Opinión
La ultraderecha y la solución final

Se habla ya y sin tapujos de cazar migrantes, de meterles en campos de concentración o de disparar a matar a aquellos que intenten cruzar la frontera.
Trump Meloni
El presidente Donald Trump y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, conversan durante un receso en la cumbre del G7, el lunes 16 de junio de 2025, en Kananaskis, Alberta, Canadá. (Foto oficial de la Casa Blanca por Daniel Torok).
17 sep 2026 08:30 | Actualizado: 17 sep 2026 09:23

En el icónico libro La doctrina del shock, la autora canadiense Naomi Klein denunciaba cómo el capitalismo neoliberal se alimenta de los desastres naturales, de la guerra y del terror para establecer su dominio ideológico e incrementar el poder de aquellos que se benefician del sistema. Este libro fue escrito en el contexto del 11-S y la invasión del gobierno estadounidense de George W. Bush en Iraq y trataba de explicar cómo el terrorismo se había convertido en el concepto idóneo que justificaba cualquier decisión gubernamental por muy impopular que fuera aprovechando que la población estaba en un estado vulnerable de shock.

El terrorismo era entonces un enemigo abstracto que podía actuar en cualquier momento, siempre latente y omnipresente, cuyo poder era precisamente su condición conceptual etérea en tanto que carente de tangibilidad física y, por ello, imposible de vencer. En definitiva, el enemigo era, a pesar de la retórica bélica, invencible y por eso mismo resultó tan útil: la guerra contra el terror sirvió como artefacto que atraía la atención de los ciudadanos para, en último término, alcanzar unos fines muy específicos para el sistema y que acababa por facilitar el funcionamiento de unos mecanismos de asimilación social que sus defensores políticos supieron aprovechar para cosechar éxitos electorales, reducir derechos y acometer profundas reformas económicas.

Los procesos migratorios se van a seguir dando a lo largo y ancho del mundo, principalmente y como viene siendo habitual, desde el Sur Global hacia el Norte

El libro fue escrito hace casi dos décadas, pero resulta muy conveniente hoy para hablar de la crisis migratoria y cómo se aborda el fenómeno de la migración desde una perspectiva que contiene evidentes ecos y, sobre todo, a través de unos mecanismos de manipulación mediática y tecnológica avanzada que están resultando muy efectivos para moldear el imaginario colectivo. Los procesos migratorios se van a seguir dando a lo largo y ancho del mundo, principalmente y como viene siendo habitual, desde el Sur Global hacia el Norte, y es algo que los expertos coinciden en que se agravará con el paso del tiempo en tanto que las brechas de desigualdad se siguen ensanchando internamente en los países de origen, así como el cambio climático y sus consecuencias van a seguir forzando la creciente migración climática. Puede parecer una paradoja que aquellos partidos que basan sus argumentarios políticos en la lucha contra la inmigración son también aquellos que se declaran negacionistas climáticos y que, con total seguridad, los desastres naturales y los problemas de acceso a recursos de primera necesidad asociados a este fenómeno derivarán en un aumento significativo de las corrientes migratorias.

El problema, por lo tanto, parece que va a seguir estando ahí, por mucho que todos estos partidos que hacen de la lucha contra la inmigración su bandera política, principalmente desde la derecha tradicional y, por supuesto, desde la ultraderecha, busquen la implementación de políticas ultranacionalistas y segregadoras. Tomando como ejemplo los mecanismos que Naomi Klein analizaba en su libro se podría concluir que el complejo fenómeno migratorio resulta extremadamente conveniente para los fines racistas de los ultras: la inmigración supone un elemento creciente y sostenido en el tiempo, un enemigo imposible de derrotar y que les provee de un catalizador político lo suficientemente potente como para hacerles llegar al poder y ejecutar su agenda económica, aquella que facilita a los multimillonarios capitalistas a acumular más riquezas y que, a su vez, empobrece y suprime derechos a la clase trabajadora.

