Si Mambrú fue a la guerra... allá él

Hoy se cumplen 37 años del comienzo de la campaña de Insumisión al servicio militar obligatorio, un movimiento de desobediencia civil que en apenas un decenio consiguió acabar con la mili
Asamblea Antimilitarista de Madrid
20 feb 2026 04:55

Hace treinta y siete años, otro 20 de febrero, fue el día en que comenzó “oficialmente” la Insumisión, una campaña de desobediencia civil que emprendieron unos cuantos jóvenes mediante su negativa pública a incorporarse a filas. El fin último era acabar con el militarismo. El objetivo “inmediato” era terminar con el servicio militar obligatorio (SMO). La negativa a colaborar se extendió a la Prestación “Social” Sustitutoria (PSS), impulsada por PSOE y PP, un presunto servicio social que tenía que desarrollar en alguna institución con convenio para ello quien no quería hacer la mili. En opinión del Movimiento de Objeción de Conciencia (MOC) y otros muchos colectivos antimili que se fueron sumando (Mili KK, Kakitzak, Invisibles, PGB…), la PSS era tan sólo un intento de entorpecer el derecho de objeción de conciencia con el fin último de legitimar al Ejército, un castigo pensado para reforzar la mili. Dicha prestación se diseñó como un servicio penalizado, pues duraba mucho más tiempo de lo que duraba la mili. Además, la PSS eliminaba puestos reales de trabajo al poner a disposición entidades con pocos escrúpulos mano de obra joven gratis y precarizada, sin derechos laborales.

En su momento, la campaña de Insumisión fue capaz de interpretar bien el sentido de la PSS y negó la legitimidad de ambas prestaciones, la militar y la civil. Además, un llamado Consejo Nacional de Objeción de Conciencia se encargaba de juzgar las conciencias de los aspirantes a prestacionistas y el antimilitarismo se opuso frontalmente a que ello fuera posible. La conciencia no se puede juzgar. Se ponía era un ejemplo muy pedagógico para mostrar el carácter punitivo de la Ley de Objeción de Conciencia interpretada por PSOE y PP: a ninguna médica que objetase a realizar una interrupción voluntaria del embarazo, por ejemplo, se le obligaba a que “a cambio” tuviera que hacer dos operaciones de rodilla. Por supuesto, los listados de objetores de conciencia eran públicos (al contrario de lo que la Comunidad de Madrid quiere hacer hoy con quienes objetan al aborto). La PSS penalizaba y su único fin era sostener una mili impopular en un país como éste, cuyo Ejército en los dos últimos siglos sólo había servido para protagonizar asonadas, pronunciamientos y reprimir a la población. La última vez, cuando acabó con la democracia y la Segunda República, se convirtió en un ejército de ocupación, como sostiene el catedrático y activista Víctor Sampedro.

Con el paso del tiempo, la trascendencia de la campaña de Insumisión es difícil de sobrevalorar. La intensa campaña de denuncia de las entidades que acogían prestacionistas fue haciendo mella y desbordó al gobierno, obligado a suspender el SMO a principios de 2001, antes de los plazos previstos, ante el descrédito del Ejército, la avalancha de insumisos (más de mil sufrieron penas de cárcel) y los millares de prestacionistas que ni cumplían la prestación ni se les esperaba. El Ejército se profesionalizó. España fue el primer país en acabar con la conscripción en tiempos de paz mediante una campaña de desobediencia civil.

La mili no se sostenía apenas diez años después de comenzada la campaña y hubo que poner fin a dos siglos de conscripción, con lo que suponía de rito de paso de construcción de una masculinidad brutalizada, de asunción infantilizada de patriotismo cuartelero y, sobre todo, de aprender el manejo de armas para eliminar semejantes.

Can Serra, o cuando Mambrú vio que no todos eran como él

Los insumisos no partían de la nada. Quienes no querían ser Mambrú, ni ir a la guerra, ni prepararla, ni legitimarla, tenían precedentes. El movimiento que luchó por una ley que reconociese el derecho a la objeción de conciencia al SMO había comenzado en el tardofranquismo. Pepe Beúnza se había negado a incorporarse en 1971 de manera pública, y después de sus encarcelamientos contribuyó a formar el primer grupo de objetores de Can Serra (Hospitalet), que hizo también público en la Nochebuena de 1975 su manifiesto colectivo a no colaborar con el Ejército. Por su cuenta y riesgo comenzaron unos meses después a desarrollar voluntariamente lo que llamaron un “servicio civil” (a tono con lo que se hacía en otros países) en dicha barriada con el que denunciaban el militarismo y expresaban su negativa a aprender a matar en el cuartel y la sinrazón de los ejércitos.

Todos pasaron por la cárcel, continuaron durante y después su labor antimilitarista y contribuyeron a generar un estado de opinión que desembocaría en la creación de diversas asambleas, muchas de las cuales se articularían como MOC (invitamos a leer su primera Declaración ideológica, 1977) y de ahí, con paso firme, al citado 20 de febrero de 1989.

