Quince años de la despedida de R.E.M., el fin del mundo tal como lo conocimos

Quince años después de su disolución, resulta desconcertante el pobre eco que ha dejado una formación que en los años 80 y 90 pasó de ser el grupo más admirado del indie rock americano a convertirse en la anomalía más sugerente del mainstream pop.
Michael Stipe
Michael Stipe junto a Peter Buck y Mike Mills componentes de R.E.M.
21 sep 2026 06:00

El porqué del olvido progresivo del grupo de Athens quizá provenga de la imposibilidad de etiquetarlos dentro de un nicho en particular, pero sobre todo por carecer del aura de culto que destilan grupos malditos como The Replacements o Hüsker Dü, pioneros del punk neopsicodélico que proporcionó los años de gloria al underground estadounidense en la década de los 80. Una escena subterránea a la que también pertenecieron R.E.M. Cuando la banda liderada por Michael Stipe alcanzó el éxito masivo con el single Losing My Religion y la bendición de la crítica por Automatic For The People (1992), tuvo que proseguir su andadura sin perder la credibilidad ante los fans que los seguían desde principios de los años 80. Para ello recurrió a pruebas de equilibrismo entre la semántica pospunk, el candor melódico powerpop y las raíces folk americanas. El resultado, faros con el brillo incandescente de discos como Murmur (1983) y Reckoning (1984), de influencia tan relevante como básica para ilustres con el ADN insobornable de Throwing Muses o Vic Chesnutt, entre tantos otros.

Como una anomalía en el circo musical de los 80, R.E.M. partieron de una época distorsionada por sintetizadores, brío hardcore, radiofórmulas yacht rock, el boom del hip hop, el reinado de Prince, la dictadura AOR o el nuevo rock americano para acabar imponiéndose a través de una personalidad delineada a partir de referencias como Wire, Patti Smith, The B-52s, Big Star, Television, el gótico sureño e incluso el universo Twin Peaks.

A partir de dicha base, R.E.M. fueron culpables de encadenar una de las trayectorias más regulares y cromáticas que se recuerdan en la historia del pop. Así fue a lo largo de tres décadas, con hitos como los citados Murmur o Reckoning, Lifes Rich Pageant (1986), Green (1988), Out of Time (1991), Automatic for the People (1992) o Up (1998). Picos mayores dentro de una cordillera discográfica en constante evolución, pero que, a nivel crítico, se volvió en su contra. No en vano, el listón tan alto impuesto por R.E.M. en sus ocho primeros discos acabó generando que álbumes tan notables como Monster (1994), New Adventures In Hi-Fi (1996), Accelerate (2008) e incluso brillantes y rupturistas como Up (1998) fueran vilipendiados en su momento por cierta parte de la crítica.

Si nos atenemos a la regla natural relativa a la supervivencia en el ecosistema pop, los años de inspiración, derivados de constituir una personalidad intransferible, suelen durar un lustro, más o menos. Así sucedió con visionarios que abrieron caminos en su momento como The Smiths, The Stooges, Hüsker Dü o My Bloody Valentine, grupos que han dejado su sello en la historia en un intervalo de tiempo muy concreto.

El pecado de Michael Stipe y los suyos no solo fue seguir abonando su trayectoria de más y más diques abiertos a lo largo de los años, sino de haber alcanzado fama mundial. No obstante, si nos atenemos a la base de su constitución musical, los cuatro (trío a partir de 1996) de Athens no basaron sus formulaciones musicales en una reinvención del rock mediante su asesinato, sino recuperando el pop de guitarras, mientras proponían un estimulante viaje a los años 60 a través del pop, vía The Byrds, e incluso adoptando con maestría el galope seco del country patentado por Hank Williams.

Maestros en traducir ortodoxia pop en picos emocionales de lirismo arrebatado(r), si por algo siempre serán recordados es por haber compuesto la colección más exuberante de canciones desde los años 80 en adelante. Así, Fall On Me, It’s The End Of The World As We Know It, Driver 8, Cuyohoga, Losing my Religion, Man On The Moon o Imitation Of Lifeson solo unas pocas muestras de un catálogo que apela a las metáforas incomprensibles cantadas por Stipe, su capacidad para vampirizar la radiante melancolía powerpop dentro de engranajes de compleja versatilidad rítmica, y todo un arsenal de indagaciones que, entre tantas otras revelaciones, llegaron a tocar las sagradas escrituras del tecno-rock inventado por Depeche Mode. Esto último sucede en cortes como Walk Unafraid, una de las muescas que conforman la ruleta de fabulosas deformaciones que aplicaron en su código de estilo a lo largo de “Up”, LP que únicamente contó con ciertas loas por parte de la revista Rockdelux, en España.

Discos previos como su trampolín hacia el estrellato, Out Of Time, fueron la excusa para que el periodista Parke Puterbaugh diera con la clave que da sentido a su modus operandi e impacto en su época: “La mayor riqueza de REM son sus cuatro miembros. No se trata de su maestría musical, en términos técnicos, tanto como de las ideas y personalidades que se expresan a través de su música. Además, siempre han permanecido infaliblemente fieles a sus instintos. Esta fidelidad suele ser difícil de mantener entre tanto elogio de la crítica y unas cifras de ventas en escalada. Esta circunstancia podría haber finiquitado el grupo o haberlos llevado a una reformulación musical más acorde con el éxito alcanzado. Era de esperar que una situación de estas características pudiera haberlos llevado conscientemente a romper o a replicar una fórmula de éxito. Pero R.E.M. siempre se han mostrado impredecibles y auto-inventándose. Siempre han operado más por intuición que a través de fórmulas. Nunca llevan un mapa y el no saber lo que les esperará tras la próxima curva es parte de la fascinación y diversión de seguir a R.E.M”.

Dicho misterio es el mejor aval sobre el que rotaron sus impulsos artísticos. Los mismos por los cuales, en su ensayo “Distensión post-milenio: ideas sobre el indie en el cambio de década”, incluido en el libro colectivo Teen Spirit: de viaje por el pop independiente (Mondadori, 2004), el periodista Javier Blanquez lanza reflexiones tan atinadas como “en un momento en que no existía el término ‘indie-rock’, R.E.M. básicamente lo inventó tal como lo conocemos. Ellos inventaron nuevas maneras de ser fan de la música”.

De hecho, la coincidencia temporal en el éxito mundial de R.E.M. y Nirvana definió a una renovada raza de fandom dentro de las típicas ramas estandarizadas del momento, en un camino, eso sí, previamente allanado por formaciones británicas como The Cure y Depeche Mode, cuyo largo viaje desde los subsuelos pospunk hasta su invasión norteamericana a finales de los años 80 configuró una vía de entrada hacia nichos masivos, pero enterrados en las radiofórmulas del momento.

Tanto R.E.M. como todos los que después alcanzaron un nivel menor de éxito comercial, como Wilco o Sonic Youth, aunque estos ya tenían una larga carrera a sus espaldas cuando llegaron al gran público, ampliaron dicha grieta de la que hoy en día no quedan casi resquicios en la memoria de una cultura de consumo velocirraptor que, eso sí, jamás podrá borrar su impacto en el subconsciente popular.

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