Opinión
¿Es posible un orgullo español?
Nunca le he visto una rojigualda en la muñeca, pero sé que, cuando en 2005 se aprobó el Matrimonio Igualitario, una Mili Hernández eufórica declaró a la prensa “estoy orgullosa de ser española”. Algo similar ha sucedido estos últimos días de revolución patriótica en las redes y parabienes generalizados hacia nuestro gobierno central, tras su compromiso con el No a la guerra que tanto defendimos en aquella época; y merece la pena detenerse a pensar un momento en torno al curioso trato que tenemos con el orgullo nacional quienes nos definimos como progresistas. Me gustaría saber qué provoca que de pronto saquemos la bandera a las redes como una muestra de patriotismo.
No hace falta haber leído a Unamuno para comprender que uno de los problemas de España consiste en que la relación de la izquierda con los símbolos de nuestro país ha sido siempre compleja
No hace falta haber leído a Unamuno para comprender que uno de los problemas de España consiste en que la relación de la izquierda con los símbolos de nuestro país ha sido siempre compleja. No es para menos, cuando tantas veces la derecha ha prostituido nuestra bandera para articular su discurso de confrontación y cuando, de un modo mucho más cotidiano, son esas franjas rojas y amarillas las que aparecen en la muñeca de cualquier impresentable. Cuando algún corrupto esquiva la cárcel gracias a sus contactos, nos despide de forma irregular, abusa impunemente de las mujeres o nos insulta por no ser heterosexuales no nos sorprende descubrir que enarbola la bandera como una muestra inequívoca de un patriotismo más que cuestionable.
¿Dónde reside, entonces, la clave de nuestro discretísimo nacionalismo? Intuyo que el enigma hunde sus raíces en dos formas muy distintas de comprender el orgullo nacional. Hay quienes aman España comprendiéndola como entidad legendaria, como una entelequia admirable por lo que fue y que, como consecuencia, no debería cambiar un ápice sus caracteres fundamentales, por mucho que los fundamentos de nuestra sociedad no tengan ya nada que ver con su ilusión hispánica. Frente a ese patriotismo estático, comprendo que desde la izquierda tenemos, tal vez sin ser conscientes de ello, un sentido del patriotismo mucho más dinámico.
A nuestra alegre progresía de manifestaciones y debates solo se nos enciende el amor a la patria cuando esa patria se parece a la que imaginamos
Del mismo modo en que la almodovariana Agrado defendía que “una es más auténtica mientras más se parece a lo que soñó de sí misma”, a nuestra alegre progresía de manifestaciones y debates solo se nos enciende el amor a la patria cuando esa patria se parece a la que imaginamos: la España que intentamos construir con nuestras políticas. Sanidad y educación públicas, servicios sociales y culturales, impuestos justos y otros tantos compromisos democráticos, entre los que no pueden faltar los derechos LGTBI+, el Feminismo y, por supuesto, la defensa de la paz, son las claves identitarias de la nación donde deseamos vivir. Por eso, cuando un Presidente del Gobierno entona el No a la guerra nos parece que nos acercamos a la España que soñamos y, por un momento, mostramos sin pudor nuestro orgullo por ser españoles.
Decía Unamuno —hablando de religión— que “una fe que no duda es una fe muerta”. Puede que el patriotismo funcione de una forma similar; que sin saberlo nuestra forma de comprender el orgullo nacional sea mucho más fructífera que la de quienes adoran una imagen de piedra que representa algo que ya no existe. Quizá, solo quizá, haya que ir buscándose una pulserita española, para que quienes nos han robado tanto no puedan robarnos también este país que, aunque les pese, también es nuestro. A ver si logro convencer a Mili.
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