y ahí ya hay iniciativas relevantes como el Digitest y los servicios de digitalización de Barcelona Activa, el TechBloc en Bloc4, M4Social en el Tercer Sector o el proceso Mosaic de cooperativas tecnológicas.
¿Y el talento? Porque atraer y retener personas parece otro reto de fondo.
Totalmente. Todo esto tiene que ir de la mano de la necesaria atracción de personas jóvenes que se incorporan al mercado laboral, y también de profesionales que buscan alternativas a la empresa convencional, sobre todo en ámbitos tan estratégicos como la tecnología, la gestión financiera o la dirección organizativa. Pero atraer no basta, también hay que retener el talento, y eso exige condiciones laborales dignas: horarios conciliables, salarios competitivos —incluyendo retribuciones en especie—, espacios de trabajo agradables y estables, y entornos humanos y organizativos que resulten atractivos.
Mencionas que este cambio de vientos se da en un mundo con múltiples desafíos. ¿Qué papel puede jugar la ESS ahí?
Ante esos desafíos, la ESS tiene que poder ofrecer respuestas y propuestas comprensibles, atractivas y accesibles. El giro en la dinámica globalizadora del comercio plantea tanto desafíos como oportunidades para las iniciativas de proximidad, y la propia guerra cultural en torno a valores contrarios a los de la ESS puede abrir espacios que atraigan a personas y grupos que se sienten amenazados y buscan alternativas alineadas con sus principios. La transición ecológica y energética ligada a la crisis climática, la tensa relación entre lo urbano y lo rural, la epidemia de soledad y salud mental, la emergencia migratoria o el cambio de paradigma en las relaciones y equilibrios de género no pueden verse sino como oportunidades para que la ESS sea parte irrenunciable —y seductora— de la solución.
Pero eso exige salir de la propia burbuja del sector, ¿no?
Exacto, exige buscar alianzas con el pequeño comercio, las pymes, los autónomos, las personas migradas, los movimientos feministas, ecologistas y territoriales, y con los servicios públicos. Y también con ese emprendimiento social o economía de impacto que hace inversión responsable, porque puede permitir al movimiento acceder a recursos y ecosistemas que a menudo no están disponibles para la economía social tradicional.
Para cerrar: ¿qué estructuras y políticas concretas hacen falta para sostener este ciclo?
Yo apuntaría varias líneas. Aumentar los espacios de encuentro —ferias, congresos— y las alianzas con otros ecosistemas, como la FESC, el Congrés de Cooperativisme, la Febrerada o UIESCOOP en Barcelona, y también polinizar espacios que no son de ESS pero con los que podemos mezclarnos, como BIZ Barcelona o el Saló de l'Ocupació o la Enseñanza. Esto debería acompañarse de una mayor confluencia de la ESS en la AESCAT u otros espacios de tercer o cuarto grado, además de fortalecer las articulaciones territoriales y dinamizar las federaciones y entidades representativas del sector. Y, respecto a los medios de comunicación, reforzar los propios —Alternativas Económicas, Crític o Jornal— a la vez que ganamos presencia en los generalistas y en las redes sociales, con un discurso claro y accesible. Y ya en el ámbito institucional, construir irreversibilidad y transversalidad, tal como recoge la Estrategia de ESS de Ciudad, con espacios de trabajo y gobernanza que hoy son motores del ecosistema a distintos niveles. Entre ellos, la ley catalana de ESS, actualmente en trámite, o la XMESS, que nos inspiran a construir políticas públicas sólidas, transversales y difícilmente reversibles.
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