Este fin de semana pasado se cumplieron 50 años de la creación de dicho servicio civil y la efemérides se celebró en Can Serra, en el mismo lugar donde la aventura había comenzado, en la Casa de la Reconciliación. Decenas de mujeres y varones que participaron en todas estas fases desobedientes se dieron cita en el acto festivo, desde Beúnza, Ovidio Bustillo, Martí Olivella, Jesús Vinyes, Xavier Rius, Dolors Sabaté, Gabriela Serra a Óscar Cervera, insumiso de la última hornada, que permanecía encarcelado todavía en 2002, después de suspendido el SMO.

Mili, Tercios de Flandes y el totum revolutum

Unos setenta países del mundo mantienen la conscripción de una u otra manera. En Europa, sigue vigente en Austria, Finlandia, Suecia, Dinamarca, Grecia, Chipre, Croacia, Estonia, Letonia y Lituania. España, Portugal o Italia mantienen el modelo exclusivo del ejército profesional y otros (Alemania, Francia, Irlanda, Polonia o Rumania) lo complementan con cursos de formación de carácter voluntario, sin que se atrevan todavía a plantear volver a una conscripción tradicional.

Una de las consecuencias exitosas de la campaña de Insumisión es inherentemente peligrosa a cualquier conquista social: nos acostumbramos pronto a lo bueno y se olvida lo que ha costado tal consecución. En el encuentro de Can Serra tomó la palabra un asistente para agradecer a los presentes que perteneció a la primera generación de jóvenes a quienes no les llegó la dichosa carta para ser alistado. Del mismo modo, una mujer recordó que la lucha de entonces, cuando a la mili sólo iban hombres, beneficiaba también a las mujeres actuales, que hoy tendrían que alistarse en caso de que la conscripción volviera.

En nuestros días nos “quejamos” de que la chavalada mete eso de la mili (quienes sepan qué fue) en la misma nebulosa que los Tercios de Flandes, la guerra civil o la existencia de Fernando VII, es decir, en el magma confuso de la “Historia”. Ayuda que no sea materia curricular en el instituto ni objeto de interés en las redes sociales. No es lo deseable, pero ello significa que el imaginario militar de los últimos siglos se ha quebrado. El Ejército no atraviesa ya la biografía de cada españolito, con lo que ello significa.

La vuelta de Mambrú

Se lanzan globos sonda periódicamente sobre la vuelta de la conscripción en España, jaleada por los partidos y think tanks socialdemócratas, de derecha y ultraderecha. El Gobierno no sabemos qué hará. Si bien en el actual desorden internacional mantiene ciertas posturas más sensatas que la mayoría, ha aumentado sin precedentes el gasto militar y su política camina de la mano de los intereses del complejo militar-industrial sin ambages. Posiblemente, el pragmatismo de que Pedro Sánchez ha hecho gala le impulse a optar por las medidas que estime le sean electoralmente más beneficiosas, sean las que fueren, las mismas o las contrarias. Puede mantener la suspensión de la mili o puede reactivarla de alguna manera más o menos creativa. Del resto de los partidos que forman parte del Gobierno no parece que se puede esperar mucho más, siempre de perfil en sus programas electorales en lo que al Ejército se refiere. Tampoco es mucho más alentador el panorama en la izquierda que no forma parte del Ejecutivo, exceptuados los partidos independentistas, posiblemente por razones no antimilitaristas. Nos queda, como ayer, la movilización social, nuestra capacidad para forzar al poder a tomar medidas que, sin confrontación, no se plantearía. Aznar no acabó con la mili: se vio obligado a hacerlo.

La incertidumbre nos hace estar preparadas para lo que haya de pasar. Sí tenemos claro, y lo han de tener las/os jóvenes afectadas/os por otro giro remilitarizador, que las personas que apostaron por la Insumisión y mantuvieron esa lucha estaremos a su disposición para articular nuevas campañas de desobediencia civil y desobedecer, otra vez, a los ejércitos. Pepe Beúnza lo tuvo más difícil en 1971 y consiguió encender la llama. Los objetores de Can Serra también en 1975 y la extendieron. No fue fácil en 1989, pero los insumisos incendiaron directamente el SMO, que acabó chamuscado.

En apenas treinta años se pasó de un paisaje de salones-comedor de las casas de la clase media y media-baja con mesa camilla, mantel de hule y fotografía con la foto del hijo en la Jura de Bandera como orgullo familiar, a otro bien distinto, donde las pintadas, las cárceles y las calles decían NO al ejército y la mayoría de la población apoyaba, de una u otra forma, a quienes no querían hacer la mili.

Estamos en 2026 y la lucha democrática sigue. También la negativa de aprender a matar. Veremos a ver qué pasa, pero ojalá que Mambrú, si regresa, sea como lo contó Mario Benedetti.

Porque ahí seguimos, entre la utopía desmilitarizadora y los pasos firmes y tangibles que la van anticipando.

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