Perfiles con tiempo
“El exilio trae un equipaje emocional muy grande y esa mochila la hemos ido descargando un poquito”
Zahra El Hasnaoui (El Aaiún, 1963) resume en siete palabras el origen de su poesía: “Ha sido la rabia del ninguneo internacional”. Las pronuncia con calma antes de recordar cómo en mayo de 2005 algo cambió en el Sáhara Occidental: “Las poblaciones de las zonas ocupadas por fin perdieron el miedo. Salieron a manifestarse pacíficamente en las ciudades de El Aaiún, Dajla y Esmara. La represión no pudo ser más feroz. Entonces, esa indignación la pudimos canalizar de alguna forma juntándonos justo en julio”. Quienes se juntaron fueron un grupo de escritores saharauis residentes en España que compartían la necesidad de dar voz a quienes habían salido a la calle a manifestarse. Una fotografía tomada en la plaza de España de Madrid en julio de 2005 retrató a los ocho componentes iniciales del grupo. Se denominaron la Generación de la Amistad.
El primer poema escrito por El Hasnaoui data también de 2005, se titula “Voluntad” y está compuesto por cuatro versos: “No pudo morder / la mentira / la geografía inmensa / de tus alas blancas”. “Estaba dedicado a esas mujeres que en las zonas ocupadas tuvieron el valor de salir a la calle… con todas las fuerzas de represión marroquíes”, recuerda. El primer poema que vio publicado lleva por título “Voces”. Concluye con estos dos versos: “Nada puede domar / las voces que rozan el alma”.
Cuando Zahra El Hasnaoui trae a la conversación el recuerdo de aquellos días de julio de 2005 en los que nació la Generación de la Amistad habla de la impotencia, la indignación y la necesidad de contar: “Y solo pudimos hacer eso: hacer llegar sus voces al resto del mundo”.
La cita con El Hasnaoui tiene lugar un sábado de febrero en una cafetería de la calle Argumosa, en Lavapiés (Madrid). Llueve y el pequeño refugio de la cafetería está casi vacío cuando empezamos a charlar. Ha venido desde Guadalajara, donde reside desde 2004 y trabaja como profesora desde 2006.
Al hablar de su poesía surge el recuerdo de la infancia en El Aaiún. “Muchos de mis poemas se dedican al mar porque mi infancia está muy ligada al mar y a la felicidad que me daba escucharlo, verlo y todo lo que tenía alrededor: mi familia, el terruño, la sensación de pertenencia”, apunta. Cuenta que entonces odiaba el desierto y que a la hora de una excursión familiar ella siempre prefería el mar. Recuerda una infancia feliz en la que se sentía arropada por lo cercano: la familia, los amigos, el hogar. Y recuerda también cómo aquella infancia se quebró: “En el año 75, todo ese castillo, todo ese escudo que teníamos los niños, se derrumbó, porque empezó la colonización marroquí. España abandonó el territorio y nos vimos de la noche a la mañana sin todos esos referentes que eran los que habían construido nuestra identidad hasta entonces. La identidad saharaui se compone de una parte bereber, otra parte árabe, otra parte africana y una parte hispana, de la que no podemos renegar y de la que yo me siento muy orgullosa por el legado que ha supuesto para mí”.
Entonces una nueva palabra apareció: miedo. En 1975 ella tenía 12 años y estaba en quinto de primaria. Cerraron su colegio. Todos los alumnos de primaria pasaron a estudiar en el colegio La Paz. “La sensación que te transmitían los mayores todo el rato era miedo. Miedo, incertidumbre. No sabías qué estaba pasando”. En el colegio La Paz cursó los tres últimos años de primaria. Para poder cursar la secundaria en español tuvo que desplazarse hasta Tánger. En abril de 1983 viajó a Madrid para terminar COU y realizar la selectividad. Ese viaje lo recuerda como un despertar: “Venía de una cerrazón absoluta en El Aaiún y en Marruecos. No sabíamos absolutamente nada del resto del mundo: ni política, ni social, ni históricamente, ni de ninguna de las formas”.