La estrategia de deshumanización previa de la inmigración ha sido uno de los factores clave que les ha brindado la cortina política perfecta para poner sobre la mesa medidas que proponen reducir el bienestar general y restringir derechos de la mayoría social

La internacional fascista liderada por Donald Trump, defendida y financiada por la clase multimillonaria, a través de sus filiales políticas en el mundo, ha logrado penetrar en las democracias a través de un mensaje xenófobo y racista contra la inmigración que a tenor de los resultados electorales está siendo muy efectivo para hacerse poco a poco con las instituciones de los países donde actúa. Cabe puntualizar que esto no sería posible sin esa gran inversión económica previa que facilita la inclusión de mensajes ultras en los medios de comunicación, que hace de la manipulación su modus operandi para generar confusión y que disemina el odio en las redes sociales valiéndose del uso de algoritmos para monitorizar, predecir y rentabilizar las emociones humanas por medio de la polarización e instrumentalización del miedo. Sin duda, la estrategia de deshumanización previa de la inmigración ha sido uno de los factores clave que les ha brindado la cortina política perfecta para poner sobre la mesa medidas que proponen reducir el bienestar general y restringir derechos de la mayoría social.

Así sucede que, una vez estos partidos se hacen con el poder en sus respectivos territorios y ante un fenómeno que no presenta ningún viso de solución, solo pueden permitirse hacer una cosa al respecto: seguir alimentando el estado de terror general que tanto les beneficia. Frente a la supuesta amenaza migratoria aumentar la apuesta es la única forma de lograr mantenerse en el poder. El caso de Italia es un ejemplo paradigmático de ello.

Como es sabido, la ultraderechista Georgia Meloni, del partido posfascista Fratelli d’Italia se alzó con el poder con un duro discurso anti-inmigración pero, en los últimos meses y, como era de esperar, sin poder darle una solución sencilla a un fenómeno con complicadas aristas, ha sido testigo de cómo un nuevo partido ultraderechista llamado Futuro Nazionale (FN) impulsado por el ex legista y retirado general Roberto Vannacci, está empezando a canibalizar el espacio de la derecha y a disputar la estrategia ultra con visos de incluso complicarle la continuidad en el poder. Para ello, Vannacci ha ido un paso más allá en la deshumanización del inmigrante, así como de todo colectivo que no defienda sus tesis racistas, misóginas, homófobas y, como no podía ser de otra manera, profundamente neoliberales y anti-comunistas. Vannacci, ahora sí, parece tener la solución a los problemas de los italianos e italianas: solo se trataba de cruzar más líneas rojas y amenazar con convertir en cenizas cualquiera avance social del último siglo.

Así, en esta polarización de un nosotros nacional frente a un ellos externo, es decir, la amenaza latente del migrante automáticamente identificado como criminal y violador, solo cabe el in crescendo deshumanizante y el avance ininterrumpido en una carrera política sin control que va negando derechos humanos básicos por el hecho de ser simplemente una persona migrante. Agitar el miedo resulta en una baza electoral exitosa, así que no parece haber motivaciones suficientes para dejar de emplear esta estrategia. Ahora bien, la pregunta que más debería de inquietar sería la de hasta dónde son capaces de llegar estas ultraderechas en el proceso deshumanizante del migrante.

Muchos votantes encuentran enormes dificultades para unir la línea de puntos que conduce al empeoramiento del bienestar y el encarecimiento de la vida actual exactamente con las políticas neoliberales que los partidos ultras defienden a ultranza

Cuando eliminarles el acceso a servicios básicos, segregarles en espacios públicos y denegarles ayudas resulten ya insuficientes, ¿qué es lo que vendrá después? Mientras todo este hipotético escenario parece acercarse a pasos acelerados, no hay duda de que se seguirán escuchando los sobreactuados gritos desbordantes de rabia de todos esos voceros ultraderechistas a sueldo que pululan por las redes y los medios de comunicación y que, como no puede ser de otra manera, emplean la migración como chivo expiatorio para explicar el origen de los crecientes problemas de precariedad material que sufre la gente. Sorprendentemente, muchos votantes encuentran enormes dificultades para unir la línea de puntos que conduce al empeoramiento del bienestar y el encarecimiento de la vida actual exactamente con las políticas neoliberales que los partidos ultras defienden a ultranza y que los partidos tradicionales, tanto conservadores democristianos como socialdemócratas han ejecutado en las últimas décadas.

Solo hace falta ver lo que ha sucedido en el Bundesland alemán de Sajonia-Anhalt donde a buena parte de la población a la que se le preguntaba por la coyuntura sociopolítica de cara a las recientes elecciones regionales, aludían a que echaban de menos la seguridad económica que brindaba el socialismo de la extinta República Democrática Alemana (RDA) a la par que, por esa misma razón, justificaban su voto a los ultraderechistas de Alternative für Deutschland (AfD) cuyo programa económico es profundamente neoliberal y sus políticas son totalmente contrarias a las que facilitaron ese estado del bienestar socialista que tanto anhelan. A veces cuesta entender si vivimos en entornos tan intelectualmente precarizados y manipulados que incluso algo tan evidente y aparentemente sencillo de entender como esto hace que resulte también complicado de explicar y, por ello, añada más complejidad para abordar las estrategias de todas aquellas posiciones antagónicas que una vez tras otra acaban inmersas en frustrantes y continuadas derrotas.

