Música
Suzanne Vega: “Pasé de ser el último mono a ser la jefa superiora”
El concierto transcurrió elegante y sólido. Su voz de vainilla sonó exquisita a lo largo de la velada, arropando unas composiciones maduras en las que se mezcló la sensibilidad poética y el realismo urbano. Y así, el pasado marzo, en La Paloma, ataviada solamente con un traje negro y un sombrero de copa, Suzanne Vega pareció uno de los ángeles de su último trabajo, Flying with Angels (2025).
Contemplando su larga trayectoria, era previsible que el concierto fuera un equilibrio perfecto de oficio y naturalidad. Y lo fue. Lo inesperado, sin embargo, sucedió horas antes, a media tarde, cuando la autora californiana cambió el lugar acordado para la entrevista. Fue un breve y correcto WhatsApp de su mánager. A ella le apetecía salir, darse una vuelta, perderse por las calles de El Raval, dejarse acariciar por el sol de un día radiante, tomarse un café con leche de avena y picar algo ligero antes de la prueba de sonido. Nos preguntaron, entonces, si sabíamos de algún lugar, y les dijimos que sí, que estábamos en The Shamrock, un pub irlandés coronado por un trébol de cuatro hojas cuyas paredes forradas de fotografías son un homenaje al rock: de Rory Gallagher a los Stones, y de Bowie a Janis Joplin. De acuerdo, respondieron, nos vemos allí. Y de pie en el umbral de la puerta, esperamos. En menos de media hora la reconocimos entre la marea de turistas, caminando con las manos dentro del abrigo color crema, frágil y fuerte al mismo tiempo. Nos saludamos, se colocó las gafas de sol en forma de diadema y decidió dejarse fotografiar, algo que, en principio, se nos había negado. Se dejó indicar por el fotógrafo, posó pacientemente, algunas veces sin abrigo, y no fue hasta la última foto cuando Suzanne Vega se dirigió a una cafetería, pidió un café para llevar y una flauta mini de semillas de jamón y queso. Al entrar en The Shamrock echó una ojeada rápida a las fotografías. Ella podría estar en una de aquellas imágenes, en el apartado New Folk, junto a Tracy Chapman o Tanita Tikaram.
Su último trabajo, Flying with Angels, gira alrededor de la idea de lucha, un concepto que recorre todo el disco. ¿Por qué?
No es algo premeditado. De hecho, nunca empiezo un álbum pensando qué quiero comunicar. Más bien, lo que procuro es que las canciones estén acabadas, y luego las observo y me pregunto de qué tratan. Una vez terminé Flyng with angels pude observar el hilo que las unía, sí. Todas las canciones tratan de los años presentes, desde 2020 hasta ahora; reflexionan sobre cómo sobrevivir al covid, a la guerra en Mariúpol, al clima político de los últimos diez años en Estados Unidos, a mis problemas familiares.
¿Familiares?
Sí. Tras contagiarse de covid, mi marido sufrió tres derrames cerebrales y perdió el habla. Sobrevivió. Él era abogado en derechos humanos y trabajó por la libertad de expresión en Estados Unidos. Además, era poeta, hacía spoken word, un hombre con el don del rapsoda. En cierta manera, el covid le arrebató ese don hurgando en algún lugar de su cerebro. Así que muchas canciones del disco se perfilan bajo la idea de lucha, sí, pero no solo por la circunstancia íntima, sino también por la colectiva que todos estamos viviendo. No hubo premeditación alguna. Las canciones nacieron así.
Las compuso antes de las elecciones de EEUU, ¿no?
Sí,así que desconocía que íbamos a tener al presidente actual. Pensé que habría uno distinto, y, sin embargo, tenemos a este, que forma parte del clima enloquecido de emergencia que vivimos. Y cuando digo emergencia, lo digo literalmente, porque así lo ha declarado el presidente actual. Y, en nombre de esa emergencia, él va montando sus cosas.
¿Y por qué lo tituló Flying With Angels?
Porque siento que ahora necesitamos a nuestros mejores ángeles. Por primera vez en mucho tiempo, la geopolítica necesita elevarse, dar un giro y volverse un poco más esperanzadora. Tenemos a alguien en el cargo de presidente que posee apetitos muy básicos, y necesitamos a los ángeles para que nos protejan.