Nos situamos en el otoño de 1983, cuando inició sus estudios de Filología Inglesa en la Universidad Complutense. Evoca con cariño el Madrid de aquellos años, aunque señala que los estudios eran una excusa para salir de Marruecos, mejorar su formación y poder viajar más adelante a los campamentos de refugiados en Argelia. Su primer viaje tuvo lugar en 1987 y, una vez concluidos sus estudios de filología inglesa, viajó de nuevo a los campamentos en septiembre de 1989. Sobresale entonces una palabra en su relato sobre aquellos días: alegría. “Por primera vez teníamos una república bajo cuyo paraguas cabíamos todos los saharauis. Ya independientemente de nuestro origen o de nuestra etnia. Y fue una alegría constatar que todo el mundo estaba unido para poder llegar al objetivo, que era la independencia”, reconoce. Su estancia en los campamentos se prolongó durante dos años, en los que trabajó en Radio Nacional Saharaui. Y en 1991 regresó a Madrid para dar a luz a su hija. Su idea era volver al Sáhara Occidental. En aquellas fechas, el tratado de paz, la misión de las Naciones Unidas y la promesa del referéndum situaban el regreso a su tierra como una posibilidad probable. Pero esa posibilidad se fue aplazando y el exilio de Zahra El Hasnaoui en España dejó de ser una situación temporal.
En su poesía, el desarraigo y el deseo de regresar ocupan un lugar destacado: “El exilio trae un equipaje emocional muy grande y esa mochila la hemos ido descargando un poquito. La nostalgia, la impotencia, la injusticia; muchas parcelas que nosotras teníamos abandonadas. Creo que ha ido aflorando en la poesía y ahora la poesía saharaui creo que constituye un poco más que solamente el sentimiento nacional y nacionalista”.
Con la Generación de la Amistad afloró la poesía de El Hasnaoui: primero en publicaciones colectivas y, en 2017, en el volumen El silencio de las nubes, que reúne lo esencial de su obra. En sus versos, la evocación del territorio del Sáhara Occidental, de la lucha del pueblo saharaui y del equipaje del exilio aparece en formas donde son visibles las distintas tradiciones que nutren la cultura saharaui. Entre esas tradiciones, ocupa un lugar muy destacado la tradición oral: “Es verdad que, de forma inconsciente e informal, nosotros hemos recibido toda la vida una formación literaria, histórica y geográfica a través de la tradición oral”. Esa tradición oral está relacionada con la memoria y lo intangible: “Cada vez que muere un anciano nuestro, nosotros decimos que se mueren muchos libros. Y es verdad, porque ellos tienen una capacidad memorística que yo envidio, porque no la tengo. En el entorno familiar siempre ha habido alguien, siempre hay alguien, que sabe y transmite. Entonces eso, aunque no es tangible, no lo puedes concretizar en una obra o en un verso, estoy convencida de que de alguna forma también está ahí en mis poemas”.
También en su poesía se funden las diversas lenguas que forman parte de la identidad saharaui. Si bien los poemas están escritos en español y abundan las referencias a autores en lengua española, algunas palabras incorporan sentidos más amplios y los términos en hassanía cobran un protagonismo muy destacado. “La jaimaes muchísimas cosas: es la infancia, es la felicidad, es la poesía, la historia, la geografía de los abuelos o el señor que pasaba por el campamento, por el frig. Una palabra como frig. No podemos desprendernos de ciertas palabras que solo cobran sentido si se dicen, por ejemplo, en hassanía”, apunta.
La conversación está acompañada ahora por los grupos que empiezan a poblar la cafetería. Apenas llueve fuera.
Dice El Hasnaoui que no puede negar que el tiempo ha hecho mella: “Por supuesto, yo creo que los saharauis, tanto los que viven en los campamentos como los que viven fuera, siguen con la fuerza inquebrantable de ver su tierra algún día libre. Y ver la bandera de la república. Pero hace mella el que sepas que mucha gente no va a estar. Hace mella que sepas que igual tú no vas a estar”. Sus últimas tres palabras en la conversación parecen un poema de un solo verso: “El tiempo cuenta”.
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