La táctica de las ultraderechas mundiales no es otra que la de desvirtuar todo debate político, confundir al votante por medio de la manipulación y las mentiras y, con ellas, llenar de desconfianza y miedos a la sociedad

Con todo, cabe recordar que la táctica de las ultraderechas mundiales no es otra que la de desvirtuar todo debate político, confundir al votante por medio de la manipulación y las mentiras y, con ellas, llenar de desconfianza y miedos a la sociedad. Solo entonces, cuando el momento de shock general les facilite la idoneidad coyuntural, acabarán haciéndose con el poder y podrán poner en práctica todos los paquetes de reformas económicas y cercenamiento de derechos que contienen sus programas. No hay que obviar que es este y no otro el fin último de sus inversores y mecenas multimillonarios, así como de sus aliados internacionales, con Trump y el gobierno israelí de Netanyahu a la cabeza.

Cuando el discurso de la migración consigue inundar todo el debate, este acaba viciándose y, con ello, se logra obnubilar el criterio y apartar el problema central de la cuestión de la clase como eje central de la contienda política. En España, donde a diferencia de otros países como Italia, Reino Unido o Francia que desayunan, comen y cenan con debates televisivos sobre la cuestión migratoria desde hace años -y de aquellos polvos estos lodos-, parecía que se estaba logrando esquivar los repetidos intentos ultras de poner la inmigración sobre la mesa, pero parece que finalmente ha acabado cediendo ante la presión: los niveles de deshumanización de los discursos vertidos en los medios en la actual crisis de Ceuta es una fehaciente prueba de la rápida velocidad con la que avanza la estrategia ultra para controlar la agenda mediática y dirigir a placer el discurso hacia sus fines.

Se habla ya y sin tapujos de cazar migrantes, de meterles en campos de concentración o de disparar a matar a aquellos que intenten cruzar la frontera. Desgraciadamente y, en la medida en que avanza la ola ultra en todo el mundo, parece que estamos cada vez más cerca de alcanzar la cima, es decir, de que llegue ese momento en el que ya no queden más derechos humanos que negar y se acabe por proponer una solución final para este problema. No sería algo novedoso en nuestra historia reciente y todos sabemos ya a qué caminos conduce el fascismo más pronto que tarde. Por supuesto, cuando los verdaderos problemas sigan estando ahí, habrá una solución que aguarda también a todos aquellos que puedan ser culpabilizados de que nuestras vidas sigan siendo miserables y, por lo tanto, susceptibles de ser declarados enemigos corriendo la misma suerte que el demonizado inmigrante: feministas, personas LGTBI+, socialistas, comunistas, ecologistas…

Por eso, llegados a este punto conviene tener presente que, realmente, el enemigo nunca es el migrante per se, sino más bien la coartada estratégica discursiva que les permite hacerse con el poder institucional. El enemigo es y será siempre aquellos que defienden los derechos humanos y la democracia en tanto que desde una perspectiva socialista limitan el poder y los privilegios de aquellos ultrarricos que son los que se benefician de la degradación material de las mayorías sociales y abogan por hacer más difícil su cotidianeidad en pro de su beneficio individual. Otro tema sería analizar cómo en este presente-futuro al que nos abocamos donde la inteligencia artificial y empresas como Palantir empiezan ya a emplear sus herramientas de vigilancia masiva al servicio de esta ofensiva ultra, podrá la oposición social y política salir de esta encrucijada a tiempo, es decir, antes de acabar sucumbiendo ante la distopía fascista proyectada sobre todos nosotros.

«Imaginad ahora un hombre a quien, además de sus personas queridas, se le quiten la casa, las costumbres, los vestidos, todo, literalmente todo lo que posee: será un hombre vacío, reducido a sufrimiento y necesidad, olvidado de la dignidad y del juicio, porque a quien lo ha perdido todo le ocurre fácilmente perderse a sí mismo». Primo Levi, Si esto es un hombre.

Estados Unidos
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