Opinión
La palabra que pesa más que un diagnóstico
Hay palabras que no describen: condenan. “Borracho” es una de ellas. No importa cuántas vidas haya vivido una persona antes de que esa palabra llegue. No importa a quién haya querido, qué haya construido, cuánto haya luchado o cuánto haya perdido. Una vez pronunciada, todo lo demás parece quedar en segundo plano. La biografía desaparece. La complejidad desaparece. Queda la etiqueta.
Las etiquetas tienen una ventaja para quien las utiliza: ahorran el esfuerzo de comprender.
Mi padre fue muchas cosas antes de convertirse, para algunos, en “el borracho”. Fue el hijo del molinero. El niño que decía que la harina suspendida en el aire parecía polvo de estrellas. El hombre que ayudaba a los vecinos sin esperar nada a cambio. El padre que me enseñó que la mejor manera de educar era hablar con respeto. Pero el mundo eligió quedarse con una sola versión de él. La más simple. La más cómoda.
El estigma no es solo crueldad. Es también una forma de pereza.
Resulta más fácil reducir una vida a una palabra que aceptar que las personas son complejas. Que detrás de una enfermedad existen pérdidas, heridas, miedos, circunstancias y, sobre todo, humanidad.
Porque el alcoholismo es una enfermedad. Tiene diagnóstico, tratamiento y una larga literatura médica que intenta explicarla. Sin embargo, quienes la padecen reciben con frecuencia menos comprensión que juicio. Se les exige fuerza de voluntad donde haría falta acompañamiento. Se les ofrece vergüenza donde haría falta ayuda. Y quizá lo más inquietante es que quienes juzgan no siempre lo hacen desde la maldad. Muchas veces lo hacen desde el miedo.
Reconocer que alguien cercano puede derrumbarse de esa manera obliga a aceptar una verdad incómoda: la fragilidad no es una excepción. Es una posibilidad compartida.
Existe una violencia que rara vez se nombra. Vive en los comentarios pronunciados en voz baja, en las conversaciones que cambian de tono cuando alguien entra en una habitación y en las miradas que convierten una enfermedad en una identidad.
Mi padre no perdió solo salud. Perdió también algo más difícil de recuperar: la sensación de pertenecer. Y aun así siguió intentándolo.
Eso es lo que rara vez aparece en las historias que contamos sobre las adicciones. Que detrás de cada recaída suele haber un intento previo. Que la recuperación no es una línea recta. Que pedir ayuda cuando uno ha aprendido a verse como un problema exige una valentía extraordinaria.
Escribir sobre esto no es ajustar cuentas con nadie. Es una forma de resistirse a la amnesia que convierte a las personas en el resumen de sus peores momentos.
Mi padre fue una persona llena de contradicciones, como lo somos todos. Reducirlo a una sola palabra sería hacerle exactamente lo mismo que el mundo ya le hizo.
El estigma mata de una manera particular: lentamente. No destruye solo la autoestima. También erosiona la posibilidad de sentirse digno de ser ayudado.
Esta es una historia de amor. También de dolor. Pero, sobre todo, es la historia de un hombre que luchó con todo lo que tenía en un mundo que pocas veces estuvo de su lado. Por eso sigo escribiendo.
Porque cada vez que una persona queda atrapada dentro de una etiqueta, perdemos algo de nuestra capacidad para comprender. Y porque ninguna vida debería caber en una sola palabra.
Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.
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