Opinión
¿Un nuevo gobierno de extrema derecha en América Latina? ¡Que no panda el cúnico!

Sí, Iván Cepeda no ganó, pero el movimiento dio otro paso enorme en su proceso de consolidación que debe ser tomado en cuenta, reconocido y cuidado.
El abogado Aberlardo de la Espriella durante la campaña electoral.
El abogado Aberlardo de la Espriella durante la campaña electoral.

¡La gente está loca! ¡Qué tienen en la cabeza! La noche del domingo 21 de junio clamaban las redes y los grupos de WhatsApp. Que Colombia ha sido un país tradicional e irremediablemente de derecha es una frase repetida en contextos como éste en el que los resultados electorales no cumplen con las expectativas progresistas. ¡País de mierda!, incluso llegaron a lanzar algunos, evocando la expresión de un periodista que, en los años noventa anunció, compungido y en televisión, el asesinato del humorista Jaime Garzón a manos de esbirros paramilitares. Hay muchas razones que explican estos resultados; en estas líneas, elegimos qué resultados mirar.

Sí, es una gran derrota. No porque fuese la crónica de una muerte anunciada, más bien, porque parecía posible. Sin embargo, que una propuesta electoral de izquierda haya sido votada por 12.7 millones de personas en Colombia, en una elección que llegó al 62%, es una conquista enorme. En ese país, las expresiones progresistas desde los líderes ambientales a los sindicalistas han sido históricamente satanizados por la derecha y por el establishment y, al menos desde la década de los años ochenta, toda expresión de disenso desde el arco ideológico de izquierda era convertida, sin medias tintas, en expresión de la insurgencia armada y, por lo tanto, en enemigo de la Nación y así era tratado. En 1991, en torno a la elaboración de una nueva Constitución, hubo una primavera democrática, pero a esa primavera se rompió, como una tregua, una vez más. Menos de una década después, el país se llenó de desplazados, fosas comunes y desaparecidos.

Esos 12,7 millones de votos son herederos también del proceso de paz con las FARC logrado hace una década. Los acuerdos de La Habana y la desmovilización de una parte mayoritaria de esa guerrilla redujeron el espacio para los movimientos armados ya por ese entonces sin respuestas para los desafíos del país, al mismo tiempo que lo ampliaba para las expresiones democráticas de izquierda.

El tiempo también hizo lo suyo y conjugándose con el poder de las exorbitantes sumas de dinero de las economías ilegales, destiñó los propósitos revolucionarios armados que quedaban y en esas trincheras quedan hoy solo mercenarios vendiéndose y alquilándose al mejor postor para resguardar los laboratorios de coca y los circuitos de la trata y de la minería ilegal. Finalmente, para hablar del primer gobierno de izquierda en Colombia que está por terminar, cuatro años de gobierno son siempre un desgaste. Además de los errores propios de la gestión en esta experiencia inédita de gobierno, justo es reconocer que los sectores más concentrados presentaron férrea resistencia en la defensa de sus privilegios.

En Colombia la izquierda sabe de dónde viene y a los laberintos de la clandestinidad en dónde siempre se ha pretendido encerrarla, no parece presta a regresar

Los resultados del progresismo en la última elección no deberían ser guardados en el cajón de las derrotas que las opciones de izquierda o progresistas vienen sufriendo en los últimos meses en todo el mundo. Sí, Iván Cepeda no ganó, pero el movimiento dio otro paso enorme en su proceso de consolidación que debe ser tomado en cuenta, reconocido y cuidado. Además, este paso fue dado sobre uno anterior, las elecciones que otorgaron al Pacto Histórico y al progresismo una posición nada menor en el Congreso. Tampoco es para grandes entusiasmos, es verdad, pues el nuevo gobierno tiene serias posibilidades de construir mayoría en el Congreso. Que en Colombia esa mayoría sea popularmente conocida como “aplanadora” expresa claramente el tamaño del desafío que tendrá el progresismo en el Congreso. No obstante, tiene posibilidades de mantener una posición crítica también en esos escenarios.

