Opinión
Venezuela marca el inicio de una nueva doctrina geopolítica mundial
Tras la invasión de Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores por parte de los Estados Unidos el pasado 3 de enero, varios dirigentes políticos europeos se han empeñado en hacer piruetas dialécticas para no condenar explícitamente los ataques y, a su vez, apelar por enésima vez al respeto del derecho internacional. Desorientados y anquilosados en una forma de hacer política que ya no existe, se afanan por preservar la narrativa de una organización mundial basada en reglas y en un derecho internacional que, para ser honestos, siempre sirvió a las grandes potencias pero que de poco servía a ese otro mundo, el que siempre tuvo que resistir ante las presiones neocoloniales y al que la única vía posible de liberación pasaba por la valentía de construir una alternativa a través de un proceso histórico de lucha que ambicionaba con superar su histórica condición subalterna.
A lo largo de su extensa trayectoria de intervenciones imperialistas en Oriente Medio y América Latina, Estados Unidos ha tratado generalmente de revestir sus acciones, ya sea delegándolas en el rearme o financiación de una oposición satélite o bien mediante la justificación de apelar a principios universales como la libertad o la democracia que les otorgaban una apariencia de legitimidad ante el mundo. Despedazada la legalidad internacional, esos revestimientos argumentales parecen ya importar bien poco.
En esta lucha entre potencias nace el empeño por asegurar espacios geoestratégicos y recursos clave, un intento desesperado de Estados Unidos que trata de frenar el fortalecimiento de sus competidores
En esta nueva doctrina geopolítica, marcada por la primacía de la fuerza y el desprecio al derecho internacional, Estados Unidos persigue sus objetivos estratégicos con la mirada puesta en Rusia y, especialmente, en el ascenso de China. En esta lucha entre potencias nace el empeño por asegurar espacios geoestratégicos y recursos clave, un intento desesperado de Estados Unidos que trata de frenar el fortalecimiento de sus competidores en la economía global y retrasar el declive de un imperio que ya evidencia claros signos de agotamiento.
Puestas las cartas sobre la mesa, las intervenciones se presentan sin necesidad de disfraces y los objetivos criminales y de sometimiento a los intereses de Estados Unidos se expresan sin tapujos, incluso con sorna, ante un público totalmente desconcertado. Colombia, México, Cuba y Groenlandia ya han sido amenazados en estos pocos días de 2026 y se posicionan en la mira de los inminentes objetivos del presidente norteamericano. Los halcones anticastristas de Miami ya se frotan las manos al pensar en una pronta intervención estadounidense en Cuba. Si Cuba cae, cae también un símbolo histórico de resistencia popular y lucha por los ideales del socialismo cuya repercusión se notará en todo el campo de la izquierda mundial. El potencial restablecimiento de las históricas estructuras de subyugación y dominio colonial ejercidas por las empresas estadounidenses en el Caribe hasta la Revolución cubana de 1959 y sus repercusiones revolucionaras en toda América Latina, aparece hoy no solo como una posibilidad tangible, sino como la culminación de una revancha largamente anhelada por la derecha anticastrista, tanto cubana como internacional.
En el caso europeo, parece obvio que Groenlandia, territorio que forma parte del Reino de Dinamarca, pasará pronto a manos de los Estados Unidos y que la Unión Europea probablemente optará por hacer alguna de sus declaraciones deeply concerned o monitoring the situation. Como históricamente nos viene acostumbrando, en efecto, nuestros representantes se dedicarán a no hacer absolutamente nada mientras Trump hace y deshace a placer ante la atónita mirada de los europeos. Sin un ejército propio, la seguridad y capacidad de acción de la Unión seguirá dependiendo de la OTAN, es decir, de Estados Unidos.
No hay que obviar tampoco que Bruselas está hoy plagada de acólitos de Trump a través de las sucursales ultraderechistas que han ido acaparando poder en esta última década en todos y cada uno de los Estados Miembros. Recordemos, además, que los países que conforman la OTAN recientemente llegaron a un acuerdo por el cual destinaban el 5% de su PIB para financiar el rearme con compra directa de armamento a los EEUU. Todos obedecieron a los deseos del magnate, por supuesto, excepto España que hizo equilibrismos para salirse de la foto.
Así pues, es de esperar que cuando Groenlandia acabe siendo anexionada por Trump nadie haga nada. Por mucho que la primera ministra danesa haya vaticinado que si esto llega finalmente a ocurrir la OTAN desparecería, es probable que todos y cada uno de los dirigentes europeos acaben agachando la cabeza frente a las amenazas económicas e incluso militares de Donald Trump. Ya se vio con el genocidio de los palestinos por parte de Israel. Más allá de la grandilocuente retórica de algunos dirigentes políticos, poco se puede decir de los hechos: todavía no se han dado acciones políticas importantes que hayan generado algún tipo de ofensiva para tratar de parar la masacre israelí en Palestina.
Cuando Estados Unidos se haga con Groenlandia, cabe entonces preguntarse si la Unión Europea sobrevivirá: ¿será capaz de gobernar el caos, evitar su desmembración y plantar cara a los Estados Unidos?
Todo forma parte de una normalización de la brutalidad, de una imposición de realidad política pre-bélica y de una evidente y vergonzante subordinación a los deseos e intereses de los Estados Unidos de Donald Trump. Seguramente se acaben dando respuestas dispares por parte de los dirigentes de los Estados miembros, dejando en evidencia su descoordinación y la incapacidad de acción común, tal vez acelerando así la desmembración de la Unión o debilitándola de cara a la opinión pública marcando un punto de inflexión con inciertas consecuencias sociopolíticas internas.