Usted empezó a tocar en los clubes de Greenwich Village, epicentro contracultural de los años 60 en Nueva York. Por allí pasaron Patti Smith, Dylan, Cohen y tantos otros.
Sí, vuelvo allí a menudo. No es lo mismo que entonces, pero todavía tengo muchos amigos allí de aquellos años. A mi marido lo conocí en Greenwich Village. Fue una época genial. Me encantaba entrar en Folk City y encontrar a mi gente, a mi tribu de escritores y compositores que escribían sobre poesía y política y música. Fue muy divertido y todavía mantengo ese espíritu ahora.
De hecho, en 1979, empezó a actuar inspirada por un concierto de Lou Reed.
Ya estaba actuando, sí, pero Lou Reed me ayudó a cambiar mi forma de escribir. Fue un momento en el que pensé “vaya, existe un mundo nuevo de escritura”.
¿Y qué fue lo que le impulsó a dedicarse a la música?
Siempre me encantó el escenario. De niña, a los cuatro años, me fui a vivir con mi abuela a Puerto Rico, en Río Piedras. Allí había un pequeño escenario donde recitaban poesía y mi abuela siempre me llevaba. Recuerdo bajar las escaleras y, entonces, observar aquel escenario de madera con la luz proyectada sobre él. Fue una sensación de expectación, de palpar en el ambiente que algo iba a pasar. Y sentí una atracción hacia esas tablas iluminadas. No sabía exactamente qué era, pero sabía que quería subirme a ellas; así que estudié danza y teatro e intenté aprender música. Y fue interesante porque tuve éxito en el ámbito en el que menos habilidad técnica tenía. Luego, una vez llegué a Folk City todo sucedió bastante rápido: en cuatro años ya firmé un contrato discográfico.
Mi fantasía siempre fue ser artista. No esperaba tanto éxito, sino algún tipo de éxito donde pudiera dejar mi trabajo. Sin embargo, sucedió a lo grande
¿Y fue difícil gestionar el ser reconocida internacionalmente? Se lo pregunto porque en 1987 tuvo un éxito enorme. ¿O vivió con naturalidad ese salto a la fama?
Ambas cosas. Fue una especie de éxito de la noche a la mañana después de diez años de trabajar duramente e imaginar cómo podría ser mi vida. De hecho, mantuve el deseo de obtener un éxito suficiente como para dejar mi trabajo. Yo, entonces, trabajaba de niñera, o en oficinas respondiendo al teléfono, en fin, trabajos básicos hasta que mi mánager, en 1984, me dijo “tienes que irte de gira y dejar tu trabajo”.
¿Y usted qué le respondió?
Que si estaba loco. Le solté: “¿cómo voy a pagar mi alquiler?”. Él me miró y me dio mil dólares, y yo pensé que era muchísimo dinero. Cómo iba a devolvérselo, pensé. Pero él me dijo “ya verás que funcionará”. Y en tres meses firmamos un contrato discográfico y pude devolverle el dinero. Fue algo raro, sí: toqué en el Royal Albert Hall, que es una sala enorme, y ya estaba yo a cargo de dos autobuses, de un camión y de todos los hombres que me acompañaban. No me di cuenta de que era la jefa hasta que una noche le dije a mi teclista: “Estos chicos que nos acompañan son tan amables. Todas las noches lo empaquetan todo y vienen a cada uno de los espectáculos”. Y él, asombrado, me miró como si yo fuera idiota y me soltó: “Trabajan para ti. Son tu equipo. Tú les pagas su salario. Eres su jefa”. Y yo me quedé estupefacta.
Me imagino la escena, sí.
Yo respondía al teléfono, preparaba el café, llegaba temprano por la mañana a la oficina para realizar el trabajo pesado, hacía todo lo que me pedían, y, de repente, pasé de ser el último mono a ser la jefa superiora. Un poco raro, ¿no? Por otro lado, mi fantasía siempre fue ser artista. No esperaba tanto éxito, sino algún tipo de éxito donde pudiera dejar mi trabajo. Sin embargo, sucedió a lo grande, sí, mucho más de lo que me podía esperar.
El artista debe escribir lo que le conmueve. No comparto que deba decirle a la gente qué sentir o qué pensar o qué votar. No es la tarea del artista
Se la considera una de las mejores cronistas de su generación, por ese equilibrio entre lo íntimo y lo social. Frente a un mundo sacudido por grandes tensiones, ¿el cronista debe limitarse a retratar lo que sucede o, por el contrario, asumir un perfil más político?
