Opinión
De genios y dictadores
En Hearts of Darkness, A Filmmaker’s Apocalypse (1991), documental basado en las imágenes que grabó Eleanor Coppola durante la filmación de la película de su marido, se narra un rodaje casi tan apocalíptico como la obra que le da nombre, Apocalypse now (1979). La película se filmó entre tifones, retrasos y amenazas de bancarrota, helicópteros cedidos por el ejército filipino, infarto del protagonista, Martín Sheen, y medio elenco —siendo prudentes— de ácido. Francis Ford Coppola llegó a decir que Apocalypse now no trataba sobre Vietnam, era Vietnam.
En medio de ese desastre se encontraba Eleanor Coppola, que había viajado a Filipinas, donde se rodaba la película, con sus hijos pequeños. Eleanor (que sospechaba que su marido le había encargado el making of para que así tuviese algo que hacer) documentó el proceso de creación de una película mítica con un acceso privilegiado a sus entrañas. Ante la cámara compasiva de Eleanor, Francis se muestra en toda su crudeza, con sus inseguridades y sus miserias. Confiesa estar convencido de estar haciendo una mala película, dice que está a punto de suicidarse, tiene ataques de rabia y maniobra para evitar que se difunda el infarto de Sheen. El épico documental sobre la creación de una película mítica es también una obra que muestra de forma elocuente lo que se esconde tras la figura del “genio”.
En 2012, en el Festival de cine de Toronto, una joven aspirante a cineasta pidió consejo a Francis Ford Coppola. Este contestó: no te cases, porque si lo haces no tendrás tiempo para tu carrera. Una forma indirecta de reconocer todo lo que Eleanor hizo por él, aparcando su trayectoria en la dirección de arte (ambos se conocieron en el rodaje de Dementia 13, de Roger Corman) y renunciando a sus ambiciones artísticas por mucho tiempo, hasta que, con 80 años, logró dirigir su primera película.
De hombres tiránicos y egocéntricos está poblada gran parte de la narrativa de Iris Murdoch, que dominaba el arte de ponerse en su piel y someterlos a todo tipo de tormentos y experiencias extremas. El crítico Andreu Jaume señala que en sus obras “hay siempre un mago luciferino que ejerce su poder despótico sobre los demás”.
En El mar, el mar (1978) el mago luciferino se llama Charles Arrowby, un famoso dramaturgo y director de teatro que ha decidido retirarse a sus 60 años a un apartado caserón de la costa inglesa para escribir sus memorias. Su ansiado retiro pronto se ve perturbado por la visita de amistades, antiguas amantes, un misterioso primo y, sobre todo, la visión de su antiguo amor de adolescencia. Pronto, sus nobles propósitos y sus ansias de redención se quedan a un lado para desplegar un plan megalómano y completamente disparatado. Para el escritor Rodrigo Fresán, “Arrowby seguirá siendo siempre un director de teatro convencido de que el resto del mundo es un escenario poblado de actores mediocres y vulgares ingredientes a los que a él le corresponde regir y mezclar hasta las últimas consecuencias”. El disfrute está asegurado gracias a la habilidad de Murdoch para, en una narración en primera persona, mostrar la distancia entre los delirios de su protagonista y la realidad, de manera que la trama se despliega en dos dimensiones: lo que el narrador cuenta y lo que el lector intuye que sucede.
“Un director de cine es, en cierto modo, uno de los últimos cargos verdaderamente dictatoriales que quedan en un mundo cada vez más democrático”, dijo con alivio Francis Ford Coppola. Charles Arrowby habría estado de acuerdo.
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