Cuando Estados Unidos se haga con Groenlandia, cabe entonces preguntarse si la Unión Europea sobrevivirá: ¿será capaz de gobernar el caos, evitar su desmembración y plantar cara a los Estados Unidos? Romper con la OTAN, desmantelar las bases militares estadounidenses, cortar lazos comerciales y formalizar la unión militar con inteligencia europea se presentan como un gran primer paso de un largo camino que acabe por romper los lazos de la actual dependencia europea de los Estados Unidos.
No hay que olvidar que la destrucción de la Unión Europea es un objetivo declarado de las nuevas políticas de Estados Unidos de Trump y, es de esperar, por tanto, que la actual posición de servidumbre de los dirigentes europeos acabe por alimentar aún más las ansias expansionistas del presidente estadounidense dando alas a su rama más radical con el anti-comunista y ultraconservador Marco Rubio a la cabeza. Como todo oligarca, Trump no conoce la palabra suficiente, por lo que como presidente de los Estados Unidos y con todo el poder que ello conlleva, cualquiera puede pasar hoy de aliado a convertirse en un potencial objetivo a batir.
El objetivo primordial de Trump, así como de todos esos partidos de ultraderecha que han surgido, no es otro que hacer más poderosos y ricos a los que ya eran poderosos y ricos
En este contexto, es probable que muchos dirigentes europeos cuyos ejércitos y economías dependen directamente de los Estados Unidos, no dudarán en acceder a cualquier petición futura de Trump y, con ello, rendir la política europea y cualquier ambición de soberanía independiente ante los pies de los Estados Unidos. ¿Acaso alguien cree que un futuro gobierno de PP y Vox defendería los intereses de España y de la Unión Europea frente a Trump? El patriotismo y el nacionalismo son solo la coartada, la técnica electoral utilitarista que acabe por lograr los verdaderos objetivos económicos que se esconden entre tanta bandera y exacerbada defensa de las tradiciones y la pureza patria.
Más allá de la geopolítica y del control de recursos naturales, no hay que obviar que el objetivo primordial de Donald Trump, así como de todos esos partidos de ultraderecha que han surgido a lo largo y ancho del planeta a su imagen y semejanza, no es otro que hacer más poderosos y ricos a los que ya eran poderosos y ricos. Trump y estos partidos tratan de forzar las democracias desde dentro de sus instituciones, acabando con derechos universales básicos y atacando cualquier política igualitarista: se trata de eliminar cualquier rémora democrática que impida seguir acumulando riquezas por parte de la clase privilegiada por medio de la desposesión. La oligarquía que financia estos partidos tiene un plan definido y el aceleramiento de su ejecución es la traducción directa de comprobar que nadie parece ya dispuesto a osar pararles los pies: neutralizada la amenaza roja, el objetivo igualitarista y fundante de las democracias son el enemigo a batir. Han perdido el miedo.
En efecto, siempre se ha tratado de una lucha de clases, de una batalla puramente ideológica. Por eso no soportan aquellos países que no se arrodillan ante la fuerza del capital y el libre mercado, ante la ley más fuerte, y por esa misma razón llevan décadas y décadas invirtiendo todo su potencial político, económico y sociológico en los medios de comunicación con miles de millones invertidos en propaganda ideológica que tratan continuamente de convencerte de que los enemigos de los multimillonarios y de los Estados Unidos son también tus enemigos y de que sus intereses son iguales a los tuyos. Las históricas cazas de brujas, las invasiones y los incontables golpes de Estado en todo el mundo contra gobiernos socialistas, así como las imposiciones de sanciones y bloqueos contra aquellos pueblos que se oponen a la servidumbre colonialista del imperialismo estadounidense son prueba de ello. Nadie está ya a salvo en esta nueva real-politik internacional que marca Trump: o estás con los Estados Unidos y sirves a los intereses de su oligarquía o estás contra ellos y pasarás a convertirte en un potencial objetivo de sus acciones militares y económicas.
En este nuevo orden mundial en ciernes faltan razones que motiven una respuesta conjunta de todos aquellos que luchamos por un futuro mejor. La oligarquía es hoy más rica y poderosa que nunca y ninguna democracia parece atreverse a pararles los pies. Urge acabar con ellos. Es por ello que debemos sacarnos de encima este sentimiento paralizante y derrotista que arrastramos desde hace demasiado tiempo. Frente a la ausencia de una respuesta contundente por parte de nuestros dirigentes, tenemos que empezar a pensar cómo vamos a responder ante la amenaza fascista mundial que nos acecha y remplazar a nuestros actuales líderes políticos por aquellos que se atrevan a plantar cara a la oligarquía.
Necesitamos multiplicar nuestra implicación política, mejorar nuestra organización internacional y reforzar nuestras alianzas con miras a una apuesta política común, en clave internacionalista e interconectada que defienda sin ambages, sin tibieza y sin miedos férreas políticas públicas que luchen por una democracia colectiva, es decir, necesitamos conformar un bloque ideológico tejido con alianzas estratégicas que se comprometan a defender hasta la última de las consecuencias la justicia ecosocial, la igualdad y la soberanía popular como banderas que marquen el devenir de nuestro futuro mundial. En estos tiempos oscuros, haríamos bien en empezar ya a tomar posiciones.
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