Sí, sí, entiendo.
[Piensa mientras va apartando delicadamente el jamón de su bocadillo. Se lleva una pizca de queso a la boca, da un sorbo a su café y mancha la tapa de cartón de pintalabios rojo. Mastica en silencio, se cubre la boca y gana tiempo].
El artista debe escribir lo que le conmueve. No comparto que deba decirle a la gente qué sentir o qué pensar o qué votar. No es la tarea del artista. Por ejemplo, yo encontré la confianza suficiente para escribir la canción “Last Train from Mariupol” porque observé las imágenes en la televisión y en los periódicos ríos de personas huyendo de Ucrania. Después leí en el New York Times aquella frase de que incluso Dios mismo huía de Mariúpol porque estaba asustado de lo que contemplaba. Sin embargo, no necesito exponer que la guerra es mala porque sienta que lo es. Ya están ahí las imágenes.
Hay otra canción del álbum, “Speaker’s Corner”, en la que reflexiona sobre la responsabilidad en el uso de las redes sociales.
Sí. En esta canción me permití, por primera vez, una emoción política. Me ayudé escuchando a Bob Dylan, como suelo hacer; me consuela su música y tomé confianza en su forma de escribir porque es imperfecta. Pero, para responder a tu pregunta, creo que el artista debe averiguar qué es lo que necesita ser contado en cada momento.
De vez en cuando alude a la situación de EEUU. Jackson Browne nos dijo en una entrevista que creía en la democracia, pero que no estaba seguro de si funcionaba. ¿Opina lo mismo?
Yo sí creo en la democracia. Y sé que funciona. Y que funcionará. Realmente lo siento. La democracia no es perfecta, no, no lo es, pero intenta perfeccionarse. Sé que el actual presidente, este hombre, ha cruzado todos los vacíos legales, de hecho, es como un niño de nueve años empujando a sus padres hasta los límites para ver hasta dónde pueden llegar, y que, cuando se le reprende, se enfada. En cualquier caso, las personas deben despertar, y lo están haciendo, porque se están dando cuenta de la realidad de lo que sucede. En Minnesota se están formando equipos de personas que cuidan a sus vecinos y a sus comunidades, un movimiento desde abajo que sube y que no viene impuesto por ningún gobierno. Y también en Portland y en Chicago. Y en Nueva York, donde siempre se ha luchado por la comunidad. Recuerdo que mi padrastro nos hablaba de la cultura europea y se mostraba muy crítico con la cultura americana y las injusticias. Era un hombre de piel oscura, considerado negro en Estados Unidos, y nos educó a todos con el conocimiento de esas injusticias. Él había viajado por Europa.
[De repente, el mánager indica a Suzanne Vega que es hora de ir a la prueba de sonido. Ella asiente y da un último sorbo a su café. El borde del recipiente de cartón queda manchado por el pintalabios rojo].
Un par de preguntas más. ¿Os parece bien?
Sí, gracias. ¿Cree que ha ayudado a normalizar la presencia de las mujeres en el escenario?
Sí, porque cuando yo empezaba, mucha gente ya decía que el tiempo de las mujeres que cantan folk ya se había acabado. Así que ahora, cuando veo a Taylor Swift con su guitarra y su ejército de personas detrás, pienso “ella hace lo que yo hago y yo hago lo que ella hace”. Así siento esperanza y posibilidad en mí misma, en mi propio futuro. Y lo haré mientras me mantenga sana y escriba buenas canciones y tenga un buen espíritu y audiencia. Estoy feliz por ello.
Son buenas razones, sí. Para terminar, querría preguntarle si cree que los ideales que cantaron Dylan, Neil Young o Jackson Browne de una sociedad más justa se han cumplido.
No, pero incluso en este momento degradado que padecemos, somos mejores que antes. Ha habido progreso, y tenemos que luchar para mantenerlo. A diferencia de años atrás, ahora poseemos las palabras, la idea de los derechos humanos, términos que ni siquiera se habían acuñado. No fue hasta 1948. Y esto es muy importante.
Es esperanzador.
Sí, lo es. Es enorme poseer un vocabulario para decir a lo que aspiramos. Aún no hemos llegado, pero seguimos creyendo y luchando por ello.
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