En la década los años 1980 y 1990, las amenazas directas o veladas de otros líderes de derecha con vocación militar como Abelardo de la Espriella eran frecuentes. Con el mote de guerrilleros primero y de terroristas posteriormente, la mayor parte de las voces de disenso eran acalladas con amenazas, estrategias judiciales y violencia. El pasado domingo 21 de junio, rápidamente después de conocer los resultados de la última elección, De la Espriella, autoproclamado tigre, lanzó su amenaza predatoria. El flamante presidente afirmó morder duro y a paso seguido, lanzó amenazas militares a quienes corten las rutas en señal de protesta, envió señales de amor a Estados Unidos e Israel, decretó fumigaciones con glifosato e invitó a los líderes de la izquierda a hacer sus maletas. La amenaza lanzada fue rápidamente respondida por Cepeda: a los tigres de papel no hay que comerles cuento ni amenaza. En Colombia la izquierda sabe de dónde viene y a los laberintos de la clandestinidad en dónde siempre se ha pretendido encerrarla, no parece presta a regresar.

Al igual que sucede con las elecciones en Colombia, hay cierta dificultad a la hora de ver y reconocer la ola de movilizaciones que se viene produciendo en todo el mundo contra las medidas ortodoxas y regresivas que van en contra de los intereses de las mayorías. Movilizaciones estudiantiles, ciudadanas, de jubilados, de desempleados, feministas y de sin techo o de personas afectadas por la crisis de la vivienda, ocupan hoy las calles de las ciudades en todos los continentes.

La hegemonía Israel-Estados Unidos ya no es tal y el genocidio planificado en Gaza y los crímenes de Estado en el Líbano, han dejado a Israel en un aislamiento internacional sin precedentes. Al mismo tiempo, en la sede del Imperio es ya inocultable la desnudez del rey y una prepotencia que está allanando su camino hacia el declive.

Y hoy, en América Latina, después de varias décadas de ires y venires entre la utopía y el terror, hemos aprendido de proclamas que hacen pensar en la depuración definitiva o radical del sistema político, de la justicia o del congreso, pero que llaman a respuestas desesperadas que no conducen a transformaciones estructurales y que más bien, agitan las aguas en donde comen los peces más gordos.

En las filas del progresismo hay también estructuras de corrupción, de egocentrismos, y patriarcados que debilitan o destruyen los procesos desde adentro

Hemos aprendido también duras lecciones. En las filas del progresismo hay también estructuras de corrupción, de egocentrismos, y patriarcados que debilitan o destruyen los procesos desde adentro. No van más. Gobernar requiere valor y arrojo, pero también humildad con el conocimiento, equipos técnicos formados y procesos de profesionalización. Mucho trabajo sistemático, pensamiento crítico, radicalidad con la honestidad, intelectual y de las otras. Sin atajos. Utopía y conocimiento técnico no se conjugan bien, pero tenemos que seguir en el camino de no pensarlas como opuestos; conocer los mecanismos del Estado es fundamental para lograr las verdaderas transformaciones.

Es urgente combatir la prepotencia imperial, no con violencia, con imaginación, no con resignación, con esperanza. Pero ya no es suficiente. La izquierda tiene que seguir trabajando para ser gobierno, para proponer medidas realmente transformadoras. Reformar un sistema de salud, reestructurar el sistema tributario, hacer posible el transporte público masivo, lograr la corrupción cero en sus filas… Todo eso probablemente requiera más hojas Excel y destreza técnica que proclamas pomposas y declaraciones sobreactuadas.

En el mundo hay malos y hay buenos. Y los malos no están ganando, están en el poder, que es distinto. La movilización activa es clara prueba de nuestro cansancio, pero también de nuestra fuerza y mal haríamos en tirar el bebé de la revolución de lo posible con el agua sucia de los malos resultados electorales.

Otro mundo sigue siendo posible y está en las calles, pero también en los escritorios, en las oficinas y en las aulas desde donde podremos imaginar, movilizarnos y construir herramientas para una ciudadanía crítica con inteligencias afectivas, sensibles, empáticas y auténticas y construir un mundo más justo.

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Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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